Capítulo 1: El nido de la paloma nocturna
El Imperio de Galia no se construyó con diplomacia, sino con el crujir de huesos bajo las botas de su ejército. Sus fronteras se extendían como garras sobre tierras fértiles, alimentadas por la ambición de un emperador que no conocía la palabra “suficiente”. Para los nobles de la capital, la guerra no era más que un rumor lejano o un impuesto molesto, algo que debía olvidarse con una copa de vino caro en el lugar adecuado. Y ese lugar, el más exclusivo y codiciado de todos, era el Night Dove.
El Night Dove no era solo un club; era el pulmón negro de Galia. Un rincón en la capital en donde el aroma a perfume y tabaco se mezclaba con el sudor de la conspiración, y donde la condesa Doven reinaba sobre un trono de secretos, observando cómo los hombres más poderosos del imperio se arrodillaban, no ante Dios, sino ante el vicio.
Los carruajes se amontonaban frente a la mansión como una procesión de escarabajos negros y dorados. Dentro, el aire pesaba con el vaho del tabaco de importación y fragancias exóticas. No era una simple fiesta; era una red de secretos tejida bajo la mirada de la “Emperatriz de la Noche”. Nadie conocía su verdadero nombre ni su origen, pero todos conocían su poder: en su salón, un susurro podía derrocar a un ministro o salvar un linaje.
La condesa era la máxima autoridad y gozaba del respeto de todo aquel que cruzara su umbral. Los rumores decían que era la mujer más bella del imperio; otros aseguraban que era la princesa de un país extranjero, mientras que las malas lenguas afirmaban que simplemente era una joven viuda aprovechada de la fortuna de su difunto anciano esposo. Lo cierto era que la condesa lo sabía todo. Su hogar era el refugio favorito de la nobleza cada vez que visitaban la capital.
Al igual que sus invitados, ella acostumbraba a usar una máscara. Pocos habían tenido la suerte de ver su rostro, pues acercarse no era tarea sencilla, menos aún rodeada por la guardia que la escoltaba a donde fuera. Solo conversaba con quienes mantenían negocios con ella o lograban despertar su interés. Su sola presencia emanaba un aura solemne, similar a la del mismísimo emperador; sin embargo, eso era un secreto a voces, ya que uno de los juramentos mágicos al ingresar era no mencionar al monarca ni hablar del club frente a él, bajo pena de sufrir las consecuencias de romper el pacto de membresía.
La gente reía entusiasmada. Era el inicio de la primavera y varios soldados habían regresado tras luchar en las fronteras. A los presentes poco les importaban las vidas de esos hombres; solo buscaban una excusa para brindar por los nobles que regresaban del campo de batalla.
Desde el exterior, apenas se filtraba el ruido. Frente a la puerta principal, dos hombres aguardaban con un objetivo específico. El más alto observaba la entrada bajo una capa que ocultaba sus rasgos. Alzó la vista, percatándose del diseño: dos pequeños ángeles rodeando a una paloma que sostenía una rosa en el pico. Le pareció un detalle inusual.
—Todo este lugar luce ridículamente costoso —murmuró.
—Es todo gracias a los nobles —respondió su acompañante con una sonrisa—. Pero bueno, mejor busquemos cómo entrar. Sin esas estúpidas fichas de membresía no nos dejarán ni asomarnos.
—Dijiste que tú te encargarías de eso.
—Lo intenté, Leo, pero esas fichas no se encuentran en el mercado negro y no son fáciles de falsificar.
—Como sea. —Leo alzó la mano y, apenas rozó la madera de la puerta, retrocedió—. Es magia. Tiene un escudo protector.
—Debe ser por eso que no se escucha nada desde fuera. Al parecer, la condesa lo tiene todo preparado para evitar visitas no deseadas.
—¿Personas como nosotros?
—Personas que puedan ser espías del emperador, Leo. Un lugar así debe estar tan protegido como sus invitados. Esa ficha debe ser la llave mágica. De igual forma voy a intentar hablar con el portero, esperemos que mis influencias funcionen —dijo su compañero de cabellera rubia, golpeando la enorme puerta.
No tardó en aparecer un hombre corpulento de ropa oscura y máscara negra. Pero Leo no era hombre de sutilezas. Mientras Visandris intentaba razonar con un guardia cuyo cuello era tan ancho como un tronco, Leo sintió la vibración del escudo en el aire. Era una advertencia; una barrera invisible que protegía la decadencia del interior y los rechazaba. Observó cómo la puerta se cerraba en las narices de su amigo.
—¿Y bien, Visandris?
—Mejor busquemos otro método.
—Ahora toca por la fuerza.
—¿Qué dices? ¡Leo, espera! No hagas una locura, no estamos en las trincheras.
Ignorando las protestas, rodeó la mansión hasta encontrar una ventana. Al tocarla, sintió una pequeña grieta, un pequeño punto débil en la protección. Con el puño envuelto en el cuero de su guante, golpeó el cristal. El estallido del vidrio sonó como un disparo en la noche.
—¡Qué mierda acabas de hacer, Leo! ¡La condesa nos va a matar!
Leo no solo rompió una ventana; rompió el velo de seguridad de la mujer más peligrosa de Galia.
—No es una tontería, el cuarto está vacío. Ahora apresúrate, debemos encontrarla —dijo apartando los cristales. Al cruzar el marco, sintió una presión pesada sobre su cuerpo, una corriente mágica que dificultaba sus movimientos. Con mucha dificultad logró saltar al interior, quedando con la respiración agitada. Quien fuera que hizo esa barrera era un hechicero con bastante poder.
—¿Qué pasó? —preguntó Visandris, confundido por su reacción.
—Aún queda magia residual, es muy fuerte. ¿Podrás entrar?
—Claro que sí, soy un soldado igual que tú —respondió, aunque se arrepintió al instante al sentir como si una gran roca invisible lo aplastaba contra el suelo—. A-Así que a esto te referías...
—Visandris, agárrate de mi mano. —Leo extendió el brazo y tiró de su amigo con fuerza, no era fácil ya que su brazo se sentía presionado por la barrera, aun así lo lograron.
Ambos estaban dentro. No era el plan original, pero seguían en pie. Mientras Visandris recuperaba el aliento, Leo se acercó a la puerta de la habitación, apoyando la mano en el pomo de su espada.
—Leo, recuerda que ya no estamos en la guerra —susurró su amigo—. Esto no es esa clase de misión.
—Pero puede ser igual de importante.
Se colocaron sus máscaras y se apresuraron por el pasillo, guiados por una música de cantina que vibraba en las paredes tocada por una gran orquesta. Al entrar al salón, la luz encandiló a Leo por un segundo. El olor a tabaco y whisky inundó su olfato. Sobre ellos, enormes candelabros de cristal iluminaban a una multitud despreocupada que se repartía por el gran salón, algunos apostaban en mesas de juego, otros reían frente a la gran chimenea y algunos solo disfrutaban de sus bebidas y bailes mientras coqueteaban de forma no tan discreta.
Leo apretó los puños. “No parece que estuviéramos en guerra”, pensó con disgusto al ver la realidad de la nobleza del reino, que contrastaba con lo que pasaba en otras ciudades más a las fronteras.
—Visandris, ¿Cómo sabremos quién es ella? Casi todos llevan máscara.
—Bueno, mi informante la describió como una belleza de otro mundo. Espero que no este exagerando, me muero por conocerla.
—Me da igual cómo luzca, mientras sea útil.
De pronto, los invitados detuvieron sus actividades. Las miradas convergieron en la gran escalera aterciopelada. Una figura femenina, grácil y magnética, descendía con una máscara plateada con detalles de rubíes que cubría todo su rostro. Vestía un traje largo y ajustado de color vino que resaltaba su piel morena que brillaba con la luz del candelabro, resaltaba una collar de esmeraldas y diamantes.
La música bajó de intensidad. Ella no caminaba; se deslizaba como una mancha de sangre sobre el mármol blanco.
—Espero que lo estén pasando bien bajo mi techo —dijo la condesa con voz clara y suave—. Interrumpo este momento para brindar por los soldados que regresaron de la frontera. Espero de corazón que esto signifique el fin del altercado y que podamos seguir disfrutando de la noche. —Hizo una pausa y giro su rostro ligeramente en dirección a los dos hombres que acababan de llegar, y entonces Leo sintió que ella hablaba para él, aunque sus ojos no se hubieran cruzado—. ¡Salud por los muertos y por los que pronto lo estarán!
Alzó su copa de vino y bebió.
Leonis sintió un escalofrío. Ella era mucho más de lo que los informes decían. Sin embargo, notó algo más: la condesa no movía un músculo, pero su atención estaba fija en ellos. Ella le susurró algo a uno de sus dos guardias y este hizo una señal hacia el salón.
—Ella sabe que no somos invitados —sentenció Leo.
—¿Qué?
—Ahí vienen los guardias.
Antes de que pudieran retroceder, cuatro hombres de negro los rodearon sutilmente, todos usaban mascaras negras.
—Buenas noches caballeros.
—La condesa no suele recibir visitas que entran por la ventana, caballeros —dijo el guardia, desenvainando apenas un palmo de su acero—. Pero hoy hará una excepción. Sígannos.