Capitulo 1 "PREGUNTAS"
El instinto básico dicta que, hagas lo que hagas, no aprietes el gatillo cuando una escopeta apunta directo a tu garganta, sobre todo si está sujeta firmemente a tus manos con cinta y lo que parece ser alambre oxidado. Es en ese preciso momento cuando te das cuenta de lo jodido que estás… y aun así crees que no puede ponerse peor. Pero claro, estaba equivocado.
Apenas habían pasado unos segundos desde que desperté, y ya todo era un caos. No reconocía el lugar, no sabía por qué estaba ahí, ni cómo había acabado en semejante situación. Encerrado en lo que parecía un hospital, una nave espacial, o quién carajos sabe qué, todo se sentía devastado, como si un terremoto o algo peor lo hubiera arrasado.
Ni siquiera sabía quién era. No tenía recuerdos, ni un nombre, ni una cara que me viniera a la mente. Solo quedaba esta personalidad extravagante, un humor negro corrosivo… y una voz interna que no se callaba ni cuando el mundo ardía.
¿Quién demonios fui para terminar así? ¿Un criminal peligroso? ¿Un doctor trastornado que disfrutaba de la tortura? ¿Un enfermo mental con delirio de Dios? Podían ser las tres, o ninguna. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo.
Estaba herido, empapado de sangre, y sin embargo me sentía… tranquilo.
¿Era mía la sangre? Ni idea. Tal vez estaba drogado, sedado o jodidamente insensible al dolor. Lo único que sabía con certeza era que tenía un alambre de púas clavado en la pierna izquierda y, sorprendentemente, no dolía. La escopeta, con su cañón largo, apuntaba directamente a mi barbilla. Como si esperaran que yo mismo acabara con todo.
Pero la curiosidad me lo impedía. Porque si ya estoy muerto, ¿qué más da intentar averiguar la verdad antes de volarme la cabeza?
Estaba envuelto en cinta gris. Hilos y alambres me ataban los brazos al torso. La circulación se cortaba poco a poco en las manos. Sentía algo pesado en la espalda, probablemente una mochila, y mi boca estaba sellada con cinta adhesiva. Un trabajo meticuloso, sí, pero mediocre. Digo, si me querías inmovilizar, al menos usa cadenas o ten un poco más de imaginación.
Había un pitido constante, conectado a mi espalda. Seguro era la mochila. Y estaba seguro de que contenía una bomba. Porque claro, ¿por qué conformarse con una escopeta en la boca y estar atado como puerco cuando puedes tener también una jodida bomba en la espalda? El que me puso aquí no solo era sádico, era creativo, contrario a lo que pensé antes.
No habían pasado ni cinco minutos desde que desperté. Estaba sentado en el suelo. Y aunque aún no procesaba del todo lo que ocurría, decidí levantarme. Si la bomba iba a explotar, que lo hiciera. ¿Qué tenía que perder? Ya estaba condenado.
Me impulsé usando solo las piernas, ya que los brazos los tenía firmemente atados. Fue entonces cuando noté dos cosas: la primera, no podía mover bien el pie izquierdo; o estaba roto, torcido, o quizás ya era un maldito lisiado. Y la segunda: la puerta frente a mí estaba mal puesta, colapsada. Bastó un golpe con el pie para tirarla. Las luces parpadeaban. El techo crujía, amenazando con venirse abajo.
El silencio era sepulcral. Apenas una gotera resonaba en algún rincón. Pero al salir, ese silencio fue devorado por mis pensamientos, saturados de miedo, ansiedad y desorientación. El lugar parecía un hospital… o un centro psiquiátrico. Había un letrero caído con forma de cruz, brillando débilmente en rojo. La oscuridad lo dominaba todo, salvo por algunos letreros y focos que chispeaban intermitentemente.
Era una calma enferma. Como si el silencio gritara algo que no podía entender.
Cojeando, avancé. Pero esto no era un hospital normal. Las secciones eran enormes, el techo parecía inalcanzable. No había sillas, ni equipo médico. Era como si apenas se hubiera terminado de construir y algo lo hubiera destruido al instante. Un frío inhumano recorría el lugar. Estoy seguro de que, si ponía la piel en cualquier metal del entorno, probablemente se quedaría pegada.
Caminé unos diez minutos. La puerta siguiente era automática, como de centro comercial. Justo al cruzarla, vi un charco en el suelo. Parecía sangre… pero al acercarme, noté que era negra. Extrañamente, eso me alivió. Hasta que, a la izquierda, el piso estaba bañado en sangre real. El hedor a muerte golpeó con fuerza. Las paredes estaban marcadas con manos ensangrentadas.
Pensé: “genial, acabo de salir del tutorial, y yo pensaba que era el nivel 1.”
Tenía la esperanza estúpida de que esto fuera una experiencia de terror inmersiva, como esas casas del miedo. Que tal vez me borraron la memoria como parte del paquete premium. Pero esa teoría se fue a la mierda cuando volteé y vi… cuerpos. Docenas. Tal vez más de cien, todos mutilados. El hedor putrefacto era insoportable. Y pese a ello, mi corazón latia de manera tranquila, solo me sorprendi, acaso yo era el que lo provoco?
Computadoras parpadeaban sin sentido. Pantallas rotas, estáticas, salpicadas de sangre. Los pasillos estaban oscuros, y la señal de vida humana era nula.
No podía gritar. No podía pedir ayuda. Y lo poco que podía moverme me convertía en la presa más fácil de todo el jodido lugar.
Pensé en usar una computadora, pero estaban inservibles. Algunas sin teclas, otras desconectadas. Tal vez alguien más había pasado por aquí… y no vivió para contarlo.
Avancé más. Aquel lugar era inmenso, como un centro comercial abandonado. Pero algo no cuadraba. A veces parecía un hospital. A veces, un hotel. ¿Qué se fumó el arquitecto?
Ya me había acostumbrado a ver cadáveres, sangre, y vísceras regadas por doquier. Algunos cuerpos sin piel, como si la hubieran arrancado y aventado más adelante como si fuera ropa vieja.
Y entonces… sentí que algo se movía detrás de mí.
Fije la mirada, intentando ver de reojo. Lo vi. Lo juro. Una figura con túnica negra. ¿Un fantasma? ¿Una sombra? ¿Un zombi? ¿Un alíen? ¿Una alucinación? No lo sé. Tal vez lo estaba imaginando, por la pérdida de sangre. Pero algo me seguía. Y eso me daba más curiosidad que miedo.
Seguí avanzando. Encontré otra puerta, como las de las cantinas, fácil de empujar. Pero en el suelo… había una fotografía instantánea, boca abajo. No lo pensé. Me quité el zapato del pie herido, lo hundí en un charco de sangre, y usé mi pie para adherir la fotografía a la piel y darle la vuelta.
Lo que vi me congeló la sangre.
Era yo. Sentado, inmóvil, justo como estaba al despertar. Con la escopeta en el rostro, con la bomba en la espalda.
Pero lo peor no era eso. Lo peor era el mensaje tatuado en mi frente:
"NO ME LIBEREN."
La situación acababa de cruzar la línea entre lo jodido… y lo infernal.
Ahora tenía más preguntas que al inicio.