ELLA

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Relato corto. Mi hermana desapareció. Desapareció y jamás regresó...

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Complete
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1
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n/a
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16+

ELLA

2 meses y 2 días pasaron desde la desaparición de mi hermana. Nuestra casa se volvió terriblemente callada y fría sin ella. Su presencia siempre había sido extrañamente reconfortante. Porque ella sonreía aunque algo no le hiciera gracia, solo para decirte que tu chiste era una tontería como una casa.

Ella ayudaba aunque odiaba ayudar.

Era una absoluta princesa. Porque mis papás la malcriaron demasiado.

Ella lo sabía, ellos lo sabían, yo lo sabían. A nadie le molestaba tener a una hija mimada.

Papá adoraba cuando ella llegaba, se sentaba en el suelo junto a la cama y escondía su cabeza contra las costillas de papá para que él le acariciara el cabello. A veces era arisca como un gato, a veces era mimada como una niña de 4 años.

Ese día era su cumpleaños.

Aquella mañana, mientras todos se preparaban para un nuevo día, asqueroso como todos los demás, la vimos.

Estaba de pie frente a la casa, con una venda sobre los ojos, quieta como una estatua.

Mamá y papá corrieron a abrirle la puerta. La abrazaron.

Lloraron.

Le quitaron la venda y ella frunció el ceño. La luz le lastimaba los ojos.

Entraron en casa y ambos llamaron al trabajo para avisar que faltaría ese día.

Ella no lloró. No sonrió. No hizo nada. Se quedó sentada en el sofá mientras papá llamaba a los policías.

Fuimos al hospital donde papá trabajaba porque necesitaban registros. Necesitaban informes sobre ella.

Según los exámenes, no habían huesos rotos ni traumatismos severos.

Pero estaba embarazada.

Al escuchar la noticia, ella no se inmutó. Dejó que las enfermeras atendieran sus muñecas laceradas. No se quejó.

Los policías le hicieron preguntas, pero ella no tenía nada.

No tenía una ubicación. No tenía una descripción. Y, según ella, no lo conocía tampoco.

Yoan, un amigo suyo, viajó tres horas sólo para verla. Eso pareció hacerla reaccionar. Solo lo miró. Más de lo que había hecho hasta entonces.

Ella no hablaba. Cuando lo hacía, parecía que le dolía. Parecía que físicamente le lastimaba hablar.

Se escondió detrás de Yoan. Acarició las manos de Yoan y frotó sus mejillas contra el hombro de su amigo. — Hueles a jabón de lavar ropa — le dijo con una voz pequeñita.

Ella no volvió a la universidad.

Dijo que no quería volver jamás.

Pero, ella quería estudiar muchas cosas. Solía decir que cursaría muchos técnicos luego de graduarse de su licenciatura.

Ya no quería salir de casa.

Tiempo después, ella salió con unos amigos de la familia. Según, irían a una cabaña para que ella pudiera despejarse y relajarse.

Cuando regresaron, la barriguita que tenía dejó de crecer.

Mis padres, aunque no apreciaban las circunstancias, estaban en contra de arrebatarle la vida a un no nato. Por eso le quitaron el habla a dichos amigos durante muchos años.

— Yo se los pedí — me confesó un día. — No quería tenerlo. Nadie merece crecer solo para darse cuenta que su mamá lo odia y le tiene asco. Le hice un favor...

Lo cierto es que a ella siempre le dio miedo darle hijos al hombre equivocado. Era algo que jamás escondió. No quería formar una familia para luego divorciarse.

Porque ella, sobre todas las cosas, era una romántica sin remedio. Era.

Más de una vez, la escuché teniendo pesadillas.

Se despertaba llorando.

La veía comer cada comida con asco. Las manos le temblaban cuando sujetaba los cubiertos. No le gustaba que la abrazaran y gritaba cuando alguien se le acercaba por la espalda.

Con el tiempo, llegó a sonreír. Breve, frágil. A penas una curva en la comisura de sus labios. Parecía más una mueca de asco que una sonrisa.

Pero era una sonrisa.

Yo lo sabía.

Era lo poquito de ella que aún le quedaba.

Lo poquito que él le dejó conservar.