ERROR 404: Amor no encontrado (hasta que lo fue)

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Summary

ERROR 404 Valentina Rojas necesita un novio falso para sobrevivir a la presión constante de su familia respecto a su soltería. Mateo Lira, programador backend reservado, lógico y absurdamente observador, acepta ayudarla pensando que será una solución práctica y temporal. El problema es que las relaciones falsas no deberían sentirse tan cómodas. Entre almuerzos compartidos, reuniones familiares, cafés improvisados y una cercanía que comienza a formar parte de su rutina, ambos dejan lentamente de distinguir dónde termina la actuación y dónde empiezan los sentimientos reales. ERROR 404 es un slow burn emocional sobre dos personas adultas aprendiendo a enamorarse desde la costumbre, la vulnerabilidad y los pequeños detalles cotidianos. ✨ Fake dating ✨ Office romance ✨ Celos silenciosos ✨ Humor y tensión emocional ✨ Comfort romance ⚠️ Todos los personajes, escenas y diálogos pertenecen exclusivamente a la autora. Queda prohibida su reproducción parcial o total sin autorización. 📅 Publicación iniciada en mayo de 2026.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 — Sistemas en segundo plano

Santiago despertaba lentamente, como si la ciudad tuviera que negociar consigo misma antes de admitir que el día había comenzado de verdad.

Desde el ventanal del piso once de la agencia donde trabajaba, Valentina Rojas veía cómo Providencia se llenaba de movimiento: personas cruzando avenidas con café en la mano, buses avanzando con impaciencia, oficinistas entrando a edificios idénticos entre sí. Había algo mecánico en todo aquello, algo que normalmente le habría parecido deprimente si no estuviera demasiado acostumbrada.

La agencia Kronos Media ocupaba dos pisos completos de un edificio moderno lleno de vidrio y luz blanca. Marketing digital, campañas publicitarias, redes sociales, branding, diseño UX, programación, análisis de métricas. Todo convivía dentro de un ecosistema extraño donde la gente creativa peleaba constantemente con la gente técnica sin realmente poder existir unos sin otros.

Valentina pertenecía al área creativa.

Eso significaba plazos imposibles, clientes indecisos y reuniones donde alguien siempre terminaba diciendo frases como “necesitamos algo más fresco, más humano, más disruptivo”.

Y significaba también trabajar peligrosamente cerca del área de sistemas.

Ella llevaba ya tres años en la empresa. Tiempo suficiente para conocer a casi todos, aunque no necesariamente para involucrarse con ellos fuera del trabajo. Sabía quién llegaba tarde, quién se escondía para fumar, quién lloraba en el baño después de las reuniones difíciles y quién fingía tener más estabilidad emocional de la que realmente tenía.

Mateo Lira, por ejemplo.

Sabía perfectamente quién era.

No porque hablara mucho.

De hecho, probablemente era una de las personas más silenciosas de la oficina.

Pero había algo curioso en él: aunque no intentara llamar la atención, la gente terminaba recurriendo a él constantemente.

Cuando fallaba una plataforma.

Cuando una campaña no cargaba.

Cuando un cliente amenazaba con cancelar un contrato porque “el sistema no funciona”.

Cuando alguien necesitaba arreglar algo que no entendía.

Entonces aparecía Mateo.

Camisa simple.

Pantalones oscuros.

Lentes frente a la pantalla.

Expresión tranquila.

Y esa capacidad irritante de resolver problemas sin dramatizar nada.

Valentina nunca había hablado demasiado con él.

Interacciones pequeñas.

Comentarios laborales.

Un par de reuniones.

Nada importante.

O eso pensaba.

—Valentina.

La voz de Camila la sacó de sus pensamientos.

—¿Me estás escuchando o estás teniendo una crisis existencial frente a la ventana?

Valentina giró apenas la cabeza.

Camila estaba sentada sobre el borde de su escritorio, sosteniendo una carpeta contra el pecho.

—Ambas.

—Excelente multitasking.

Valentina dejó escapar una risa suave antes de volver la atención a la pantalla.

El proyecto que tenía abierto llevaba media hora sin avanzar.

No porque no supiera qué hacer.

Simplemente estaba cansada.

Cansada de clientes.

Cansada de reuniones.

Cansada de responder mensajes familiares donde su madre preguntaba, de forma aparentemente casual, si había conocido a “alguien interesante”.

Su celular vibró justo entonces.

Mamá.

Valentina cerró los ojos un segundo.

—¿Otra vez? —preguntó Camila, viendo la expresión de su rostro.

—Otra vez.

—¿Qué quiere ahora?

Valentina desbloqueó el teléfono.

“Recuerda lo de la cena del sábado. Tu prima quiere que todos vayan acompañados ❤️”

Camila soltó una carcajada inmediata.

—No puedo creer que usara un corazón para amenazarte.

—Mi mamá domina el terrorismo emocional elegante.

Camila volvió a reír.

—¿Y qué vas a hacer?

Valentina apoyó la frente contra la palma de la mano.

—No sé. Honestamente no sé.

Y era verdad.

Porque la situación ya no era solamente incómoda.

Se estaba volviendo agotadora.

A sus treinta años, su familia había decidido que la ausencia de una relación estable era un problema que debía solucionarse.

No lo decían directamente.

Pero estaba ahí.

En los comentarios.

En las miradas.

En las preguntas demasiado frecuentes.

“¿Y tú cuándo?”

“¿No te sientes sola?”

“¿Has pensado que quizás eres muy exigente?”

O la favorita de su madre:

“Solo quiero asegurarme de que estés bien.”

Como si estar soltera implicara automáticamente no estarlo.

—Quizás deberías inventarte un novio —dijo Camila, divertida.

Valentina la miró.

—Sí, claro. Excelente idea.

—Estoy hablando en serio.

—Camila, apenas tengo energía para responder correos. No voy a construir un hombre ficticio.

—No necesitas construirlo completo. Solo funcional.

Valentina soltó una risa incrédula.

—Eso suena peor.

La conversación quedó suspendida cuando Sofía apareció junto a ellas con una taza de café.

—¿Quién suena peor?

—El novio imaginario de Valentina.

Sofía ni siquiera pareció sorprendida.

—Ah. ¿Llegamos oficialmente a esa etapa?

—Mi familia sí.

Sofía tomó un sorbo de café.

—Bueno, honestamente, no sería tan difícil.

—¿Por qué todo el mundo cree que esto es fácil?

—Porque tu familia quiere una ilusión, no un estudio psicológico.

Valentina abrió la boca para responder.

Y justo entonces la pantalla de su computador parpadeó.

Después se congeló.

—No.

La interfaz desapareció por completo.

—¿Qué hiciste? —preguntó Camila.

—Nada.

—Eso dicen siempre antes de destruir un sistema.

Valentina intentó mover el mouse.

Nada.

Intentó abrir otra ventana.

Nada.

—Perfecto.

—¿Necesitas ayuda?

La voz apareció detrás de ellas.

Mateo.

Valentina giró apenas la cabeza.

Él llevaba una taza de café y una carpeta digital abierta en una tablet.

Los lentes descansaban bajos sobre el puente de su nariz.

Y por alguna razón absurda, Valentina notó inmediatamente sus manos.

Largas.

Delgadas.

Precisas.

Manos de alguien acostumbrado a trabajar con cuidado.

—Mi computador murió —respondió ella.

Mateo dejó el café sobre el escritorio y se inclinó ligeramente hacia la pantalla.

No demasiado cerca.

Nunca demasiado cerca.

Eso era algo que Valentina había notado de él incluso antes de conocerlo realmente: siempre respetaba el espacio ajeno como si fuera una regla invisible.

—¿Cuándo empezó? —preguntó.

—Hace diez segundos.

—¿Instalaste algo?

—No.

Mateo observó la pantalla unos segundos.

Después tomó el mouse.

Sus dedos se movieron con calma.

Sin ansiedad.

Sin dramatismo.

Como si arreglar problemas fuera lo más natural del mundo.

Camila observaba la escena con interés descarado.

—Te juro que ustedes de sistemas tienen complejo de cirujanos.

—No —respondió Mateo sin apartar la vista de la pantalla—. Los cirujanos tienen peor margen de error.

Sofía soltó una risa.

Valentina, en cambio, se encontró observándolo más de la cuenta.

Era alto.

Más de lo que había registrado antes.

No musculoso de forma evidente, pero sí firme.

Como si hubiese más fuerza en él de la que mostraba.

El cabello ligeramente desordenado caía apenas hacia un lado, y aunque claramente no parecía alguien particularmente preocupado de su apariencia, había algo atractivo en esa falta de esfuerzo.

No el tipo de atractivo que entra a una habitación buscando atención.

El tipo que simplemente existe.

Y por eso se vuelve más peligroso.

—Listo.

Valentina parpadeó.

La pantalla había vuelto.

—¿Ya?

—Sí.

—¿Qué era?

—Un conflicto de actualización.

Camila levantó una ceja.

—Eso sonó inventado.

—No lo es.

Y volvió a tomar su café como si nada hubiera pasado.

Valentina lo observó alejarse hacia el área de sistemas.

Camisa oscura.

Postura relajada.

Movimiento tranquilo.

No era particularmente sociable.

Pero tampoco parecía incómodo con la gente.

Simplemente funcionaba a otro ritmo.

Y por alguna razón, esa idea se quedó con ella más tiempo del necesario.

La mañana continuó entre reuniones y correcciones.

A las once, todo el equipo creativo fue llamado a la sala principal para revisar la campaña de un cliente importante.

Valentina entró con su notebook bajo el brazo y una sensación anticipada de agotamiento.

La sala ya estaba llena.

Diseñadores.

Ejecutivos.

Analistas.

Gente de sistemas.

Mateo estaba sentado al fondo, frente a otro computador, revisando datos.

Ni siquiera levantó la vista cuando todos entraron.

Eso también era muy él.

No parecía interesado en la parte social de las reuniones.

Solo en hacer que funcionaran.

—Necesitamos que la plataforma soporte más tráfico el fin de semana —dijo el director del proyecto—. La última campaña colapsó.

—Porque el cliente pidió cambios a última hora —murmuró alguien.

—Porque nadie optimizó correctamente los recursos —corrigió Mateo desde el fondo sin alterar el tono.

El silencio posterior fue breve.

Valentina levantó apenas la vista.

No había arrogancia en él.

Eso era lo extraño.

Solo objetividad.

—¿Se puede arreglar? —preguntó el director.

Mateo asintió.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—Depende de cuánto quieran seguir cambiando cosas.

Camila tuvo que bajar la cabeza para ocultar la risa.

Valentina también sonrió apenas.

Y ahí volvió a pasar algo incómodo.

Notó que Mateo sí tenía sentido del humor.

Simplemente era tan seco que la mayoría de la gente tardaba demasiado en darse cuenta.

La reunión avanzó entre gráficos, correcciones y nuevas tareas.

En un momento, Valentina tuvo que acercarse al área donde Mateo trabajaba para revisar un problema de integración visual.

Él seguía concentrado frente a la pantalla.

Con lentes.

Con la manga arremangada apenas hasta los antebrazos.

Con esa expresión tranquila que parecía inmune al estrés del resto.

—¿Esto afecta el diseño móvil? —preguntó ella, inclinándose apenas hacia la pantalla.

Mateo giró ligeramente el notebook para mostrarle.

—Solo si usan demasiadas animaciones.

—Las animaciones son importantes.

—La estabilidad también.

Valentina soltó una risa pequeña.

—Ahí está el conflicto eterno entre marketing y sistemas.

Por primera vez desde que lo conocía, Mateo sonrió de verdad.

Pequeño.

Breve.

Pero real.

Y honestamente…

le cambió completamente la cara.

—Ustedes quieren que todo se vea bonito —dijo.

—Y ustedes quieren que todo sobreviva.

—Correcto.

Había algo absurdamente fácil en hablar con él.

No porque fuera expresivo.

Sino porque nunca intentaba impresionar.

Valentina se encontró quedándose ahí más tiempo del necesario.

Mirando la pantalla.

Escuchándolo explicar cosas técnicas que no entendía del todo.

Observando cómo se quitaba los lentes cuando dejaba de leer.

Y de pronto se dio cuenta de algo.

No era que Mateo pasara desapercibido.

Era que nadie se detenía lo suficiente a mirarlo.

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