2.EE. Brillo oscuro; el hijo del relámpago.
Era una noche muy oscura cuando la tormenta comenzaba a azotar con picardía; el cielo rugía con gran fuerza, los rayos golpeaban las montañas como si quisieran destruir el mundo a cada furioso golpe, la lluvia, los rayos y truenos no daban tregua ni a propios ni extraños ya fueran viajeros perdidos o experimentados, las criaturas huían del bosque buscando refugio ante el monzón casi antinatural de aquella noche.
Los árboles caían por todas partes ya sea ante la lluvial o al golpe del fuerte viento y, muy en el fondo del oscuro bosque en aquel lúgubre paisaje a las faldas de las montañas donde el cataclismo azotaba, una pequeña choza, de madera vieja, podrida, casi a punto de caer una pareja de la tormenta allí había encontrado refugio y adentro, aún en la tempestad una nueva luz estaba a punto de brillar. Pues la pareja que dentro se escondía, estaba a punto de dar a luz y en sus infortunios la vida arrojó a la tormenta justo para dar a luz en la oscuridad.
Una hermosa dama de largo cabello rubio tan brillante como el sol mismo y su acompañante, un joven, un caballero de oscura, vieja, maltratada y sucia armadura, pero juntos los dos esperando conocer al nuevo integrante de su familia
El ruido y la ferocidad de la tormenta no daban un minuto de calma, el interior de la cabaña se iluminaba a cada instante por los relámpagos, de pronto en la oscuridad de la noche voces y gritos se escuchaban a la lejanía como siguiendo un rastro, como buscando un lugar.
- Tengo que salir.
Dijo el caballero presuroso, sin nervios, mientras miraba a los ojos de su damisela y tomaba sus mejillas
- ¡No! Si lo haces pueden encontrarnos, ¡puedes morir!
- Igual ese ha de ser mi destino si nos encuentran por quedarme aquí, al menos sé que podré salvarte.
Y tomando entonces de una de las esquinas de la casa su espada, su casco y su capa salió a la tormenta buscando proteger el paradero de su amada; pese a la niebla y la lluvia, se distinguían algunas luces, luces que en ellos traían la tragedia.
- ¡Ahí está!
Un grito resonó en el bosque apenas parecía como murmullo por la incesante lluvia, pero lo suficiente para ser escuchado. Con fuerza el guerrero tomó su espada y dispuesto a defender su vida, su amor, su esperanza, enfrentó la batalla, pero un solo hombre no podría hacerle frente a la brigada que le daba caza y el desastre ocurrió de manera inminente sus pobres habilidades como guardián de las sombras no fueron suficientes para lograr aguantar ante la tropa. Y mientras en el bosque las espadas se bañaban en sangre, la sangre igual corría en otro lugar y seguido de un desgarrador llanto con la nueva vida, así como una terminaba, otra daba comienzo.
- Debemos encontrar a la mujer, no podemos permitir que esa esa criatura nazca.
Y al grito de quien lideraba esa tropa en medio del monzón sus seguidores al momento de escuchar sus palabras se dispersaron en el denso bosque en busca de su objetivo. La lluvia cada vez más y más embravecía, aunque esto pareciera casi imposible, no se le veía final, era como si un manto de oscuras densas nubes hubieras ocultado todo el cielo, podría ser medio dia, pero ni un solo rayo del luz entraban en la negrura de la tormenta. Buscando cada uno y por mala o buena suerte, en realidad no lo sé uno de los soldados topó con la caballa, con una madre y un hijo recién nacido.
- No por favor.
Apenas audible el leve aliento de la mujer pronunciaba sin ánimos
- ¡Los encontré!
En un grito con sonido a muerte alertó del lugar donde se refugiaban la ya tan débil damisela que sin fuerzas y agotada por la labor de parto entre sus brazos tomaba a su hijo y en un tierno beso de la frente...
- Te amo, hijo mío y aunque triste será nuestro destino, no me arrepiento pequeño.
Al momento un fuerte golpe derribó la puerta y ni viento, ni lluvia, ni montaña podrían detener tan horrendo desenlace; una tropa de soldados se postraron rodeándola. De atrás de la tropa se comenzó a abrir camino dejando ver a un guerrero de postura formidable
- No debiste huir, habría sido una muerte más digna y decorosa si solo la hubieras esperado en el reino.
Dijo el caballero de temible aspecto mientras se despoja a de su capa y espada en la negrura de la tormenta, un demonio surgió adentro de la cabaña, con largas alas cristalinas, en sus manos se formaban largas cuchillas, con una coraza de aspecto grueso y una imagen atemorizadora se levantó frente de ella de manera imponente, pero antes de que algo más pudiera pasar, con una cara pálida casi sin vida miró la mujer a los ojos de la bestia y vertiendo así su vida pronunció unas palabras apenas audibles.
- Moriré, pero será por mi propia mano y no en tus garras y que nuestro padre nos perdone hermano mío.
En la insondable noche, una luz, un breve relámpago cayó en la casa de madera dejando sólo polvo de lo que allí había, un relámpago que dejó a su paso destrucción y tristeza no hubo tiempo para que nadie huyera, solo un destello y los cuerpos cayeron calcidados.
No mucho tiempo pasó y la indomable tormenta por fin daba tregua y se apaciguaba dando calma al lugar mientras los tenues y débiles rayos de la luna se asomaban en la oscuridad en la profunda noche y con ella las bestias salían de sus escondites y comenzaban a aullar, junto a su aullido un susurro se percibía, apenas un leve llanto que a los animales inquietaba y dotaba de curiosidad acudiendo al lugar donde también les inspiraba aparente temor.
Caprichoso es el destino pues una de sus jugadas de entre los cuerpos quemados y sin vida un pequeño ser daba respiros temerosos con aires de tristeza en su alma, pero apenas con unos leves rasguños un ser a quien el relámpago impío dejó con vida y así un pequeño niño, hijo la tormenta, de padres muertos en su nombre, un niño nacido en el caos, un hijo del relámpago que ahora su vida podría comenzar.








