Dios: Él está observando.

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Summary

¿Crees que Él te ama? ¿Crees que irás a algún sitio cuando mueras? ​Él no es bueno; lo que hace es solo arte... y tú eres parte de su mural.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1: Jackson Kael.

Nueva York, abril de 2025

¿Qué tanto se puede observar en esta existencia que nos encadena a la mortalidad? ¿Somos realmente productos amados o simple materia orgánica a la espera de ser procesada? Esas preguntas asaltaban a Jack desde los diez años; cuestionamientos que adquirieron un eco insoportable al cumplir los veinte y pisar las aulas universitarias.

Jack:

Jamás creí en Dios. Me parecía un concepto absurdo, un residuo de épocas menos lúcidas. ¿Crear, observar, aceptar y luego abandonarse a la contemplación de la eternidad? ¡Ja! Una burla tan grosera no merecía mi devoción.

Hasta aquel día.

Fue un jueves, dos de abril. El cielo era de un azul insultantemente tranquilo; los árboles florecían y las aves cruzaban el aire con una paz que, vista en retrospectiva, resultaba macabra. Regresaba de la universidad rumiando la monotonía de mi vida, despreciando la fragilidad de mi existencia de estudiante.

No tenía idea de lo que decía.

Entré a casa bajo ese vago olor a guiso recién hecho mezclado con el aromatizante de sándalo rancio que mi madre usaba para combatir el "olor a encierro". Ella era la encarnación de la devoción; podía pasar horas sepultada en la Biblia, murmurando salmos con una fe que irradiaba una calidez casi física. Para ella, cada brizna de fortuna era una caricia de Su mano.

Entonces, el mundo se desgarró. Fue un estallido de caos tan súbito y obsceno que mi mente simplemente se desconectó de la realidad.

Escuché los primeros alaridos a través de la ventana, seguidos de sonidos húmedos, como frutas maduras estrellándose contra el asfalto. Eran mis vecinos. Vi a personas estallar en una niebla de hemoglobina y esquirlas óseas sin razón aparente. Mi madre bajó las escaleras aferrando su Biblia contra el pecho, con los ojos desorbitados por una confusión que pronto se transformó en terror sagrado.

Roció agua bendita mientras cerraba las persianas con manos temblorosas. "Él viene, Jack. Los que le seamos fieles encontraremos refugio", repetía con una ingenuidad que hoy me revuelve las tripas. Bajamos al sótano; supongo que los seres humanos solo buscamos al creador cuando sentimos el aliento de la extinción en la nuca.

Desde el ventanal a ras de suelo, lo vi.

Era una entidad que duplicaba la altura de una casa promedio. Su anatomía era una pesadilla de gris asfalto surcada por líneas azules verticales, vibrantes como venas expuestas. Tenía alas inmensas que permanecían estáticas, desafiando la física. Al verlo de espaldas, mi sistema nervioso colapsó; el aire se volvió sólido en mis pulmones y el miedo me devoró las extremidades.

—Agh... —el gemido escapó de mis labios antes de desplomarme contra la pared húmeda.

Hiperventilaba. Sentí el ácido gástrico ascendiendo por mi esófago, una marea amarga que me quemaba la garganta mientras las lágrimas se mezclaban con el sudor frío. Afuera, el ambiente estaba saturado por el sonido de cuerpos siendo desollados contra el pavimento y el crujir rítmico de los huesos.

Un chirrido metálico, seco, me indicó que algo se había movido. Aquella cosa había girado el cuello con una precisión mecánica. Nos observaba. O al menos, su atención se centraba ahora en nuestro hogar. Busqué un patrón, una lógica que nos permitiera sobrevivir, pero solo encontré el susurro rítmico de mi madre rezando. Sus plegarias eran un faro en la oscuridad, y eso era lo peor que podía pasar.

—M... Mamá... —mi voz se quebró, un hilo de súplica para que guardara silencio.

Fue tarde.

Un impacto seco y un borbotón de líquido caliente me obligaron a retroceder tras la lavadora. Aquella criatura había atravesado el suelo, la mampostería y el tórax de mi madre en un único movimiento fluido. El sonido fue asqueroso: un crujido elástico de costillas rompiéndose y carne desgarrándose.

La sangre, densa y caliente, salpicó mi rostro. Sentí cómo mis esfínteres cedían, empapando mis pantalones, mientras me tragaba el vómito para no emitir un solo sonido que me delatara.

El ente no se detuvo. Introdujo sus extremidades bajo la piel de mi madre y comenzó a extenderla, como si estuviera tensando un lienzo. La escuché agonizar; no eran gritos, sino sonidos elásticos y húmedos, una mezcla de borboteos de sangre y sollozos ahogados por el colapso pulmonar. Presenciar aquello fue como observar un desastre natural: una fuerza desprovista de maldad, pero rebosante de una indiferencia aterradora. No sentí odio, solo un pavor animal que me impedía incluso parpadear.

Me mordí los dedos hasta que la carne cedió y el sabor metálico de mi propia sangre inundó mi boca. Pasó un minuto eterno antes de que la criatura se elevara, flotando con una ligereza que insultaba la gravedad.

Gateé hacia el rincón donde yacían los restos de mi madre. Intenté recomponer su forma, jalar lo que quedaba de ella hacia mí, pero solo encontré una masa de tejidos irreconocible. Lloré sin emitir ruido, golpeando mi frente contra la pared, consumido por la culpa de mi propia parálisis.

Me quedé allí, sumergido en una amalgama de orina, sangre y restos gástricos, abrazando el calor residual de la mujer que me dio la vida. En mi mente se repetían sus frases cotidianas, pequeños fragmentos de una normalidad que ahora parecía una fantasía de otra vida: «¿Jack, ya comiste?», «¡Feliz cumpleaños, hijo!», «Quizás ser ateo no es tan malo».

Un crujido de escombros cortó mis pensamientos. Un hombre me observaba desde la entrada del sótano. Era atractivo, de cabello negro, lacio y largo, con una cicatriz mínima que le cruzaba la mejilla. Su mirada era un pozo de frialdad analítica. Lo acompañaba una niña de cabello castaño y ojos claros. Ambos estaban bañados en una pátina de sangre ajena que comenzaba a secarse.

—Chico... ¿estás bien? Pareces... vivo —preguntó él, con una indiferencia que sugería que cargar un cadáver era lo más normal del mundo en aquel nuevo orden.

Este fue el comienzo del fin.