LA LISTA
Había un sonido sordo en casa. Acariciaba cada sofá, cada cama, cada prenda. Se escondía en las grietas. Cada espacio que no era mío, era suyo.
A veces estaba cerca, muy cerca. Detrás mío, resoplando en mi nuca. Me quería a mi también. Era ansioso, grosero. Cruel. Y era suave, tan, tan suave, que a veces me llegaba al estómago. Entraba por mi garganta y sonreía.
Esa noche me asomé al comedor. La lista de la compra estaba allí, quieta e inmutable. Y él también estaba allí, debajo de la mesa, ansioso.
Tomé la lista y él, cual amante, me acarició las manos y los brazos, sus manos como de terciopelo envolvieron mi garganta.
Hacía mucho que no salíamos. Él iría, porque la casa era suya, no mía, y las compras lo serían también. Cerré la puerta, creo. Tal vez, me ardían demasiado los ojos. En el bus, me temblaban las manos.
Olvidé mis audífonos.
Pero, parpadeé y esa era mi parada. Entonces, cerré mis ojos con fuerza y me sacudí. Me pesaban los pulmones. Volví a parpadear porque no podía ver. Y, cuando saqué la lista, quise vomitar.
Caminé, aun sin poder respirar o ver. Porque él estaba escondido, y le encantaba mi corazón.
Pasé por el primer pasillo, y el segundo y el tercero. Detenía mis pasos cada tanto. Me giré porque alguien me miraba. Vacío. El pasillo. Vacío. Hubo una risa. Giré mi cabeza para escuchar. Y fruncí el ceño.
La lista. Seguí caminando de pasillo en pasillo. ¿Dónde estaba la quinta cosa? La lista tenía cinco cosas. ¿Dónde estaba? ¿Qué era?
No podía ver. Estaba allí.
Léelo.
Léelo por favor.
Ya me quiero ir.
No quiero estar aquí.
Pero la quinta cosa era importante. Estaba en la lista, lo necesitaba. Lo necesitaba, pero no eran míos ni mi mente ni mis ojos. Lo habrían sido si no hubiera olvidado mis audífonos.
Pagué cuatro cosas y luego boté la lista. Daba igual. No podía leerla de todas formas.
Llaves.
¿Dónde están mis...?
Oh.
Alguien me miraba. Pero estaba sola. Desde las sombras solo asomaban sus ojos, ansiosos por volver a casa. A mi me temblaban las manos, pero entré. Y todo estaba oscuro.
Empezó por mi espalda, le siguió mi abdomen. Quise vomitar, llorar, huir. Y sus manos, suaves, me prometieron una vez más que estarían conmigo para siempre.