Ecos de sangre y olvido

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Summary

Toda magia exige un precio. Perseguida por un reino que la teme tanto como la necesita, Elara sobrevive curando enfermedades imposibles a cambio de arrancar los recuerdos más felices de quienes salva. Cada vida que rescata deja detrás un vacío irreparable… y un poco más de culpa en su alma. Cuando Kaelen, el Príncipe de las Sombras, la secuestra para llevarla al corazón de un reino condenado, ella descubre que existen males mucho peores que el olvido. El reino de Umbra está muriendo bajo una antigua maldición que devora a la familia real y extiende una oscuridad imparable sobre el mundo. Kaelen necesita a Elara para salvar a su padre… y quizá también para salvarse a sí mismo. Encerrados en un palacio de sombras, rodeados de conspiraciones, monstruos y traiciones, ambos quedan atrapados en una guerra donde el deseo puede ser tan peligroso como la magia. Entre reyes corruptos, jardines que brillan en la oscuridad y una pasión nacida del dolor, «Ecos de sangre y olvido» es un romantasy oscuro sobre memoria, sacrificio y amor.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Culpa y olvido

El aire dentro de la cabaña del viejo Silas era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de carnicero. Olía a sudor, a enfermedad rancia y a la lavanda seca que yo había quemado para enmascarar el hedor de la podredumbre.

—Por favor, Elara… —gimió. Sus ojos, nublados por las cataratas y el dolor, buscaban mi rostro—. Haz que pare.

—Sabes el precio, Silas —susurré, mientras mis dedos revoloteaban sobre su pierna gangrenada.

—Tómalo todo. No quiero sentir nada más.

Cerré los ojos y convoqué el eco. Al principio, fue solo un hormigueo en mis yemas, una vibración fría que subió por mis brazos. Entonces, la luz brotó: hilos plateados, finos como telas de araña, que se hundieron en la carne ennegrecida del anciano. La magia de sanación no era un don divino; era un intercambio retorcido. Eliminaba el dolor, pero ¿a qué coste?

Tras mis párpados, la agonía de Silas se transformaba en una experiencia sensorial. Vi una pradera bañada por el sol, escuché la risa de una mujer joven y sentí el sabor de una manzana ácida. Era un recuerdo. Su recuerdo más preciado: el primer picnic con su esposa fallecida.

Luego, vinieron otros: el primer beso, la primera vez que confesaron su mutuo amor, el día de su boda, la primera vez que hicieron el amor, su primer hijo... Muchas primeras veces desaparecieron de su mente como huellas en la orilla.

—Lo siento —murmuré mientras tiraba de los hilos, tragándome las lágrimas.

La luz plateada se ennegreció como un metal que lleva años a la intemperie. Silas soltó un suspiro largo y profundo. El color volvió a sus mejillas y la infección en su pierna retrocedió, dejando solo una piel rosada y nueva. Pero sus ojos reflejaban el vacío de un corazón solitario.

—¿Qué me has quitado? —preguntó, mirándome con preocupación.

Aunque se lo contara, no podría escucharlo. La verdad escaparía en el aire entre él y yo. Tampoco podía enseñarle los filamentos de luz, ya que solo eran visibles para mí y se desvanecían en cuanto se tornaban oscuros.

—No te preocupes. No te quité nada tan importante —mentí, con la garganta apretada por la culpa.

Me puse la capucha de mi capa gris. Acababa de salvarle la vida, pero le había robado una parte de su historia.

Salí de la cabaña al frío aire del atardecer. Aquella aldea, un puñado de casas de piedra al borde del Bosque de los Lamentos, debería haber estado en silencio. Pero algo estaba mal.

Los pájaros habían dejado de cantar sus lastimeras sonatas. El viento, que solía oler a pino y tierra húmeda, ahora transportaba un hedor a ceniza y polvo. Miré hacia el horizonte y mi respiración se detuvo.

El sol todavía no se había puesto, pero una mancha de oscuridad absoluta, como tinta derramada en un lienzo, se extendía desde el norte, devorando la luz del día.

—¡Están aquí! —gritó alguien desde la plaza del pueblo.

El sonido de cascos de caballos golpeando la tierra helada retumbó como un trueno. No eran caballos normales. Sus pisadas no sonaban a herraduras, sino a golpes secos de huesos contra piedra.

El ejército de ceniza. Los recolectores del Rey Sombrío.

Me pegué a la pared de una casa, intentando fundirme con las sombras, pero ya no eran mis amigas. Parecían estirarse hacia mí, susurrando mi nombre con voces que solo yo podía oír. Una figura montada en un semental que parecía hecho de humo y pesadillas se detuvo en el centro de la plaza.

Llevaba una armadura negra tan pulida que reflejaba el caos de la aldea como un espejo deformado. El jinete se quitó el yelmo, revelando un rostro de ángulos afilados, piel pálida y unos ojos que brillaban con un fuego fatuo.

Era él. El Príncipe Kaelen. El heredero del Trono de Sombras.

—Busquen a la tejedora de recuerdos —su voz no era un grito, pero cortó el aire con la fuerza de una ejecución—. Y no se molesten en traerla con vida si se resiste. Solo necesito sus manos.

Me encogí, ocultando mis manos bajo la capa. Sin embargo, era demasiado tarde. Una de las sombras que se arrastraban por el suelo se detuvo a mis pies y comenzó a trepar por mis botas, fría como una tumba.

Había sido descubierta.