SINFONÍA DE MENTIRAS

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Summary

¿Qué probabilidades existían de que un agente de alto rango y su objetivo compartieran el mismo destino? Un joven agente es enviado a infiltrarse en el prestigioso internado de Campbell Mont, tras surgir inquietantes sospechas de corrupción que apuntaban directamente a su director. Lo que comienza como una misión aparentemente rutinaria pronto se transformaría en un juego peligroso, donde cada paso mal calculado amenazaba con destruir su propia identidad. Mientras tanto, el hijo del director iniciaría su primer año en el internado. Desprovisto de expectativas, avanzaba esperando órdenes y lecciones que jamás pidió, atrapado en una existencia tan lujosa como vacía. Sin embargo, su rutina se quebraría cuando una presencia irrumpiría en su mundo como un ángel disfrazado de salvación. Lo que ninguno de los dos imaginaba es que sus caminos están destinados a entrelazarse en una maravillosa y obsesiva Sinfonía de Mentiras...

Genre
Romance
Author
Bellonssu
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

♟️1: Campbell Mont

Desde que tenía razón de consciencia mi vida consistía únicamente en recoger pedazos de mínima felicidad que me otorgaban por un tiempo reducido; todo lo que giraba a mi alrededor se sentía como una montaña rusa que no me dejaba respirar ni tomar un pequeño descanso para ordenar mis propios pensamientos. No recordaba la última vez que había sido feliz, y capaz de tomar mi propio rumbo, siempre necesitaba la aprobación de alguien que me veía como el arma perfecta para destruir todo lo que no lo complaciera.

Eso me llevaba a recordar la frustración que tenía sobre mí mismo ¿En qué momento mi vida se había ido cuesta abajo sin posibilidad de frenar? ¿Cómo lo había permitido? Aunque claro, yo tenía las respuestas para esas preguntas, y eso es lo que más me disgustaba, sabía que estaba atado de pies y manos impidiéndome hacer algo para ordenar el caos en el que se había convertido mi vida. La fina línea que me ataba a la cordura estaba a punto de cesar para dejarme caer en la demencia, cada día me aferraba a mis pensamientos más cuerdos para impedir que la humanidad desapareciera por completo en mí, pero cada día que pasaba tenía que hacer algo que lograba que todo eso se viera como algo lejano.

Deseaba tomar las riendas de mi vida para liberarme de las cadenas que me envolvían, y que las cicatrices que estaban grabadas en mi piel se convirtieran en un simple mapa que simplemente me recordaría lo que alguna vez fuí.

Solo por eso me encontraba frente a mi nuevo calvario, aquella gran estructura que se cernía sobre mí y que era imposible no admirar a cada instante, tal como lo hacían mis ojos. La fachada se alzaba de una manera tan imponente que me erizaba la piel; sus altos muros de piedra se erguían con fuerza, igual que sus pilares y estatuas. Las ventanas, cubiertas por oscuros enrejados, solo me confirmaban una cosa, nuevamente estaba atrapado.

Desde la lejanía, observé aquella puerta de madera maciza que parecía darme la bienvenida de una manera elegante al internado de Campbell Mont, un lugar que se veía como el paraíso de cualquier universitario, pero que en realidad era todo lo contrario.

Suspiré un momento mientras cerraba los ojos, intentando mentalizarme en que sería yo quien cruzaría esas puertas que me condenarían durante un largo periodo de tiempo. El cielo, cubierto de un manto grisáceo, era testigo de mi desgracia; las nubes parecían reírse de mí mientras me cubrían con una fina capa de lluvia que caía suavemente sobre el suelo, produciendo un murmullo que se asemejaba a voces susurrando detrás de mis orejas.

Mis pasos tranquilos resonaban sobre el asfalto de piedra húmeda, produciendo un suave chapoteo. Podía escuchar mi propio caminar entre el susurro de la lluvia y el caer de las hojas. Cada uno de mis pasos dejaba una ligera huella que desaparecía más rápido que un suspiro, pero yo no me olvidaría de ellas; había llegado para marcar un antes y un después.

Subí las pequeñas escaleras que me daban la bienvenida a la entrada de ese gran y prestigioso internado, un lugar reservado solo para los más ricos y afortunados. Con determinación, levanté los pies para ascender con cuidado. Mi fluidez y seguridad al caminar podrían ser envidiables, pero nadie se imaginaría que por dentro deseaba huir de ese lugar y esconderme en el rincón más apartado que pudiera encontrar.

Me detuve frente a esa imponente puerta que permanecía entreabierta. Mis ojos recorrieron los detalles tallados en la oscura madera; era simplemente asombroso. Podía distinguir cada trazo y surco. Con una de mis manos empujé lentamente la puerta, y sus bisagras produjeron un susurro apenas perceptible antes de abrirse con lentitud, revelando el umbral que hasta ese momento había permanecido oculto.

Mi mirada inexpresiva se desplegó por todo el lugar en apenas unos instantes. La pulida madera del suelo me dio una acogedora bienvenida, junto a aquellas paredes que parecían envolverme en un mundo completamente nuevo. No tardé en escuchar los murmullos de los estudiantes que, enfundados en sus uniformes trajeados, lucían con orgullo el escudo de Campbell Mont en negro y dorado. Cada uno de ellos estaba absorto en su propio mundo mientras caminaban de un lado a otro, cargando libros y maletas, esperando encontrar su destino al comienzo de un nuevo año.

Inhalé profundamente, llenando mis pulmones con el suave aroma a madera que impregnaba el aire. Con pasos seguros, me dirigí hacia la recepción, que se encontraba justo delante de mí. Apoyé uno de mis brazos sobre la alta mesa que me separaba de un hombre mayor, cuya atención parecía estar completamente fija en la pantalla de su ordenador. Sin embargo, al percatarse de mi presencia, levantó la cabeza.

—Dime, caballero, ¿en qué puedo ofrecerle mi ayuda? —preguntó con una voz ronca y desgastada

—Me citaron a esta hora en el despacho del director Montgomery.

—¿Nombre y apellidos?

—Marley Harlow.

Escuché durante unos segundos el sonido de las teclas crujir bajo la fuerza de sus dedos, mientras su entrecejo se fruncía en concentración. Finalmente, me dio luz verde para ingresar, no sin antes ofrecerme un par de explicaciones sobre cómo llegar a mi destino. Debía dirigirme hacia la zona sur y atravesar un par de pasillos que parecían interminables. Mientras caminaba, pasé una mano elegante por la suave tela de mi uniforme, asegurándome de que todo estuviera seco y en su lugar. No quería dar una mala impresión en mi primer día.

Sabía que debía ser cuidadoso con los detalles que podían parecer más insignificantes. Estar dentro de Campbell Mont no era un juego, aunque, comparado con mi vida, quizá lo era. ¿Quién sabe? Decidí que me tomaría esta estancia como una anécdota más para contar en algún futuro lejano. Pero si algo tenía claro, era que un margen de error podía costarme muy caro, incluso mi vida o la de alguien más.

Lo último que me preocupaba eran los exámenes o esos juegos inútiles que los ricos solían practicar, disputándose quién tenía el apellido más importante. No tenía interés alguno en enfrentarme a jóvenes que habían nacido en cuna de oro y creían tener el mundo bajo sus manos.

Perdido en mis pensamientos, llegué a la puerta que conducía al despacho. Cerré la palma de mi mano, formando un puño, y posé suavemente los nudillos sobre la madera, produciendo un sonido audible para quien estuviera del otro lado. Un "pase" distorsionado se logró escuchar, dándome permiso para ingresar a una zona completamente distinta.

Cuando di un paso dentro de aquel espacioso despacho, sentí cómo el aire se volvía más denso. Rápidamente eché un vistazo a las paredes, adornadas con estantes repletos de libros antiguos y diplomas que no podía reconocer desde mi posición.

En el centro de la habitación destacaba un amplio escritorio de madera pura, capaz de atraer todas las miradas. Sobre su superficie lustrosa descansaban varios documentos cuidadosamente ordenados para no interferir con el espacio de quien se sentaba tras él. Una lámpara clásica, situada en una esquina, proyectaba una luz suave que caía directamente sobre el rostro del hombre que ahora me observaba con atención.

No pude evitar analizar cada una de sus facciones, memorizándolas de inmediato. Su rostro serio estaba marcado por pequeñas líneas de expresión que delataban su edad. El tono ligeramente bronceado de su piel contrastaba con su cabello negro, peinado con una precisión impecable; ni un solo mechón fuera de lugar. Algunas canas dispersas se asomaban aquí y allá, añadiendo un toque de madurez a su apariencia.

Nuestros ojos se encontraron, los suyos de un azul tan penetrante que resultaban incapaces de transmitir amabilidad. No intentaba parecer gentil, y, de alguna manera, eso me agradaba. Mantuve mi mirada fija, sin inmutarme. Había enfrentado situaciones mucho peores como para temerle una simple mirada. A lo largo del tiempo había aprendido que los ojos no mataban, y que comparados con un arma, no había razón para temerlos.

En cierta manera, aquel hombre cumplía con todas las expectativas de lo que esperaba encontrarme. Reaccioné cuando un simple gesto de su mano me indicó que tomara asiento en uno de los sillones de cuero situados al otro lado del escritorio.

—Estimado director, un placer en conocerle. Mi nombre... —comencé a presentarme extendiendo la mano para estrechar la suya, fría al tacto.

—Marley Harlow, uno de los quince becados de este año —interrumpió, sin permitirme concluir mi presentación—. Te he convocado para recordarte que en Campbell Mont, la disciplina y la proyección de inteligencia son esenciales. Necesito estudiantes que no solo cumplan con mis expectativas, sino que las superan. Mientras mantengas esos estándares, las puertas de esta institución estarán abiertas para tí.

Asentí ligeramente, recordando las advertencias que ya había recibido sobre la persona que tenía delante. No era alguien fácil de tratar, y debía mantener mis sentidos alerta en todo momento. En un abrir y cerrar de ojos, podía dar un giro completo a mi estancia si así lo deseaba. Sabía que tenía en sus manos el poder de arruinar mi futuro, pero no le temía. Jamás permitiría que me doblegara.

—Entiendo la magnitud de las exigencias que conlleva ser parte de este prestigioso lugar. No tengo intención de defraudarme a mí mismo con un rendimiento académico deficiente —respondí con serenidad, esbozando una sonrisa sutil en la comisura de mis labios.

Observé cómo el director Montgomery asintió lentamente mientras escuchaba mis palabras. Si había algo que sabía hacer bien, era ocultar mis verdaderas intenciones tras una fachada de cordialidad, aunque despreciara esa actitud. Prefería mostrar mi verdadero yo, por más que eso implicara desatar el caos.

—Tu desempeño en estos primeros meses será crucial para determinar si mereces permanecer en esta institución hasta tu graduación. Si suspendes más exámenes de los permitidos, serás expulsado —comentó con una advertencia que no logró inquietarme. Simplemente asentí, mostrando una confianza que habría convencido a cualquiera.

—Aquí tienes tu horario y tu número de habitación —dijo, entregándome una carpeta con varios documentos—. Tus pertenencias ya han sido acomodadas desde ayer.

—Le agradezco sinceramente, director Montgomery, por tomarse el tiempo para hablar conmigo. Le aseguro que no seré una fuente de inconvenientes.

—Considero fundamental presentarme personalmente ante los becados de cada año. De esta manera, puedo conocerlos de cerca y comprender mejor sus aspiraciones —.Confesó entrelazando sus dedos sobre la mesa —Es importante, que tengas en cuenta que, a lo largo del año, no tendrás la posibilidad de salir de las instalaciones —concluyó con una firmeza que resonó en el aire, como el eco de la seriedad de su mensaje.

Sonreí en mi interior, pero no mostré ninguna otra expresión en mi rostro que no fuera la seguridad y mis ganas de complacer las reglas del internado.

—Por último, te insisto a que no llegues tarde a tu primera clase; el tiempo es un recurso valioso en este lugar.

—Entendido señor director —.Con un asentimiento de cabeza me levanté elegantemente de mi asiento, no sin antes agarrar aquella carpeta y estrechar la mano nuevamente con la del director en forma de despedida.

Al salir de ese despacho, todo rastro de amabilidad desapareció de mi rostro. No había comenzado y ya estaba agotado con el simple hecho de pensar en lo que tendría que hacer durante el año. Decidí dejar mis pensamientos en un rincón de mi mente para poder concentrarme en mi siguiente destino; abrí la carpeta negra en mis manos con el logo del internado, leyendo las siguientes palabras:

{Aula 76 neuropsicología} ala norte

Suspiré pesadamente rodando los ojos. ¿Estaba en el ala norte? ¿O sur? Miré los carteles de las paredes esperando descubrir algún indicio de mi paradero, y tras unos segundos encontré lo que quería. Solo debía recorrer interminables pasillos y llegaría a lo que sería mi infierno. Con determinación, me abrí paso entre los estudiantes, esquivando ágilmente a los pequeños grupos que charlaban animadamente interrumpiendo mi camino o a algún chico que iba demasiado distraído. Conforme avanzaba, me encontraba una nueva esquina que me llevaba a otro pasillo lleno de pulgas, lo que me hizo bufar con ironía.

Me sentí orgulloso de mí mismo cuando finalmente divisé una puerta con una placa grabada que decía: "76 neuropsicología" Sin perder más tiempo, crucé el umbral del aula dejando atrás el bullicio de los pasillos. El sonido de mis pasos resonó en la madera del suelo, aunque quedaba disimulado por las diferentes voces que se alzaban sobre todo ruido.

Mis ojos escudriñaron la habitación, tomando nota de lo que me rodeaba. El aire estaba impregnado de una mezcla de tiza y libros, creando un espacio agradable. Había hermosos escritorios acompañados por dos sillas a juego. Frente a toda el aula, una imponente pizarra abarcaba gran parte de la pared, permitiendo escribir mil cosas en ella sin tener que borrar constantemente.

En los últimos asientos, divisé un rostro familiar. Podía reconocer a la perfección ese cabello miel con algunos mechones rebeldes. Su expresión no había cambiado: seguía siendo serena y despreocupada, siempre en armonía con el mundo que lo rodeaba.

Aprovechando que no se había percatado de mi presencia, fui hacia él, sentándome a su lado. El chico se sobresaltó guardando rápidamente el teléfono, pero al ver mi inconfundible cabello pelirrojo, se relajó.

—¿Ya estabas mirando cosas que no debías? —le interrogué con una media sonrisa.

—De hecho, estaba a punto de escribirte para saber dónde diablos te habías metido —sentenció cruzándose de brazos.

—Estaba en los pasillos, rodeado de pulgas que no se quitaban de mi camino.

—Nunca te conformas con nada. Da igual si estás rodeado de serpientes, pulgas o ratones, nada te gusta —aludió señalándome—. Y te comprendo, pero ya deberías estar acostumbrado.

Lo miré a los ojos, de un color café cálido, antes de morderme ligeramente el labio inferior mientras pensaba. Sabía que daba igual dónde me encontrara; todo me disgustaba por el simple hecho de no ser un lugar que yo había escogido. Jamás me acostumbraría a estar rodeado de tanta falsedad, todos poniendo buenas caras mientras, en el fondo, les encantaría apuñalarse por la espalda. Todo era más divertido cuando las personas mostraban sus verdaderas intenciones y no tenían miedo a perder.

—Preston... claro que estoy acostumbrado. De hecho, es mi especialidad simular que me agrada, pero cada día que pasa se me van las ganas de fingir —confesé, colocando mis manos sobre la mesa—. Llega un momento en el que te satura, ¿sabes? Solo son órdenes tras otras.

—Lo sé —respondió, dejando escapar un inevitable suspiro—. Los dos hemos vivido lo mismo durante años. Pero este es el último esfuerzo que debemos hacer para ser libres.

—¿Ser libres? —reí amargamente—. ¿Qué nos asegura eso? ¿Unas palabras vacías a las cuales decidimos aferrarnos para mantenernos a flote?

Podía sonar cruel al soltar esas palabras, pero era la cruda realidad a la que nos enfrentábamos. Alguien debía ser realista. Yo también quería aferrarme a esas palabras para levantarme con ganas de destruir el mundo, pero siempre había una voz en la esquina de mi mente que me susurraba que dejara de ser tan ingenuo. Observé atentamente cómo Preston bajaba la mirada hacia sus manos e intentaba abrir los labios para soltar alguna palabra, pero los cerraba nuevamente, tensando la mandíbula. Lo conocía bastante bien como para saber que maldecía a sí mismo por, quizás, ser tan inocente.

—Por ahora el director es tal y como nos lo advirtieron. Debemos evitarlo —cambié de tema, llamando nuevamente su atención—. También te llamó al despacho, ¿cierto? —pregunté, obteniendo un asentimiento de cabeza antes de que comenzara a hablar.

—No te lo voy a negar, por un momento pensé que ser amable con él y complacerlo en cierta medida haría que tuviera un mínimo de confianza en nosotros. Así tendríamos algo por lo que empezar —confesó, mirándome con esos ojos que tanto conocía—. Pero... eso no nos llevará a nada. Hay otra cosa mucho más accesible, a mi parecer —dijo satisfecho, ganándose mi interés.

—Los militares equipan a sus agentes con armas y los envían a la guerra. A nosotros no nos dieron ninguna, así que debemos conseguirla. Dime, Preston, ¿has encontrado ya el arma?

Rodé los ojos hacia donde Preston estaba observando con atención.

Unas mesas más adelante, observé a un chico apoyando casualmente su cadera en el escritorio mientras conversaba con otro estudiante. Desde mi posición, se podía apreciar su cabello negro como la noche, cayendo hasta la altura de unos profundos ojos azules que ya había visto en otro sitio minutos atrás. Su piel blanca destacaba todos sus rasgos, y su rostro estaba adornado por unos labios curvados en una media sonrisa desinteresada.

—Así que es él... —murmuré con interés, mientras lo miraba disimuladamente.

—¿Cómo lo ves? —preguntó, con una curiosidad evidente en su tono. Quería asegurarse de que los dos estábamos pensando lo mismo.

—Solo es uno más, creo que podemos manejarlo —respondí, entrecerrando los ojos mientras estudiaba sus gestos.

—Cada vez que dices esa frase, algo sale mal —se quejó con una sonrisa divertida—. Esta vez estamos solos; hay que tener más cuidado que de costumbre.

—¿Cuidado? —bufé—. ¿Qué podrían hacer esos inútiles? Con un simple soplo los tiraríamos al suelo. Estoy seguro de que sus mentes son tan diminutas que no son capaces de conectar dos neuronas.

—Siempre hay un genio entre tantos incompetentes, tenlo presente, Marley —me advirtió, observando mi rostro burlón. Sabía que ya estaba pensando en mil maneras de explotar a Campbell Mont.

No pude evitar reír ligeramente. Era cierto que odiaba estar atado, pero también amaba jugar con las personas que me rodeaban, especialmente cuando no me importaban en lo más mínimo. Ya que estaba atrapado, al menos intentaría disfrutar las misiones a mi manera, aunque eso implicara desobedecer. A veces me preguntaba si siempre había sido así, o si mi personalidad era el resultado de años de amargura acumulada. Pero al final, nada de eso importaba. Lo único que tenía era el presente.

Nuestra conversación se interrumpió abruptamente cuando un hombre vestido con un traje que contrastaba con los nuestros entró por la puerta. Su paso se ralentizó al llegar frente al escritorio, obligando a todos los estudiantes del aula a volver la mirada hacia él mientras tomaban asiento.

—Bienvenidos a un nuevo año. Pueden dirigirse a mí como el profesor Corbin. Estaré a cargo de enseñarles neuropsicología —se presentó con un tono carente de entusiasmo.

Durante la siguiente hora, su discurso resonó en el aula, mientras la lluvia golpeaba contra las ventanas. No cabía duda de que repetía el mismo discurso cada año, sin molestarse en cambiarlo. Al menos acompañaba sus palabras con imágenes de lo que exploraríamos: la plasticidad cerebral, la memoria, la percepción y otros aspectos de la mente humana. Aunque ya conocía mucho de eso, no estaba de más repasarlo.

Conforme avanzaban los minutos, el discurso se volvía más profundo. Algunos estudiantes se sumergían en la charla y hacían preguntas, mientras otros parecían distraídos, mirando cómo las gotas de lluvia golpeaban el cristal. Debo admitir que algunas partes resultaron interesantes. Cuando finalmente sonó la campana marcando el final de la clase, salí del aula junto a Preston.

Al llegar al umbral de la puerta, decidimos ir a la cafetería. La luz parecía diferente gracias a las grandes ventanas, y el murmullo de conversaciones llegó a nuestros oídos. Con pasos sincronizados, llegamos a la enorme cafetería, que seguía la misma estética exagerada que el resto del internado. Todo allí era demasiado ostentoso, nada nuevo.

Tomé una de las mesas, pero no sin antes pasar por el mostrador y agarrar un café. El líquido caliente bajó por mi garganta, disipando el frío de mi cuerpo.

—¿Te has dado cuenta de que no puedes desprenderte del café? Te vas a hacer adicto a la cafeína, si no lo eres ya —me acusó Preston, señalando el vaso en mi mano.

—Lo necesito para funcionar y soportar todo esto —respondí, extendiendo las manos—. No voy a durar ni dos días en este lugar tan exagerado. Lo tratan como si fuera un maldito palacio.

—¿Y qué quieres? ¿Prenderle fuego? —preguntó, arqueando una ceja.

—Conmigo adentro —afirmé, tomando otro sorbo de café.

—Todavía no hemos empezado. Tienes que aguantar por lo menos un año, porque yo también estaré aquí, y no pienso quedarme solo —dijo con tranquilidad, acostumbrado a mi humor—. Quiero que dejes ese lado suicida y te concentres.

—Créeme, estoy concentrado, pero esto es peor que una prisión. No podemos salir ni un día. Lo más cerca que estaremos del exterior serán los jardines —me quejé, disgustado— Al menos antes podía salir a la calle, aunque corriera el riesgo de terminar en un contenedor.

Odiaba sentirme prisionero de esas cuatro paredes, porque ya era prisionero de mí mismo, y la combinación era asfixiante. En mi mente, me veía encerrado en una jaula dentro de otra, con un pequeño punzón como única herramienta para salir.

—Entonces es mejor que estés aquí dentro —rió Preston ligeramente—. Así me aseguraré yo mismo de que no te escapes a ningún sitio.

No pude evitar sonreír mientras negaba con la cabeza. Preston era el único capaz de animarme, aunque estar cerca de él significara que algo estaba por venir.

—¿Crees que esta jaula va a contenerme? —le dije con una sonrisa socarrona —. No estoy aquí por elección propia, pero eso no significa que no pueda moverme con libertad dentro de los límites.

—¿Qué tienes pensado hacer ahora? —preguntó, enarcando una ceja con desconfianza. Mis planes no eran locuras; eran una muerte asegurada.

—Tengo varias cosas en mente, pero todavía estoy barajando ideas —confesé, levantándome con el café en la mano, bajo su mirada atenta.

—¿A dónde vas ahora? —inquirió, resignado. Sabía que era imposible mantenerme quieto.

—A por galletas. Vi unas de canela y azúcar en la máquina expendedora —murmuré, mordiéndome el labio inferior—. ¿Quieres?

Ante su negativa y su expresión de desconfianza, simplemente me alejé, decidido a cumplir mi pequeño capricho.

Necesitaba algo dulce para balancear el trago amargo del café. El sabor fuerte del espresso aún persistía en mi paladar. Caminé con pasos tranquilos hacia la salida, intentando no pensar demasiado en el hecho de que estaba en Campbell Mont. Todo en este lugar se sentía ajeno, como si no estuviera hecho para mí. Sabía que me costaría adaptarme. En otro universo, tal vez no me sentiría tan fuera de lugar rodeado de adolescentes. Pero no había tenido una infancia normal. Crecí entre adultos, absorbiendo sus costumbres, sin saber lo que era jugar en un parque o dejar que un helado se derritiera en mis manos durante el verano.

Solté un pequeño suspiro, dejando que mi mente divagara. ¿Cómo habría sido esa vida? Una donde lo único que me preocuparía sería ir a una fiesta o aprobar un examen. Mis pensamientos me distrajeron, pero pronto los alejé y apresuré el paso. No quería dejar a Preston demasiado tiempo solo en este lugar extraño.

Al cruzar el marco de la puerta de la cafetería, algo chocó contra mi pecho. El impacto me tomó por sorpresa, y casi derramé el café que llevaba en la mano. Con un reflejo rápido, lo levanté para evitar que se vaciara por completo, pero no pude evitar mirar hacia abajo. Allí estaba un chico de cabello oscuro, con el rostro parcialmente salpicado de café. La tenue luz de los ventanales hacía que su cabello brillara de manera casi irónica. Genial, esto no estaba en mis planes.

Mordí mi labio inferior y maldije por lo bajo. ¿Por qué demonios Montgomery corría por los pasillos?

—¿Pero qué...? —murmuró él, limpiándose las gotas de café que habían aterrizado en su cara. Su uniforme, por suerte para él, estaba intacto.

—Te recomiendo no correr por los pasillos. Luego pasan cosas como esta —comenté con calma antes de tomar un trago de mi café, como si nada hubiera ocurrido.

—¿¡Quién te crees que eres para tratarme así!? —estalló, claramente alterado. Se apartó un paso para mirarme a la cara, buscando a quién dirigir su furia.

Levanté una ceja mientras su ceño se fruncía al verme. Claramente, no esperaba encontrarse con alguien como yo. Permanecí tranquilo, observándolo.

—Marley Harlow, un gusto —me presenté sin interés, manteniéndome neutral pero sin ser grosero, no tenía intenciones de iniciar una pelea—. No quiero más accidentes innecesarios, pero si prefieres seguir corriendo y causando problemas, adelante. Al final, el único que terminará manchado serás tú.

Él me miró con incredulidad, claramente buscando algo, cualquier señal de burla o provocación en mi expresión. Pero no le di el gusto.

—No tienes idea de quién soy, ¿verdad? —preguntó finalmente, mezclando ira e indignación en su tono.

Negué con la cabeza mintiendo descaradamente.

—No me importa quién seas —respondí, señalándolo con el vaso de café, lo que hizo que retrocediera instintivamente—. Solo te pido más cuidado. Por mi parte, también lo tendré.

—Tú... eres uno de los becados —dijo con un evidente tono de desprecio. No era una pregunta, sino una afirmación.

—Correcto. Soy uno de los becados. Un placer conocerte —contesté, tomando otro sorbo de mi café simplemente para ocultar mi sonrisa. Ver su cara de ira era entretenido, en cierto modo.

Antes de que pudiera añadir algo más, unos pasos resonaron cerca. Un chico se detuvo detrás de él, observándome con desconfianza.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el recién llegado, frunciendo el ceño al examinar la escena.

Suspiré. No tenía ganas de discutir, mucho menos de pelear. Solo quería unas galletas, y eso me estaba saliendo terriblemente caro ¿Tanto se podía enfadar una persona por unas gotas de café hirviendo en su cara? Me abstuve de rodar los ojos.

—La próxima vez que ese asqueroso café toque mi cara, busca un lugar donde esconderte —dijo Montgomery cruzando los brazos.

—Entonces volverá a suceder. Gracias por el aviso. Procuraré llevar café conmigo siempre —repliqué con ironía, sin perder la calma.

—¿Tan poco aprecias tu querida beca? —dijo con una sonrisa desafiante—. Si quieres, vamos ahora mismo a un callejón. Conozco varios...

El otro chico, dio un paso al frente, claramente listo para arrastrarme a alguna parte. Pero antes de que pudiera tocarme, una mano firme detuvo su muñeca.

—Tócalo, y ninguno de ustedes saldrá de aquí con vida —dijo Preston en una clara amenaza.

Suspiré aliviado al verlo, Preston siempre aparecía en los momentos clave, como si tuviera un sexto sentido para estas cosas. Me relajé un poco mientras lo veía apartar la mano del desconocido con un movimiento brusco.

—¿Quién me dice eso? ¿Otro becado? —respondió con desprecio, su mandíbula tensa y rechinando los dientes.

—Jace, no merece la pena —intervino Montgomery, más relajado ahora— Hay mucha gente, ya los encontraremos en otro momento.

Montgomery me dedicó una última mirada cargada de molestia antes de darse la vuelta y marcharse, con Jace siguiéndolo como un perro fiel.

—Nuevo consejo, Preston. Caminar es más seguro que correr —comenté con seriedad, girándome hacia él una vez que estuvimos solos.

Me miró con reproche. Era increíble lo rápido que lograba meterme en problemas. No había pasado ni un día, y ya había logrado enfadar al hijo del director, era un nuevo récord en mi historial.

—Ahórrate el regaño —le dije, cruzando los brazos.

—No, Marley. No me lo voy a ahorrar, llevarnos mal con ellos es un grave error —comentó con una frustración evidente.

—¡¿Qué querías que hiciera?! Solo crucé la puerta, y él chocó conmigo. Fui amable, incluso. Solo le cayeron unas gotas de café.

—Aquí dentro somos la última mierda, Marley. Aunque seas amable, siempre habrá gente que nos desprecie. Tenemos que adaptarnos, aunque nos cueste.

—No voy a inclinar la cabeza ante nadie. Eso lo dejé claro aquel día —respondí, con la ira encendiéndose en mis ojos.

—No te digo que lo hagas, solo intenta evitarlos a partir de ahora —concluyó, intentando calmarme—. Sé que eres inteligente, pero no actúes por impulso.

Suspiré con resignación. Sabía que tenía razón, pero no me gustaba que me lo recordara. Estuve a punto de responder cuando algo captó mi atención.

Mi móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Reconocí esa vibración al instante. Solo una persona, además de Preston, tenía mi número. Saqué el teléfono con cuidado, verificando que nadie estuviera observando, y desbloqueé la pantalla. Resultaba que era un mensaje de un número desconocido, pero la secuencia de números no pasaba desapercibida para mí.

De hecho era demasiado familiar...