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El Olimpo.
No era solo una montaña, sino un reino suspendido entre el cielo y la eternidad.
Rara vez celebraba.
Y cuando lo hacía… no era por algo menor.
Aquel día, los dioses habían sido convocados, y eso significaba algo.
Aquel lugar divino estaba listo para ser gobernado por las nuevas generaciones, y todos estaban preparando ese gran momento.
En el centro del reino se encontraba la sala de las estrellas, era el lugar más antiguo del Olimpo pero también el más importante. No existía una puerta que lo anunciara, esta solo se mostraba ante los que eran llamados, ese día, el lugar abriría sus puertas ante 14 Dioses que se encontraban preparados para manejar sus Reinos.
El día más importante para cada uno de ellos.
El espacio era circular perfecto, sus paredes estaban hechas de mármol blanco atravesado por vetas doradas que brillaban con una luz propia, como si en su interior corriera algo más que solo piedra, las paredes estaban cubiertas de relieves que narraban la creación del cosmos, pero no eran estáticos: las figuras se movían lentamente, como recuerdos que se negaban a desaparecer.
El techo no era un techo.
Era el cielo.
Un cielo profundo e infinito, donde las estrellas no estaban fijas, sino que flotaban en un movimiento constante, alineándose y desalineándose como si respondieran a fuerzas invisibles.
En el centro, suspendida en el vacío, flotaba la Esfera Celestial.
Era una esfera perfecta de cristal puro, atravesada por corrientes de luz dorada, azul y oscura que se entrelazaban en su interior.
Representaba los tres reinos: el cielo, la tierra y el inframundo. Pero no era solo un símbolo, era un reflejo.
Todo lo que ocurría en el mundo se manifestaba en ella. Si el mar se agitaba, la esfera temblaba. Si una vida comenzaba o terminaba, su luz cambiaba. Y si el equilibrio se alteraba, la esfera lo mostraba antes que nadie.
Alrededor del centro, en perfecta armonía, se encontraban los 14 asientos de los futuros Dioses. No eran simples tronos, cada uno estaba diseñado para su portador, como si hubiera nacido de su propia esencia.
Aún se encontraban vacíos, hacía que la sala permanecía en silencio absoluto.
Un silencio que no era paz, sino espera. Porque la Sala de las Estrellas no era solo un lugar de reunión, era un testigo.
Allí se tomaban decisiones que no podían deshacerse, se proclamaban destinos que ni siquiera los dioses podían evitar, y cada palabra pronunciada en su interior quedaba grabada, no en piedra, sino en el propio tejido del universo.
Se decía que, cuando todos los dioses de consejo estaban reunidos, las estrellas dejaban de moverse.
Como si incluso el cosmos escuchara las decisiones que tomaban.
Ese día, solo quedarían seis tronos de los catorce Dioses nuevos, el consejo estaba listo para dejar sus lugares y dar paso a la nueva generación, al igual que a la gobernación de sus reinos.
La hora había llegado, poco a poco la Sala de las estrellas empezaba a llenarse, los titanes antiguos llegaban uno por uno junto a sus familias, de donde saldrían nuevos gobernantes.
No fue mucho tiempo cuando todo estaba listo, y sin más que esperar, Cronos con su túnica de color ámbar que parecía estar tejida con rayos solares y sus ojos que llevaban siglos de vida pero parecían de un hombre de 38 años, se paró frente a la esfera cristalina. A su lado se encontraba Rea, quien llevaba una túnica verde oscuro como la tierra fértil, y su presencia era tan cálida como un abrazo familiar, ambos se miraron por unos segundos, hasta que habló.
—El día de hoy, la sala de las estrellas nos ha mostrado sus puertas para darnos el momento más importante en la vida de estos jóvenes —Rea miró a cada una de las personas que se encontraban en el lugar—. Es el momento donde los Reinos quedan en manos de la nueva generación de Dioses. Nosotros, los titanes, hemos gobernado y guiado el mundo durante milenios, pero ahora es momento de dejar que los jóvenes encuentren su camino, sus errores y sus verdades.
Hizo una pausa, donde miró a cada uno de sus hijos: Zeus, Poseidón, Deméter, Hera y Hades.
Miró a esos hombres y mujeres, jóvenes listos para tomar las riendas del destino.
Themis se levantó de su trono, su túnica blanca se ondeaba como una nube, su cabello gris plateado brillaba como la luna llena y sus ojos azules parecían ver no solo lo que eran los dioses en ese momento, sino lo que podrían llegar a ser.
—Cada uno de ustedes tiene un papel en el orden del cosmos. Un papel que no puede ser olvidado, ni cambiado, ni ignorado. Los titanes creamos las leyes para mantener el equilibrio, y es responsabilidad de cada uno de ustedes respetarlas, porque el desequilibrio puede destruir lo que hemos construido con tanto esfuerzo.
Sus ojos recorrieron a cada Dios, por un instante se detuvieron en Apolo y Artemisa, los hijos gemelos de Zeus y Leto, se encontraban de pie junto a su madre en la primera fila.
Después de unos segundos continuó el camino con su mirada, hasta detenerse en Zeus, quien radiaba una apariencia de 25 años y con el aura de líder que llevaba en la sangre, llevaba una túnica azul como el cielo profundo, y en su mano derecha sostenía el rayo que Cronos le había entregado días antes, un arma hecha de trueno y metal celestial.
Themis volvió a hablar. — Zeus, tú tomarás el cielo — dijo en voz alta, haciéndolo resonar por toda la sala —. Tú nos garantizas que las tormentas no se salgan de control, que los rayos caigan solo donde sean necesarios para purificar la tierra y el agua.
Zeus, al igual que Cronos, sonrió, el cielo necesita a alguien fuerte y justo, y él era el indicado y ellos lo sabían.
Zeus no esperó más y caminó hasta su trono, que se encontraba esperándolo en el centro de la plaza.
—El océano tiene que ser cuidado y protegido, sus aguas tienen que alimentar a los seres vivos, y sus corrientes mantener el equilibrio térmico de la tierra — Themis miró al siguiente — Poseidón, el océano es tuyo, tu tarea más importante es ayudar a los navegantes mortales, guiándolos con estrellas y las corrientes cuando más lo necesiten.
Poseidón se levantó de su lugar con una sonrisa, miró a Océanos mientras caminaba a su trono, quien lo miraba orgulloso, él sabía que era el indicado para cuidar de sus mares y océanos, por eso había decidido regalarle aquella concha gigante que Poseidón llevaba alrededor de su cintura.
Themis ahora miró a Hades, el cual se dio cuenta de eso, y al mismo tiempo, el resto de la gente. Nadie esperaba que llegara a ser Dios de algún reino, muchos temían de él, pero era su turno.
—Hades, el Inframundo te pertenece. —Themis lo miró, sintiendo su mirada fría al ponerse de pie, su apariencia de un joven de 28 años y vestido de colores oscuros como la noche y la tierra profunda, se adelantó con paso lento y seguro.
Nadie miraba directamente a sus ojos, muchos temían el reino que él iba a dirigir, creyendo que el inframundo era un lugar solo de dolor y condena, pero Cronos sabía que su hijo tenía un corazón más sensible de lo que mostraba, que entendía la importancia de la muerte como parte natural de la vida.
—Allí cuidarás de las almas, mantendrás el equilibrio entre la vida y la muerte, y te asegurarás que cada ser reciba lo que se merece después de morir. El inframundo no es un lugar de castigo, es un lugar de descanso, de reflexión y de preparación para lo que vendrá después. —dijo aquella Titán, quien ya tenía al joven frente a ella, posicionándose en su trono.
Luego vinieron las hijas de Cronos y Rea.
Deméter, de 24 años y con una corona de trigo en la cabeza, fue posicionada para hacer crecer las cosechas, cuidar los campos y asegurar que los mortales nunca pasaran hambre.
Hera, de 23 años y con una túnica de color púrpura real, fue comprometida a mantener unida a la familia de dioses, a proteger el matrimonio y a asegurar que el amor entre los seres fuera fuerte y duradero.
Hestia, la menor de los hermanos con apenas 19 años, llevaba una túnica de color crema y sostenía una antorcha encendida en la mano. Fue posicionada para cuidar los hogares de Dioses y mortales.
Después de los hijos de Cronos, fue el turno de los demás dioses jóvenes.
Atenea, hija de Zeus y nacida de su cabeza llena de sabiduría, se encargaría de ser la guía de los mortales en el camino del conocimiento y la justicia.
Hermes, con apenas 18 años, se ofreció como mensajero de los dioses, llevando noticias y mensajes entre los reinos con su velocidad incomparable.
Afrodita, diosa del amor y la belleza, encargada de que el amor floreciera en todos los rincones del mundo, en todas sus formas.
Ares y Hefesto, hijos de Zeus y Hera, serían encargados de cuidar del combate y la artesanía respectivamente, uno con fuerza y valentía, el otro con paciencia y creatividad.
Dionisos, el más joven con solo 16 años, prometió traer alegría y festividad a los seres, recordándoles que la vida también debe ser disfrutada.
Finalmente llegó el turno de los gemelos, Artemisa y Apolo.
Quedaban dos Reinos, uno de ellos el más importante en la vida del Olimpo y la tierra.
Themis miró a ambos y con una leve sonrisa en sus labios, habló.
—Artemisa, serás Diosa y encargada de la caza, la luna y la virginidad, tu deber es proteger a las bestias salvajes, a las mujeres y a los niños, y que la luna ilumine el camino de quienes viajan de noche.
Leto, su madre, sonrió con orgullo mientras Artemisa caminaba a su trono, y sin más, fue el turno de Apolo.
El joven con una apariencia de 20 años, su cabello ondulado y rubio como el trigo que crecía en los campos y sus ojos color miel tan brillantes como los rayos del sol que pronto serían suyos, se paró con la espalda recta, sintiendo cómo todos los ojos estaban puestos en él, caminó hasta el centro de la sala, los Dioses recién nombrados no dejaban de mirarlo al igual que las personas a su alrededor, no tenían duda que su papel en el Olimpo era el correcto.
Mnemosine, la titana de la memoria, se acercó a él, en las manos traía una lira hecha de madera de sauce que había crecido en las orillas del río Lethe, y cuerdas de seda de ninfa que habían sido tejidas con mucho cuidado.
—Apolo — habló Themis — A ti, te nombró el Dios del Sol, de la música, de la poesía y de la profecía. Tu luz dará vida a la tierra, calentará los campos, hará crecer las plantas y guiará a los mortales en sus caminos. Tu música y tu poesía llenarán de alegría los corazones de todos los seres, y tu profecía ayudará a quienes buscan respuestas sobre su futuro.
Mnemosine le entregó la lira, Apolo la tocó con dedos seguros, produciendo un sonido claro como el agua corriente que resonó por toda la sala.
Las notas llenaron el aire de calidez y esperanza, y algunos de los dioses jóvenes cerraron los ojos para disfrutar de la melodía.
Y por primera vez en toda la ceremonia, Hades levantó la vista y sin evitarlo miró directamente a Apolo; notó cómo la luz se concentraba en él, cómo los rayos del sol parecían alcanzarlo incluso dentro de la sala, resaltando el dorado de su cabello y la claridad de su piel.
Sintió un frío recorrer su cuerpo sin saber qué significaba, una sensación desconocida, y al mismo tiempo una calidez que no encajaba, como si algo ajeno hubiera entrado en él. No entendía por qué su mirada no podía apartarse de aquel chico de cabello dorado.
Perdió la cuenta de los segundos y, al entrar en razón, Apolo ya había sido nombrado Dios y caminaba hacia su trono. Hades apretó los puños, intentando controlar la sensación en su cuerpo, esperando que todo terminara y no volver a sentir nada igual.
Themis, junto a los cinco dioses del consejo sagrado, se posicionaron frente a los jóvenes. — El Olimpo queda a partir de hoy en manos de los Jóvenes olímpicos, quienes prometen proteger a Dioses y mortales por igual, mantener el orden que los titanes han establecido y cuidar y mantener el bienestar de sus Reinos a pesar de cualquier cosa.
— Zeus, Hades, Poseidón, Apolo, Atenea y Artemisa —Mnemosine nombró a los jóvenes, quienes al oír sus nombres se pusieron de pie uno a uno.
Ahora habló Cronos —El consejo también pasa a sus manos, llegó el momento de que tomen decisiones para el bienestar de nuestro hogar, y sin más, hemos decidido que los indicados y más fuertes para poder tomar este papel son ustedes, y gracias a eso, después de hoy tienen que ser más unidos que nunca, porque entre ustedes está el futuro de nuestro Olimpo.
La ceremonia continuó por unos minutos más, hasta que terminó, seguía la celebración en los jardines divinos del Olimpo, donde estarían cada uno de los titanes y ahora nuevos Dioses, sin embargo, Hades decidió retirarse, después del último nombramiento al Dios del Sol, su cuerpo tenía una extraña sensación que no se iba con nada, pensó que lo mejor era irse del lugar y conocer ahora su nuevo hogar, el Inframundo, donde caería en la realidad de su vida y donde quizá sus pensamientos volverían a la normalidad y sus sensaciones también.
Sin decir nada a nadie, se fue de la sala de las estrellas, pensando en que nadie notaría su ausencia, pero sin esperar que aquel chico de cabello rubio viera su partida y, sin saber por qué, sintiera un vacío en la celebración del Olimpo.
🌑 andy <3