Chapter 1 El comienzo
Todo comenzó una mañana en Madrid.
La luz entraba a través de la persiana, dibujando líneas en la pared. Lía se removió entre las sábanas, sin ganas de salir de la cama.
—Lía, cariño, despierta. Hoy empiezas a trabajar —dijo su madre desde la puerta.
—Lo sé, mamá… —murmuró—. Me duele un poco el estómago.
—Eso son los nervios. Venga, arriba, que no vas a llegar tarde el primer día.
Lía abrió los ojos de golpe.
—Espera… ¿qué hora es?
Miró el reloj.
—¡No puede ser! ¡Voy tardísimo!
Se levantó de un salto.
La habitación era un desastre: ropa por la silla, en la cama, en el suelo.
—Esto no… esto tampoco… —bufó—. ¿De verdad no tengo nada decente?
Suspiró.
—Vale, ya está… esto mismo.
Se puso unos vaqueros, unas zapatillas y una camiseta sencilla.
Bajó las escaleras a toda prisa.
—¿Desayunas algo? —preguntó su madre.
—No me da tiempo.
—Te he dejado un té.
—Luego me lo tomo.
Miró hacia el jardín.
—¿Papá?
—Fuera, como siempre.
Salió un momento.
—Papá, me voy.
—Ten cuidado, hija.
—Sí.
Volvió a entrar.
—Mamá, me voy.
—Suerte en tu primer día.
El móvil vibró.
Leticia: —¿Dónde estás? Como llegues tarde, te cae una buena.
Lía resopló.
—Ya voy.
Salió a la calle.
Madrid ya estaba despierto: coches, gente, ruido… todo en movimiento.
Y ella… apenas empezando.
Sin saber que ese día iba a cambiarlo todo.
Capítulo 2: El encuentro
Lía llegó tarde.
Muy tarde.
—Quince minutos —dijo el jefe, serio—. No es la mejor forma de empezar.
—Lo siento, de verdad. No volverá a pasar.
—Eso espero.
Leticia la miró desde el mostrador.
—Luego hablamos —susurró.
El trabajo fue un caos desde el principio.
Clientes, pedidos, bandejas…
—Lía, encárgate de la vitrina.
—Voy.
Intentaba concentrarse, pero tenía una sensación extraña.
Como si algo fuese a pasar.
Horas después, salió un momento a la puerta para despejarse.
—Necesitaba esto…
Entonces miró al cielo.
—Genial…
Nubes grises cubrían la ciudad.
El viento comenzó a soplar.
—
—Te he estado buscando por toda la cafetería, Lía —dijo Leticia, quitándose el delantal—. Ya has terminado por hoy, puedes irte.
Lía soltó el aire, agotada.
—Gracias… lo necesitaba.
—Descansa. Mañana será mejor.
—Eso espero.
—
Lía salió de la cafetería.
Dio unos pasos.
Mirando al suelo.
Y de repente
CHOQUE
—Oye… ¿podrías mirar por dónde vas?
La voz era baja, fría.
Lía levantó la mirada.
Chaqueta de cuero negra, mirada intensa que no decía nada pero lo decía todo, y una expresión seria de pocos amigos.
—¿Y tú podrías pedir perdón?
Silencio.
Él no respondió.
Lía soltó una pequeña risa incrédula.
—Vaya, qué carácter.
Intentó seguir caminando.
—No deberías ir sola —dijo él.
—¿Perdona?
La primera gota cayó.
Luego otra.
Y la lluvia empezó.
El sonido del agua llenó la calle.
—Este sitio no es tan tranquilo como parece —dijo él.
Lía lo miró, desafiante.
—Ni tú tampoco.
Por primera vez, él sonrió levemente.
—Alex.
—¿Qué?
—Mi nombre.
Lía dudó un segundo.
—Lía.
Se quedaron mirándose.
La lluvia caía entre ellos.
Y, por alguna razón…
ninguno quería irse.