Donde vuelven las almas

All Rights Reserved ©

Summary

En Samtamara, existen siete fuerzas destinadas a sostener el equilibrio de la conciencia humana. Sin saberlo, Leesa es la canalizadora de la cuarta: aquella que rige el corazón. A sus veinte años, su mundo ha estado cuidadosamente delimitado por las paredes de una hacienda, una familia adoptiva y la certeza de que obedecer siempre ha sido su deber. Karmina, su hermana adoptiva, ha sido su único refugio verdadero dentro de una vida marcada por reglas, silencios y sacrificios. Pero todo cambia la noche en que descubre que ha sido prometida en matrimonio al heredero del imperio de Samtamara. Mientras secretos políticos comienzan a emerger y la verdad sobre su origen amenaza con salir a la luz, Leesa deberá decidir si está dispuesta a convertirse en la mujer que el imperio necesita... o en aquella que su propio corazón reclama.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

—Deja de moverte, Karmina. Así me costará el doble desenredarte el cabello —me quejé mientras luchaba con sus enredos rubios.

—¡Ay, Leesa! Me estás jalando demasiado. Sigue así y acabaré pareciendo una escoba.

Se volvió hacia mí y me arrebató el cepillo.

—¿Ya sabes qué te pondrás esta noche?

—Aún no. Pensaba en el vestido amarillo.

—Me gusta más el magenta. Contrasta bien con el verde de tus ojos.

—¿No crees que sea demasiado llamativo? —respondí.

El vestido era hermoso, sí, pero aquel escote en la espalda no me parecía precisamente la elección más prudente para una cena con invitados.

—Además, no creo que sea del agrado de Iris. Ya sabes cómo es cuando hay visitas: quiere que todo sea perfecto y, sobre todo, que nosotras pasemos inadvertidas.

—Bueno, en cualquier caso, esta vez no ha venido a inspeccionar nuestra ropa ni ha dado instrucciones claras, así que, si yo fuera tú, me lo pondría... a menos que se indique lo contrario —dijo, lanzando una mirada al armario donde colgaban al menos siete vestidos.

—¿Y tú? ¿Cuál vas a ponerte?

—Pensaba en el azul cielo. Creo que me favorece la cintura.

—Sí te queda lindo —dije mientras observaba a mi hermana menor rebuscar en el joyero los accesorios para esa noche.

Ver a Karmina tan pendiente de su apariencia me provocó una punzada de nostalgia.

Ambas habíamos sido adoptadas a muy corta edad. Ella era apenas una recién nacida; yo, en cambio, ya tenía tres años cuando Iris y Amelia nos sacaron de aquel orfanato.

—La próxima semana cumples diecisiete. ¿Qué te gustaría que te regalara? —pregunté, esperando que ese año se le ocurriera pedir algo más sencillo que en ocasiones anteriores.

Karmina no era fácil de impresionar; a decir verdad, podía ser bastante exigente. Aunque nunca por malicia.

—Lee, sé que cada año te esfuerzas demasiado, y lo agradezco —respondió con una sonrisa cargada de picardía—. Pero esta vez procuraré pensar un poco más en nosotras y un poco menos en mí.

Echó un vistazo al joyero.

—Dado que aquí no hay nada particularmente valioso... ni demasiado bonito, creo que me daría por bien servida con un collar y un par de pendientes a juego.

Me reí. Al menos esta vez ambas saldríamos beneficiadas.

—No te preocupes, me las arreglaré —contesté.

La puerta se abrió de golpe y Amelia entró visiblemente alterada.

—Esta noche nada puede salir mal. El futuro de esta familia, de esta hacienda y de todo lo que hemos construido está en juego —advirtió.

Karmina y yo intercambiamos una mirada confundida.

—Amelia, creo que no te estamos entendiendo. Karmina y yo jamás haríamos nada que pudiera avergonzarlas o poner en riesgo alguno de sus acuerdos. Sabemos cuál es nuestro lugar aquí y qué se espera de nosotras —respondí, intentando tranquilizarla.

Y la verdad era que no mentía.

Desde que tenía memoria, Karmina y yo habíamos procurado ser ejemplares. Ayudábamos con los quehaceres del hogar, atendíamos las flores destinadas a la florería, cuidábamos de los animales de la hacienda y colaborábamos con la servidumbre siempre que era necesario.

Todo cuanto teníamos se lo debíamos a Amelia e Iris: un hogar, un techo bajo el cual dormir, una vida que de otro modo jamás habríamos conocido.

—Siempre es bueno saber que lo tienen claro —suspiró—. Siento presionarlas de esta manera. Sé que, desde la llegada de Iris, han sido días tensos, y no puedo prometerles que las cosas volverán a la normalidad. Pero deben estar seguras de que todas las decisiones que se tomen obedecen a un bien mayor.

—Lo sabemos —respondió Karmina.

—Ahora quiero ver qué piensan ponerse esta grandiosa noche —ordenó Amelia.

****

Cuando finalmente nos llamaron a cenar, ya me había arrepentido tres veces del vestido.

Miré mi reflejo en el espejo de la entrada principal. Las ondas naturales de mi cabello apenas alcanzaban a disimular la desnudez de mi espalda.

Al volver la vista, me sorprendió encontrar la casa tan concurrida. No recordaba haber visto jamás a tantas personas reunidas allí; entre el comedor y la sala de estar, debíamos ser al menos doce.

—Vaya... Algo importante debe estar ocurriendo para que Iris haya dispuesto semejante recepción —murmuró Karmina.

—Karmina, Leesa, por aquí... —nos llamó Iris.

La miré fijamente mientras me acercaba. Conservaba el mismo perfil áspero que recordaba.

Iris nunca fue dada a demostrarnos afecto. Por el contrario, apenas permanecía en la hacienda; insistía en que el campo no era lo suyo y regresaba a la ciudad siempre que le era posible.

Particularmente, jamás había sentido verdadero apego por ella. Gratitud, sí. Apego, no.

A diferencia de Amelia.

Amelia había estado siempre con nosotras. A veces cálida, a veces gélida, pero todo cuanto soy y conozco se lo debo a ella.

—Compórtense a la altura, por piedad —murmuró, fulminándonos con la mirada—. Señor Bracco, permítame presentarle a Leesa y Karmina. Me alegra que por fin pueda conocerlas.

Entonces lo vi. A menos de un metro de mí: alto, de piel morena y cabello castaño oscuro que rozaba los hombros. Pero fueron sus ojos lo que me inmovilizó.

Azules profundos, como esas pinturas del mar que alguna vez había visto.

Nos observaba a Karmina y a mí con una atención incómoda, como si intentara descifrar algo en nuestros rostros.

—No son consanguíneas —advirtió Iris.

Él apenas desvió la mirada hacia ella.

—Ya lo veo.

Su tono fue seco, casi displicente. Volvió su atención hacia nosotras.

—Señoritas, es un placer conocerlas. Dautzen Bracco.

Tomó primero la mano de Karmina y depositó un beso breve sobre sus nudillos.

Cuando hizo lo mismo conmigo, su mirada no se apartó de la mía.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Mucho gusto, señor Bracco —respondí, apenas en un susurro.

—Habla más fuerte, niña. Apenas se te escucha —me reprendió Iris sin el menor reparo.

Reuní la poca compostura que me quedaba. Con el sonrojo abrasándome las mejillas, logré sostenerle la mirada.

—Es un gusto tenerlo esta noche. Espero que disfrute de una velada agradable. Si requiere algo, no dude en solicitarlo. Con permiso.

Sin esperar respuesta, me aparté y avancé hacia Amelia, que observaba la escena desde el otro extremo del salón.

No había dado más de dos pasos cuando sentí la intensidad de aquella mirada, clavada justo en la desnudez de mi espalda.

Un escalofrío me recorrió entera.

—Es bastante apuesto, ¿no? No te sientas avergonzada, Leesa. Eres una mujer joven; es natural que un hombre como él te resulte atractivo —se burló Amelia.

A veces odiaba ser tan transparente.

Y, hasta cierto punto, Amelia tenía razón. El hombre que acababa de conocer era imponente, seguro de sí mismo y perturbadoramente atractivo.

Sospechaba que parte de mi desconcierto tenía que ver con un hecho bastante simple: en veinte años, mi trato con hombres había sido prácticamente inexistente.

La única vez que me había enamorado fue a los catorce, del hijo de Maggie, la cocinera.

Un amor breve, alimentado por besos a escondidas en las caballerizas durante un verano que, en su momento, me pareció eterno.

Hasta que Amelia lo descubrió.

Alguien como tú no está destinada a alguien como él.

Nunca entendí qué quiso decir con aquello. Después de todo, tampoco era como si yo tuviera un gran estatus del cual presumir.

—Es cierto —respondí finalmente.

—Me pregunto a cuál de las dos escogerá —comentó Amelia con una tranquilidad que me heló la sangre—. No será una decisión sencilla volver a Talmajaer con la futura esposa del próximo emperador.

Su sonrisa se ensanchó apenas.

—Les dije que esta sería una noche maravillosa.

Fue entonces cuando comprendí que Karmina ya se había colocado a mi lado.

Y, por la expresión de su rostro, supe que había escuchado exactamente lo mismo que yo.

—Amelia, me niego a casarme en contra de mi voluntad con alguien a quien ni siquiera conozco. No soy moneda de cambio para cualquiera que sea el trato que tengan con estas personas —exclamó Karmina, lo bastante alto como para atraer más de una mirada.

Iris apareció de inmediato.

—Baja la voz, Karmina —ordenó, sujetándola del brazo.

Se inclinó hacia nosotras, cuidando que solo pudiéramos escucharla.

—Te hemos criado, alimentado y dado un hogar sin exigir nada a cambio. Lo que pienses o sientas respecto a esta unión me tiene sin cuidado.

Sus ojos se endurecieron.

—Ya no eres una niña. Eres lo bastante mayor para comprender que, a veces, los sacrificios son necesarios. Hemos sacrificado demasiado por ustedes como para recibir ingratitud ahora.

La soltó apenas.

—No querrás perjudicar a Leesa y Amelia, ¿verdad?

Con la fuerza de voluntad que siempre la había caracterizado, Karmina no cedió.

—No me importaría renunciar a todo cuanto tengo ni trabajar el resto de mi vida para devolver hasta el último centavo invertido en mi hermana y en mí, Iris.

Alzó la barbilla.

—Pero no voy a casarme.

En el fondo, sabía que no eran palabras vacías.

Karmina no decía cosas que no estuviera dispuesta a sostener.

Siempre había sido así.

A su corta edad, poseía una valentía que a mí me hacía sentir diminuta.

—Creo que es momento de disfrutar del banquete —intervino Amelia, rompiendo la tensión y guiando a los invitados hacia la larga mesa de mármol del comedor.

Bastó para dispersar la incomodidad.

O casi.

Porque unos ojos azules no se apartaron de nosotras ni por un instante.

Los mismos ojos que, momentos después, avanzaron hasta ocupar el asiento justo frente al mío.

Alcé la mirada.

Supe de inmediato que lo había escuchado todo.

Le ofrecí una sonrisa apenas perceptible, acompañada de una mirada suplicante.

Él entendió. Lo supe en el instante en que asintió. El trato estaba hecho y Karmina no sería la elegida, sería yo.

—Es una pena lo ocurrido hace unos minutos, señor Bracco. Para nosotras es importante que sepa que nuestra lealtad hacia el imperio ha sido absoluta, y continuará siéndolo —declaró Iris.

—El imperio lo sabe.

Su voz fue firme, serena.

—Iris, Amelia, sin su ayuda durante todos estos años, muchas victorias no habrían sido posibles.

Su mirada recorrió brevemente la mesa.

—Sé que para la mayoría de los presentes esto no representa una sorpresa. Después de todo, esa es precisamente la razón por la que nos encontramos aquí.

Nos miró a Karmina y a mí.

—Pero comprendo que para ustedes dos no ha sido la manera más adecuada de enterarse.

Lanzó una mirada breve —y claramente reprobatoria— hacia Amelia.

—Lamento sinceramente que haya ocurrido de esta forma.

Nos observó a ambas. Y supe que, al menos en ese instante, no mentía.

—Decisiones como esta no se toman a la ligera.

Entonces me miró únicamente a mí

—La próxima emperatriz de Samtamara debe ser una mujer con temple, estoicismo, elegancia y una profunda capacidad de sacrificio. Karmina aún es demasiado joven. Tengo entendido que está próxima a cumplir diecisiete años. No considero apropiado arrastrarla hacia un matrimonio semejante ni imponerle una responsabilidad de esta magnitud.

Hizo una pausa.

—Por ello, considero que Leesa es la elección adecuada.

Qué honor, pensé con amargura.

Sentí a Karmina tensarse a mi lado. Sin mirarla, coloqué mi mano izquierda sobre su rodilla bajo la mesa para hacerle saber que todo estaba bien.

—No podría estar más de acuerdo contigo, Dautzen —coincidió Iris, con un deje de condescendencia—. ¿Y para cuándo tienen pensado llevar a cabo el matrimonio?

—Considero pertinente que la unión se efectúe antes de que finalice el verano.

Estamos a mitad de primavera. En menos de tres meses.

—Vaya... es mucho antes de lo que habríamos imaginado —respondió Amelia, visiblemente sorprendida—. ¿A qué se debe tal premura? Si puede saberse, claro está.

—Descuida.

Su tono fue demasiado sereno para tranquilizarme.

—Ha habido ciertas complicaciones. De hecho, esa es precisamente la razón por la que varios de mis hombres se encuentran aquí esta noche.

Miró a Iris y a Amelia, y tuve la incómoda sensación de que compartían un idioma que ni Karmina ni yo sabíamos hablar.

—De modo que no solo debo agradecerles el cuidado que han tenido con la futura emperatriz durante todos estos años, sino también su hospitalidad durante las semanas venideras... tanto para mí como para mis hombres.

—Cuenten con ello —Iris se volvió hacia mí—. Leesa, al terminar la noche, cerciórate de que el señor Bracco y sus hombres tengan todo lo que necesiten durante su estadía.

—Con gusto, Iris —asentí.

Al alzar la vista, me encontré con la mirada de Dautzen.

La sostuvo.

Mi piel volvió a erizarse.