Capítulo 1: El Estigma de la Sangre
La última clase del día había muerto hacía quince minutos, dejando tras de sí el cadáver de una jornada monótona que todavía pesaba en mis hombros como una losa de plomo. El instituto, ese gigante de concreto, cristal y privilegios, comenzaba a vaciarse, transformándose en un laberinto de ecos, pasos apresurados y risas distantes que se fugaban hacia la libertad de la tarde. Para la mayoría, el timbre era un indulto, una llave hacia el exterior; para mí, era el inicio de una guardia silenciosa en un territorio que se volvía más hostil a medida que quedaba desierto.
Me movía entre las sombras de los pasillos, pegado a las taquillas frías y metálicas, con el instinto de quien sabe que la visibilidad es una invitación al peligro. El flujo de estudiantes era una corriente de oro y éxito que yo intentaba no interrumpir.
Grupos de deportistas pasaban a mi lado con una estridencia natural, sus hombros anchos y sus voces tronantes reclamando el aire del pasillo como propio, dejando a su paso un rastro de desodorante caro y feromonas eufóricas. En un momento, un chico que reía a carcajadas me pasó a llevar con el hombro, un impacto seco que me obligó a chocar contra el metal frío de las taquillas, arrancándome un jadeo que nadie escuchó. Ni siquiera se detuvo; yo no era un obstáculo, era un vacío en su trayectoria, una mancha en la periferia de su existencia perfecta.
A través de las puertas entreabiertas de los laboratorios, veía a los estudiantes de los clubes de ciencias inclinados sobre microscopios y matraces, bañados por una luz blanca y clínica que hacía brillar sus batas inmaculadas. Eran mentes brillantes preparándose para heredar industrias y apellidos, moviéndose con una propiedad que me resultaba ajena, casi dolorosa. Más allá, en el salón de debates, la estructura de las gradas parecía una pirámide social donde cada palabra articulada con suficiencia era un escalón hacia el poder absoluto. Todo en este lugar estaba diseñado para los que tenían un propósito, para los que encajaban en el engranaje de la perfección biológica.
Miré el papel arrugado que apretaba en mi mano, sintiendo la textura mediocre del papel contra mi palma sudorosa. Chisqueé la lengua con un fastidio que sabía a hiel. Esa carta quemaba, no por el calor físico, sino por el peso de las palabras que contenía; era un recordatorio táctil de que mi pasado, ese capítulo que yo mismo había intentado sellar a fuego años atrás, estaba supurando de nuevo como una herida mal curada. Aquella cicatriz nunca cerró, solo se ocultó bajo capas de indiferencia que ahora se desmoronaban bajo el peso de una caligrafía que reconocería en el infierno.
Suspiré largo y tendido, intentando exhalar la frustración que me oprimía el pecho como una armadura de hierro demasiado estrecha. Acomodé la correa de mi mochila, sintiendo cómo el peso de mis libros se hundía en mi hombro, y me dirigí hacia el patio trasero. Allí, el aire todavía conservaba el calor estancado del día, un ambiente viciado por el olor a césped recién cortado y el aroma metálico de la victoria reciente en los campos de entrenamiento.
Al pasar por la cancha de atletismo, mis ojos se desviaron inevitablemente hacia la pista. Las chicas corrían a toda velocidad, sus zancadas rítmicas golpeando el tartán con una autoridad mecánica y feroz que hacía vibrar el suelo. Su piel, perlada de un sudor que brillaba como diamantes líquidos bajo el sol poniente, las hacía ver hipnóticas, como diosas de la guerra en un entrenamiento privado. Eran, en su mayoría, Alfas. Criaturas de fuerza y rapidez, poseedoras de un aura de superioridad natural que reclamaba el éxito como un derecho de nacimiento, no como un logro. Sus respiraciones eran rítmicas, poderosas, como motores bien afinados.
Me quedé un momento paralizado frente a la reja metálica, un espectador en las sombras de una vida que nunca sería la mía. Mientras ellas devoraban los metros con una seguridad ontológica absoluta, yo apretaba el papel que me citaba al abismo, consciente de que en la geometría de este lugar, yo era la línea quebrada que nunca debía cruzarse con la de ellos. Un Omega marcado por el estigma de la sangre, observando desde el silencio cómo el mundo seguía girando, implacable y dorado, sin él.
De pronto, una ruptura violenta en el paisaje: una cabellera rubia ceniza, que atrapaba los últimos rayos del sol con una lucidez insultante, se perfiló a unos metros de distancia, recortada contra el verde profundo de la arboleda. James no necesitó hablar; su sola presencia ocupaba el espacio con una densidad que parecía desplazar el oxígeno, obligándome a respirar su propia atmósfera. Me dedicó un gesto seco con la cabeza, un movimiento apenas perceptible de la barbilla pero cargado de una jerarquía implícita, una orden silenciosa de quien no contempla, ni por un segundo, la posibilidad de una negativa.
Aparté la mirada de la pista de atletismo, sintiendo cómo el magnetismo gravitacional de su figura me arrastraba hacia su órbita. Lo seguí hacia la zona de los árboles, caminando con un paso que se sentía eterno, pesado, como si cada zancada fuera una piedra más en el muro de mi propio hundimiento. Mis zapatos crujían sobre las hojas secas, un sonido que en el silencio del bosque sonaba como huesos rompiéndose.
Apreté los puños hasta que mis nudillos blanquearon bajo la piel fina y tirante, sintiendo la presión de mis uñas contra las palmas. Mi cuerpo parecía obedecer a una inercia maldita, una memoria muscular y celular que me traicionaba, recordándome un tiempo lejano en que seguir su espalda era mi único deseo y mi mayor consuelo.
Me adentré en la arboleda, bajo esas mismas ramas de robles centenarios que alguna vez nos sirvieron de refugio sagrado, un santuario de sombras y susurros donde solíamos escondernos del juicio del mundo para besarnos con la inocencia de los que aún no han sido destrozados por la etiqueta de su casta. Hoy, esas mismas sombras se sentían como una emboscada, y el viento entre las hojas parecía un murmullo de advertencia.
Él estaba allí, esperándome con esa postura impecable, la espalda recta de quien sabe que el mundo le pertenece por derecho de sangre y testamento. Me miró con esos ojos celestes, de un tono tan gélido y cristalino que, por un segundo cruel, me teletransportaron cuatro años al pasado, a una época donde su mirada no quemaba con el frío del desprecio, sino que protegía con el calor de lo prohibido. Mi labio tembló, una traición involuntaria de mis nervios; luché una batalla interna titánica para no soltar un sollozo que me habría destruido por completo frente a él, y desvié la vista hacia las raíces retorcidas del suelo, que parecían reflejar mi propia confusión interna.
Fue entonces cuando la nostalgia se pudrió definitivamente en mi boca. Mis ojos se fijaron en la chaqueta que vestía con un orgullo obsceno: no era la prenda de un equipo deportivo, sino la chaqueta de gala de la Familia Winterhill. Era una pieza de sastrería militarista, de un azul marino tan profundo que rozaba el negro, con el escudo del linaje bordado en hilos de plata sobre el corazón. El león de los Winterhill parecía rugir desde el tejido de lana fina, recordándome que James ya no era James; era un símbolo viviente de la casta que me despreciaba, el uniforme de los "intocables" que se movían por encima de las leyes humanas. Una mueca de asco deformó mi rostro al reconocer la opulencia de esa prenda, la seda del forro que brillaba sutilmente al movimiento y los botones de plata grabados con el blasón familiar; era la armadura perfecta de la exclusión.
—Alex —pronunció mi nombre. Su voz había cambiado drásticamente en estos años: era más grave, con un metal de madurez fingida y una resonancia de mando que pretendía ocultar la inestabilidad de su propia alma—. ¿Leíste la carta?
La mención de ese papel me devolvió la rabia, un calor que me subió por el cuello y me dio la fuerza para levantar la cabeza. Levanté las hojas arrugadas, casi rotas por la fuerza de mi desprecio acumulado, y se las mostré como si fueran una prueba judicial incriminatoria.
—¿Esta basura? —dije, sintiendo el veneno en cada sílaba al recordar las humillantes promesas y el tono posesivamente protector de sus palabras. Se las arrojé al pecho con un movimiento violento, viendo cómo el papel rebotaba contra la impecable tela de su chaqueta Winterhill antes de caer al barro, manchándose de la misma suciedad que yo sentía en mi pecho—. ¿Qué mierda quieres de mí, James? ¿Acaso esperas que me crea este guion de novela barata? ¿Es otra de tus bromas crueles para entretener a tu séquito de Alfas, una apuesta de vestuario para ver cuánto tarda el Omega en quebrarse y suplicar?
—¿Tan increíble te resulta que aún me gustes? —me espetó, y el tono de su voz vibró con una urgencia que no reconocí, una nota de desesperación que chocaba contra su apariencia perfecta.
Sus pupilas estaban totalmente dilatadas, pozos negros que devoraban el iris cristalino hasta dejarlo reducido a un anillo casi imperceptible. Su piel, de una palidez aristocrática, brillaba ahora por una fina capa de sudor que no era producto del ejercicio físico, sino de una agitación interna, una combustión química mucho más peligrosa y primitiva que empezaba a irradiar de sus poros. El aire a su alrededor comenzó a vibrar con una energía estática.
—Escribiste que te interesaba "mi futuro celo" —le solté, y cada palabra era una gota de ácido que caía entre nosotros. Una sonrisa amarga me escocía en los labios, una mueca que intentaba ocultar el temblor de mi barbilla—. ¿Atiné? No soy un premio de consolación para tus tardes de aburrimiento, James. No tengo el más mínimo interés en ser el experimento de laboratorio de un Alfa que necesita reafirmar su estatus antes de heredar el trono.
Metí las manos en los bolsillos de mi sudadera, intentando ocultar el temblor de mis dedos para marcharme, pero su reacción fue eléctrica, casi animal. Su mano voló hacia mi brazo con la velocidad y la precisión de una garra metálica, cerrándose sobre mi bíceps con una fuerza que prometía dejar marcas violáceas. Me zafé con un movimiento brusco, un tirón desesperado que me hizo retroceder hacia la sombra húmeda, fría y musgosa de los robles, donde la luz del sol ya no llegaba.
—¿Qué más quieres de mí? ¿No te basta con el escarnio público? ¿No te es suficiente con la cacería diaria que lideras en los pasillos, convirtiendo mi vida en un puto campo de minas donde cada paso es una humillación?—le grité, y mi voz se quebró bajo el peso de años de humillaciones acumuladas—
James bajó la mirada un segundo, ocultando su mano derecha en el bolsillo de esa impecable chaqueta azul de los Winterhill, pero la tensión en sus hombros era tal que las costuras de seda del forro parecían a punto de reventar. La bestia, esa parte de su linaje que su padre tanto se esmeraba en pulir y domar, estaba despertando bajo la superficie de su piel, rompiendo la máscara de civilización.
—Dime, ¿qué pensaría tu padre de este encuentro? —continué, hurgando con saña en la herida que más le dolía—. El gran director Robert Winterhill, el hombre que diseñó el código de conducta de este instituto. El hombre que te prohibió terminantemente volver a dirigirme la palabra para no "manchar" el sagrado linaje de los Alfas de sangre pura con el estigma de mi casta. ¿Sabe él que su heredero le escribe cartas de amor a un error genético como yo?
—¡Él no tiene que saberlo todo! —gritó James, y su voz se rompió, dejando escapar una nota de desesperación primaria que casi me hizo creerle por un instante. Dio un paso hacia mí, con una determinación que se sentía frágil, como cristal a punto de estallar bajo una presión inmensa—. Algún día tendré mi propia vida, lejos de sus reglas y sus apellidos. Alex, por favor... yo no soy el mismo de antes. Entiéndelo.
—¿No? —me mofé, sintiendo cómo una rabia helada le ganaba terreno al miedo en mis pulmones—. ¿No eres el mismo cobarde que tiró mi bandeja en la cafetería hace tres días solo para recibir los aplausos de tus amigos? ¿O el que me lanzó a la piscina esta mañana, disfrutando de cómo todos se burlaban mientras la ropa se me pegaba al cuerpo y yo intentaba no ahogarme en mi propia vergüenza? No digas tanta mierda, James. Sigo viendo al mismo niño asustado que se esconde detrás de un apellido y una chaqueta de mil créditos. Lo nuestro no solo murió; se pudrió el día que aceptaste ese escudo en tu pecho. Supéralo.
Me di la vuelta para marcharme definitivamente, sintiendo que ya le había dicho todo lo que mi orgullo necesitaba soltar. Pero de repente, el mundo se detuvo. El oxígeno pareció desaparecer del claro, reemplazado por un aire espeso, denso y cargado de una marea de feromonas agresivas que me golpearon la nuca como un mazo físico. Era un olor a tormenta inminente, madera quemada y cedro amargo, tan potente que mis pulmones se cerraron, negándose a inhalar ese veneno. Mis piernas flaquearon, mis rodillas chocaron entre sí y un instinto de sumisión, una orden biológica grabada en mis genes de Omega, intentó obligarme a bajar la cabeza y arrodillarme.
—¿Crees que lo sabes todo? —Su voz ya no tenía rastro de humanidad; era un rugido gutural que vibró en el suelo bajo mis pies y resonó en mis huesos—. Deberías aceptar mi oferta sin rechistar. Después de todo, solo eres un maldito Omega.
En ese instante, la mirada de James se volvió puramente depredadora, y supe con un terror gélido que el chico que me había escrito la carta ya no estaba al mando. Solo quedaba el Alfa, reclamando su lugar en la cima de la cadena alimenticia.
El pánico me recorrió la columna como una descarga eléctrica de alto voltaje, paralizando mis centros lógicos y dejando solo el instinto de huida. James avanzaba hacia mí con una lentitud calculada, depredadora; sus hombros, ensanchados por la tensión del linaje Winterhill, bloqueaban la poca luz del atardecer que se filtraba entre las hojas, sumiéndome en su sombra. Sus ojos ya no eran celestes; eran dos orbes de una oscuridad absoluta, pozos de instinto vacíos de cualquier rastro de la compasión que alguna vez compartimos.
Una sonrisa afilada, casi una mueca de hambre, se dibujó en su rostro, prometiendo una violencia que mi mente se negaba a procesar.
Retrocedí, tropezando con las raíces expuestas, hasta que mi espalda chocó contra el tronco rugoso de un roble centenario. La corteza me arañó la piel a través de la sudadera, recordándome con su aspereza que ya no había más espacio para huir.
—Un maldito Omega —repitió, y esta vez su voz arrastró un matiz de lujuria depredadora tan viscoso que me hizo querer vomitar el alma.
Sus manos, grandes y pesadas, se estrellaron contra la madera a ambos lados de mi cabeza con un golpe seco, apresándome en una jaula de carne y músculo de la que no podía escapar. El olor a cedro amargo de sus feromonas se volvió insoportable, asfixiante, invadiendo mis sentidos hasta que solo pude olerlo a él.
—Entrégate a mí, Alex. No tendrás una oferta mejor en esta vida —siseó, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir el calor febril de su piel contra la mía—. Menos siendo un Omega rechazado por su propia sangre. Estás solo. Nadie vendrá a buscarte a este agujero. Estás a mi merced.
La mención de mi familia, de ese rechazo que era la herida más profunda de mi identidad, encendió una chispa de rabia suicida en medio de mi terror. Forcejeé con desesperación, golpeando su pecho con mis puños, pero él era una pared de granito inamovible, una fuerza de la naturaleza contra la que mi cuerpo Omega no tenía oportunidad. James soltó un gruñido bajo, una vibración que sentí en mi propio pecho, y su boca buscó mi cuello con una desesperación enferma.
Entonces, sentí el acero de sus colmillos. Fue una mordida brutal, cargada con la intención de una marca ilegal, un acto de violación biológica que pretendía encadenar mi alma a la suya para siempre, marcándome como ganado. Un chillido de puro horror, agudo y desgarrador, escapó de mi garganta, un sonido que me pareció ajeno, perdiéndose sin eco entre las copas indiferentes de los árboles que ocultaban el crimen.
—Si no es por las buenas, te haré entender a las malas a quién le perteneces por derecho —rugió contra mi piel, su aliento caliente quemándome.
Sentí sus dientes desgarrando la dermis, hundiéndose con precisión quirúrgica hacia la glándula de mi nuca, el centro de mi ser. El dolor fue un estallido blanco detrás de mis ojos que me hizo perder el sentido del equilibrio. En un acto de puro instinto de supervivencia, un destello de la ferocidad que James no esperaba de un "estigma" como yo, giré la cabeza con un movimiento violento y hundí mis propios dientes en su oreja. Mordí con cada gramo de mi fuerza, cerrando la mandíbula con una determinación ciega hasta sentir el cartílago ceder y el sabor metálico, cálido y espeso de la sangre de un Winterhill llenándome la boca, manchando mis labios.
James rugió de dolor, una nota animal y pura que rompió por completo su máscara de Alfa perfecto. Me soltó un segundo, retrocediendo por el impacto, solo para que su sorpresa se transformara instantáneamente en una furia ciega y homicida. Me agarró del cabello con una mano de hierro, tirando con tal fuerza que sentí que mi cuero cabelludo se desgarraba, y me estampó contra el suelo mojado por el rocío y el barro frío.
El mundo dio vueltas en una espiral de sombras, mareo y luces filtradas. Sobre mí ya no estaba el chico con el que solía soñar bajo las estrellas, sino un extraño poseído por una química violenta y ancestral, un animal rabioso que comenzó a desgarrar mis harapos con uñas que ya no parecían humanas, sino garras.
Le supliqué, balbuceé su nombre entre sollozos, buscando desesperadamente al niño que me había prometido protección años atrás, pero sus oídos estaban cerrados a la humanidad. Mi mano tanteó desesperada entre las raíces, las hojas muertas y el lodo hasta que mis dedos se cerraron sobre una piedra fría, pesada y angular. Con un último aliento de fuerza, la estrellé con un golpe seco y desesperado contra su sien.
Sus manos flaquearon. La presión sobre mis hombros disminuyó lo suficiente para que la adrenalina me permitiera zafarme. Escapé gateando, arrastrándome por el barro con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado que ve una salida. Pero antes de alcanzar la luz del claro, una mano me atrapó del tobillo con una fuerza bruta, arrastrándome de nuevo hacia la oscuridad profunda y asfixiante de la arboleda.
—¿Te crees superior por defenderte, escoria? —bufó James, con un hilo de sangre carmesí corriéndole por la cara y las manos temblorosas de rabia mientras desabrochaba su cinturón de cuero—. Hoy vas a aprender lo que significa el respeto. Hoy vas a aprender, de una vez por todas, cuál es tu lugar en este mundo.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes y esperando el impacto final del destino, el momento en que mi vida se apagaría bajo el peso de su linaje y su odio. Pero entonces, un golpe sordo, como carne chocando contra carne con la fuerza de un impacto de tren, y un grito cargado de una furia gélida rompieron el trance.
—¡¿Qué mierda estás haciendo, Winterhill?! —Una voz desconocida, pero cargada de una autoridad aplastante y un poder que hizo vibrar el suelo mismo, tronó en el claro, rompiendo la atmósfera de pesadilla.
El peso de James desapareció de golpe, como si una fuerza invisible lo hubiera arrancado de encima de mí. Solo quedó el sonido de la respiración agitada, el gemido de James en el suelo y el aroma a ozono de un nuevo depredador que acababa de entrar en el bosque.
Sin mirar atrás, sin siquiera atreverme a comprobar quién era el dueño de esa voz que me había salvado del abismo, me puse de pie con movimientos erráticos. Mis manos temblaban de forma espasmódica mientras intentaba desesperadamente unir los jirones de mi sudadera para cubrir mi piel expuesta y humillada.
Corrí. Corrí con el instinto ciego de una presa que aún siente el aliento del depredador quemándole la nuca. Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas encendidas, y cada bocanada de aire frío hería mi garganta, mientras el sabor metálico de la sangre de James y el barro amargo se mezclaban con las lágrimas saladas que nublaban por completo mi visión.
Llegué a los dormitorios del Instituto como un espectro que huye del amanecer. Me encerré en mi habitación con un movimiento violento, girando la llave y echando el cerrojo con una urgencia maníaca que hizo que mis dedos sangraran. Apagué todas las luces, buscando la seguridad del vacío absoluto, y me desplomé contra la madera de la puerta. Me quedé allí, ovillado en el suelo, abrazando mis rodillas y temblando en una oscuridad que ahora se sentía como mi única aliada, el único velo capaz de ocultar mi vergüenza y mi derrota.
Pero no pasaron ni un par de minutos cuando unos golpes rítmicos, suaves pero firmes en la madera, casi me hacen perder el sentido del miedo. El corazón me dio un vuelco doloroso contra las costillas, amenazando con salirse.
—Alex, abre. Soy yo.
Reconocí la voz de inmediato, el único ancla que me quedaba se mi familia: Ethan. Mi hermano. Quité el seguro con dedos torpes que apenas respondían a mis órdenes cerebrales. Al abrir, Ethan entró como una ráfaga de aire puro en una habitación viciada por mi propio miedo y el aroma de James que aún me perseguía. No encendió la luz principal, solo la pequeña lámpara de noche, cuya luz tenue y ámbar bañó la escena.
Su mirada, usualmente serena y calculadora, recorrió mis heridas, la hinchazón amoratada de mi cuello y mi ropa hecha jirones. Sus ojos azules —idénticos a los míos en color, pero cargados de una autoridad y un poder Alfa que yo siempre había envidiado— se oscurecieron hasta volverse casi negros, como un océano antes de la tormenta. Una furia asesina, silenciosa y gélida, emanó de él con tal intensidad que pareció hacer vibrar las paredes de la habitación.
—Ese hijo de puta... lo voy a matar. Lo juro por mi propia sangre, Alex —su voz era un susurro peligroso, una promesa de violencia absoluta que me dio un escalofrío—. Estás hecho un desastre,¿ que pasó?-.
—Me dejó una carta —susurré con un hilo de voz que apenas era un aliento, moviéndome hacia el lavabo del baño en un trance mecánico.
Abrí el grifo al máximo y dejé que el agua helada corriera con fuerza. Comencé a frotar mi cara, mi cuello y mis manos con una saña desesperada, casi arrancándome la piel, tratando de arrancar el aroma a cedro amargo de James que parecía haberse filtrado en mis poros. Sentía que si no limpiaba cada rastro de sus feromonas, nunca volvería a ser dueño de mi propio cuerpo, que seguiría siendo su esclavo.
—Quería marcarme, Ethan. No era una charla sobre el pasado... quería hacerlo por la fuerza, aquí mismo. Quería reclamarme como si fuera un objeto de su propiedad, un trofeo para su colección.
Ethan apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos crujieron como disparos en el silencio sepulcral de la noche. Se acercó a mí con paso firme, deteniendo mis manos frenéticas bajo el agua helada con una suavidad firme, y me envolvió en un abrazo protector. Era un refugio de Alfa puro, pero sin rastro de dominación o arrogancia; era una fortaleza de calma que no pedía nada a cambio. En su pecho, rodeado de su aroma suave a lluvia fresca y seguridad, finalmente sentí que el oxígeno regresaba de verdad a mis pulmones. El temblor incontrolable de mis hombros comenzó a ceder ante su calor.
—Hueles fatal —susurró contra mi cabello, usando ese humor ácido, seco y punzante que era su forma de construir un puente de normalidad para que yo no me hundiera definitivamente en el abismo del trauma.
Solté una risa rota, un sonido rasposo que dolió en mi pecho más que cualquier herida física recibida en el bosque.
—Lo sé. Soy un desastre absoluto, Ethan.
Ethan se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos, tomando el botiquín de primeros auxilios con una determinación silenciosa y eficiente. Me obligó a sentarme en el borde de la cama mientras comenzaba a limpiar mis cortes y la marca profunda de los dientes en mi cuello con una delicadeza extrema, un contraste casi irreal con su imponente figura de Alfa de élite. Cada toque de la gasa impregnada en antiséptico era un bálsamo, no solo para la piel desgarrada, sino para mi mente fracturada.
—No tienes la culpa de nada de esto, Alex. Grábatelo en el cerebro —dijo con una voz firme, absoluta, la clase de verdad que solo él podía hacerme creer en ese momento—. Gracias por aguantar. Gracias por tener la fuerza de volver a aca por tu cuenta.
Lo miré con una gratitud que me quemaba las entrañas. Ethan era el futuro de la casta superior, el orgullo de nuestro padre, el número uno de su generación. Poseía todo lo que el mundo decía que yo, por nacimiento, no podía tener. Y aun así, en la intimidad de este cuarto, él era el único que me miraba a los ojos y veía a un ser humano, un hermano, un igual con derecho a existir, y no un "estigma" social o un simple premio de caza.
—Gracias a ti —respondí, cerrando los ojos mientras él vendaba mi cuello con cuidado profesional— Eres el unico de la familia que le he importado, el que me ve aún como su hermano.
En el silencio denso que siguió, mientras el olor a antiséptico reemplazaba al de la violencia, supe que la guerra apenas comenzaba, pero al menos en ese momento, tenía un aliado, y por primera vez, tenía un motivo para odiar con la misma intensidad con la que alguna vez había amado."