Prólogo
Todo comenzó hace 500 años, cuando un meteorito cayó del espacio cerca de una tribu indígena. El impacto fue tan fuerte que dejó el bosque en llamas, extinguiendo la vida de los árboles y animales que se encontraban cerca.
Varios aldeanos se acercaron a la roca mientras hablaban entre sí en un idioma que solo la tribu conocía. Uno de los indígenas se aproximó y tocó el meteorito con curiosidad. Luego miró hacia atrás y les hizo saber a sus compañeros que no parecía algo peligroso. Algunos incluso lo calificaron como un mensaje del cielo.
Pero en ese momento, la roca se abrió.
De ella emergió una figura oscura, la cual blandió uno de sus tentáculos y partió a la mitad al indígena que estaba más cerca del meteorito.
Los demás se alarmaron, sacaron sus arcos hechos a mano y comenzaron a atacarlo con flechas. Las flechas lograban herirlo, ya que la entidad oscura estaba débil por la caída y el largo viaje.
El ser oscuro clavó sus tentáculos en la tierra, y de ella brotaron más tentáculos que atravesaron y empalaron a todos los guerreros presentes.
Luego, el ente se dirigió hacia la dirección donde veía humo, llegando a la aldea, donde masacró y se comió a muchas personas.
Por donde caminaba, solo dejaba muerte. Las plantas morían por su presencia, y las vísceras junto a la sangre teñían la tierra de rojo.
Fue entonces cuando un valiente guerrero tomó una decisión y corrió hacia el lugar del meteorito, encontrando únicamente trozos de carne de sus amigos y familiares.
Las lágrimas salieron de sus ojos, como si ya se hubiera resignado a su muerte y a la de su aldea.
Entonces vio a lo lejos un charco de una sustancia negra que se encontraba dentro de la roca. Se acercó con curiosidad, pero aquello no era agua ni petróleo.
Era sangre.
Una sangre tan negra como la noche.
El guerrero escuchaba los gritos de mujeres, hombres y ancianos. Con rabia en su corazón, pidió ayuda al Dios Sol, pero no recibió respuesta.
Entonces se agachó y metió ambas manos en la sangre oscura para luego beber la sustancia.
En ese momento sintió un dolor en el corazón que lo hizo caer al suelo y arrastrarse del sufrimiento. De sus orificios comenzó a salir sangre negra.
Su ADN se estaba destruyendo.
Pero fue suficiente para levantarse a pesar del dolor.
Caminó lentamente y, al entrar a la aldea, vio al ente oscuro sosteniendo a una mujer con sus tentáculos.
El guerrero se acercó un poco y gritó:
—Déjala… ¿no me escuchas, maldito demonio?
El ente respondió con una voz que sonaba como si muchas personas hablaran al mismo tiempo:
—No soy un demonio… soy su pesadilla, Arak.
Al terminar la frase, apretó a la mujer con sus tentáculos hasta hacerla explotar. La fuerza fue tanta que sus costillas quedaron completamente destruidas.
La sangre se esparció por los alrededores, bañando al guerrero, quien soltó un grito lleno de rabia.
Arak lo golpeó con un tentáculo, haciéndolo estrellarse contra un árbol.
Luego siguió caminando y se dirigió hacia una anciana que protegía a unos niños.
Arak preparó un tentáculo para acabar con ella, pero el guerrero se levantó y extendió la mano hacia Arak.
De inmediato, Arak quedó inmóvil, sin poder mover un solo tentáculo.
—¿Qué… qué pasa? —dijo mientras intentaba mover su cuerpo.
Al girar un poco la cabeza, vio al humano de pie usando un poder que los humanos no deberían poseer.
El guerrero movió la mano y estrelló a Arak contra un árbol, partiéndolo a la mitad.
Pero aquel poder le estaba pasando factura. Su vida se extinguía poco a poco.
Arak se levantó y preguntó:
—¿Cómo un humano puede hacer esto?
Luego caminó unos pasos, pero terminó tosiendo sangre negra debido a lo débil que estaba.
El guerrero, al ver la oportunidad, le gritó a la anciana:
—¡Corran! ¡Largo!
La anciana y los niños corrieron hacia el bosque, pero Arak no quería dejarlos vivir e intentó perseguirlos.
En ese momento, el guerrero utilizó sus poderes para hacer flotar el árbol destruido y lanzarlo contra Arak, quien recibió el impacto y salió volando varios kilómetros.
Arak se levantó lleno de ira y atacó al guerrero, empalando su cuerpo con cuatro de sus tentáculos.
Luego lo acercó hacia él y preguntó:
—¿De verdad pensaste que puedes matarme?
El guerrero, usando sus últimas fuerzas, respondió:
—Si no puedo matarte… bastará con destruirte lo suficiente para que nunca puedas recuperarte.
Entonces enfocó todo su poder en su propio cuerpo.
Y explotó
La explosión fue tan grande que la aldea quedó completamente destruida.
De Arak solo quedó un líquido negro esparcido por el suelo.
La anciana y los niños regresaron al lugar donde ocurrió la explosión, pero no encontraron rastros de vida.
Luego la anciana se marchó mientras decía:
—Debemos buscar una nueva aldea.
Mientras caminaban lejos de lo que una vez fue su hogar, los restos de Arak comenzaron a acumularse y hundirse en la tierra, mezclándose con la naturaleza.
La anciana continuó caminando junto a los niños, pero uno de ellos cayó al suelo, arrastrándose del dolor.
—¿Qué tienes, hijo? —preguntó preocupada.
El niño no podía hablar.
La anciana lo cargó y lo llevó a una choza.
El niño pasó días sin despertar.
Pero después de siete días, abrió los ojos.
Los demás niños avisaron rápidamente a la anciana, quien estaba buscando comida.
Cuando llegó a la choza, todos quedaron sorprendidos.
El niño estaba flotando.
El antiguo guerrero había dejado aquella bendición… o maldición… para las siguientes generaciones.