Chapter 1
“Si el mundo fuese perfecto, todos seríamos setas”
Alice Lumière Yotko
El frío de invierno, acompañado de sus ventiscas y nevadas, quedaba como un miedo muy lejano, fuera de la cabaña, donde una madre veía a su hija jugar con dos muñecas a la luz cálida de una fogata. La niña ignoraba el sonido de los vientos invernales nocturnos; su madre, por otro lado, sostenía en las manos un viejo libro, tan antiguo que parecía desmoronarse en cualquier momento. La niña, al ver el libro, dejó de jugar; presa de la curiosidad, se acercó a su madre, quien, al verla, abrió el libro.
—Había una vez un reino muy lejano. Un reino donde hombres y dioses convivían y compartían conocimientos en armonía.
»Aquel reino era gigantesco, con su capital una ciudad de oro y plata hasta donde la vista alcanzaba; sus grandes torres de mármol blanco, como las nubes, daban siempre la bienvenida a los viajeros de otros reinos.
»En él, vivían tres héroes de otro mundo, traídos por los dioses para librar una gran guerra en contra de seres malvados liderados por una poderosa bruja, que haciendo uso de su gran poder atacó el Reino de plata y oro. Los héroes lucharon durante miles de años, hasta que la derrotaron en una batalla donde la magia del bien y el mal chocaron con todas sus fuerzas.
»Aquellos héroes eran una joven doncella de noble corazón y poderosa fe. Su bondad fue la luz que iluminó el corazón de los guerreros, elevando siempre la moral con su presencia.
»El otro era un rey de noble y fiel corazón hacia su gente. Que, con su espada mágica, lideró a los ejércitos del reino de oro y plata.
»La última era una maga astuta y muy poderosa, que haciendo uso de sus conocimientos del otro mundo, fue capaz de derrotar a la malvada bruja en un duelo de inteligencia.
»Estos tres héroes de otro mundo eran llamados como: El rey, La Maga y La Doncella. Ellos guiaron al mundo hacia la paz que hoy conocemos y gozamos, pero esa paz vino con un sacrificio: el sacrificio del Rey y la Doncella, quienes dieron sus almas para evitar que la maldad del pasado pudiera regresar.
***
La luz del sol atravesaba el cristal de la ventana; el canto de los pájaros resonaba en toda la habitación como un despertador natural. Sobre la cama, una joven de pelo castaño y piel blanca como la nieve abría sus ojos de un color verde esmeralda. Al despertar, su mirada se desvió hacia los pájaros que cantaban anunciando el nuevo día.
El frío del exterior delataba la nevada de la noche anterior; el blanco de la nieve se extendía por todo el campo y los árboles fuera de la casa, pero aquella niña solo veía y escuchaba el canto de las aves en su nido. Una madre alimentando a sus dos polluelos.
—Coccothraustes coccothraustes… no estamos en temporada…
Sus pies descalzos tocaron el frío piso de madera en el momento en que bajó de su cama para tratar de abrir la ventana y, así, escuchar y ver con mayor claridad a las aves. Hasta que una voz la detuvo, una mujer adulta de cabello castaño, ojos color ámbar y una mirada suave se encontraba de pie junto a la puerta de la habitación de la niña.
—Buenos días, mi niña. Alice… no me digas que olvidaste qué día es hoy.
La niña de nombre Alice se detuvo a escasos centímetros de la ventana; sus pies rojos por el frío junto a su nariz le sacaron una risita a la mujer, quien se acercó a Alice para cargarla en brazos, llevándola de regreso a su cama, donde con cuidado le puso sus pantuflas, no sin antes acariciar su cabello.
—El desayuno está listo, baja antes de que se enfríe. Tenemos que salir muy temprano el día de hoy, mi pequeña seta dormilona
Dicho eso, la mujer se puso de pie, retirándose de la habitación, no sin antes darle un último beso en la frente y un tirón en ambas mejillas. Alice, por su parte, no le tomó importancia y simplemente se masajeó sus mejillas ahora rojas antes de levantarse de su cama para ordenarla, pero incluso mientras hacía eso, su mirada seguía fija a su ventana; las aves habían dejado de cantar de un de repente. Suspiró, tomó un peluche en forma de seta y lo abrazó camino a la cocina donde la mujer de antes la esperaba.
—Toma asiento, mi niña, aún está caliente y es tu favorito, filete de toro de montaña en salsa de moras. Dejé algo de salsa extra por si gustas; también preparé jugo de mora. Come con cuidado, no queremos que te manches otra vez, ¿eh?
Alice observó el filete con cuidado, cada movimiento de la salsa de moras sobre el trozo de carne, incluso aquellos pequeños pedazos de mora que aún flotaban de un lado a otro y, por unos momentos, Alice se perdió en el movimiento de esos pedacitos hasta finalmente empezar a comer cuando sintió su estómago rugir.
—Mamá Minerva… hoy no es mi cumpleaños, tampoco es el suyo, mucho menos es el festival de las canoas o la feria comercial… ¿No es… muy caro hacer esto?
Minerva, que como Alice había empezado a comer recién, sonrió, pero su sonrisa no era de burla, gracia o ironía. Sí, no, más bien, una sonrisa cálida y de felicidad genuina, y una vez que tragó su comida, recargó su mentón sobre sus dos manos mientras miraba a Alice con esa misma sonrisa.
—Oh, mi pequeña seta olvidadiza, ¿qué voy a hacer contigo? Hoy, mi niña, es un día muy especial; apenas ayer estabas saltando de la emoción por hoy, ¿recuerdas cómo me dijiste que no podías dormir de la emoción?
El tenedor de Alice cayó de sus manos y parecía haber caído en un trance cuando, de un brinco, dejó su silla para tomar las manos de Minerva y tirar de ellas con la fuerza de una niña emocionada.
—Ma-mamá Minerva, hoy es mi graduación, tenemos que apurarnos… no-no quiero llegar tarde.
Minerva, con esa sonrisa de antes, se puso de pie y fue tras de Alice, quien, aunque no corría, sí caminaba a un ritmo increíblemente rápido hasta su habitación. Al entrar, Alice saltó sobre su cama y se inclinó hacia abajo para sacar una vieja caja de madera, caja que, aunque cubierta de polvo, aún dejaba a la vista una inscripción: “Lumière”
Dentro, un estoque plateado, con un guardamano dorado y un pomo en forma de hongo, descansaba sobre la cubierta de terciopelo; a un lado, descansaba también una pequeña nota aún guardada dentro de un pequeño sobre con otra inscripción: “Para nuestra pequeña Alice: Mamá y papá”
Alice, con mucho cuidado, tomó el estoque, observándolo con total detenimiento; la hoja plateada relucía con los rayos del sol que de manera muy tímida entraban por la ventana. Minerva, que hasta ese momento había permanecido en silencio y de pie, se sentó junto a Alice, volviendo a acariciarle el cabello y, finalmente, siendo ella quien tomara la pequeña nota.
—Tus padres siempre soñaron con ver llegar este día; siempre me contaban lo emocionados que estaban por ver tu despertar y verte graduada de la academia Cosmos.
»Tu madre decía que te volverías la mejor maga de toda Rawlia y tu padre que te volverías la mejor aventurera… Ellos te están viendo, lo sabes, ¿no, mi pequeña?
Alice, que seguía con la mirada centrada en el estoque, asintió y dejó caer su cabeza sobre el hombro de Minerva, quien se sorprendió un poco antes de abrazarla.
—Mamá Minerva siempre me dijo que ellos estaban conmigo, aunque yo no los pudiera ver… Sé que hoy también estarán conmigo…
—Y lo estarán, mi niña, siempre que tú los recuerdes; ellos jamás se irán de tu lado.
***
El sonido de los pasos sobre la nieve acompañaba el galope de los caballos y el movimiento de las carretas. Alice daba saltitos cada 5 pasos, como si contara cuántos saltos daba de su casa a la academia, y Minerva, con entusiasmo, le ayudaba a contar cada salto; en ese momento ya había dado 20 saltos.
—20 saltos tardamos en llegar a la ciudad… ¿No-No es ya muy tarde?
Minerva observó su pequeño reloj de bolsillo, un objeto que Alice soñaba con tener algún día, y Minerva lo sabía, puesto que se detuvo para agacharse y mostrarle la hora a Alice, quien con curiosidad movía su dedo al ritmo de las agujas.
—Llegamos 10 minutos antes de la ceremonia, eso significa que llegamos a tiempo y la profesora Rosalía no nos va a regañar por llegar tarde, ja, ja, ja.
Al estar ya agachada, Minerva aprovechó para acomodar los últimos detalles del uniforme ceremonial de Alice: su corbatín, broches y, finalmente, su boina, la misma que estaba algo ladeada por los saltitos que Alice había estado dando.
Finalmente, Minerva suspiró y, con ambas manos sobre los hombros de Alice, unas lágrimas salieron de sus ojos para acompañar a su sonrisa. Alice, al verla llorar, comenzó a entrar en pánico; buscaba pañuelos en su bolsita, llegó incluso a tratar de limpiar las lágrimas de Minerva con su manga, pero Minerva la detuvo con un abrazo, un abrazo ligeramente fuerte; las manos de Minerva rodeaban a Alice con calidez y suavidad.
Un movimiento repentino para Alice que, confundida y aún algo preocupada, correspondió, no sin antes lanzar su pregunta para saber si Minerva estaba bien, y con una voz temblorosa, Minerva trató de responder.
—Sí, mi amor, solo estoy muy feliz… no solo de verte lograr tus metas, sino de ver en la jovencita que te has convertido.
»No puedo dejar de pensar en el día en que te tomé entre mis brazos. Eras tan pequeña, tan… vulnerable. He… ese día me viste con esa mirada tuya llena de curiosidad y emoción… jamás lo olvidaré, mi pequeña seta, estoy y estaré siempre orgullosa de ti…
Alice sintió un repentino golpe en el pecho; las lágrimas pronto salieron de sus ojos y, aunque lo quiso esconder agachando la cabeza, Minerva lo notó y las limpió con su delantal.
Pero antes de que Alice pudiera decir algo, el sonido de las puertas abriéndose detrás de ambas atrajo su atención, aquellas puertas de mármol y madera de roble negro, tan altas como una muralla y tan gruesas como el lomo de un wyrven.
—Muy bien, mi niña, llegó la hora; recuerda, presta atención a que digan tu nombre y no dejes que tus compañeros te empujen.
»Yo estaré en las bancas altas con los otros papás; te estaré viendo con mucho orgullo, mi pequeña seta.
Alice asintió y con emoción se lanzó a los brazos de Minerva una última vez antes de que dos caballeros con armaduras plateadas y las formas de leones dorados en el pecho le dieran la bienvenida, guiándola hasta su asiento en el jardín ceremonial de la academia, un jardín que Alice solo había visto en sus cambios de clases, pero que estando ahora en él, se había dado cuenta de que en ese jardín podría caber toda su casa y la casa de la señora que vivía al lado.
Pronto, más y más estudiantes entraron al jardín; muchos sonreían, reían o caminaban con un gran aire de orgullo y poder, algo que Alice solo miraba con extrañeza y algo de curiosidad, ya que muchos de esos chicos no se comportaban así en clase.
En la cabeza de Alice, la figura de sus compañeros actuando como “rebeldes” se mezcló con un pensamiento esporádico de un hongo con piernas caminando por el bosque, cosa que hizo reír a Alice, tanto que una lagrimita cayó por sus ojos, hasta que hasta un profesor tuvo que pedirle que guardara silencio, puesto que la ceremonia estaba a punto de iniciar.
Ese pequeño gesto de descuido puso roja de vergüenza a Alice, sumergiéndola ahora en pequeños pensamientos negativos.
—Damas y caballeros, alumnos, alumnas y padres de familia que nos acompañan el día de hoy. Es para mí, como director de esta academia, dar reconocimiento y expresar mi orgullo a esta nueva generación de magas y magos.
»Generación que un día como hoy, pero hace 8 años, iniciaba su camino en las artes arcanas; hoy pueden decir con orgullo que finalmente han culminado y su esfuerzo ha dado sus frutos.
»Desde lo más profundo de mi ser, deseo ampliamente que allá donde los lleve la luz de los dioses, tengan siempre en mente que pertenecen a algo más grande que una academia, pertenecen a una familia.
»Y por supuesto, digan con orgullo quién fue su director y sus profesores, porque yo siempre diré que fui director de esta gran generación.
»Ahora, con su permiso y el de todos nuestros asistentes, doy y cedo el podio a la encargada de darle a esta generación el reconocimiento de la corona, la regente de la casa Varmínt, María Varguménth Varmínt.
El jardín ceremonial se llenó de aplausos, voces vitoréales, eufóricas y llenas de aclamaciones. El ruido de sus compañeros, algunos profesores y padres, sacó a Alice de sus pensamientos, haciéndola alzar finalmente la mirada hacia el podio donde lentamente una mujer alta, de un cabello castaño tan brillante como una piedra de ámbar, subía al estrado. Su mirada afilada, pero cálida, contrastaba con sus ojos de verde esmeralda, pero combinaba con su piel blanca como la nieve que bañaba a Rawlia.
—Jóvenes promesas de la magia y la alquimia, futuras magas y magos de la gloriosa Academia Cosmos:
»Hoy, como sucedió en el pasado con la primera generación de magos que esta insigne academia entregó a nuestra nación, un miembro de la nobleza tiene el honor de entregarles los catalizadores que simbolizan el inicio de su legado. Y ese honor recae en mí.
»Es un privilegio incomparable estar ante ustedes, no solo como emisario de nuestra nación, sino también como alguien que contempla, quizás, a los futuros compañeros que habrán de engrandecer la cohorte mágica de Rawlia.
»Jóvenes estudiantes, graben este día en sus memorias. No importa su origen o rango, porque a partir de hoy comparten un vínculo inquebrantable: forman parte de una misma hermandad. Una hermandad que prevalecerá allá donde los lleven el destino y la luz de los dioses:
»En las profundidades de las misteriosas mazmorras,
»En las lejanas tierras de las naciones orientales,
»O aquí mismo, sirviendo con honor a nuestra patria.
»¡Recuerden siempre que juntos podemos cambiar el mundo!
»Que la luz de los dioses y la valentía de los héroes los guíen y protejan en cada paso de su camino.
»¡Adelante, generación de esperanza y grandeza!
Los aplausos comenzaron a llenar el ambiente, intensificados por el eco de los edificios de la academia; el sonido aludía a millares de palmas que aplaudían el discurso de María.
Ella permanecía de pie sobre el estrado, sonriendo y haciendo algunas reverencias de agradecimiento, pero en el instante en el que alzó su mano, los aplausos callaron.
—Sé que hoy es un día emocionante, único, un día de eterno orgullo. Y no solo para ustedes, sino también para sus padres, quienes estoy muy segura de que los observan con un corazón alegre.
»Ahora, es momento de que finalmente den el siguiente paso adelante en su camino. Los catalizadores, insignia de un mago, son su más íntimo compañero; un mago sin catalizador es inútil en combate y un catalizador sin mago puede ser más cosas, pero mundanas al lado de su propósito real; aquel dado por los dioses hace milenios.
»Por favor, den un paso adelante, no con recelo, no con miedo, sino con orgullo.
Uno a uno, los estudiantes se pusieron de pie al oír su nombre: la emoción, el nerviosismo, todo combinado en una mezcla de emociones, difícil de explicar.
Alice, que hasta ese momento había permanecido sentada con ambas manos sobre su regazo, alzó la vista unos momentos; el sol que se colaba tímidamente entre las nubes daba una imagen similar a la de los cuadros de la academia.
Pero entre esos rayos de sol, Alice podía distinguir algunos patrones en las nubes, como estas adoptaban formas de diferentes tamaños: gigantes, dragones, incluso un hongo gigante, y mientras Alice permanecía inmersa en sus pensamientos, sus compañeros siguieron pasando uno a uno, hasta que llegó el turno de Alice.
—Joven Alice, ¿joven Alice, me escucha? Es su turno de pasar; por favor, adelante, no sea tímida.
Alice parpadeó rápidamente al salir de sus pensamientos, se talló los ojos al estar algo desorientada, aunque no tardó en entrar en razón.
—¡Ah! Sí… sí, lo lamento mucho, ya… ya voy…
Ya de pie, la imagen de aquel estrado con María de pie sobre él hacía a Alice sentirse tan pequeña como una hormiga acercándose a su hormiguero o una diminuta espora de hongo volando por el inmenso bosque.
Pero al igual que esas dos pequeñas formas de vida, Alice caminó a paso tímido y lento, pero avanzó hasta finalmente estar frente a frente con María. La mujer, aunque de porte serio y elegante, sonreía de forma maternal, amable y gentil.
—¿Alice Lumière Yotko? Tu estoque, por favor.
Lentamente y de forma tímida, Alice desenvainó su estoque; la hoja plateada relucía, desprendiendo un tenue brillo y reflejo tanto de Alice como de María, quien antes de continuar observó el estoque con cuidado, como si viese una antigüedad o reliquia sagrada.
—¿Tus padres te lo dieron, o me equivoco? Es un gran catalizador y arma. Su magnitium… parece de grado medio, nada mal para empezar como maga profesional.
»Estoy segura de que tus padres habrían amado estar contigo este día, pero puedes enorgullecer su memoria.
»Joven Alice Lumière Yotko, hija de Samantha Lumière Yotko e Isao Lumière Yotko, ante la luz de los dioses, la voluntad de la corona de Rawlia y el testigo de tus profesores y compañeros, doy fe a tu ascenso como maga de Rawlia.
»Haz sentir a tus padres orgullosos y a tu nación honrada, ¿lo aceptas, joven Lumière?
Los ojos de Alice abiertos con asombro y sus brazos ligeramente retraídos dejaban a la vista el asombro de la niña y avivaban el sentimiento de pequeñez que había sentido de camino al estrado.
Pero sin dejarse dominar por el temor, Alice apretó sus puños con fuerza, cambiando su mirada de asombro y temor por una de determinación.
—¡A-Acepto!
María sonrió con un orgullo notorio en la mirada; así, lentamente, el estoque de Alice se elevó en el aire, recibiendo un grabado en él forte del arma, una runa.
Alice lo tomó una vez que comenzó a descender frente a ella; sus ojos brillaban de emoción, tanta era su alegría que, al apenas tomar su estoque, lo alzó sobre su cabeza para que Minerva la pudiera ver. Minerva, quien veía todo desde los edificios que rodeaban el jardín, se limpió una lágrima de alegría mientras aplaudía llena de orgullo.
—Joven Lumière, ve siempre con la cabeza en alto. Tus padres, sé que están profundamente orgullosos de ti; aunque tú no puedas verlos, ellos aún están contigo.
Las últimas palabras de María fueron un imán para la atención de Alice; su sonrisa se desvaneció y fue sustituida por una expresión de curiosidad, duda y también, ligera incomodidad.
—Señorita María, usted…
Pero la pregunta de Alice fue interrumpida cuando el director anunció el nombre del siguiente alumno, por lo que Alice tuvo que bajar del estrado para regresar a su asiento, aunque ella quería preguntarle a María si acaso ella había conocido a sus padres o a qué venían esas palabras, ya que, para Alice, solo había una persona que dijera eso con tanta seguridad: Minerva.
***
La ceremonia finalmente llegó a su acto intermedio, siendo este un banquete organizado y preparado completamente por la casa Varmínt, quienes habían sido los mayores interventores en la organización de la celebración de graduación. Por lo que la decoración y comida eran de primera gama.
—¡Mamá Minerva! ¡Mamá Minerva!
Alice corrió a abrazar a Minerva, quien ya la esperaba con los brazos abiertos y una rebanada de pastel en cada mano, las mismas que casi caen cuando Alice la abrazó con emoción.
—¿Me viste? ¿Sí me viste? ¡Soy una maga igual que mamá!
Minerva lentamente dejó las rebanadas sobre una mesa para poder abrazar a Alice, un abrazo fuerte y lleno de orgullo, uno donde finalmente las lágrimas de emoción dominaron a Minerva.
—Claro que te vi, mi niña, tú siempre serás mi centro del universo y no podría estar más orgullosa de ti. Verte crecer y convertirte en una maga son mis recuerdos más valiosos por el resto de la vida que los dioses me deseen otorgar.
»Pero, mi niña, quiero que sepas que, aunque yo no esté físicamente contigo, mi amor siempre te acompañará. Así que recuerda, en cada seta que veas, en cada ave que oigas cantar, ahí estaré yo. Cuidándote y amándote, mi pequeña seta de luz.
La sonrisa de Alice, una sonrisa de emoción, de inocencia ante el peso de esas palabras y de su auto orgullo por ese momento, se mezclaba con las lagrimitas por el sentimiento y el peso de las palabras de Minerva, palabras que, aunque Alice no las entendía completamente, por alguna razón sentía que ya las había escuchado antes.
—Mi más grande disculpa, creo que no es buen momento.
Una tercera voz a espaldas de ambas llamó la atención de Alice y Minerva, quienes, al ver de quién se trataba, rápidamente limpiaron sus lágrimas para adoptar una sonrisa nerviosa y algo forzada, principalmente Minerva, ya que Alice solo observaba con curiosidad desde detrás de Minerva.
—Lady María, ¿a qué debo su presencia? Es… es todo un honor conocerla en persona.
María, que permanecía ligeramente rodeada de guardias, dio un paso adelante, haciendo sonar un tintineo, producto de adornos metálicos en su vestido de un color rojo vino.
Minerva, por otra parte, aunque más discreta, había adoptado una rápida postura defensiva, colocando a Alice justo detrás de sí, pero siempre conservando su semblante respetuoso.
—Descuide, no es necesario que sea tan formal conmigo. Su pequeña se ha vuelto de interés para mí; hablé un poco con sus profesores y todos concuerdan en que posee un gran potencial a explotar. Como regente de la casa encargada de la seguridad interna de nuestra nación, pretendo formar un grupo de magos jóvenes y de gran potencial para garantizar la seguridad contra amenazas como: goblins, dragones, orcos y demás seres.
»Y personalmente, su pequeña posee un historial que me asombró, ¿proyecciones de luz en filamentos dorados? Eso es asombroso. El dominio de magia de luz ya de por sí es un gran logro, es por ello por lo que-
—Hilos de luz… son hilos de luz, señorita María…
La respuesta de Alice interrumpió, pero sorprendió a María, quien se acercó lentamente a Alice hasta arrodillarse a un par de metros de ella.
—Hilos de luz, ¿eh? Es un nombre muy tierno. Simple, pero que resume tu habilidad.
»Joven Alice, cuando estuviste frente a mí, vi curiosidad en tus ojos. Dime, ¿fue porque mencioné a tus padres?
Alice asintió escondiéndose nuevamente tras de Minerva, pero lo suficiente para que María pudiera ver su respuesta.
—Ya veo. Sí, conocí a tus padres, aunque fue momentáneamente.
Tus padres colaboraron activamente con mi madre durante la guerra del hambre. Es por ello que mi yo más joven pudo conocerlos; fueron grandes aventureros, sin embargo, fue una tragedia lo que sucedió con ellos.
»Pero es precisamente por eso que, desde mi persona, deseo que formes parte de mi grupo.
»Admito que puede ser aterrador, pero como regente y encargada de la seguridad, sé que los Royal Lions no pueden protegernos por sí solos—
Rápidamente, Minerva se interpuso entre Alice y María. María notó ese sutil, pero obvio, mensaje en el actuar de Minerva, por lo que, tras dejar salir una última risita, se puso nuevamente de pie.
—Agradecemos su oferta, Lady María. Pero Alice necesita pensarlo y quizás ganar un poco más de experiencia antes de formar parte de su… grupo.
María asintió, no sin antes desviar una rápida mirada sonriente a Alice. En ese instante agachó ligeramente la cabeza y frunció el ceño llevándose dos dedos al oído. —¿Cuántos? ¿Al mismo tiempo?
Alice ladeó la cabeza confundida por el cambio en la actitud de María, Minerva, por el contrario, notó cómo los soldados que habían estado resguardando la academia parecían agitarse, uno de los caballeros que acompañaba a María se le acercó y susurró algo al oído, María asintió y de inmediato se puso de pie.
—Señorita María… ¿todo en orden?
—Bueno, tiene razón, señora Minerva. Alice es una jovencita con mucho potencial a explotar y qué mejor que hacerlo gradualmente, como usted dice. Pero si cambia de parecer, puede acercarse a mi despacho en Rennuria; yo estaré a la espera de su respuesta. Les agradezco a ambas que me hayan otorgado estos momentos de su tiempo; disfruten de esta fiesta.
»Y joven Alice, recuerda que juntos podemos cambiar el mundo, tal como soñaron e hicieron tus padres.
María finalmente se retiró, dejando a Minerva y Alice atrás. Los caballeros que acompañaban a la mujer se quedaron atrás unos segundos, dedicando una mirada de disculpa contenida a madre e hija. Posteriormente, igual ambos caballeros avanzaron tras de María, manteniendo a la gente a una distancia prudente, una oleada de personas implorando un segundo de atención, aunque era obvio que María no daría abasto a todos.
—Mamá Minerva… ¿Conoce a la señorita María?
Poco a poco y viendo a María perderse entre la multitud, Minerva finalmente suspiró aliviada, no habiendo escuchado a Alice, pero arrodillándose delante de ella para abrazarla, no para calmar a Alice, sino para calmarse a sí misma.
—No a ella, mi amor, pero sí a su madre. Una mujer… que nunca me agradó del todo. Pero a tus padres sí, aunque… eso no importa, anda, come tu pastel, ¡es de mora santa, je je!
Pero su ansiedad no desapareció ahí. Al desviar la mirada hacia el resto de las personas pudo darse cuenta cómo el director, varios supervisores y profesores entraban al edificio principal de la academia. No solo Minerva lo notó, los murmullos comenzaron a hacer presencia al ver que incluso los caballeros que avanzaban junto a María habían entrado al edificio.
***
Las olas del mar y el viento marino empapaban las murallas de Coventia, la capital portuaria de Rawlia. Parado sobre una muralla cubierta de escarcha, hielo y nieve, un soldado hacía su rutinaria patrulla a lo largo de lo que era la sede de la marina real Rawliana.
Un edificio diseñado para ser una fortaleza, incluso contra los cañones mágicos de 360 mm de Leouria o los bombardeos de wyrven, aunque seguía siendo vulnerable a las fortalezas voladoras del mismo imperio.
En las calles de adoquín, los edificios ornamentados, de madera, roca y algunos de granito, cubrían el paisaje de blanca nieve. Los bosques que rodeaban la ciudad simulaban abrazar la urbe al estar ligeramente elevados. En el centro, el canal que alimentaba tanto a Coventia como a Rennuria fluía con fuerza desde el mar; ahí mismo descansaban algunos barcos pequeños y gente que tomaba directamente el agua para sus actividades diarias.
Pero aquel día las calles estaban rebosantes de ruido, risas y celebraciones; las familias de los graduados de la Academia Cosmos festejaban el hito de sus jóvenes mientras el resto de la ciudadanía recorría su ciudad disfrutando del día festivo.
La mayoría de la población estaba feliz de que sus familiares del ejército o la marina tuviesen el día libre; algunos lo disfrutaron pasando el tiempo en familia, otros paseando, algunos comiendo y otros muy pocos viajando.
Pero los que no, se acercaron a las orillas de las playas; el agua se movía con mucha mayor fuerza, golpeando los muelles con tanta fuerza que un guardia costero tuvo que alejar a la gente por seguridad. Los barcos, por el contrario, se comenzaron a mecer de lado a lado; algunos de los visitantes decidieron alejarse de las playas al ver soldados correr hacia los límites de los puertos.
Algunos colocaban costales con arena, otros en los puestos de vigilancia terrestre ya colocaban grandes balistas.
Y mientras el mar se agitaba, en la sede de la marina, un operador de radar se acercó a su pantalla; esta mostraba ondas raras en la línea de detección, como si el radar detectara movimiento, pero algo forzara la imagen a mantenerse estática. El operador, visiblemente nervioso y confundido, golpeó la pantalla con la palma, una y otra vez, hasta que la extraña estática desapareció.
—Oye, Fred, ¿tu radar también se comporta extraño?
El compañero del soldado negó con la cabeza, viéndose también confundido por sus palabras.
—Debe ser solo un fallo. Ya le informé al técnico que lo venga a revisar, últimamente han fallado por culpa de las tormentas de invierno, y no tenemos refacciones disponibles. Pero tranquilo, solo tómate el día. Los vigías de las torres nos cubren hoy.
El soldado miró con duda su estación de radar, dudó unos segundos, quizás, solo quizás debía avisar a la guardia costera por seguridad, pero si los vigías no habían informado nada, entonces quizás solo era otro fallo por nieve.
—Vale, Vale. Creo que te daré la razón, de todas formas, ¿qué podría pasar?
De regreso en las torres de vigilancia, estas se encontraban más solas de lo usual; los curiosos lo atribuyeron al día festivo o a que quizás los soldados únicamente habían salido a festejar también.
Pero dentro, uno de los vigías apenas regresaba a su puesto tras su guardia de 8 horas.
—Marcus, es mi turno de patrullar. Ve y descansa antes de que nos den órdenes, es un caos allá abajo, la compañía de Bernard se movilizó supuestamente para mantener el control en las calles, todo el mundo está ocupado con la ceremonia en la academia Cosmos.
»Oye, por cierto, te traje una taza de café; Mark no fue amigable al prepararlo, así que la siguiente ronda te toca, ¿oíste? ¿Marcus?
Al entrar en la torre de vigía, el soldado cayó al suelo con una daga hundida en su cuello. Lo último que vio fue a un hombre portando una armadura de diseño desconocido, pero que en sus manos portaba un armamento bien conocido: un rifle de maná, el arma estándar de Leouria.
A un lado de donde cayó el primer soldado, se hallaba su compañero, quien había sufrido el mismo destino, mientras el hombre desconocido pasaba sobre su cuerpo sin vida. En las gélidas costas de la ciudad, barcos sin bandera se acercaban lentamente, sin resistencia, pues todos los guardias en las torres habían sido asesinados o tomados prisioneros. Así, sin nadie que se interpusiera de forma inmediata, los soldados desconocidos abrieron las puertas de la muralla del puerto, dando así entrada a los navíos.
Algunos marineros que estaban dándole mantenimiento a sus embarcaciones notaron la apertura de las puertas y segundos después, los cascos de más de una docena de barcos acercarse lentamente; eso sería lo último que verían. Los estruendos de cientos de cañones rompieron la calma del día; algunos golpearon a los pequeños barcos de madera, otros más impactaron directamente en los puestos de la marina, alertando al ejército una vez el primer proyectil golpeó los muros de la sede.
Que, para su mala suerte, junto a los invasores volando en el cielo, se acercaban wyrvens de combate y, aunque el edificio era resistente a sus ataques gracias al recubrimiento de granito en techo y paredes, no había forma de responder, no en ese momento.
Charles Gunday, comandante del segundo ejército de defensa territorial, convocó a sus allegados a la sala de guerra; pensaba reorganizar a sus hombres y tratar de responder en la medida de lo posible, puesto que la prioridad número uno era evacuar a los civiles en ese mismo instante.
—¿Qué información poseemos? ¿Cuál es nuestro estado? ¿Se puede contraatacar?
El golpe seco de sus palmas contra la mesa de madera resonó en todo el salón; los pocos líderes militares que habían respondido al llamado no podían siquiera levantar la vista, sabían que la situación era peor que mala.
—Comandante Charles, la situación es la siguiente: hemos perdido contacto con los centinelas terrestres 1 a 5, perdimos contacto con los centinelas navales 1 a 5, el enemigo posee cañones de asedio y anti navales. Sin embargo, desconocemos si todas sus embarcaciones los poseen; junto a eso, seguimos sin identificar el origen de estos invasores.
»Señor… nuestras fuerzas no están en óptimas condiciones para una respuesta efectiva; los refuerzos de Novarak y Remil están a 80 clics de llegar y no hemos podido contactar a Rennuria. ¿Cómo… debemos proseguir?
Charles, un veterano de la guerra del hambre, no había visto algo así jamás. ¿Cómo es que se habían colado en una ciudad tan importante y sobre todo en la zona más protegida de toda la ciudad?
Aunque si de algo estaba seguro, era el origen de los atacantes; su rostro sudaba rojo de la ira y, sin contenerse, golpeó la mesa con el puño.
—¡Esos malditos Leourianos! Finalmente, se han armado de valor para atacarnos… ¡Envía un mensajero por los túneles hacia Rennuria y hacia la academia Cosmos! Informa de la situación en Coventia y la orden de evacuación. Que ninguno regrese si no es con el apoyo de la capitana Ágata o los Royal Lions.
La sala pronto quedó en silencio cuando un mensajero ingresó a la sala; todos los presentes desviaron su atención hacia aquel soldado, Charles. Aunque en el fondo deseaba que fuesen buenas noticias, sabía que en realidad sería una tragedia.
—¡Comandante Charles! ¡Los invasores han tomado el distrito portuario de la ciudad y se dirigen hacia el distrito comercial!
Todos los presentes, salvo Charles, no creían lo que oían; en todos rondaba la pregunta de cómo era posible que vencieran tan rápido a sus soldados, hasta que a la lejanía un rugido hizo que todos sudaran frío.
—¡Envíen a los mensajeros ahora, informen de la presencia de bestias! Especialmente de… los devastadores…
Charles finalmente centró su vista en el mapa de la ciudad; el distrito portuario estaba a solo 1 km del distrito comercial y a 1.5 km del distrito residencial. El enemigo avanzaba más rápido de lo que ellos podían movilizar a sus propios soldados para organizar una defensa. Esta invasión no podía ser obra de otros más que de un ejército bien preparado y coordinado; las sospechas de Charles ante él solo cobraban más sentido.
—Sargento Ludiere, que el mensajero de Rennuria lleve consigo el aviso sobre el posible origen de estos invasores; asegúrese de que la capitana Ágata lo sepa. Inicia el plan Nuevo Amanecer.
El sargento Ludiere, un hombre esculpido en el conflicto tragó saliva con solo escuchar el plan, pero aun así asintió, marchándose de la sala de guerra, directo al centro de mensajeros.
Mientras tanto, en la sala de guerra, finalmente buenas noticias habían llegado: el embajador de la casa Varmínt e Ivanenko en Coventia había comenzado a evacuar a la población civil usando los túneles de sus propias fincas, enviando también a sus levas a defender la ciudad, y aunque no pareciera mucho, sí era un gran alivio para las fuerzas ya presentes en la ciudad.
***
La ceremonia continuaba en completa normalidad; músicos y algunos juglares recitaban historias, ya sea de famosos aventureros de Rawlia, historias de la guerra del hambre o algunas historias… la gran mayoría inventadas, sobre la valentía de la capitana Ágata, historias que en su presencia la harían enojar, pero que, entre los escuchas, eran como oír grandes odiseas de su líder y monarca, por más falsas que fuesen estas.
Uno de los juglares, un hombre canoso, de ropas humildes y barba tupida, subió al pequeño bloque de madera donde sus compañeros oradores habían estado contando historias antes.
—Oh, pueblo de hielo y nieve, pueblo de corazón valiente. Permitan a este gentil viejo contar la grandeza de las hazañas de aquella que nos gobierna. Prestad atención, oíd con amor y guardad con honor.
»Pues hubo una vez donde nuestra monarca peleó con un dragón; la gran bestia de negro azabache, ojos rojos de demonio y aliento de brasas ardientes, atacó mi aldea cuando mi infancia revoloteaba en mi ser. ¡Pero entonces apareció! Una mujer de cabellos dorados, ojos de un azul zafiro y armadura brillante, sin ton ni son a la bestia combatió y, por más fuego que lanzó, el filo de la monarca lo decapitó.
»Oigan mis palabras, niños, pues tendrán la seguridad de que nuestra reina os defenderá.
El público, entre ellos Minerva y Alice, aplaudió la pequeña narración del viejo, sobre todo Alice, que aplaudía con júbilo, incluso más que cuando María había dado su discurso.
—¡Mamá Minerva, deseo algún día también combatir a un dragón como la reina Ágata!
Minerva acarició el cabello de Alice y con una sonrisa asintió, poniéndose de cuclillas para pellizcar suavemente las mejillas de Alice, mejillas que seguían llenas de betún y trozos de mora santa.
—Claro que lo harás, mi niña, ¿pero por qué no empiezas primero con algunas misiones más tranquilas en el gremio del pueblo? Así ayudarías a la gente tanto como siempre has querido hacer
Alice lo había empezado a pensar; en su mente, se veía a sí misma aceptando algunos encargos del gremio, peleando con monstruos pequeños como las cucarachas Goliat o rescatando gatos atorados en árboles; después, se veía a sí misma llevando pequeñas bolsas de monedas a casa con Minerva. Una sonrisa se formó en los labios de Alice.
—¡Sí, quiero ayudar a las personas y a mamá Minerva! Juntaré muchas monedas para que mamá Minerva pueda comprar mucho chocolate y cosas para hacer ropa; también podríamos comprar las moras del pastel o una máquina que puede coser, como la que vimos en el puesto del señor de Leouria en la feria comercial
Minerva asentía con una sonrisa; la ternura que sentía al oír a Alice tan entusiasmada la había hecho olvidar el encuentro con María, alegrándole también que Alice no olvidara el pequeño puesto de ropa que ambas habían planeado poner en la feria comercial del siguiente año.
Pero la alegría de ambas se vio interrumpida cuando todas las personas presentes en el jardín empezaron a mirar al cielo, señalando algo ahí arriba. Minerva fue la primera en desviar su mirada hacia donde las personas miraban; arriba, entre las nubes, grandes columnas de humo se empezaban a hacer visibles en dirección al centro y distrito portuario de Coventia. Una mujer que había tomado a su hijo para abrazarlo preguntó si quizás se trataba de un incendio o algún accidente, pero eso solo preocupó aún más a los asistentes, por lo que el director de la academia tuvo que subir nuevamente al estrado para poder calmar a los asistentes.
—Damas y caballeros, por favor, mantengan la calma, no debe tratarse de nada grave, quizás otro incidente con topos de magma o una demostración de los Royal Lions. Por favor, continúen divirtiéndose; todos estamos a salvo en la academia.
Las palabras del director tranquilizaron un poco el ambiente; muchos rieron con incomodidad recordando el accidente con los topos de magma o aquel espectáculo de la caballera Armida de los Royal Lions. Algunos volvieron a comer y beber, otros prefirieron mejor volver a sus hogares, pero de aquellos que preferían volver a sus hogares, una gran cantidad venía de Coventia.
Y mientras los invitados se agitaban, el director había sido llamado a su oficina; dentro se encontraban los supervisores y un mensajero de Coventia. El director limpió su sudor y tragó algo de saliva.
—¿Cuál es la situación en Coventia?
El mensajero sacó el escrito del comandante Charles; el director, al tomarlo, lo comenzó a leer. Podía sentir cómo se le hacía un nudo en el estómago y la garganta; los supervisores y, a su vez, profesores de combate tenían miradas cabizbajas, ocultando su propio miedo y ansiedad.
—¿Cuánto tiempo tenemos para evacuar a las personas? ¿La capitana Ágata ya sabe de esto?
El mensajero se encogió de hombros; por más que quisiera responder, desconocía si su compañero ya había informado a la reina o a los Royal Lions. Fue un golpe en el orgullo: los defensores, el escudo de Rawlia, no podían defender a quienes debían defender.
—Desde mi partida de Coventia a mi llegada, tienen 10 minutos para evacuar a todos antes de que la academia esté al alcance de los Wyrven enemigos. Yo ayudaré en la evacuación y un pequeño grupo de levas de la casa Varmínt vendrán a proteger a las personas, pero deben partir ahora hacia Novarak.
El director golpeó sus nudillos contra la mesa al bajar abruptamente el escrito, su mirada incrédula y rostro rojo del enojo; no podía creer lo que oía.
—¿¡Pretende que evacuemos a mil personas en menos de diez minutos!? ¡Soldado, más de la mitad de nuestros asistentes son mujeres y niños! ¡Los túneles solo están hechos para evacuar de 30 a 40 personas cada ciclo; no hay forma de llevarlos a todos hasta Novarak!
El mensajero agachó la cabeza, avergonzado de no poder hacer nada más que lo que había dicho, tratar de evacuar a todos al mismo tiempo a como diera lugar, y aunque las levas de la casa Varmínt ya estaban en camino, tardarían 15 minutos en recorrer lo que faltaba de los 6 km que separaban a Novarak de la academia y el pueblo más cercano.
—No será necesario; yo me aseguraré de que los caminos exteriores sean seguros.
El director, mensajero y supervisores desviaron su mirada hacia sus espaldas; ahí estaba de pie María junto a los caballeros que habían recibido antes a Minerva y Alice.
—Lady María, creí que se habría retirado después de su discurso, ¿por qué sigue aquí? Debe salir antes de que los wyrvens invasores entren en rango.
El mensajero dio un paso adelante, siendo detenido por los caballeros que custodiaban a María, quien con una pequeña sonrisita se acercó al mensajero para darle una suave palmada en las mejillas antes de quedar en el centro de la oficina.
—Mi deber como noble y regente de la casa Varmínt es seguir los ideales de nuestra líder y esos ideales dictan la defensa de los civiles a cualquier costo, incluso por encima de nuestras propias vidas. Ahora, señor director, lamento pedirle esto, pero necesito que me permita llevar conmigo a algunos estudiantes; le prometo por mi palabra y posición que estarán bien.
El director suspiró con pesadez; su gesto afligido y en crisis no dejó que respondiera al instante. Pensó por varios minutos; algunos supervisores debatían entre ellos, algunos alegando que el plan de evacuación por los túneles era mejor idea, otros que era arriesgar a los civiles más de lo que debían.
Hasta que el director finalmente tomó la palabra.
—Lady María tiene razón. Nuestro deber es defender a los civiles ante cualquier cosa; apoyo la idea que tenga Lady María. ¿Cuál es el plan?
***
En el jardín, Minerva abrazaba a Alice, quien miraba a su alrededor sin terminar de entender qué era lo que pasaba. Para ella, el ruido y los movimientos erráticos de compañeros y adultos hacían que le doliera la cabeza, por lo que Minerva asumió el papel de tranquilizar a Alice.
—Mamá Minerva, quiero irme a casa… no me gusta estar aquí…
Minerva suspiró, observó sus alrededores, notó que del edificio principal de la academia salían profesores, el director y María junto a tres soldados; eso fue un soplo de alivio, sobre todo para Minerva, ya que pensaba que todo había terminado por fin.
—Damas y caballeros, debido a un siniestro de gran magnitud en la ciudad de Coventia, la corona ha ordenado la evacuación de toda zona aledaña a la ciudad; por favor, conserven la calma, el ejército y las fuerzas de reserva ya están combatiendo a los agresores y pronto podrán volver a sus hogares.
»Por ahora, cumpliremos la orden de evacuación hacia Novarak, pero debido al tamaño reducido de los túneles y la falta de tiempo, evacuaremos en dos grupos: el grupo A será evacuado por los túneles siguiendo el protocolo regular; el grupo B será evacuado por la superficie con ayuda de Lady María.
»Pero, temo tener que solicitar el apoyo de 6 estudiantes para garantizar la evacuación efectiva y segura del grupo B; esto es opcional, todo estudiante que desee ayudar será completamente por elección voluntaria.
»Si desean ayudar, den un paso adelante, por favor.
Tanto padres de familia como estudiantes se miraban a sí mismos confundidos por el pedido del director; el silencio era absoluto y… alarmante, tal era el silencio que se podían oír a la lejanía los sonidos de la batalla en progreso y que cada vez se acercaba más.
—¿¡Dice que evacuaremos y estaremos bien!? ¡Pero ahora quiere arriesgar a nuestros hijos!
Un hombre que abrazaba a su esposa e hijo finalmente alzó la voz, creando un efecto en cadena donde más y más padres gritaban su descontento ante el plan. El miedo a lo que estaba pasando y el peligro latente de que resultaran heridos era la mayor preocupación de los padres, y de no ser por la intromisión de María, seguramente las cosas habrían terminado en una revuelta.
—Damas y caballeros, por favor, mantengan la calma. Puedo garantizar que sus hijos estarán a salvo; su misión será únicamente proveer un camuflaje para evitar la detección aérea por el enemigo.
»Podrán volver con ustedes una vez haya terminado la evacuación; solo así garantizamos la seguridad de todos.
El descontento pronto decayó; los adultos guardaron silencio, pero contenían sus miradas de inconformidad. María aún podía escuchar algunos susurros entre las personas, pero en esa situación prefería las cartas de descontento y el sermón de Ágata, antes que dejar a esas personas ante el peligro.
Minerva, que permanecía entre la multitud junto a Alice, cargó en brazos a Alice, acatando las órdenes que los soldados daban, incluso cuando Alice le pedía que la bajara.
—Mamá Minerva, la señorita María… ella pidió ayuda, quiero ayudar… por favor, déjame ayudar, te prometo no causar problemas; por favor, es vergonzoso que me cargues…
Pero Minerva hacía oídos sordos, no porque ignorara a Alice, sino porque el miedo a que le sucediera algo estaba presente, era real y posible. Y aunque no soltarla fuese ir en contra de los deseos de su hija, Minerva no iba a dejar que Alice pudiera salir herida.
Pronto llegó el turno de ambas de entrar en el túnel; el soldado delante de la entrada las revisó y les ordenó seguir la fila, puesto que la luz dentro era casi inexistente, además de pedirle a Minerva que bajara a Alice, ya que existía el riesgo de golpes en la cabeza debido a la baja altura del túnel.
—Alice Lumière Yotko, mírame, por favor, mi niña, no te separes de mí por nada del mundo; aunque veas algo que llame tu atención, oigas algo o pase algo, no te separes de mí, ya casi nos vamos a casa, ¿ok? Sé una buena niña y te dejaré comer chocolate antes de la cena.
La oscuridad del túnel iluminada tenuemente por la linterna de uno de los soldados abría paso por el camino; dentro, las estrechas paredes del pasaje apenas dejaban espacio para que dos personas estuvieran lado a lado.
Fuera del túnel, María observaba aliviada, pero también decepcionada al ver a Minerva irse junto a Alice; no estaba decepcionada de ambas, sino de ella. Había fallado en conseguir el apoyo de Minerva, pero sobre todo de Alice; aun así, había trabajo que hacer.
Y mientras en la academia se llevaba a cabo la evacuación, en Coventia, la batalla continuaba.
El destello y estruendo de dos cañones de 120 mm basados en maná de núcleo sólido y carcasa de maná explosivo liberaron proyectiles de alto explosivo sobre la sede de la marina real de Rawlia; el interior se sacudió mientras polvo y escombros caían del techo en la sala de guerra.
El comandante Charles observaba el mapa de la ciudad ahora ocupada en un 85%; su gesto era uno de rabia contenida, frustración e ira. El enemigo los había hecho retroceder en casi el 100% de sus frentes y, aunque la táctica de pelear de forma asimétrica había dado más tiempo a evacuar el distrito residencial, solo les había conseguido 5 minutos extra, un tiempo que pronto fue superado con el regreso de los wyrven hostiles.
—¡Informe!
Gritó el comandante Charles a sus subordinados, quienes movían papeles, mapas, documentos de un lado a otro. Algunos se preparaban para defender la sede ante el posible asalto que seguiría después de los ataques con artillería.
El sargento Ludier entonces dio un paso al frente; su armadura manchada por la sangre de sus compañeros ya era un indicio de la situación afuera y en la propia ciudad.
—Hemos perdido contacto con el punto de control A, B y C. Los batallones de defensa civil de las levas enviados por las casas Varmínt e Ivanenko fueron superados; actualmente nuestras bajas se cuentan en 4 mil hombres… aproximadamente…
»También perdimos contacto con las fuerzas supervivientes en el distrito portuario. El último reporte que recibimos por el magógrafo fue que los atacantes portaban rifles Leourianos Type 80 y la presencia de 4 devastadores
Charles suspiró, observó su reloj de bolsillo; habían pasado tan solo 67 minutos, 67 minutos les tomó a los invasores tomar más del 80% de la segunda ciudad más importante de Rawlia.
—¿Hay información sobre el escuadrón Flor Oriental? ¿Cuánto más tardarán en llegar?
Ludier entonces cambió de documento, aclarando su garganta para no delatar cómo su voz se rompía al leer.
—Aún tardarán 20 minutos, señor, sus wyrvens están al borde de su límite operativo, pero deberían partir pronto de Myrrak; sin embargo, señor… sí tengo buenas noticias, el escuadrón León Occidental ya viene para acá, llegarán pronto.
El corazón de Charles finalmente sintió un gran alivio; incluso sus hombros se sintieron más ligeros con solo oír que la capital por fin había recibido el informe.
Por otro lado, en Rennuria, la capital de Rawlia, más específicamente en el campo 1 de la real ala de combate wyrven, una sala pobremente iluminada por dos bombillas era ocupada por 12 hombres sentados delante de dos pizarras; una tenía pegado un mapa de Coventia y la zona ocupada basada en los cálculos del informe del mensajero.
—Muy bien, señores, presten atención. La situación es la siguiente: las fuerzas atacantes cuentan con una presencia considerable de wyrven. El comandante Charles informó que puede tratarse de un ataque leouriano, por lo que debemos ser cautelosos.
»El plan es el siguiente: volaremos bajo, 500 metros en altura de combate; usen las escamas de sus wyrven para ocultarse en el reflejo del sol.
»Si por alguna razón se encuentran con una máquina voladora leouriana, no lo enfrenten de frente; usen la velocidad de giro superior de los wyrven; las máquinas leourianas son torpes mientras giran, recuerden, usen el lomo y alas del wyrven para garantizar no ser derribados, no muestren el vientre.
»Vuelen con honor, caballeros, buena suerte.
En el exterior, la pista de vuelo pronto se llenó de soldados, jinetes y operadores de despegue, y en la pista de tierra comprimida, se alineaban 12 wyrven, aquellos que eran llamados “el rey del cielo”.
Mientras los jinetes se preparaban para salir, los armeros ajustaban las últimas placas de blindaje en la cabeza, lomo, cuello y alas de las bestias aéreas, mientras sus jinetes armaban su equipo de vuelo.
Uno de ellos se detuvo para observar el panorama; el ruido y la presencia de todo el personal de la base eran algo que rara vez había visto, y por rara vez, se refería a hace 10 años tras el final de la Guerra del Hambre.
—Isaac, arriba, es hora de irnos. Coventia está hasta el cuello de mierda.
El chico asintió y, mientras daba sus pasos pesados debido a las placas metálicas dentro de sus pantalones, se colocó su casco, ajustando las correas al peto extra de su uniforme; la rigidez al mover el cuello era notoria.
Pero ahí delante se encontraba su wyrven listo. El armero abrió ligeramente la silla, permitiendo al jinete subir, solo para después nuevamente colocarla en su posición original. Isaac ajustó y enganchó su arnés del pecho a la armadura de su wyrven, enganchando seguidamente sus botas y, finalmente, el armero enganchó una gruesa cadena al casco del jinete.
—Aquí líder león, volaremos en formación de diamante, manténganse dentro de los 2 km del manacomms, recuerden, vuelen bajo 500 metros, ataquen solo si tienen línea segura. No malgasten el combustible del wyrven, ¿listos? ¡Arriba!
Uno a uno, los wyrven alzaron vuelo para incorporarse en el aire. Desde la lejanía, en el palacio de Rawlia, una mujer rubia observaba la escena con una mirada severa que combinaba con su postura.
—Preparen mi caballo.
***
La evacuación por los túneles había iniciado. Minerva junto a Alice habían sido colocadas en el segundo grupo a evacuar por los túneles; el primer grupo ya había sido enviado junto a uno de los caballeros. La ansiedad de Minerva, aunque aún presente, era menor que antes, especialmente gracias a que Alice ya estaba más tranquila, esto debido a que Alice había encontrado sus tapones de oído en su bolsa de accesorios.
—Disculpe, ¿cuánto más falta para que sea nuestro turno?
El soldado que caminaba por el jardín se detuvo ante la pregunta de Minerva, agachando un poco la vista para pensar en una respuesta.
—No falta mucho, señora, el primer grupo ya debe estar por llegar; el tiempo estimado entre el grupo y el suyo está por cumplirse; una vez lo haga, podrán partir.
El soldado finalmente se retiró, dejando nuevamente a Minerva sentada en el suelo. Pronto la vista de Alice se desvió hacia el grupo de estudiantes que preparaban las cosas para enviar a la primera oleada por la superficie; sus ojos lentamente se movieron hacia Minerva, que solo miraba su reloj de mano y las manecillas de este moverse.
Alice dio un pequeño desliz hacia el lado contrario de Minerva, solo para después quedarse quieta unos segundos para asegurarse de que Minerva siguiera distraída y nuevamente daba otro pequeño desliz
—Alice… detente, por favor, mi niña, sé que quieres ayudar, pero esto es algo muy peligroso, podrías salir lastimada o peor… dioses… si algo te sucediera…
»Perdóname, mi pequeña seta, pero esta vez será la primera vez que deberás dejar de ayudar a las personas, ¿sí? Solo esta vez, hazlo por mí…
Alice finalmente se detuvo, regresando al lado de Minerva para recargarse enseguida sobre su hombro.
—No quiero dejar sola a mamá Minerva; no está bien… pero tampoco está bien dejar a esos adultos y a mis compañeros solos. Sé que la señorita María va con ellos, pero… me da miedo que puedan salir lastimados. ¿Qué tal si uno de esos monstruos malos que atacan la ciudad les hace daño?
Minerva no pudo evitar sonreír con una lágrima en los ojos; sus brazos pronto abrazaron a Alice, acariciando su cabello en el proceso.
—Siempre tan entregada, mi pequeña seta. Pero Alice, esta vez es diferente, esos… monstruos no son como los que ahuyentabas en los cultivos de la señora Rechell’s… son monstruos muy peligrosos, por eso los adultos como Lady María deben enfrentarlos, para que ya no lastimen a más gente…
Alice negó con la cabeza enérgicamente.
—No… No puede ser así… ¡Un aventurero enfrenta cualquier peligro, sea grande o pequeño! Eso hacían mis padres y eso es lo que quiero hacer yo…
El abrazo de Minerva tomó más fuerza y por unos segundos parecía que no iba a soltarla, hasta que finalmente sus brazos se volvieron más flácidos.
—A veces me da miedo lo rápido que creces… pero tienes razón, supongo que… va siendo hora de que vueles tú sola, mi pequeña seta de oro…
La sonrisa y el brillo en los ojos de Alice le siguieron a las palabras de Minerva. Alice, emocionada, se puso de pie para abrazar una última vez a Minerva antes de ir hacia sus compañeros y María, quienes habían acondicionado un par de carretas para transportar a los grupos de la superficie con aún más seguridad.
Habían colocado algunas redes de tela pintadas de café y verde, al igual que a los lados, puesto que planeaban reducir el rango de visión lo máximo posible para el reconocimiento aéreo enemigo.
—¡Señorita María! Vine a ayudar. ¿Qué debo hacer? ¿A quiénes debemos llevar a la ciudad de muros gigantes?
María rápidamente giró su vista hacia su espalda al oír la voz de Alice, encontrando su vista con la suya. María sonreía, se acercó a Alice para acariciar su cabello al verla unirse también.
—Bien, Alice, ven rápido, tus hilos de luz nos servirán bastante. Necesito que unas las redes a las carretas con tus hilos; si no estoy equivocada, tus hilos deben tener una resistencia similar a filamentos de acero, ¿o no?
Alice asintió, desenfundando su estoque; este pronto se iluminó, primero la hoja de un fuerte rojo vivo y para rápidamente desprender chispas y mini descargas eléctricas de color dorado. Aquella energía cubrió la hoja desde el forte hasta la punta y, finalmente, finos y brillantes filamentos emergían desde la punta del estoque de Alice, todo en apenas una facción de segundo.
Una vez el hechizo había sido conjurado, Alice extendió su estoque al frente, a una velocidad de destello. Los filamentos dorados comenzaron a rodear las 2 carretas, elevando un poco la red que cubría la zona de carga, además de añadir algunas hojas que, por el movimiento, habían sido cortadas.
—¡Listo, señorita María! ¿Qué más tengo que hacer? ¿En qué más puedo ayudar?
María nuevamente acarició su cabeza; antes de sentir algo, su cuerpo se tensó. Rápidamente, soltó a Alice, poniéndola a sus espaldas para así poder extender sus manos, haciendo que los anillos en sus manos pronto hicieran el mismo proceso que el estoque de Alice, pero esta vez creando múltiples barreras lumínicas alrededor de los grupos faltantes; eso la gente lo vio con preocupación y entonces, explosiones tan potentes que hicieron retumbar la tierra, las barreras se agrietaron, vibraba con fuerza al desviar toda la energía de la explosión.
Los gritos le siguieron a las ondas de choque y el rugido característico de wyrven. El enemigo ya estaba al alcance de la academia y todos ellos, alumnos, profesores, asistentes, todos apilados en el jardín ceremonial, casi entregados en bandeja de plata para el enemigo.
—¡Todo mundo, al interior de la academia, ahora, rápido!
El director gritó a todo pulmón; los soldados replicaron su orden, gritando a toda voz que entraran a la academia, y mientras el pánico desataba una estampida hacia el interior, en el aire 8 sombras pasaron surcando el cielo a gran velocidad. María, que aún se estaba recuperando, vio con impotencia y horror al enemigo.
—¡Alice, cubre a las personas, yo me encargo de los wyrven! ¡El resto, guíenlos hacia el interior, ahora!
Alice asintió, pero de forma instintiva buscó a Minerva con la vista, solo para respirar aliviada al ver que sus compañeros ya la estaban llevando al interior, lo que dio paso a que Alice una vez más extendiera su estoque, repitiendo el proceso de antes, esta vez generando un destello que dio paso a grandes domos; a la vista y al tacto, parecían cristal de la más fina estructura; aun así, eso dio tiempo a María para bajar sus propios escudos.
—Muy bien, malditos invasores, escogieron un mal día para invadir nuestro hogar
Las barreras de María se desvanecieron; el azulado de los escudos se diluyó en el aire hasta finalmente desaparecer. María finalmente dio un paso adelante; los wyrven, al verla, inmediatamente la identificaron. Entre los jinetes invasores pasaron la información de su identidad, pero María no se inmutó incluso cuando uno de los wyrven se lanzó en picada sobre ella.
El jinete y su wyrven rápidamente fueron recibidos por un rayo de parte de María; la fuerza del impacto y la pura energía fueron suficientes para freír a ambos seres por dentro y sobre todo al jinete, que se había vuelto solo un cuerpo carbonizado.
Los otros jinetes, lejos de buscar venganza contra María, se limitaron a observarla desde el cielo a 300 metros de altura; María hizo lo mismo, pero desde el suelo.
El que parecía ser el líder indicó finalmente el inicio del ataque; los 7 wyrven lanzaron fuego sostenido sobre las barreras de Alice, las mismas que pronto temblaron, similar a como lo habían hecho las de María segundos antes.
—Señorita María… no… no creo poder mantener el escudo mucho tiempo… son demasiados wyrvens…
La temperatura, la presión del fuego y la falta de oxígeno debido al humo hacían sofocante sostener las barreras; era como estar dentro de un horno, uno donde la nieve que se derretía solo hacía peor la situación; el vapor comenzó a juntarse dentro de cada domo.
María lo notó; su gesto cambió rápidamente a impotencia y rabia. Sabía que, si ordenaba a Alice bajar los domos color domos para no morir asfixiadas, el fuego las mataría.
—¡Alice, yo-!
La voz de María fue interrumpida; los 7 wyrvens pronto cayeron del cielo, presas de múltiples explosiones sobre sus cuerpos. Los ojos de María y los presentes se abrieron de golpe al ver a los wyrven rawlianos finalmente llegar para combatir; los vitoreos por parte de los civiles, profesores y estudiantes no se hicieron esperar.
—Aquí líder león a manada, ¿me escuchan? Buen golpe, esos bastardos probaron fuego Rawliano. Manténganse cerca, caballeros, volaremos en dos grupos; el grupo Alfa ascenderá a 700 metros en altura de combate, les vamos a llegar desde el sol a los hijos de perra.
»El grupo Beta será la distracción. Antes de partir, ¿alguien ve si hay civiles en la academia?
Hubo unos segundos de silencio entre los jinetes rawlianos; el humo del fuego previo, el vapor de la nieve y el nuevo humo de las explosiones no dejaban nada a la vista, hasta que uno de los jinetes logró divisar las barreras de Alice, agrietadas y tenues, pero aún en pie.
—¡Los veo, civiles a la vista! Están bien, no hay cuerpos visibles, solo una niña y… ay, carajo, es la regente Varmínt. Parece que se encargaron de uno antes de que llegáramos.
»Veo el cuerpo de un wyrven y… lo que queda de su jinete; no parecen haber bajas civiles, llegamos a tiempo.
El líder del escuadrón hizo un saludo a tierra antes de que finalmente el escuadrón se retirara. Todos y cada uno de los jinetes movieron las palancas en sus sillas de montar hacia abajo; los wyrven, haciendo caso al sistema de runas, comenzaron a ascender hasta sus alturas antes establecidas.
Y mientras los jinetes se alejaban de la academia, Alice desmaterializaba los domos, cayendo de rodillas para tomar un respiro, además de sentirse aún sofocada por el calor de las llamas y el viento frío que no ayudaba.
—Lo has hecho bien, joven Alice, sin duda cumpliste con mis expectativas. Si tu madre llega a cambiar de opinión, mi oferta aún está sobre la mesa.
Alice sonrió con timidez; le alegraba haber podido ayudar, pero también le daba miedo tener que repetir algo así, no por el peligro, sino por el calor tan insoportable al que no estaba para nada acostumbrada.
Alice quería decir algo, pero la voz/gritos de Minerva la detuvieron, obligándola a mirar en la dirección de donde venían.
—¡Alice, Alice, mi niña! ¿¡Estás bien!? ¿¡Te hiciste daño!?
—Estoy bien, mamá Minerva… solo… con un poco de calor… ahora no me gusta el calor…
Minerva abrazó con fuerza a Alice, aliviada y feliz de que su pequeña no haya resultado lastimada, pero mientras abrazaba a Alice, su vista era completamente diferente ante María; Minerva la observaba con notorio desprecio y un creciente odio.
—Vamos, cariño, ya es nuestro turno, ya estaremos a salvo las dos.
Pero Alice no se puso de pie, no se movió.
—Mamá Minerva, aún hay personas que necesitan ayuda; no puedo dejarlos, ellos también quieren ir a casa…
Minerva nuevamente suspiró para mirar a Alice con temor, no por sí misma, sino miedo de lo que le pudiera pasar a Alice; sus ojos apagados y su mirada cabizbaja, Alice las notaba, pero su postura no cambiaba.
—Eres igual a tu madre…
Alice abrió sus ojos temerosos; pensaba haber hecho enojar a Minerva y estaba por decir algo, excusarse, pedirle perdón, lo que fuera, pero Minerva la detuvo.
—Por eso estoy muy orgullosa de ti, mi dulce Alice… solo, por favor, no te olvides de ti, tú también te tienes que cuidar. Si vas a ir a la ciudad, hazlo, pero... Promete que vas a regresar sana y salva.
Alice asintió levantando su meñique; Minerva respondió al gesto entrelazando su meñique con el de Alice mientras al mismo tiempo con su mano libre la llevaba a su pecho, subiéndola lentamente hasta su frente y finalmente moviéndola lentamente hacia Alice. Alice respondió con el mismo gesto, gesto que, entre ambas, significaba: mi corazón y mente siempre estarán contigo.
***