Capítulo 0: ✧ El Jardín Celestial✧
Suave, gentil y armoniosa, esa era la forma en que la majestuosa nieve escarchada caía sutilmente sobre el maravilloso imperio de Elyndor.
No se trataba de una tormenta aquella mañana, sino más bien un silencio blanco descendiendo desde el armonioso cielo, cubriendo las esplendidas torres, las etéreas estatuas y los antiguos tejados azul oscuro del palacio real de Elyndor.
Aquel día en específico, el invierno hacía que todo en el imperio pareciera estar plácidamente dormido.
Todo, excepto aquel pequeño y hermoso heredero.
Sus pasos eran diminutos; sin embargo, lograban resonar de entre los largos y majestuosos corredores del palacio mientras intentaba con esmero el escapar de las lecciones de historia y de los sirvientes reales que venían persiguiéndolo con toda la intención de no dejar solo al menor.
El pequeño Príncipe Heredero se limitaba a reír bajito mientras corría de ellos.
Su frondoso cabello blanquizo y ligeramente ondulado caía desordenadamente sobre sus maravillosos ojos claros mientras que la pequeña espada ceremonial colgada a su cintura golpeaba suavemente contra sus pequeñas piernas a cada paso que el infante daba.
—¡Alteza! ¡No puede ir solo! ¡Tenga cuidado, Su Alteza Imperial!
Se escucho a alguien gritar a lo lejos, pero el pequeño monarca ya había desaparecido minutos antes y dejado atrás a los guardias y sirvientes reales que se dispusieron a buscar al menor con increíble ímpetu.
Entre tanto, el pequeño príncipe por fin había atravesado los enormes arcos de mármol cubiertos de hielo, descendió por las escaleras exteriores del palacio y continuo por el sendero oculto que se encontraba detrás de las majestuosas torres del ala oeste, hasta llegar al lugar que el pequeño monarca amaba más en todo el imperio.
El jardín celestial.
Aquel divino sitio no aparecía en los mapas del castillo.
Y muy pocos eran los que tenían permitida la entra al lugar.
Se trataba de un gran, basto y antiguo jardín, construido hacia siglos en honor al Serafín que había descendido de los cielos la noche en que las estrellas eran moribundas.
Incluso el aire dentro del jardín se sentía distinto, diferente y extraño.
Mas cálido, más quieto y mucho mas gentil.
Tal y como si el invierno mismo no pudiese tocarlo del todo.
Las flores eran distintas de igual manera, estas irradiaban una belleza sobrenatural, teñidas en un plateado etéreo que causaba creciesen de entre la eterna nieve sin marchitarse jamás.
Cristales azules colgaban bellamente de los esponjosos arboles blancos, tal y como si se tratasen de frutos congelados y destinados a adorar a cierto ser de por vida, tintineando gentilmente en cuanto el viento los rozaba.
Y en el centro del jardín estaba la razón por la que él infante había venido hasta aquí.
Magnifica y esplendida, se alzaba la colosal estatua hecha de mármol puro y frio.
Y en cuanto los bellos ojos azulados del menor lo vieron, este disminuyo el paso inmediatamente, tal y como siempre lo hacía.
La majestuosa figura de mármol era inmensa y tallada meticulosamente por manos que posiblemente no fueron humanas, con una hermosa, pacifica, pero ligeramente triste expresión en el rostro mientras miraba hacia el cielo con las manos puestas gentilmente sobre su pecho y bañado por una tenue pero visible luz dorada que parecía nunca apagarse, ni siquiera durante las noches más oscuras del reino.
Seis y enormes alas semi abiertas, vestiduras talladas con delicadeza imposible y un espléndido cabello largo y ondulado cayendo como agua de piedra sobre sus hombros.
Y ahí estaba él, el pequeño príncipe, contemplando y amando cada pequeño detalle de dicha figura.
El rostro de aquella divina figura era tan hermoso que parecía triste, incluso en silencio absoluto y tras minutos de silencio, el menor finalmente habló.
—Papá… —susurró con suavidad.
Y tan pronto como lo hizo, la nieve escarchada descendió alrededor suyo como un bello polvo de estrellas.
El pequeño había escuchado cientos de historias sobre aquel celestial ser, algunos decían que había sido un dios, otros que era un monstro celestial capaz de destruir reinos enteros, pero ninguna de esas historias lograba explicarle realmente el quién había sido en realidad.
Y en especial, porque nadie mas en el reino entero hablaba de él como su papá lo hacía.
Con amor, con cariño y, sobre todo, con devoción.
Con cuidado, el niño se acerco hasta donde la estatua y con afecto, apoyo sus pequeñas y pálidas manos sobre el frio mármol y dijo.
—¿De verdad tenías alas tan grandes…? —
Preguntó en voz baja, pero el jardín permaneció en silencio y solo el sonido del viento entre las ramas cristalinas respondió.
Y fue entonces que escucho pasos detrás de él, lentos, familiares y suaves.
El pequeño monarca giró rápidamente y allí estaba él, su papá, el rey del imperio de Elyndor, cubierto por su característica capa larga oscura bordeada de piel plateada y bastas joyas doradas, el príncipe heredero de antaño convertido ahora en Rey del imperio parecía aún hecho de invierno y noche, con la espléndida corona negra repleto de joyas hermosas descansando sobre su cabello desordenado, y la nieve derritiéndose lentamente sobre sus hombros mientras observaba la tierna escena frente a él.
Había algo de cansancio en los ojos del Rey, algo antiguo, pero en el instante en que sus grisáceos ojos miraron al niño, aquella seriedad simplemente desapareció.
—Sabía que te encontraría aquí.
Dijo con suavidad y el pequeño sonreír un poco.
—No quería estudiar historia.
—Traición imperdonable para un futuro Emperador.
—La historia es aburrida, Papi.
Terminó por decir el infante y causar que el hombre dejase escapar una pequeña risa, una de esas extrañas y suaves risas que muy pocas personas en el imperio lograba presenciar.
Con cuidado, el Rey se acerco lentamente hasta donde el menor y quedar junto a él frente a la colosal estatua.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
Padre e hijo se limitaron a contemplar juntos el rostro inmóvil del magnífico Serafín mientras la nieve continuaba cayendo alrededor de ambos.
Y entonces, el niño levanto la mirada, esta vez hacia el Rey.
—¿Cómo era él realmente?
La pregunta quedo suspendida en el aire helado por breves minutos, el Rey no había respondido de inmediato, sus hermosos ojos se mantuvieron recorriendo lentamente las enormes alas de mármol, las bellas y esculpidas manos y por supuesto la serena expresión en el pacífico rostro celestial.
Tal y como si estuviera mirando y reviviendo varios recuerdos a la vez.
No era una estatua, para él, era algo mas que una simple estatua de mármol.
Y cuando finalmente hablo, su voz había sonado mucho más suave que la nieve.
—Hermoso.
Respondió, pero para el pequeño, esa respuesta no era suficiente que inclusive realizo un leve puchero.
—Todos dicen eso, papá.
Una sonrisa apenas visible se dibujo en el bello rostro del Rey.
—Bueno, eso es debido a que no existen otras palabras suficientes para describir lo que en verdad era él.
Aquella respuesta hizo que el pequeño volviese la mirada hacia la estatua.
—¿Daba miedo?
La repentina pregunta hizo que el hombre guardara silencio otra vez, recordó la basta y poderosa luz cayendo desde el cielo, enormes alas cubriendo la noche entera y varios ojos capaces de hacer temblar incluso a los sacerdotes más devotos de la tierra. Sí.
El serafín había sido aterrador, terriblemente divino y bellamente indescriptible.
Sin embargo…
El Rey cerro los ojos por un instante y también recordó manos cálidas tocando su rostro como si fuese algo precioso, recordó alas envolviendo su cuerpo entero durante las noches más frías del invierno de Elyndor y por supuesto recordó una celestial voz pronunciando su nombre como si se tratase de una plegaria.
Pero sobre todo… recordó amor.
Un amor tan intenso y puro que incluso los cielos mismos lo consideraron un pecado y cuando el Rey volvió a abrir los ojos, miró a su pequeño hijo.
—Si, solo para aquellos que jamás fueron amados por él o por los que simplemente lo veían como un arma.
El pequeño infante permaneció en silencio mientras la nieve continuaba acumulándose lentamente sobre sus blanquecinas pestañas.
—Entonces… —murmuró— ¿él me habría amado también, Papá?
Aquella inocente pregunta había rompido algo silencioso dentro del Rey, esto debido a que el niño nunca había conocido al serafín y jamás lo haría, jamás lograría sentir lo que era el ser rodeado por las enormes alas del ser y mucho menos escuchado o escuchar aquella voz imposible, y, aun así, el pequeño monarca lo extrañaba.
Sin más, el rey se arrodilló lentamente frente al pequeño y con cuidado fue acomodando el blanquizo cabello de su hijo.
—Más que a las estrellas, Shael´kae, nunca dudes de eso.
Susurró con gentileza el Rey y causar que los maravillosos ojos del pequeño brillasen con intensidad.
—¿De verdad?
—Eres y serás siempre lo más importante de su existencia.
El niño bajó la mirada, intentando inútilmente el ocultar la pequeña sonrisa emocionada que apareció en su infantil rostro acompañado de dos pequeñas y cristalinas lágrimas en la comisura de sus ojos.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
El viento se detuvo repentinamente, los hermosos cristales colgados de los bastos arboles dejaron de sonar y de repente, una única pluma blanca, enorme, magnifica e irradiando un extraño y cálido brillo descendió lentamente desde el cielo nocturno, tal y como si se tratase de la misma luna en sí.
El pequeño príncipe Heredero abrió los ojos con increíble asombro en cuanto la pluma cayo suavemente de entre sus diminutas manos y las cuales apenas lograron sostener el enorme objeto.
Kaelan quedó inmóvil y presa de su propio asombro mientras los latidos de su corazón se aceleraban con impaciencia.
No había y tampoco existían aves en Elyndor que fuesen capaces de dejar plumas de tal magnitud y belleza, no, eso no podía ser.
No desde hacía muchos años.
Y entonces, el niño levanto la vista
—Papá…?
Pero el rey no respondió.
Solo observó aquella hermosa pluma luminosa mientras el jardín entero parecía contener la respiración, como si algo o alguien fuera de este mundo hubiera escuchado la conversación que había tenido con su hijo
Como si alguien…
todavía estuviera allí.








