Vuelve a mí

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Summary

¿Qué pasa cuando el amor se convierte en adicción? Al no ser correspondido lo nubla todo, te enloquece; saca lo peor de ti. Pero, si es correspondido y te lo arrebatan, ¿podrías mantener la cordura? El baile de dos almas que se reconocieron ha despertado una obsesión destructiva. Y a veces luchar cansa tanto que, pensar en arrojar la toalla parece lo correcto, lo mejor, lo más fácil, pero no lo es. Es el desafío que viven Marlena y Bastián. En cada obstáculo su amor arde con intensidad, se mantiene vivo, aunque es ese mismo fuego el que lo consume todo. La esperanza, el dolor, los sueños. La locura. Las ganas de luchar y el miedo de perderlo todo; eso es volver a alguien cuando se ama.

Status
Complete
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
18+

Está escrito


Marlena

Acaricié el tatuaje plasmado sobre la muñeca de mi mano. Esas letras que hace un año inmortalicé en mi piel por el resto de mis días; recordándome que hay sucesos que no puedes evitar.

Por fin terminé de instalarme en el dormitorio de la universidad. Me tumbé sobre la cama, dejando fluir mis pensamientos. Rendida ante la idea de que somos fugaces, obligados a recorrer un camino a base de decisiones. Decisiones sin puntos medios, decisiones que destrozan.

En ese instante somos conscientes; el destino escrito no puede cambiarse. No puede trazarse a diestra y siniestra como uno quisiera. Es impredecible e incierto; se revela a su tiempo, como tenía que ser, y no cede a las plegarias.

El tono de llamada disipó mis pensamientos.

—Estoy aquí. —Abrió la puerta de golpe.Soltó la maleta y se apartó el móvil de la oreja al sonreír.

Apenas podía reconocerla. No quedaba nada de aquella niña a la que atormentaban en el colegio. Las gafas y los frenillos pasaron a ser historia. Y la timidez y sumisión desaparecieron desde aquel día, cuando rompimos el ciclo al forcejear con sus acosadoras. Nunca más estuvo sola. Desde entonces somos cómplices, aunque debo admitir que el aula de castigo terminó siendo como un segundo hogar. A menudo nos metíamos en líos; si ella tenía problemas, yo la defendía, y viceversa. No siempre estuvimos en los mismos grupos, pero siempre fuimos inseparables.

Sacudió su melena encrespada, presumiendo su nuevo tinte; un rojo intenso que vibraba en su tez morena. Como si no le fuera suficiente llamar la atención con ese cuerpo proporcionado. Nos abrazamos con fuerza, emocionadas de vernos.

—Fue un largo verano, Gin. Echaba de menos tus ocurrencias.

—También te extrañé un montón. Tengo tantas cosas que contarte… no sabes las tías que conocí. —Abrió la maleta—. Parece demasiado, pero te juro que solo he cogido lo necesario. ¿Me ayudas a instalarme?

— ¿Cómo vas a pagarme?

— ¿Alcohol y sexo salvaje? —levantó sus cejas con una mirada insinuante y su sonrisa de oreja a oreja.

—Tonta. —Sonreí al lanzarle una almohada—. Suena tentadora tu oferta, pero ahora mismo me apetece más un café.

—Por favor. Acaso, ¿no me amas de verdad? —Pestañeaba sin parar.

Yo en serio adoraba a esa chica, que con sus gestos y su presencia lograba darle color a mis días.

—Eres una chantajista de lo peor.

—Anda, no seas malita. Di que sí.

—Me lo pensaré en el camino. —Se dejó caer sobre la cama—. Pero al menos traeré tu café favorito.

Había pasado toda clase de momentos a su lado desde que nos conocimos. Era divertida, ocurrente, noble y muy cálida. Agradecía infinitamente que nuestros caminos se hubieran conectado de esa manera. Ese instante que me presentó a la mejor amiga que hubiera podido tener.

Me alejé sonriendo. Caminé por el pasillo, viendo muchos rostros nuevos y algunos conocidos. Al fin llegué a las escaleras y bajé por ellas. Justo a la mitad me percaté de mi descuido; introduje mis manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Demonios. Me he dejado la cartera.

Me apresuré a dar la vuelta. El impacto me hizo perder el equilibrio. Mi cuerpo se balanceó hacia atrás, no pude sujetarme de nada. Apreté los ojos y dejé de respirar en ese instante; esperando una fuerte caída. El miedo me paralizó.

Un brazo rodeó mi cintura y me sostuvo con fuerza. Abrí los ojos y me encontré con los suyos: grises aceituna. Una sutil sonrisa se dibujó en su rostro y aprecié de cerca sus facciones; parecían cinceladas con precisión. Aunque su cabello caía sobre su frente, noté cómo se enarcó su ceja.

—Hubiera sido una fea caída.

Pude respirar de nuevo. Restauré mi equilibrio, abrumada con el perfil del chico. No dejaba de verme con ese gesto suave de amabilidad.

—¿Estás bien?

El corazón me latía tan fuerte que podía escucharlo. Gracias al calor en mis mejillas supe que estaba roja como un tomate. Entrelacé mis dedos y evadí sus ojos, que me invitaban a perderme en ellos.

—Yo... sí… Disculpa. Gracias.

—Deberías prestar más atención.

Solo asentí. En mi mente retumbaba la idea de sí ese chico era realmente humano. ¿Cómo podía alguien ser tan perfecto? Subí corriendo.

—Espera…

Sentí su mirada fija en mí. La vergüenza de titubear y quedarme pasmada solo me permitió evadirlo, sin voltear.

—Lo siento, llevo prisa.