☆.𓋼𓍊 Acto I 𓆏 Fricción 𓍊𓋼𓍊.☆
Capítulo 1 - Sin Rostro
Disclaimer: Shingueki no Kyojin / Attack on titan
Creador: Hajime Isayama
*Los personajes no me pertenecen a excepción de Evangeline Lindström*
La niebla era espesa aquella mañana, como si el mundo se negara a mostrar del todo su rostro, pero ella caminaba entre los escombros sin vacilar, como si la bruma fuera un viejo hábito más que una amenaza.
Evangeline Lindström avanzaba al frente de su escuadra, los pasos firmes, la mirada de hielo fijo en el horizonte donde la línea de árboles se desdibujaba en sombras. Su media coleta se mecía apenas con la brisa, pero ni siquiera eso parecía desordenarla.
— Capitana — murmuró uno de los reclutas detrás de ella — ¿Los resportes...?
Ella alzó una mano sin voltear. Silencio absoluto.
Los tres soldados que componían su escuadra inmediata frenaron al instante. No hacóa falta explicar la señal; llevaban suficiente tiempo bajo su mando para entenderla. No hablaban más de lo necesario, porque Evangeline no lo hacía. Y si no lo hacía ella ¿Porqué lo harían ellos?
Pero los nuevos... los nuevos no estaban preparados.
Un joven del Escuadrón de apoyo, con las manos temblorosas, trató de no mirar al cuerpo destrozado a su lado. Sus ojos se desviaron hacia Evangeline, que se arrodillaba junto al cádaver sin pestañear, sin una mueca de asco, sin un solo músculo de su rostro que delatara emoción alguna.
Ella revisó la herida con presición. Rápido diagnóstico: trauma craneal masivo, sin signos vitales. Nada que hacer. Sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo, anotó una cifra, cerró el libro.
—Siguiente.
Su voz era tranquila. Casi monótona. Casi inhumana.
El joven retrocedió, como si Evangeline diera más miedo que los titanes.
Uno de sus soldados, Hal, giró hacia él con un encogimiento de hombros cansado.
— Tranquilo. Es así todo el tiempo.
—¿Está...bien? — Susurró el recluto, confundido.
— Es nuestra capitana — respondió otro, Valen, limpiándose la sangre del cuello — Algunos dicen que es una heroína. Otros, que es… una marginada.
Y ambos tenían razón.
Evangeline no sonreía. Nunca gritaba. Nunca mostraba júbilo, ni temor, ni asco. Sus ojos rosados, fijos como cristales opacos, no delataban pensamientos. Solo observaban, calculaban, ordenaban.
Nadie entendía cómo podía mirar a un niño desmembrado sin estremecerse. Cómo podía entablillar una pierna abierta en canal sin pestañear. Cómo podía enterrar a sus soldados sin que se le quebrara la voz.
La verdad era simple. Dolorosamente simple.
No podía sentirlo.
No era crueldad. No era indiferencia. Era un silencio interno que nadie más parecía compartir.
La llamaban rara. Fría. Inhumana.
Ella simplemente era... “esa mujer rara que parece no tener alma”.
A pesar de eso, todos obedecían cuando ella hablaba. Porque su juicio era certero. Su liderazgo, impecable. Y su eficiencia, escalofriante.
— Movámonos —ordenó, sin levantar la voz — Limpiaremos el perímetro y regresaremos a medianoche.
— Capitana —dijo Hal, corriendo a su lado mientras despegaban con el equipo de maniobras tridimensionales — ¿Informamos a Erwin de los caídos?
— Si.
No había pasado ni dos minutos.
La rutina se reanudó. Evangeline volaba entre los árboles como una flecha bien lanzada. No desperdiciaba gas. No hacía piruetas innecesarias. Y cuando caía, lo hacía como una hoja precisa: directa y mortal. Su fuerza era brutal. Derribó a un titán de 7 metros con un corte limpio de combate, como si fuera un muñeco de trapo.
— ¿Eso fue...? — preguntó un soldado, con los ojos desorbitados.
— Normal — dijeron sus hombres al unísono.
Comparaban su velocidad con la de Levi. Y su fuerza con la de un titán. Pero ella era médica. Médica. Y aún así, peleaba como si su vida jamás hubiera conocido la compasión.
Para Erwin, era una capitana de confianza. La conocía desde los doce años. Ella había sido una niña rara incluso entonces, y él, joven aún, la había reclutado personalmente.
Para Hange, era un caso fascinante. Una amiga a la que intentaba enseñar emociones con dibujos, olores y canciones ridículas.
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Para Levi, Evangeline era una molestia. Una que respiraba, que caminaba sobre malditos tacones —sí, tacones en sus botas— como si no fuera suficiente que midiera 30cm más que él.
La detestaba.
No la soportaba.
Y no lo ocultaba.
— Eres como una torre innecesaria — le había escupido una vez — Estorbas en la línea visual.
Ella lo había mirado. Nada en su rostro había cambiado.
— Puedes moverte a la izquierda.
Eso fue todo. Sin ironía. Sin burla. Solo una solución práctica a una queja emocional.
Lo sacaba de quicio.
Y como si el universo lo hubiera escuchado, cuando Levi llegó al campamento improvisado donde los escuadrones se replegaban tras la misión, ahí estaba ella.
Avanzaba como un espectro elegante entre el caos, la chaqueta del escuadrón, salpicada de sangre seca, la coleta perfectamente firme a pesar del combate. Las botas resonaban sobre la madera improvisada del piso, y el maldito tac-tac del pequeño tacón era suficiente para que Levi frunciera el ceño desde lejos.
— Tsk — Cruzó los brazos, apartado, mirando cómo ella se acercaba sin apuro.
Evangeline se dirigió directamente al área de los heridos. Hange ya estaba allí, con las mangas arremangadas y los lentes empañados de tanto sudor y vapor.
— ¡Ah, al fin llegas, Evie! — gritó Hange con su típica alegría caótica— Tengo dos con hemorragias internas y uno con el brazo que parece espagueti crudo, ¡¿te divierte?! A mí no, pero ¡vamos!
— Dame al que tenga más probabilidades de sobrevivir — La voz de Evangeline no mostraba emoción alguna.
— ¡Por supuesto que tú dirías eso! — rió Hange, señalando con el codo a un soldado que gritaba desde la camilla — ¡Ese! Todavía se queja, lo que es buena señal, ¿no?
Evangeline dejó su instrumental con precisión quirúrgica sobre una bandeja improvisada. El soldado gritaba, pálido, el muslo atravesado por una astilla de árbol. Temblaba al verla acercarse.
— No me toque. No me toq- ¡AAAAAAAAAAAH!
Sin pedir permiso ni ofrecer palabras de consuelo, Evangeline había comenzado a limpiar la herida con alcohol, sujetando la pierna como si fuera una mesa de operaciones. Su ayudante personal, el soldado Soren, se colocó a su lado en silencio, manteniéndole la cabeza al herido con firmeza.
— Tranquilo —dijo él suavemente — Solo está empezando. No te muevas. Entre más grites, más va a tardar.
— ¿¡EMPEZANDO!?
Mientras tanto, Evangeline cosía con rapidez aterradora. Sus manos eran eficientes, sin pausa, como si lo que tuviera delante fuera solo otro trozo de carne.
— Perderás sensibilidad. Pero conservarás la pierna — dijo sin levantar la vista.
El resto de los heridos, al observar la escena, comenzaron a murmurar nerviosos. Uno se deslizó lentamente fuera de su camilla, arrastrándose con el brazo dislocado.
— ¿Dónde vas, soldado? — gritó Hange.
— P-prefiero que me atienda el caballo del comandante, si no es mucha molestia...
Otro intentó esconderse bajo una manta. Uno más se cubrió el rostro con un casco.
— Ni muerto dejo que me toque esa mujer — susurró uno— Ni muerto.
Soren solo negó con la cabeza mientras sostenía la pierna de otro herido.
— Es mejor que griten ahora, que no griten nunca — dijo, como si fuera un proverbio.
Y en medio del caos y los alaridos, apareció Levi, observando desde la entrada de la tienda con su ceño más arrugado que nunca. Con los brazos cruzados, suspiró al ver al herido desplomarse, blanco como papel, una vez que Evangeline hubo terminado.
— ¿Los matás? — gruñó, avanzando hacia ella.
— Es una herramienta útil — respondió sin mirarlo.
— Tsk. ¿Podés hablar normal alguna vez?
— Estoy hablando
Ella ni siquiera se giró para enfrentarlo. Siguió al siguiente paciente como quien continúa una receta.
Hange rió por lo bajo.
— ¡Se adoran!
Levi bufó.
— Voy a vomitar.
Y sin más, se dio media vuelta. El tac-tac de los malditos tacones detrás de él volvió a sonar, y eso fue la gota que colmó el vaso. Apretó los dientes. Un día le iba a arrancar esas suelas a patadas.
Evangeline, por su parte, no notó nada.
Solo había otra herida que cerrar. Otra vida que salvar. Otro rostro que no recordaría.
No porque no quisiera.
Sino porque no sabía cómo.
Espero de corazón que esta nueva versión deInefablesea de su agrado. Mantendrá la trama principal que ya conocen, pero con algunos matices renovados que he trabajado con mucho cariño.
Solo me queda decirles: gracias por leer.Con cariño,
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