Capítulo 1. Una CEO en Corea
El problema del éxito es que no te abraza por las noches. Era mi cuarta vez en Corea, corría agosto de 2024 y mi empresa facturaba más que nunca. A mis casi cuarenta años, estaba en la cima de mi juego. Nadie que me viera sospecharía que mi mayor éxito era, también, mi armadura más solitaria.
Tampoco era una doncella que necesitaba ser rescatada. Era una CEO haciendo negocios en un país al otro lado del mundo del mío, México.
Seúl en verano huele a humedad, a kimchi y a dinero. Especialmente aquí, en el centro de convenciones DDP, donde el aire acondicionado zumba con la misma intensidad que las promesas de juventud eterna embotellada y los pasillos son un laberinto de luces de neón y stands minimalistas.
Revisé la textura de la crema con la yema de mis dedos, dejando que el producto se fundiera en mi piel. Centella asiática, 90 %, leí en la etiqueta, impecablemente diseñada. Mi mente calculó márgenes, costos de importación y el precio de venta en unos pocos segundos. Es un don y una maldición que no puedo apagar.
El proveedor coreano me miró con esa mezcla de respeto y curiosidad que siempre provoco en Asia: una mujer latina de apenas un metro cincuenta y algo, con ojos grandes y castaños que no pierden detalle, negociando como si midiera dos metros. Mantuve el contacto visual, sabiendo que en estos tratos el lenguaje corporal es el idioma universal del poder.
—Me interesa —dije en inglés, extendiendo mi tarjeta con una sonrisa profesional.
Recorrí la feria por algunos minutos más, esquivando a los distribuidores que querían reunirse conmigo y de pronto sentí una gran necesidad de estar sola. Aquella era una de las ferias de belleza más grandes e importantes de Corea, un paraíso para cualquier amante del skincare, pero creía que ya lo había visto todo. Mi cerebro estaba saturado de números y mi cuerpo resentía el peso del jet lag. Solo necesitaba apagarme.
Afortunadamente, no estaba haciendo este viaje sola. Cindy, mi mejor amiga de la infancia, vino conmigo. En contraste, ella está felizmente casada y también tiene un hijo, Mateo, solo un año menor que mi Martín de 10 años, que es mi sol entero.
Esa misma tarde, intentando despejar la mente del trabajo, ya habíamos ido a recorrer Myeongdong en busca de lo último en moda y skincare, y estábamos exhaustas. Bolsas por aquí, bolsas por allá; no teníamos idea de cómo podríamos llevar tantas cosas en el viaje de regreso. Porque Seúl te hace consumista. Caminas por esas calles iluminadas y hay tantas cosas que quieres probar y tener que no te alcanzaría ni todo el dinero del mundo.
Al regresar al hotel, dejamos el cargamento en el pasillo. Cindy se tiró en su lado de la suite y casi de inmediato hizo una videollamada a su esposo para contarle todo lo que habíamos hecho durante el día. Escuchar su risa, el tono dulce que usaba con su familia y ver cómo su rostro se iluminaba a través de la pantalla, fue como una bofetada silenciosa.
No por envidia —O sí quizás un poco—, sino por nostalgia. Hace un tiempo yo también era así; de hecho, este era mi primer viaje largo sola, sin tener con quién compartir mis logros y tener charlas profundas.
De vuelta en la soledad de mi habitación en Myeongdong, el silencio era ensordecedor. Me quité los zapatos y sentí el alivio en mis pies, pero no en el pecho. Había un vacío. Llamé a mi Martín para desearle buenos días; en México apenas estaba amaneciendo. Me encerré en el baño con la excusa de desmaquillarme.
Me miré al espejo: ahí estaba Eva. La CEO. La madre. La exesposa que sobrevivió a una década de matrimonio y a una infidelidad que le destrozó el corazón, pero no las ganas de vivir. O eso me decía a mí misma todos los días, repitiéndolo como un mantra frente al reflejo de una mujer que lucía impecable por fuera, pero que estaba exhausta por dentro.
Habían pasado dos años desde la separación. Dos años de «estoy bien», de «no necesito a nadie», de concentrarme tanto en mi empresa que se me había olvidado cómo se sentía ser tocada sin prisa. Mis redes sociales estaban llenas de likes, de pretendientes virtuales que aplaudían mis éxitos o mi cuenta bancaria, pero ninguno me interesaba. Eran ruido, distracción en mi objetivo de hacer cosas realmente importantes.
Luego de mi separación mi refugio fue el trabajo y mi hijo. Aunque tengo que admitir que el primero siempre ganó a lo segundo. Ser madre soltera no es fácil y más cuando tienes que pagar las cuentas el doble porque tu ex desapareció. Y eso no importa en qué estrato social estés, nunca es más fácil, nunca es mejor visto, siempre es un estigma.
Eran las 3:00 de la madrugada, estaba sin poder dormir y la voz de Ernesto, mi otro mejor amigo, resonó en mi cabeza, tan clara y singular como si estuviera allí: «Eva, por Dios, estás joven, eres guapa, ¡vive! Bájate la maldita app. Ya pasaron dos años, ábrete al amor».
Esos eran sus consejos. Me había insistido tanto que en ese viaje buscara el amor, que viviera mi propio K-Drama, pero me resistía. Mi corazón, en el fondo seguía dolido por la traición de Alberto. Bueno, las traiciones porque no fue solo una. ¡Por Dios, aguanté tanto! Hasta me sentí tan molesta conmigo mismo por haber sido tan tonta tantos años.
Bufé en la oscuridad. Yo no era mujer para esas aplicaciones. Había escuchado historias de terror sobre ellas. Pero la soledad, a las tres de la mañana en un país extraño, te hace hacer cosas estúpidas. O atrevidas.
Agarré el teléfono. Descargar.
Mis dedos temblaron levemente al subir las fotos. Nada de filtros exagerados, nada de escotes provocativos. Solo yo, con mi mejor sonrisa. Y una frase que era más una plegaria que una biografía: «Creo en las conexiones reales. ¿Tú también?».
Me di algunos minutos para sondear el mercado.
—Vaya, estos hombres se cuidan más que yo— me dije a mí misma sonriendo.
Nada mal. Solo tardé unos minutos en encontrarle el chiste a aquel juego de «Like», «No like», como que si estuviera seleccionando artículos de cualquier valor.
—¿Qué estoy haciendo?— me detuve.
Bloqueé el teléfono y lo dejé en la mesita de noche, sintiéndome ridícula. Después la eliminaría, pensé. No sabía que acababa de abrir la puerta por la que entraría el huracán.