QUERIDO MONSTRUO

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Summary

Querido Monstruo es una novela de terror psicológico y obsesión enfermiza narrada desde el punto de vista de Elara: la historia de cómo una mente que funciona diferente al mundo encuentra en la cosa más peligrosa que existe su único punto de anclaje real. Es la historia de un amor que no debería existir y que existe de todas formas, con toda la estructura y toda la gravedad de las cosas reales. Es la historia de lo que queda cuando ese amor termina de la única manera que podía terminar. Y es la historia de lo que no termina nunca. Género: Terror psicológico / Thriller / Dark Romance Tono: Obsesión. Enfermedad mental. Amor sin moral. Ambientación: Chicago, Illinois. Noviembre — Abril. Narradora: Elara Voss, 19 años. Primera persona. Tiempo posterior a los hechos. Advertencia de contenido: violencia explícita, sangre, trastorno mental, relación enfermiza, muerte.

Genre
Thriller
Author
V. Blód
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

“La primera vez que vi mi propia sangre"


QUERIDO MONSTRUO

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“Los monstruos no llegan de noche rugiendo. Llegan en silencio, con los ojos bonitos y las manos cálidas, y tú abres la puerta porque te parece que llevan demasiado tiempo esperando en el frío."

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CAPÍTULO UNO

“La primera vez que vi mi propia sangre"

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Hay cosas que uno recuerda con una claridad que duele.

El olor del café quemado en el apartamento 4B. El crujido exacto del tercer escalón del edificio Marlowe, ese sonido húmedo como hueso roto que hacía cada vez que yo bajaba corriendo a buscar el periódico que nunca leía. La forma en que la luz de noviembre en Chicago llegaba a través de mis ventanas sin cortinas y pintaba rectángulos blancos sobre el piso de madera, rectángulos que yo pisaba con cuidado, como si pisarlos con descuido pudiera romper algo que no tenía nombre.

Me llamo Elara Voss.

Tengo diecinueve años. O los tenía. Ahora mismo no estoy muy segura de cuánto tiempo ha pasado desde que comenzó todo, desde que el mundo que conocía —ese mundo pequeño, manejable, hecho de libros apilados y tazas de té frío y listas escritas en cuadernos de cuadros— se empezó a deshacer como azúcar en agua caliente. Rápido. Sin ruido. Sin dejar nada reconocible.

Voy a contarte lo que pasó.

Voy a contártelo todo.

Incluso las partes que me avergüenzan.

Incluso las partes que no entiendo todavía.

Especialmente esas…

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Chicago en noviembre tiene una forma de hacerte sentir que el mundo terminó y nadie tuvo la decencia de avisarte. El viento sube desde el lago Michigan con algo personal en él, algo que no es solo frío sino también rabia, como si el lago guardara rencor desde hace siglos y lo soltara en ráfagas sobre la gente que tiene la audacia de existir cerca de sus orillas. Yo vivía en el barrio de Pilsen, en un edificio de ladrillo rojo con el nombre MARLOWE grabado sobre la puerta en letras de hierro oxidado. Cuatro pisos. Doce apartamentos. Una lavandería en el sótano que olía a humedad y a algo que prefería no identificar.

Mi apartamento era el 2A. Pequeño como un pensamiento apurado. Una sola habitación que hacía las veces de sala, comedor, estudio y dormitorio, más un baño donde apenas cabía yo sola y una cocina del tamaño de una caja de zapatos. Lo tenía tapizado de libros. No metafóricamente: los libros cubrían cada superficie horizontal disponible. El piso, los radiadores, el alféizar de la ventana, la tapa del inodoro. Vivía rodeada de palabras como otros viven rodeados de personas, y no me parecía un problema. Me parecía suficiente.

Era suficiente.

Al menos eso me decía a mí misma.

Estudiaba literatura en la Universidad DePaul con una beca parcial que me obligaba a trabajar veinte horas semanales en la cafetería del campus, sirviendo sandwiches envueltos en plástico a estudiantes que me miraban sin verme. Era buena en eso: en no ser vista. Había perfeccionado la habilidad durante varios años de práctica constante.

Sabía cómo volverme invisible en una habitación llena de gente, cómo hablar lo justo para no parecer rara y lo mínimo para no parecer accesible. Era la clase de persona a la que sus compañeros de clase describirían como “callada” si alguien les preguntara, como “inteligente, creo”, como “sí, existe, sí, estaba en mi clase de Narrativa Americana, creo que sí”.

No tenía amigos cercanos. Tenía conocidos. Una chica llamada Priya con la que a veces tomaba el metro de vuelta a casa y con quien hablábamos de libros con la comodidad desapegada de dos extraños en un tren. Un chico en mi clase llamado Marcus que me prestó su subrayado de “El corazón delator” y al que nunca le devolví el libro porque empecé a sentir que era mío, que siempre lo había sido.

Y tenía a mi cabeza.

Mi cabeza era el lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo.

Era ruidosa, mi cabeza. No de la manera que uno imagina cuando alguien dice eso. No era el ruido del caos o la ansiedad desbordada —eso también, claro que sí—, sino otro tipo de ruido. Como si hubiera más de una emisora sintonizada al mismo tiempo. Voces que no eran exactamente voces sino pensamientos con personalidad propia, pensamientos que a veces decían cosas que yo no había decidido pensar. Llevaba años ignorándolas con el mismo empeño con que uno ignora el goteo de un grifo: funcionaba siempre que no era demasiado tarde por la noche y estaba demasiado cansada para mantener la guardia.

Lo que sí recuerdo con precisión absoluta es la primera vez que vi sangre. Mi sangre.

Tenía ocho años. Estaba en el patio trasero de la casa de mi madre en Springfield, una casa de madera blanca con el jardín sin cortar y las persianas siempre medio caídas como párpados somnolientos. Me había caído de la bicicleta sobre el cemento resquebrajado del camino de entrada. La rodilla izquierda abierta en un tajo limpio, rojo brillante como pintura fresca sobre piel. Me senté ahí, en el suelo caliente de agosto, y en lugar de llorar me quedé mirando la sangre con una curiosidad que recuerdo como completamente serena.

Era bonita.

Eso pensé: “qué bonita.”

Pasé el dedo por el borde de la herida y sentí el ardor con algo parecido al alivio. Como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese permiso para ser real. Para existir de una manera que pudiera verificarse.

Mi madre tardó veinte minutos en darse cuenta de que yo no había entrado a cenar. Me encontró todavía sentada en el cemento, la rodilla coagulada, mirando el cielo que se había puesto naranja.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó desde la puerta, sin bajar los escalones.

—Pensando —le dije.

No me llevó al médico. Me limpió la rodilla con agua del grifo y me dijo que tuviera más cuidado. Nunca fue del tipo de madre que baja los escalones a buscarte.

Lo cuento porque importa. Lo cuento porque todo empieza ahí, en esa niña de ocho años sentada en el cemento caliente descubriendo que el dolor tenía una textura que podía contemplarse.

Que la sangre tenía un color que valía la pena mirar.

Lo cuento porque hay que entender de dónde vengo para entender a dónde llegué.

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La noche que importa —la noche que en retrospectiva fue el primer día del resto de mi vida, aunque entonces era simplemente un miercoles— fue el cuatro de noviembre. Hacía un frío que no pedía permiso. Yo había salido tarde de la biblioteca de la universidad después de quedarme dormida sobre una edición anotada de “Beloved” de Toni Morrison, ese libro que me rompía algo cada vez que lo leía, que me rompía de maneras diferentes según el capítulo. Me desperté con la mejilla marcada de letras impresas y un dolor de cuello que me acompañaría los tres días siguientes.

Tomé el tren rojo hasta la parada de 18th Street y caminé las seis cuadras hasta el Marlowe con la cabeza gacha contra el viento y los auriculares puestos aunque no sonaba música. Los auriculares eran una estrategia. Con ellos, nadie me hablaba.

Entré al edificio. El vestíbulo olía a la cena del vecino del primero, algo con ajo y tomate que en otra circunstancia habría sido agradable. Subí los dos pisos por la escalera —el tercer escalón crujió como siempre, como prometido—, saqué mis llaves.

Y ahí fue cuando lo vi por primera vez.

Un hombre en el pasillo.

Parado frente a la puerta del 2C, que llevaba vacío tres meses, desde que la señora Kozlowski se había mudado a casa de su hija en Milwaukee. Estaba de espaldas a mí. Alto. Ancho de hombros pero no de manera torpe, sino de manera estructurada, como alguien que había sido construido con intención. Llevaba un abrigo oscuro, gris marengo o negro, difícil de decir bajo la luz mortecina del pasillo. Tenía el pelo castaño oscuro con alguna hebra de plata que solo noté después, en retrospectiva, con esa claridad molesta que tiene la memoria cuando ya es demasiado tarde.

Estaba mirando la puerta. O eso parecía. No hacía nada. Solo estaba parado, quieto, mirando la puerta del 2C con la concentración de alguien que está leyendo algo escrito en una superficie que nadie más puede ver.

Me detuve.

No sé por qué me detuve. O sí lo sé: me detuve porque algo en él era interesante de la misma manera en que un accidente es interesante, de esa manera que tiene lo ligeramente fuera de lugar de atraer la mirada y no soltarla. Pero también me detuve porque el pasillo no era grande y para llegar a mi puerta tenía que pasar junto a él, a menos de un metro, y algo en mi cuerpo —ese sistema de alarmas primitivas que a veces funciona y a veces miente— envió una señal.

Él se giró antes de que yo terminara de decidir qué hacer.

Nos miramos.

Tenía los ojos de un color que no supe clasificar en ese primer instante. Castaños, sí, pero con algo más, con una cualidad de profundidad que hacía pensar en el agua oscura de los pozos. Serenos. Esa era la palabra. Unos ojos completamente serenos, sin la expresión de sorpresa que uno esperaría de alguien que acaba de ser pillado parado solo en un pasillo vacío mirando una puerta ajena.

Sonrió.

Una sonrisa pequeña, controlada. No de la clase que pide algo sino de la clase que ya tiene todo lo que quiere.

—Perdona —dijo. Voz grave. Sin acento particular. —Me mudé hoy. Todavía me estoy orientando.

Y eso fue todo.

Se metió en el apartamento 2C y cerró la puerta con suavidad.

Yo me quedé parada en el pasillo durante varios segundos que no supe contar.

Luego abrí mi propia puerta, entré, me quité el abrigo, me hice un té que no me tomé, y me senté en el suelo con la espalda contra la cama pensando en esos ojos de pozo hasta que sin darme cuenta me quedé dormida ahí mismo, en el suelo, con las rodillas contra el pecho y “Beloved” todavía en la mochila.

Soñé con agua oscura.

Soñé que algo me miraba desde el fondo.

Y que yo lo miraba de vuelta.

Y que ninguno de los dos apartaba los ojos.



4 de noviembre. Tarde. El café ya frío.

Tengo una lista de cosas que me gustan que nadie sabe que existen.

No la lista de cosas que se dicen cuando alguien pregunta qué te gusta, esa lista está llena de mentiras respetables: los libros, el otoño, el café, la lluvia. Esa lista la mantengo disponible para uso social como se mantiene una llave de repuesto: funcional, presentable, completamente falsa en su incompletitud.

La otra lista es esta.

Me gusta el olor que tiene el aire justo antes de que empiece a nevar. No el de la nieve en sí, no ese olor limpio y vacío que tiene cuando ya cayó. El de antes. El olor de algo que todavía no ocurrió pero que ya decidió ocurrir. Es el olor de la inminencia y es el olor más honesto que conozco porque no finge ser lo que aún no es sino exactamente lo que ya es aunque todavía no se vea.

Me gusta el crujido específico del tercer escalón del edificio Marlowe. Sé que es húmedo y está medio podrido y que el señor Abelson debería haberlo arreglado hace dos inviernos. No me importa. Me gusta porque cruje igual cada vez. Tiene fidelidad. Las cosas que crujen igual cada vez son más honestas que las personas que dicen lo mismo de maneras diferentes según el día.

Me gusta la hora entre las tres y las cuatro de la madrugada. Específicamente esa hora. No las dos, que todavía tiene algo de noche deliberada, de noche elegida. No las cuatro, que ya empieza a oler a mañana que nadie pidió. Las tres. Esa hora que existe solo para los que no pueden dormir y para los que no quieren y para los objetos de las habitaciones cuando creen que nadie los mira.

Me gusta la sangre cuando está seca. No cuando está fresca, que tiene demasiado movimiento, demasiada urgencia. Cuando está seca tiene otra categoría: se convierte en registro. En evidencia. En la única prueba de que algo ocurrió de verdad, de que el cuerpo estuvo completamente presente en un momento y lo sabe todavía aunque el momento ya pasó.

Me gusta la forma en que ciertas palabras pesan más que su significado. Umbral. Inminencia. Quietud. Pozo.

Me gusta la cara que pone la gente en el metro cuando cree que nadie la mira. Esa cara es la más verdadera que tienen y es la única que nunca les muestran a nadie voluntariamente y yo la colecciono como otros coleccionan sellos, con esa mezcla de posesión y ternura por algo que pertenece a otro pero que uno ha visto antes de que pudieran esconderlo.

Esta noche vi al hombre del 2C por primera vez.

Añado a la lista: los ojos que tienen la profundidad exacta de algo que no tiene fondo visible.

Me pregunto si lo sabe.

Me pregunto si sabe que lo estoy añadiendo.

Elara voss