Capítulo 1
Valeria Montes era una joven enfermera con sueños simples: ayudar a su madre, sacar adelante a su hermano menor y terminar la universidad. Vivía en un pequeño apartamento de la ciudad, donde cada peso contaba y las noches parecían demasiado cortas para tantas preocupaciones.
Por eso, cuando recibió aquella llamada, sintió que el destino finalmente le daba una oportunidad.
—Necesitamos una enfermera interna para cuidar al señor Sebastián Alcázar —explicó una voz elegante al teléfono—. El pago es excelente, pero deberá permanecer en la hacienda la mayor parte del tiempo.
Valeria dudó unos segundos.
Había escuchado rumores sobre Sebastián Alcázar. Decían que era uno de los hombres más ricos de la región, dueño de enormes tierras cafeteras y de una fortuna construida por generaciones. También decían que desde el accidente que dañó su pierna se había convertido en alguien frío, distante… casi imposible de tratar.
Aun así, aceptó.
Dos días después, un automóvil negro la recogió al amanecer. Mientras avanzaban por carreteras estrechas rodeadas de montañas cubiertas de neblina, Valeria sintió un extraño nudo en el estómago.
La Hacienda del Silencio apareció entre los árboles como un lugar detenido en el tiempo. Era enorme, antigua y elegante, con balcones de madera oscura y jardines demasiado perfectos para sentirse acogedores.
El viento movía las ramas como si susurraran secretos.
Una mujer mayor abrió la puerta antes de que Valeria tocara.
—Debes ser la nueva enfermera —dijo con voz suave—. Soy Clara, el ama de llaves.
Valeria sonrió con amabilidad.
—Mucho gusto.
Clara la observó unos segundos, como si quisiera advertirle algo, pero al final solo tomó su maleta.
—El señor Alcázar no recibe visitas… ni tampoco le agradan los cambios.
La tensión aumentó mientras atravesaban largos pasillos decorados con retratos antiguos. Todo allí parecía silencioso, demasiado silencioso.
Finalmente llegaron a una enorme biblioteca.
Sebastián Alcázar estaba junto a la ventana. Alto, elegante y serio. Vestía completamente de negro y sostenía un bastón entre las manos. Aunque la lesión en su pierna era evidente, había algo intimidante en él.
Sus ojos oscuros se clavaron en Valeria apenas entró.
—No recuerdo haber pedido otra enfermera —dijo con frialdad.
Valeria tragó saliva, intentando mantener la calma.
—Solo vengo a hacer mi trabajo, señor Alcázar.
Él soltó una risa seca.
—La mayoría llega creyendo que puede salvarme… después se marchan.
Valeria sostuvo su mirada.
—No estoy aquí para salvarlo.
Por primera vez, Sebastián pareció sorprendido.
El silencio entre ambos fue incómodo y extraño.
Entonces él caminó lentamente hacia el escritorio apoyándose en el bastón.
—Espero que entiendas algo desde ahora, Valeria… —murmuró con dureza—. No necesito compasión.
Ella sintió un escalofrío, pero no retrocedió.
—Perfecto —respondió con firmeza—. Porque no pienso dársela.
Los ojos de Sebastián se entrecerraron.
Y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, aquella respuesta acababa de cambiarlo todo.