Prólogo
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La joven se ocultaba tras el cuerpo de su madre como una pequeña criatura herida que busca refugio en el único lugar donde aún se siente a salvo. Todo su cuerpo temblaba de manera incontrolable, presa de un terror tan profundo que parecía haberse incrustado en sus huesos. Las lágrimas descendían silenciosas por sus mejillas pálidas y, aun con los ojos fuertemente cerrados, su labio inferior no dejaba de estremecerse, obligándola a morderlo con fuerza para contener los sollozos que amenazaban con escapar de su garganta.
Sus delgados dedos se aferraban al vestido níveo de la Diosa Luna con desesperación, como si temiera que, al soltarlo, las sombras volvieran a reclamarla.
La inmensidad celestial permanecía en absoluto silencio.
Las estrellas, testigos mudos de aquel horror, titilaban con inquietud alrededor de las tres figuras divinas.
—Lo que estáis haciendo es una abominación, hijo mío—replicó la mujer de cabellos argénteos, su voz cargada de una mezcla de dolor, decepción y furia contenida.
El hombre, alto y de porte majestuoso, sonrió con una calma perturbadora. Sus ojos, antaño llenos de bondad, ahora ardían con una ambición enfermiza.
—Madre, no cometo falta alguna. Antes bien, hago aquello que el destino mismo exige de mí—declaró con arrogancia—. Nuestros hijos... vuestros nietos... poseerán un poder jamás contemplado. El firmamento y la tierra se inclinarán a sus pies.
Su sonrisa se ensanchó, iluminada por la locura de sus propias fantasías.
—¡Es vuestra hermana!—exclamó una de las estrellas, incapaz de contener por más tiempo su indignación.
El hombre soltó una breve carcajada.
—¿Y qué importa eso?—respondió con desdén—. Los lazos de sangre son un sacrificio insignificante frente a la grandeza que alcanzaremos.
Entonces dio un paso al frente.
Luego otro.
Y otro más.
Su mirada se clavó en la joven que se estremecía detrás de la Diosa Luna.
—Decidme, querida hermana mía—murmuró con una dulzura enfermiza—, ¿no os regocija pensar en la estirpe gloriosa que engendraremos juntos? Hijos destinados a gobernar el mundo de los hombres.
La joven dejó escapar un jadeo ahogado y retrocedió aún más, intentando fundirse con el cuerpo protector de su madre.
Sus ojos, grandes y cristalinos, reflejaban un terror imposible de describir.
No miraba a un hermano.
No veía al niño que en otro tiempo había jugado con ella entre las estrellas.
Ante ella solo había un monstruo.
El mismo que debía haberla protegido de todo mal.
El mismo que, durante incontables lunas, había mancillado su inocencia y quebrantado su espíritu con actos que desafiaban toda razón y toda ley divina.
Las estrellas comenzaron a congregarse alrededor de ambas mujeres, formando un resplandeciente escudo de luz plateada. Su brillo se intensificó al percibir la intención del hombre de lanzarse nuevamente sobre su presa.
El hijo mayor observó aquella barrera celestial y, tras unos instantes, detuvo su avance.
—No podréis resguardarla eternamente, madre—sentenció con fría certeza—. Su destino está escrito desde antes de su nacimiento. Ha sido creada para concebir a los hombres y mujeres que someterán la Tierra a nuestra voluntad.
Sus labios se curvaron en una sonrisa cínica y perversa.
La Diosa Luna alzó el rostro, y en sus ojos plateados brilló una determinación feroz.
—Jamás lo consentiré.
En la palma de su mano apareció una llama azul, tan pura como el hielo y tan devastadora como la ira de una diosa. Su fulgor iluminó el vasto cielo nocturno, arrancando destellos de temor incluso a las estrellas.
Por primera vez, el hombre vaciló.
Mas no tardó en recomponerse.
Dirigió una última mirada a su hermana, una mirada posesiva y perturbadora, como si ya la considerara suya.
—Os aguardaré en el mundo inferior, mi adorada hermana—murmuró con una reverencia burlona—. Y cuando el tiempo llegue, seréis mía una vez más.
Su sonrisa se ensanchó.
—No existe reino, mortal o divino, capaz de separarnos.
Y, con aquellas palabras, su figura se desvaneció entre sombras, como si jamás hubiese estado allí.
El silencio que dejó tras de sí resultó aún más aterrador.
La Diosa Luna permaneció inmóvil durante unos instantes, observando el lugar donde su primogénito había desaparecido.
En su pecho ardía un dolor indescriptible.
Aquel ser monstruoso había sido, alguna vez, su hijo amado.
El niño que corría entre constelaciones y se dormía arrullado por el canto de las estrellas.
Ahora no era más que una criatura corrompida por la obsesión y el poder.
Con el corazón hecho pedazos, se volvió hacia su hija menor.
La joven se hallaba arrodillada sobre el suelo blanco e inmaculado del reino celestial, abrazando sus piernas con fuerza mientras lloraba en silencio.
Su cuerpo, antaño radiante, estaba cubierto de hematomas antiguos y recientes. Marcas violáceas y azuladas manchaban su piel como cruel testimonio de todo cuanto había soportado.
Se encontraba tan delgada que sus huesos parecían querer rasgar la piel.
Su corto cabello plateado estaba enredado y descuidado.
Profundas ojeras ensombrecían su hermoso rostro.
Y en sus ojos habitaba una tristeza tan vasta como el universo mismo.
La Diosa Luna sintió cómo el alma se le desgarraba.
Deseó llorar.
Deseó gritar.
Deseó retroceder en el tiempo y arrancar de raíz la oscuridad que había consumido a su hijo.
Pero nada de ello cambiaría el sufrimiento de la joven que temblaba ante ella.
—Hija mía...—susurró con la voz quebrada.
Se arrodilló lentamente frente a ella y, con infinita ternura, apartó de su rostro algunos mechones enredados.
La muchacha abrió los ojos y, al contemplar la calidez en la mirada de su madre, se derrumbó por completo.
La Diosa Luna la estrechó entre sus brazos con suma delicadeza, como si temiera que el más leve movimiento pudiera quebrarla.
—Dentro de dos noches habrá luna llena—murmuró antes de depositar un beso reverente sobre su frente—. Y yo misma os conduciré lejos de este lugar.
Unió su frente con la de su hija.
Sus lágrimas, silenciosas y cálidas, resbalaron por sus mejillas.
—No sufriréis más, mi pequeña estrella.
La joven sollozó con fuerza, aferrándose a su madre como si aquella promesa fuese la única luz en medio de su oscuridad.
La Diosa Luna cerró los ojos y acarició su cabello con ternura infinita.
—Perdonadme, hija mía—susurró entre lágrimas—. Perdonad a esta madre que no supo protegeros. Todo cuanto habéis padecido es una herida que llevaré por la eternidad.
Apretó suavemente a su hija contra su pecho.
—Mas os juro por la luz de la luna y por el brillo de todas las estrellas que esto termina aquí.
Depositó un último beso sobre su coronilla.
—Y aunque deba desafiar al destino mismo, jamás permitiré que ese monstruo vuelva a tocaros. Nunca más, mi niña. Nunca más.