MAMÁ

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Relato corto. Ella tenía que volver a casa.

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16+

MAMÁ

Los días lluviosos eran complicados. Mucho tráfico, gente impaciente y demasiada humedad. Era peor cuando salía el sol justo después, y este país adoraba hacer eso.

Un momento podía haber un sol que no engañaba a nadie, la humedad volvía el aire tan denso y caliente que la lluvia se volvía un alivio inmediato.

Para los que tenían paraguas.

— Ana Laura, tu hermana te ha escrito? — asomé a la habitación de la menor.

— No.

Vale. Probablemente estaba de camino. Me avisó cuando subió a la estación de La Dolorosa. No debía tardar.

Tal vez sólo era tráfico pesado.

No pude esperar. No más de una hora. Ya la lluvia estaba cediendo.

Nada.

Llamé a mi esposo. Él tampoco sabía nada.

Estaba sentada en el patio frontal para verla llegar.

Nada.

Ella siempre avisaba.

A veces, salía con su amigo, Yoan. El muchacho hasta había venido a casa un par de veces.

Pero siempre avisaba. “Estoy en el centro comercial” o “salí a comer”, que era exactamente lo mismo.

Sinceramente, pensé en la posibilidad de que tuviera pareja, pero habría inventado alguna excusa para llegar tarde sin levantar sospechas.

No sería la primera vez que hacía algo del estilo.

Aunque sus... malas experiencias la llevaron a no hacerlo de nuevo. Hasta donde yo sé.

Pero había algo molestándome.

Tal vez no tenía datos móviles.

Decidí llamarla a ella directamente. El teléfono sonó... una, dos, tres...

El teléfono seguía encendido. Por lo menos tenía carga. Pero no contestó la llamada.

Porque siempre tenía el maldito aparato en silencio.

Decidí no volver a llamar.

Ella me llamaría devuelta al ver la llamada perdida.

Se hicieron las 17:00.

¿Dónde estaba esta chiquilla?

Llamé a mi esposo una segunda vez. Él la llamó. No hubo respuesta.

Carajo.

No puedes desaparecerte así sin avisar.

— Ana Laura, llama a tu hermana.

Desde el patio la escuché quejarse. Pasó un minuto de reloj.

— No me contesta.

Se hicieron las 18:00 y mi esposo llegó del trabajo. — ¿Nada? — preguntó tan pronto se bajó del auto.

— No, nada.

Jamás había llegado tan tarde. Nunca.

Ni siquiera le gustaba salir de noche. Por Dios, ni siquiera le gustaba salir de casa. Iba a la universidad porque era su responsabilidad, pero ella odiaba cada segundo del día en que no estaba en casa.

— ¿Llamamos a la policía? — sugerí.

Mi esposo hizo una mueca. Le pareció precipitado. — ¿Tienes el contacto del chiquillo este, el amigo que venía?

— ¿Yoan? Sí.

Llamé al muchacho. Él contestó enseguida. Y noté en su voz la confusión por mi llamada. Era la primera vez que nos poníamos en contacto.

— Yo llegué a mi casa hace horas. La última vez que la vi fue en la estación.

A las 12:30.

Miré a mi esposo.

Llamamos al resto de la familia.

Su abuela no sabía nada. Su tía. Sus primos. Sus tíos.

Nadie sabía nada.

18:20. No había ni una sola señal de ella.

Y peor.

— Se le apagó el teléfono. No le entran las llamadas.

Sentí que se me saldría el alma del cuerpo. Y tuvo miedo, mucho miedo.

¿Dónde mierda estaba esta chiquilla?

¿Se había accidentado? ¿Qué otra cosa podría ser? Incluso si se hubiera quedado sin dinero por cualquier motivo—

— ¿Y si le robaron? — se me ocurrió de repente.

— Le habrán quitado el teléfono y poco más. Ella sabe que es mejor no pelear — mi esposo aseguró.

Él tenía una expresión terrible.

— Si por ella fuera, habría venido caminando desde donde sea que le robaron. Llegaría aquí cabreada a contarnos que casi la apuñalan, porque así de loca es — afirmó molesto. — No... no le robaron.

— No — negué con mi cabeza y me alejé de él. — No, no, no. Cállate, Gabriel, cállate.

Él me ignoró y volvió a marcar en su teléfono.

No.

No, esta porquería no me puede estar pasando a mi.

No a mi familia.

No a mi hija.

Me encerré en mi habitación.

— ¿Si? Buenas noches, para reportar una desaparición — escuché a mi esposo hablar.

Se me cerró la garganta. Froté mi cara con fuerza tratando de mantener la compostura.

Él tenía que estar equivocado.

Ella iba a llegar.

Ella iba a abrir la puerta principal y saludar, decir donde mierda se había metido.

Y yo la abrazaría y la regañaría por haber tardado tanto.

Ella tenía que llegar.

No podía dejar a Ana Laura llorando sola en su habitación. No podía dejar a su hermana. Ella la estaba llamando una y otra vez. Pero el teléfono ya se había apagado.

Llegó.

La policía llegó.

Pasó la noche entera...

Y un día.

Y otro.

Y otro más.

...

¿Dónde estaba mi hija?