La última princesa: El Origen.

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Summary

Adair Tweeddalee creció lejos del lujo y del poder, sobreviviendo día a día sin imaginar que toda su vida había sido una mentira. Tras un altercado con la hija del regente de Shekinah, su destino cambia de forma irreversible cuando un misterioso duque interviene para salvarla. Es entonces cuando descubre la verdad: no es una plebeya cualquiera, sino la última heredera de la dinastía Tweeddalee, la familia real que fue destruida años atrás. Perseguida por enemigos y obligada a vivir entre casas de seguridad, Adair deberá aprender a sobrevivir dentro de un mundo gobernado por conspiraciones, traiciones y ambición. Pero recuperar la corona de Shekinah tendrá un precio. El rey de Ucrynah, responsable de la caída de su familia, le impone una última condición para devolverle el trono: casarse con su hijo y heredero, el príncipe Chandler. Ahora, Adair deberá decidir qué es más importante: obedecer para recuperar el reino que le pertenece… o dejar que el odio y la sed de venganza consuman todo a su paso.

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1
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n/a
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18+

Shekinah

Son casi las seis de la mañana, acabo de despertar. Una ligera llovizna entra por la ventana que acostumbro dejar abierta; sin el frío de la noche no logro conciliar el sueño, es agotador.

Frente a mí, mi hermana menor, Naybella, duerme tan tranquila. Sonrío al verla descansar en paz. Observo la ventana y noto cómo la neblina se hace cada vez más notoria; sin duda hoy será de esos días pesados, fríos, que complican las actividades en la granja.

Casi por inercia, me cambio en silencio, tomo mi vestido más abrigador y, antes de salir de la habitación, tomo mi manta favorita y arropo a mi hermana.

La granja en la que vivo no es grande, tenemos unas pequeñas parcelas que nos permiten cosechar papa, que es con lo que prácticamente sobrevivimos todos los años. Mi abuela, Alicent, tiene seis gallinas, dos vacas, tres cabras y cría abejas para vender la miel. La casa es igual de pequeña: un salón donde está el comedor y la cocina, y tres habitaciones; una de mis abuelos, la que comparto con mi hermana y la que era de mi madre. Todas comparten baño.

El hambre se empieza a hacer presente. Busco comida. Mi abuelo Edward siempre nos prepara algo rico antes de irse a trabajar como tabernero. La vida que tenemos es simple, pero es cálida, tenemos un hogar.

Por la ventana veo a mi abuela, la cual me observa con una sonrisa en el rostro. Me saluda, le sonrío y empiezo a comer lo más rápido que puedo para poder ayudarle.

—¿Dormiste bien? —mi abuela me observa desde la puerta, veo que se puso su abrigo viejo y se cubrió con su gorro de lana que le tejí de niña.

—No mucho —respondí, terminando de comer, me levanto y empiezo a lavar el plato.

—Necesito frascos nuevos para la miel —dice, sentándose en la silla en la cual estaba yo sentada minutos antes.

Asiento con la cabeza. —De acuerdo, despertaré a mi hermana.

—Deberías ir con el artesano, deja que tu hermana vaya al mercado —sonríe.

—Pero la última vez fui yo con el boticario, su hijo se la pasó preguntando por Naybella —me quejo.

—Es un joven amable —me observa—. No es un mal partido.

—¿Para Naybella? —pregunto, sorprendida.

—¿Alguien dijo mi nombre? —mi hermana entra a la cocina, arreglada, peinada de manera impecable, su cabello rubio casi idéntico al de mi abuela y su vestido color azul, un color que por cierto resalta su belleza.

—Irás al mercado —se adelanta mi abuela.

Naybella asiente. —Muy bien, toma la canasta con los productos ya empacados, se despide de mi abuela, toma una manzana y sale por la puerta principal.

Imito a mi hermana, tomo dinero y un morral de tela para guardar los frascos, le doy un beso a mi abuela en la mejilla, me da su bendición y salgo. Pero, en lugar de tomar el camino a la tienda de artesanías, decido alcanzar a mi hermana.

—Naybella —la llamo, ella voltea.

—¿Qué sucede? —pregunta sin entender.

—Déjame ir al mercado, la última vez fuiste tú, es mi turno —sonrío sin convencerla del todo.

—La abuela me envió a mí —dice ella, y es verdad.

—Te daré los postres que Sarah me regale por un mes —Sarah Grey es mi amiga, una amistad un tanto peculiar, es hija del duque Reymundo Grey. No recuerdo mucho, pero cuando era niña visitábamos constantemente la mansión Grey, supongo que alguno de mis abuelos trabaja para él. Desde entonces, la visito con regularidad a ella y a su hermano; son personas muy amables, no hacen diferencia ni me tratan mal, a pesar de no ser de la nobleza.

—Tres meses —dice por fin.

—Eso es un ultraje, un robo —me quejo.

—Tómalo o déjalo —suspiro, resignada.

—Acepto —contesto e intercambiamos paquetes, yo me llevo la canasta y ella se cuelga el morral, nos despedimos y cada una toma el camino.

Para llegar a mi destino, debía atravesar un bosque, no era peligroso, pero sí un tanto largo. De niñas veníamos a recoger bayas dulces y fresas para hacer mermelada, mi abuela horneaba un pan de pasas muy rico que sabía muy bien con la mermelada dulce, extrañaba esa época, mi infancia...

Sin darme cuenta y gracias a que mi mente estaba en mis recuerdos, llegué al mercado casi en un abrir y cerrar de ojos, aunque algo no estaba bien, había muchísima más gente de la que siempre había.

—Auch —me quejé de inmediato, un hombre del doble de mi tamaño me había pisado el pie. —Fíjese —le digo, sin éxito de que me escuchara, ya estaba lo suficientemente lejos. Observo los productos, intactos, por suerte. Miro mi pobre zapato, todo lleno de tierra, me agacho y lo sacudo con una toallita que tenía en la canasta, al levantarme sentí un empujón que casi me tira de cara al suelo.

Miro hacia arriba y era una señora, muy mayor, que apenas podía caminar. —Perdón, muchacha —me ofrece la mano para levantarme.

—No se preocupe —le sonrío.

—La regente Ariadne y sus dos hijas, Nikola y Valeria, están aquí, en el mercado —me lo dice como si esa información fuera importante.

Ariadne era la esposa del regente Malcolm, personas importantes en Shekinah, sí, pero no eran buenos con el pueblo, derrochaban el dinero del reino, nos cobraban impuestos casi imposibles de pagar, sus dos hijas eran unas malcriadas y, aun así, toda esta gente les rendía pleitesía como si no pasara nada, como si no nos muriéramos de hambre.

—Vaya con cuidado —le dije antes de tomar mis cosas y entrar al mercado, aquí mi abuela rentaba un pequeño puesto, pagábamos tres Shekhar de bronce al mes, no era tan costoso, pero el lugar tampoco estaba a simple vista.

Acomodé los productos y me senté esperando las primeras ventas, saqué uno de mis libros favoritos, "El lenguaje de la traición", una obra antigua que hablaba sobre la traición de los monarcas para con su pueblo, un libro escrito por gente común.

—¿Sabes leer? —me sorprendí, aparté la vista de mi libro y la miré, Nikola me observaba con asco.

—Buenos días, señorita —saludé, haciendo una reverencia no muy buena.

—Deberías practicar tus cortesías, son patéticas —dijo algo molesta.

—Me disculpo, no soy alguien que esté acostumbrada a hacer reverencias, como puede ver, vendemos huevos, leche y miel, ni a las vacas, las gallinas o las abejas les importa la manera en la que les saludo.

—La gente como tú —remarcó con asco— no es muy letrada, no habla bien, no luce bien, ¿cómo sabes leer?

—Mi abuela me enseñó —contesté.

Se burló. —¿Una granjera inteligente? —me miró a los ojos—. Qué cómico.

—¿Conoce a muchos granjeros? —pregunté—. La gente de aquí, patética como usted le llama, tuvo que trabajar desde muy temprano, no tuvo las mismas oportunidades que los nobles y, si me permite decirle, lo que usted tuvo es suerte. Su familia es regente, cuida el reino para el rey Augusto, sin esa ventaja, tal vez serían como nosotros, no se vería bien, no olería bien, no hablaría bien.

La expresión de Nikola cambió de inmediato, pasó de la burla a la rabia, sentí miedo, ¿qué me pasaba? Mi abuela siempre me advirtió que no llamara la atención, esto era lo opuesto a ser discreta.

—Guardias —llamó a los hombres que la custodiaban—. Lleven a esta joven afuera del mercado, vi un poste muy interesante.

Sentí miedo, frío helado recorrer mi cuerpo, el peligro estaba casi encima de mí, debí rogar, suplicar perdón, pero no pude, algo en mí no me dejó hacerlo, para cuando me di cuenta, los guardias me habían jalado a la puerta del mercado, con un cinto del caballo amarraron mis manos al poste, poco después sentí cómo mi vestido se rasgó, dejando mi espalda descubierta.

—¡QUE ESTO SEA UNA LECCIÓN PARA TODOS USTEDES! —gritó en voz alta, dando una advertencia a todo el pueblo.

La regente Ariadne apareció poco después, en lugar de detener los viles actos de su hija, hizo una señal al guardia de mayor tamaño y entonces lo sentí, el primer latigazo, mi vista se nubló, escuchaba un zumbido, miré a Nikola a los ojos y me di cuenta de que esto era solo el principio.