Infancia
14 de septiembre de 1872
Desde niño me educaron con tres valores en especial: la honradez, el deber y el sacrificio. Y, sobre todo, con la idea de que los hombres debían estar siempre con mujeres; esa era la regla primordial. Si tenías algún pensamiento hacia otro hombre, eso bastaba para ser ejecutado.
Era visto como algo peor que robar. Cada vez que había una ejecución, mis padres me obligaban a mirar desde la ventana, para que entendiera que jamás debía ser así. El frío de la mañana y el humo de la chimenea parecían mezclarse con el horror de esas escenas, dejando un recuerdo que jamás se borraría.
La casa donde vivíamos era pequeña, de madera desgastada, con el techo cubierto de tejas rojas que crujían con el viento. El suelo siempre estaba polvoriento, y el olor a pan recién horneado se mezclaba con el humo de la chimenea y la tierra húmeda de afuera. Desde la ventana de mi habitación podía ver el pueblo: calles estrechas, casas similares a la nuestra y los hombres caminando con paso cansado hacia la mina, algunos cargando herramientas, otros con los bolsillos vacíos y la mirada apagada.
—Hansel, ven a comer —llamó mi madre, Angélica, desde la cocina.
Su voz temblaba, como siempre, mientras repetía las mismas preocupaciones: que ya no quedaba casi comida, que el pan se hacía cada día más pequeño y que no sabía qué haríamos cuando se acabara por completo.
Mi padre, Andrew, permanecía en silencio, con la mirada fija en la mesa. No decía nada, pero su rostro reflejaba la preocupación que sentía por nosotros y por su trabajo en la mina, cada vez más escaso y peligroso. Sus manos ásperas, manchadas por años de esfuerzo, descansaban inmóviles, como si el cansancio se hubiera instalado en él para siempre..
Ese día era mi cumpleaños. Papá, con mucho esfuerzo, había logrado comprarme un pequeño juguete. Mamá, por su parte, había estado ahorrando durante meses para enviarme nuevamente al internado y continuar con mis estudios. Sabía que era necesario; debía convertirme en alguien en la vida, aunque no entendiera del todo cómo lograrlo.
Mientras me sentaba a la mesa, sentía una mezcla de emoción y nervios. El pan duro, la sopa tibia y el olor de la mantequilla me recordaban la austeridad de nuestra vida, pero también el amor que mis padres ponían en cada pequeño esfuerzo.
—Hansel, ¿estás emocionado por ir otra vez a estudiar? Te tuvimos que sacar la anterior vez por falta de recursos, y ahora volverás. Te irá de maravilla, créeme, mi cielo —decía mamá con los ojos llorosos, acariciando mi cabello con cuidado, como si temiera que al tocarme pudiera romper algo frágil.
—Mami, les agradezco mucho todo lo que hacen por mí. De verdad que estoy muy agradecido de ser su hijo. Les prometo que en el futuro haré lo necesario para que tengamos una buena vida —respondí, sintiendo cómo el amor y la responsabilidad se entrelazaban en mi pecho.
Quería ser fuerte, obediente y digno de los sacrificios que ellos hacían por mí. Quería, algún día, cambiar nuestra suerte y que la vida nos sonriera más de lo que lo había hecho hasta entonces.
Después de la comida, ayudé a mi madre a recoger los platos. Mientras lo hacía, no podía evitar mirar de reojo el pequeño tren de madera que papá me había dado. Era sencillo, con las ruedas un poco torcidas y la pintura desgastada, pero para mí representaba un mundo lleno de posibilidades. Lo tomé entre mis manos con cuidado, como si temiera que se rompiera solo por mirarlo. Nunca había tenido algo así; los juguetes no eran una prioridad en nuestra casa, y por eso aquel regalo se sentía como un tesoro.
Mi padre me observaba en silencio desde su silla. Cuando nuestras miradas se cruzaron, me regaló una leve sonrisa cansada. No hizo falta decir nada; en ese gesto estaba todo lo que no podía expresar con palabras.
El reloj de pared marcaba las horas con un tic-tac constante, recordándonos que el tiempo no se detenía para nadie. Afuera, el viento soplaba con fuerza, levantando polvo y hojas secas en las calles del pueblo. Sabía que pronto tendría que marcharme otra vez, dejar aquella casa pequeña y enfrentar el internado: los dormitorios fríos, los castigos severos, las miradas vigilantes de los maestros y la soledad que se sentía incluso rodeado de otros niños.
Aun así, entendía que no tenía opción. Estudiar era mi única salida, la única esperanza de no terminar en la mina como mi padre, respirando polvo negro día tras día hasta que el cuerpo ya no resistiera más.
Esa noche, antes de dormir, mi madre entró a mi habitación con una vela encendida. Se sentó a mi lado y acomodó la manta sobre mis hombros, como cuando era más pequeño. Sus ojos estaban enrojecidos, aunque intentaba sonreír.
—Recuerda siempre quién eres, Hansel —susurró—. Sé honrado, cumple con tu deber y no olvides todo lo que sacrificamos por ti.
Asentí en silencio. Quise decirle tantas cosas, confesarle mis miedos y esas ideas confusas que sabía que no debía tener, pero no lo hice. Me limité a abrazarla con fuerza, aferrándome a su calor como si así pudiera quedarme un poco más en casa.
Cuando apagó la vela y cerró la puerta, me quedé mirando el techo, escuchando el crujir de la madera y el silbido del viento colándose por las rendijas. Apreté el tren de madera contra mi pecho y cerré los ojos.
Tal vez, si me esforzaba, si estudiaba y obedecía todas las reglas, podría alcanzar algo más que la pobreza que nos rodeaba. Tal vez podría ser alguien… aunque para ello tuviera que aprender a guardar silencio y a esconder partes de mí que aún no sabía cómo nombrar.