Prólogo
Alan llevaba tres meses viviendo en ese agujero. Desde que el mundo se había ido al carajo, su vida se resumía en una sola palabra: refugio. Había pasado semanas saltando de sombra en sombra, buscando un lugar donde no lo encontraran, un rincón donde el aire no oliera tanto a putrefacción y donde pudiera, simplemente, seguir respirando. Al fin creía haberlo encontrado.
Hasta ese momento, lo más difícil no había sido esquivar a los muertos, sino encontrar comida que no supiera a metal podrido o que no estuviera bajo el control de Bill y sus hombres. Esos tipos eran peores que cualquier cadáver caminante.
Sin embargo, aquel taller de autos tenía algo que lo carcomía. Una leve sospecha, un instinto que le decía que esas paredes ocultaban algo más que grasa y motores oxidados. Sabía exactamente dónde estaba ese "algo", pero no tenía la más mínima idea de cómo abrir la maldita puerta que lo protegía. Esa plancha de acero había sido su peor enemiga; la causante de noches enteras de insomnio en las que se debatía entre seguir golpeándola hasta romperse las manos o simplemente dejarlo pasar.
Ese día se dio por vencido. Lo había intentado todo, pero esa puerta no se iba a abrir, al menos no por métodos humanos.
Alan se sentó en el suelo luego de golpear numerosas veces la estructura con sus puños, dispuesto a dejar que el silencio lo envolviera, cuando un estruendo quebró la calma. Fue un sonido seco, metálico, como un aparato viejo siendo forzado hasta romperse.
De golpe, las luces del taller se encendieron con un zumbido eléctrico que lo hizo saltar del suelo.
—Maldita sea... no, luz no —susurró, pegándose a la pared.
La luz era una sentencia de muerte en Nueva York. Pero antes de que pudiera buscar su arma, el aire vibró. Como si el taller se hubiera convertido en una discoteca macabra, unas bocinas que creía muertas escupieron una voz sintetizada que retumbó en sus huesos:
—PDAYT ha despertado. Aviso: el experimento 584 ha despertado.