Capítulo 1 ( La vida la una princesa)
Me llamo Crystallia Zhaerys Khaeryon, tengo 19 años y recuerdo un tiempo en el que el mundo entero giraba a mi favor. Mi madre, Ruvira, me adoraba con una intensidad que asustaba a cualquiera; para ella yo era perfecta, su tesoro más preciado, ese cristal puro y único que mi nombre representa. Mi padre, Mhazzur, y todo el reino me protegían como si fuera algo frágil e invaluable. Nadie me pedía grandes hazañas, solo que existiera. Aunque había algo extraño: nunca me permitieron usar magia. Cada vez que intentaba descubrir mis poderes, me detenían, diciendo que aún no era el momento o que debía esperar. Nunca entendí por qué, y en ese entonces tampoco me preocupaba demasiado.
Hoy, mirando todo lo que pasó después, solo me hago una pregunta una y otra vez: ¿Por qué dije antes que me sentía afortunada?
Todo cambió cuando llegó ella: Azurmar, mi hermanastra menor, de apenas 17 años.
Desde el momento en que apareció, todo lo que conocía se derrumbó. Con sus palabras dulces y miradas inocentes, comenzó a poner a todos en mi contra. Si algo se rompía, era culpa mía. Si alguien enfermaba, yo tenía la culpa. Si un hechizo salía mal, era porque yo lo había interferido. Y lo peor de todo es que... todos le creyeron. Mi madre, mi padre, los consejeros, los sirvientes; todos dejaron de verme como su joya para verme como una amenaza, como un error que debía ser corregido o apartado.
La vida fue tan injusta conmigo... porque Azurmar era todo lo que yo no podía ser. Ella poseía un talento mágico abrumador, una magia poderosa y versátil que todos admiraban. Era inteligente, astuta, capaz de resolver cualquier problema con facilidad. Y además, era hermosa, con una presencia que iluminaba cualquier habitación, mientras yo me sentía cada vez más opacada y sola.
Confieso que la envidiaba profundamente. Envidio su magia, su inteligencia, su belleza y, sobre todo, envidio que el amor y la protección que antes eran solo míos, ahora fueran exclusivamente para ella.
A veces pienso que todo esto empezó el día en que mis padres decidieron adoptarla, cuando ella apenas tenía cinco años. Su madre biológica, Fern Vhaelor, una mujer de linaje antiguo y misterioso, había fallecido tiempo atrás a causa de una enfermedad terminal y desconocida que nadie en el reino logró identificar ni curar. Al entrar a nuestra familia, Azurmar no solo ganó unos nuevos padres, sino que también heredó los apellidos que yo siempre creí exclusivos de mi sangre: ahora ella también era Azurmar Zhaerys Khaeryon, llevando con orgullo el mismo nombre que representaba mi legado, como si le perteneciera por derecho propio y no por un capricho del destino.
Incluso mis amigos de toda la vida, aquellos que juraron estar siempre a mi lado, terminaron alejándose poco a poco, convencidos por las mentiras y el veneno que Azurmar susurraba a sus oídos hasta volverlos en mi contra. Pero el golpe más doloroso ocurrió hace unos meses, dentro del Palacio de Cristal Azul, nuestro hogar ancestral: Azurmar apareció con el rostro enrojecido y lágrimas en los ojos, fingiendo desgarradamente que yo la había golpeado. Sin dudarlo ni un segundo, mi madre —quien antes hubiera dado la vida por mí— se acercó y me dio una fuerte bofetada frente a todos, mirándome con un odio que nunca creí ver en ella. Y mi padre... él ya ni siquiera me mira con afecto; me trata con una frialdad glacial, como si fuera una completa extraña o un objeto inservible, mientras que con Azurmar se vuelve otro hombre: la mira con una ternura inmensa, la abraza, la elogia y la protege como si fuera la verdadera hija que siempre esperaron tener.
Dentro de los enormes pasillos del palacio, ahora me siento como una intrusa en mi propia casa. Camino por salones que yo conocí llenos de risas y honores, y ahora solo encuentro silencio, susurros a mis espaldas y miradas de desprecio o lástima. Es como si mi propia identidad hubiera sido borrada y reemplazada por la imagen de una villana, solo porque ella decidió que así debía ser. Nadie se toma la molestia de preguntarme mi versión de la historia; para todos, la palabra de Azurmar es ley absoluta, y la mía no vale nada. A veces me pregunto si alguna vez me conocieron realmente, o si solo amaban la idea de mí que ahora ella ha destrozado por completo con sus manipulaciones.
Lo que más me consume por dentro es la impotencia de no poder defenderme ni demostrar mi verdad. Mientras ella despliega su magia frente a las cortes y los visitantes, recibiendo aplausos y halagos por cada hechizo, yo debo quedarme al margen, con las manos vacías y atadas por esas antiguas reglas que mis padres inventaron para prohibirme usar mis poderes. Es como si desde el principio hubieran construido una jaula de oro para mí, no para protegerme, sino para asegurar que nunca pudiera brillar lo suficiente para hacerle sombra a la estrella que ellos estaban esperando. Cada vez que la veo triunfar, siento que me están recordando cruelmente que, aunque lleve su sangre y su apellido, nunca seré lo suficiente para ellos.
Las noches son lo peor. Cuando el Palacio de Cristal Azul se sumerge en la oscuridad y el silencio, el dolor se vuelve más agudo y real. Recuerdo con nostalgia cómo mi madre solía venir a mi habitación para darme las buenas noches, contándome historias sobre nuestro linaje y asegurándome que yo era la joya más valiosa de este reino. Ahora, en cambio, sé que en la habitación de al lado sonríen, ríen y se sienten felices juntos, mientras yo me abrazo a mí misma en la soledad, preguntándome qué hice mal para merecer este castigo. He perdido mi estatus, mis amigos, mi libertad mágica y, lo más doloroso de todo, he perdido el amor de las dos personas que creía incondicionales. Y todo gracias a ella
Días enteros pasaban en los que yo no hacía otra cosa más que llorar, desconsolada y rota por dentro. Mis lágrimas caían sin cesar, mojando mis mejillas y mis manos, gritando a los cuatro vientos que era inocente, pidiendo una sola mirada de comprensión o un mínimo gesto de cariño. Pero por mucho que llorara, por más que mi voz se quebraba en súplicas desesperadas, nadie en todo el palacio se detenía a escucharme ni a prestarme el más mínimo caso. Era como si me hubiera convertido en invisible, o peor aún, como si fuera un espectro molesto al que todos preferían ignorar para no mancharse las manos. Mis padres pasaban por los pasillos como si yo no existiera, los consejeros apartaban la mirada y hasta la servidumbre hacía lo posible por esquivarme, fingiendo que no oían mi dolor.
La situación empeoró cuando incluso las sirvientas empezaron a tratarme con crueldad y desprecio, siguiendo el ejemplo de mis propios padres y de Azurmar. A menudo, sin motivo aparente, me empujaban hacia mi dormitorio y cerraban la puerta con llave tras de mí, dejándome encerrada allí durante horas, a veces días enteros, como si fuera una prisionera o una delincuente peligrosa. Yo golpeaba la madera con mis puños, gritando que me dejaran salir, pero solo recibía silencio como respuesta. Aquella habitación, que antes era mi refugio y el lugar más hermoso del mundo, se transformó en una jaula fría y solitaria donde el tiempo parecía detenerse y el dolor crecer con cada segundo que pasaba.
Pero no solo me privaban de mi libertad; también decidieron castigarme en lo más básico y necesario para vivir. Muchas veces, las sirvientas deliberadamente olvidaban traerme la comida, o me enviaban platos vacíos o con sobras inservibles, sabiendo perfectamente que yo no podía salir a reclamar. Pasaba largas jornadas con el estómago vacío, sintiendo punzadas de hunger que se mezclaban con el dolor de mi corazón, haciéndome sentir más débil e indefensa que nunca. Era una forma sutil pero cruel de torturarme, haciéndome entender que ya no merecía ni siquiera lo más elemental, solo porque la palabra de mi hermanastra así lo había dictado.
En medio de ese infierno cotidiano, cuando ya creía que nadie en el mundo quedaba en quien pudiera confiar o esperar bondad, apareció ella: Elowen Drayton, una joven sirvienta de veinticuatro años de edad, de mirada tranquila y manos suaves que contrastaban con la dureza del resto del personal. Mientras todos me daban la espalda o me miraban con recelo, Elowen nunca dudó de mí ni por un instante. Desde el primer momento en que vio mi situación, supo que había algo oscuro y mentiroso detrás de todo lo que se decía sobre mí, y decidió que no permitiría que sufriera completamente sola en ese enorme palacio lleno de gente que fingía no verme.
Ella fue la única que rompió las reglas impuestas por los demás para acercarse a mí con ternura y respeto. Cuando las otras sirvientas me encerraban, Elowen encontraba la manera de entrar o de pasarme cosas a escondidas, desafiando las órdenes de sus superiores solo para asegurarse de que yo estuviera bien. Me cuidaba como si fuera su propia hermana, curando no solo mi cuerpo cansado sino también mi espíritu herido con gestos simples pero llenos de un amor genuino que hacía muchísimo tiempo no recibía de nadie en estas paredes.
Gracias a ella, nunca pasé realmente hambre. Elowen siempre lograba traerme comida caliente y deliciosa, a veces preparada por sus propias manos, asegurándose de que tuviera suficiente fuerza para soportar los días grises y eternos. Me servía los platos con una sonrisa dulce y me decía palabras de aliento mientras yo comía, recordándome que yo seguía siendo valiosa y buena a pesar de todo lo que decían los demás. Ese alimento no solo nutría mi estómago, sino que también se convertía en un bálsamo para mi alma, haciéndome sentir que todavía había alguien que creía en mí y se preocupaba por mi bienestar.
Pero lo más importante que me dio fue un refugio seguro y un espacio donde podía ser yo misma sin miedos ni juicios. Cuando me sentía abatida y las lágrimas volvían a brotar, ella me abrazaba fuerte contra su pecho, acariciaba mi cabello y me dejaba llorar todo lo que necesitaba, sin interrumpirme ni decirme que parara. En sus brazos encontré el único lugar en todo el Palacio de Cristal Azul donde podía derramar mi dolor en paz, sabiendo que ella no me juzgaría ni me rechazaría por ser débil o por estar rota. Para mí, Elowen se transformó en mi verdadero hogar, un pequeño rincón de luz y calidez en medio de tanta oscuridad y frialdad que me rodeaba por todas partes.
Con el paso del tiempo, su presencia se volvió indispensable para mí. Ella me enseñó que no importaba cuántos enemigos tuviera ni cuánta gente me traicionara, mientras existiera una sola persona que me amara y creyera en mí, yo seguía teniendo una razón para resistir y no rendirme. Gracias a Elowen Drayton, aprendí que el amor verdadero no siempre viene de la sangre ni de los títulos reales, sino de aquellos corazones nobles que eligen quedarse a tu lado incluso cuando todo el mundo decide abandonarte.