La última flor de Aldoria

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Summary

La princesa Evangeline de Aldoria ha crecido entre deberes y decisiones que no le pertenecen, destinada a una alianza con el príncipe del reino vecino, a quien apenas conoce de unos cuantos bailes. Pero cuando la guerra comienza a amenazar desde lejos, los reinos se ven obligados a unirse… y su destino queda sellado. Entre la lealtad del caballero Cael, la sonrisa oculta del bufón Lysander y la aparición de un misterioso enmascarado que lo cambia todo, Evangeline es arrastrada fuera del palacio hacia un mundo de refugios, secretos y verdades que nunca debió descubrir. En medio del caos, la princesa empieza a preguntarse si su vida está escrita… o si por fin podrá elegirla no solo en el amor.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

La mañana d’Evangeline

El amanecer en Aldoria siempre llegaba suave, pero ese día llegó como un golpe. Las nubesestaban gruesas y lilas, y el viento soplaba tan fuerte que hacía bailar los estandartes del castillo. La pequeña luz restante del amanecer lilas sefiltraba tímida por los ventanales del ala este del palacio, iluminando condelicadeza los tapices bordados que decoraban las paredes del área común. El día comenzaba para Evangeline, princesa de Aldoria.

La puerta se abrió suavemente y la sirvienta más cercana, Maelis, entró con pasos medidos,llevando un balde de agua tibia y el aroma de hierbas recién molidas quellenaba l'estancia.

—Buenos días, Alteza —susurró, inclinándose con respeto—.Es hora de despertar.

Evangeline se removióentre las sábanas como si todavía luchara con el mundo de los sueños. No era del tipo de princesa que se levantaba sonriente al primer rayo de sol; ella necesitaba que la rutina la obligara a salir de la comodida.

Maelis,acostumbrada a su carácter, procedió con la disciplina necesaria vertió el agua tibia en la palangana de plata y acercó un paño para limpiar suavemente elrostro de la princesa. Evangeline frunció el ceño, entrecerrando los ojos, mientrasel frío del paño le recordaba que ya no podía volver a dormitar.

—¡Vamos, princesa!—insistió Maelis, con un tono firme.—Hoy hay mucho que hacer.

Evangeline suspiró,dejando que la sirvienta le ayudara a incorporarse. El movimiento era meticuloso: los brazos primero, luego las piernas, hasta finalmente sentarse enel borde de la cama. Maelis colocó los delicados zapatos de seda. La princesa observaba, todavía medio dormida, cómo el mundo comenzaba a ponerse en movimiento a su alrededor, desde su habitación ella podía escuchar los sirvientes moviendose en cada rincon.

Terminada la preparación, Evangeline se puso de pie con la gracia heredada de su madre, mientras su reflejo en el espejo mostraba una figura elegante, a la altura de la princesa que era, aunque su rostro aún mostrara señales de sueño. Su pelo ondulado de color castaño oscuro, que al estar abajo del sol se volvio un dorado perfecto, y suave, Maelis era la primera a querer peinarla. Esta vez, le hizo un moño con unas trenzas a su alrededor y como accesorio le puso una corona, hecha a su medida, con flores hechas con zafiros.

Ellas recorrieron los pasillos hacia el comedor, cada rincon estaba lleno de los guardias que se apartaban al verla pasar, los sirvientes realizaban una reverencia y el eco de sus propios pasos resonaba en los pasillos de mármol.

Al entrar en el comedor, el aroma del pan recién horneado y el café se imperaban en la nariz. Sus padres, los reyes, ya estaban presentes, el rey, firme y sereno, con esa mirada que inspiraba respeto, y la reina, elegante y cálida, con un aire de autoridad quese mezclaba con afecto maternal. La relación entre ellos era visible en cada gesto, una relación sana y con amor. Pero los deberes para el pueblo los obligaban a estar el mayor tiempo separados.

—Buenos días, hija mía—dijola reina, con una sonrisa que iluminó toda la sala.

—Buenos días, padres.—respondió Evangeline, tomando asiento con la postura correcta, aunque un leve bostezo se le escapó—. El sueño me abraza un poco más de lo debido.

El desayuno transcurrió entre comentarios suaves y planes para el futuro de Aldoria. Muchos campesinos se han estado quejando que los gobernadores de cada región están augmentando los impuestos y el salario mínimo les alcanzan a penas para sobrevivir el mes. Él ha mandado al consejero real a enviar a conocer la nueva ley para cada gobernador. El salario mínimo tendrá que augmentar de dos a tres Velaresy y veinte cinco Aurel. Claramente los gobernadores van a estar más que en desacuerdo, pero nadie puede contra la palabra El amanecer enAldoria siempre llegaba suave, pero ese día llegó como un golpe. Las nubesestaban gruesas y lilas, y el viento soplaba tan fuerte que hacía bailar losestandartes del castillo. La pequeña luz restante del amanecer lilas sefiltraba tímida por los ventanales del ala este del palacio, iluminando condelicadeza los tapices bordados que decoraban las paredes del área común. Todoparecía en silencio, pero el más mínimo crujido del parquet o el roce de unacortina traicionaba la presencia de alguien. En ese momento, el día comenzabapara Evangeline, princesa de Aldoria.

La puerta se abriósuavemente y la sirvienta más cercana, Maelis, entró con pasos medidos,llevando un balde de agua tibia y el aroma de hierbas recién molidas quellenaba l'estancia. —Buenos días, Alteza —susurró, inclinándose con respeto—.Es hora de despertar.

Lyria se removióentre las sábanas como si todavía luchara con el mundo de los sueños. No eradel tipo de princesa que se levantaba sonriente al primer rayo de sol; ellanecesitaba que la rutina la obligara a salir de la comodida. Maelis,acostumbrada a su carácter, procedió con la disciplina necesaria: vertió elagua tibia en la palangana de plata y acercó un paño para limpiar suavemente elrostro de la princesa. Lyria frunció el ceño, entrecerrando los ojos, mientrasel frío del paño le recordaba que ya no podía volver a dormitar.

—¡Vamos, princesa!—insistió Maelis, con un tono firme que, aunque suave, no admitía resistencia—.Hoy hay mucho que hacer.

Lyria suspiró,dejando que la sirvienta le ayudara a incorporarse. El movimiento erameticuloso: los brazos primero, luego las piernas, hasta finalmente sentarse enel borde de la cama. Maelis colocó los delicados zapatos de seda. La princesaobservaba, todavía medio dormida, cómo el mundo comenzaba a ponerse enmovimiento a su alrededor, desde su habitación ella podía escuchar lossirvientes moviendose en cada rincon.

Terminada lapreparación, Lyria se puso de pie con la gracia heredada de su madre, mientrassu reflejo en el espejo mostraba una figura elegante, a la altura de laprincesa que era, aunque su rostro aún mostrara señales de sueño. Su peloondulado de color castaño oscuro, que al estar abajo del sol se volvio undorado perfecto, y suave, Maelis era la primera a querer peinarla. Esta vez, lehizo un mono con unas trenzas a su alrededor y como accesorio le puso unacorona, hecha a su medida, con flores hechas con zafiros.

El recorrido hacia elcomedor no era largo, pero cada paso estaba lleno de los guardias que seapartaban al verla pasar, los sirvientes realizaban una reverencia y el eco desus propios pasos resonaba en los pasillos de mármol.

Al entrar en elcomedor, el aroma del pan recién horneado y el café se imperaban en la nariz. Sus padres, losreyes, ya estaban presentes, el rey, firme y sereno, con esa mirada queinspiraba respeto, y la reina, elegante y cálida, con un aire de autoridad quese mezclaba con afecto maternal. La relación entre ellos era visible en cadagesto, una relación sana y con amor. Pero los deberes para el pueblo losobligaban a estar el mayor tiempo separados.

—Buenos días, hija mía—dijola reina, con una sonrisa que iluminó toda la sala.

—Buenos días, padres.—respondió Evangeline, tomando asiento con la postura correcta, aunque un levebostezo se le escapó—. El sueño me abraza un poco más de lo debido.

El desayunotranscurrió entre comentarios suaves y planes para el futuro de Aldoria. Muchoscampesinos se han estado quejando que los gobernadores de cada región estánaugmentando los impuestos y el salario mínimo les alcanzan a penas parasobrevivir el mes. Él ha mandado al consejero real a enviar a conocer la nuevaley para cada gobernador. El salario mínimo tendrá que augmentar de dos a tres Velaresy veinte cinco Aurel. Claramente los gobernadores van a estar más que endesacuerdo, pero nadie puede contra la palabra del rey.