Prólogo: Apocalipsis
Cuando en lo alto Némesis aún no devoraba el cielo, y abajo Theia permanecía intacta, los Hermanos de Fuego fueron ejecutados bajo el fulgor de un agonizante ocaso.
Theia, el colosal planeta de incontables razas, fue testigo de cómo los cuatro jinetes del apocalipsis fueron aplastados por la Corte de Canaán.
No tuvieron un padre a quien recurrir.
No tuvieron una madre en quien confiar.
Mucho menos un Dios al que rezar.
Así terminaron sus días: convertidos en moléculas de polvo, inútiles y dispersas en la inmensidad del universo.
Los Emuná-kahir¹ cuentan que el tiempo nunca olvidó aquel ocaso. Lo convirtió en una sonata desafinada que jamás dejó de sonar.