Qui dicimur esse

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Summary

Sylvester y Philip son dos caras de una misma moneda: el heredero que ya no tiene nada por lo que luchar y el paria que lucha por cada segundo de aire. Entre ellos se agrupan miles de alumnos que pertenecen a un bando más que al otro. En el internado británico Southlake, la disciplina no es más que una fachada ilusoria para ocultar la verdadera jerarquía que se erige sobre la aparente justicia. A través del humo de puros de contrabando, el inconfundible sabor a ginebra y la tibieza propia de la sangre, la lucha contra el opresor se vuelve cada vez más patente.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Catilina

Philip estaba sentado en un banco solitario, que daba justo a la fachada del edificio monumental que formaba parte del colegio Southlake, que, frío y distante, se cernía sobre él como una ola frenética de severidad y excelencia.

El cielo esa mañana estaba cubierto de nubes sombrías que ya iniciaban a soltar las primeras gotas de lo que sería una tormenta fulgurante, pues comenzaba ya a escucharse el lejano retumbar de los truenos. Había una brisa ligera, cargada de olor a tierra mojada con ciertas notas de esa melancolía tan característica del otoño inglés.

Aquello era ajeno al muchacho, que se encontraba volviendo en ese instante de un largo sentimiento de aletargamiento, fruto de esa extraña, aunque habitual reunión entre un humo dulzón y el silencio. Estaba adormecido, y su visión ligeramente nublada. Había estado sentado en ese banco durante lo que parecía una eternidad. Miró su reloj, cuyas manecillas parecían girar a toda velocidad. Sus pensamientos pasaban rápidamente frente a él, como memorias lejanas de un acontecimiento ya olvidado.

Elevó la mirada al cielo, se pasó una mano por la cara con un profundo suspiro, se levantó resueltamente y, tomando su maletín y su bufanda, echó a andar al interior del edificio.

—“… Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” —pronunciaba con vehemencia el profesor cuando Philip tocó la puerta.

Hubo una pausa que el muchacho interpretó como un tácito permiso para entrar en clase. Consultó su reloj, cuyas agujas parecían haberse detenido finalmente. Las ocho y media. Llegaba tarde, demasiado tarde. Se encogió de hombros, abrió la puerta y entró sin pensárselo dos veces.

Rápidamente y sin hacer contacto visual con nadie se apoltronó en el primer pupitre vacío que encontró. La clase, medio vacía y llena de polvo como siempre, parecía haberse quedado congelada ante su repentina aparición y el silencio fue devastador. Philip alzó la vista al tiempo que el profesor Delaney, un hombre calvo y de bigote de herradura cuidado con esmero, luego de meditar un momento, comenzaba a escribir lenta y deliberadamente en su característica cursiva afilada.

Algunos se miraron entre sí con evidente extrañeza, otros se giraron para mirar al chico. Sylvester Cooke se volvió con descaro y le dedicó una inclinación de cabeza, a la que Philip respondió con un soplido nasal. Todos regresaron apresuradamente su posición inicial cuando escucharon cesar el ruido de la tiza.

Cuando terminó, el profesor se giró hacia la clase, mirando a todos y cada uno.

—“Septem decem” —pronunció, sonriendo cínicamente—. ¿Sabría alguno decime qué significa? —silencio. No de ignorancia, sino de precaución. Al ver que nadie contestaba, Delaney dejó la tiza sobre la mesa—. Diecisiete. ¿Qué sentido tiene en este contexto? —pausa—. Diecisiete son, naturalmente, el número de faltas del señor Forrest. —indicó, sacudiéndose la tiza de las manos.

Sylvester, quien volvió a girarse con su característica elegancia, y esta vez le dirigió una mirada humorísticamente desaprobatoria.

—Señor Forrest —lo llamó el profesor bajándose de la tarima al tiempo que ignoraba deliberadamente al otro alumno.

—Sí, lo siento, señor. —murmuró Philip de manera atropellada y con cierto tono de cansancio.

—Espero que sepa que esto es sancionable —le recordó Delaney—. ¿O acaso debo repetírselo todos los días hasta que le quede claro a varazos? —las palabras eran como un ruido de fondo en la cabeza del joven, cuyos pensamientos se todavía se entremezclaban y una nube molesta aún cubría su razón.

El profesor tomó sus gafas, se subió de nuevo a la tarima y pasó la amarillenta página de su Latín Avanzado.

—Traduzca el párrafo de la página doscientos noventa y seis, Forrest. Catilinaria. De Cicerón. Comience.

Philip suspiró y sacó su libro, lo abrió con poco cuidado y carraspeó. Las letras parecían hormigas negras que danzaban sobre el papel y su lengua, pastosa y ajena, parecía moverse en cámara lenta.

—Nos encontramos delante de un fragmento de la obra…—comenzó, leyendo con ansias de quitarse aquella tediosa tarea de encima.

—Dije que tradujera. ¿Acaso está sordo?

—Es verdad. Traducir. —masculló, más para sí mismo que para los demás—. “Nihilne te nocturnum praesidium Palati, nihil urbis vigiliae, nihil timor populi...” —pronunció como un suspiro, rebuscando en su mente el significado de aquellas palabras—. “¿No te conmueve nada —dijo a medias—, guardia nocturno del Palatino, ni la vigilancia de la ciudad, ni el miedo de la gente...?”

—Vocalice, Forrest, no estamos en una taberna.

—“Nihil concursus bonorum omnium…” —hizo una pausa—. Bueno, eh… —balbuceó, su mente en blanco—. Ni el… concurso de —suspiró, derrotado—… todos los… ¿bonos?

Un silencio espeso, casi sólido, cayó sobre el aula ya enmudecida. Delaney sonrió. Nadie movió un músculo. El profesor se movió hacia él, a paso lento y decidido, aunque pretendía parecer inocente y casual. El rechinar de las maderas del suelo era sonoro y martilleaba la cabeza del chico.

—¿Concurso de todos los bonos, Forrest? —preguntó, al detenerse frente a él, ocupando todo su campo visual con su chaqueta de tweed verde botella—. ¿Acaso cree que estamos en un mercado de abastos en Manchester? ¿En la Bolsa, quizás? Bonorum omnium. Los hombres de bien. Los ciudadanos íntegros. Aquellos que, a diferencia de usted, no tienen la mirada perdida en las musarañas mientras la República se desmorona.

El olor a tiza y tabaco invadió la nariz de Philip, que, evitando toser, se mantuvo en silencio y con la mirada hacia el frente. Delaney se inclinó hacia él y una sonrisa cargada de satisfacción se dibujó al observar las pupilas dilatadas del chico.

—Dígame, Forrest... ¿Es usted Catilina? ¿Está conspirando contra su propio cerebro o es simplemente que el aire de Cumbria[1] le ha reblandecido el juicio más de lo habitual? —susurró con desprecio al tiempo que sonaba la campana que indicaba el final de la clase.

Los demás alumnos abandonaron rápidamente la sala. Delaney esperó a que todos se fueran y reveló la vara que cargaba en sus manos. Haciendo un gesto, pidió a Philip que extendiera ambas manos. Levantó la vara bien alto y con una sonrisa, la dejó caer.


[1] Condado inglés con capital en Carlisle, donde se sitúa la historia.