Ángel, invocaste un demonio

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Summary

Un profesor universitario invoca por accidente a su futuro esposo: un demonio violento que llevaba siglos sellado.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Hay un cadáver en la alfombra

«Ven al Archivo si no quieres que exponga los errores de tu trabajo».

Una amenaza escrita con crayón rojo no se recibía todos los días.

Cualquier otra persona habría pensado en el color rojo de la sangre. Elliot Elwood pensó en los taches de un examen reprobado.

Y no le gustó. No había reprobado nunca y no comenzaría en el día más importante de su carrera.

Sonaron dos golpes en la puerta de su oficina y, por reflejo, Elliot cerró el puño alrededor de la nota.

La decana estaba en el umbral, lo miraba con esa suspicacia que reservaba para los alumnos problemáticos, los profesores con escándalos pendientes y él.

—Iniciamos en veinte minutos. Ya llegaron los reporteros y una representante de la UEDD.

Elliot asintió. Echó un vistazo a las tarjetas que había preparado para después de la charla. Otro habría llevado apuntes para no olvidar los datos del libro. Él llevaba un arsenal de conversaciones posibles para cuando lo invitaran a celebrar. Porque después de ver su desempeño, no tendrían otra opción.

Estaba seguro.

—¿Estará bien haciendo esto solo? —preguntó la decana observando con nerviosismo sus tarjetas—. Se trata de una gran oportunidad para conseguir nuevos fondos y que puertas impensables se abran para usted. Puedo pedirle al profesor Harrow que lo acompañe o a…

Elliot no escuchaba. Su foco seguía en la nota.

¿Quién se creía con la confianza suficiente para rebatir su investigación?

Aquél tonto no sabía todo lo que había invertido. Debajo de su colchón guardaba cientos de horas grabadas de análisis sobre leyendas urbanas cuyo origen podía rastrearse hasta eventos documentados.

¿Qué iba a decirle? ¿Que sus interpretaciones eran demasiado osadas?

—Eso es una acusación metodológicamente indefendible.

—¿Perdón? —la decana parpadeó.

Elliot bajó la mano hacia su puño cerrado.

—La… falta de fondos. Es indefendible.

Ella se mordió los labios y clavó los dedos en el dintel antes de asentir resignada.

—Bien, profesor. No haga que me arrepienta de confiar en usted.

Se alejó. Los tacones repiquetearon hasta perderse.

Elliot volvió a la nota. Ignorarla no era una opción. Necesitaba encontrarse con su potencial némesis, identificar la acusación y refutarla punto por punto. Además, ¿qué mejor que un hater para practicar?

Saldría tranquilo y victorioso.

Se miró en el reflejo del vidrio de su escritorio, se ajustó la corbata y el chaleco y luego de tomar un pañuelo para limpiarse el sudor de las manos, caminó hacia el Archivo.

Una luz suave que entraba por todos lados gracias a los enormes ventanales bañaba los pasillos a esa hora de la mañana. Apresuró el paso esquivando a los jóvenes que se trasladaban de un ala a otra. Si lo veían, le pedirían correcciones, opiniones o validaciones que él no tenía tiempo de proveer.

Solo se detuvo para recibir felicitaciones escuetas.

Lo que lo alentó a creer que todo saldría bien.

Si esa presentación funcionaba, sus rarezas dejarían de ser rarezas. Deseaba con ferocidad que la decana se sintiera orgullosa y comprobara que su trabajo no era solo una excentricidad de teorías sin fundamento.

Algunas lo eran, claro.

¿No era esa la parte interesante del trabajo metodológico?

Pero las que habían llegado al libro, esas no.

El Archivo Universitario, al que cariñosamente se le conocía como el cementerio del ala este, era una gran bodega con estanterías móviles llenas de documentos que nunca serían digitalizados, cajas sin inventario, mapas incompletos del Epicentro y objetos pre-inundación que todavía esperaban a que un comité decidiera si eran patrimonio, basura o qué.

Los alumnos evitaban el lugar porque la calefacción llevaba décadas muerta, la humedad dejaba estrías en las paredes y los estantes, juraban ellos, susurraban sus nombres después de las seis.

Los profesores preferían el tipo de documentación que no requería desempolvar cajas o andar entre pasillos infinitos.

Elliot lo adoraba.

Lo cual, admitía, decía cosas preocupantes sobre él.

Cruzó la puerta con la nota arrugada en el puño. Se aclaró la garganta:

—Ya estoy aquí. Lánzame tu mejor argumento.

Solo el infinito eco de los pasillos flotantes respondió.

Elliot avanzó siguiendo una franja de luz rojiza que al inicio pensó era una lámpara de emergencia. Después vio el círculo trazado a un lado de la alfombra, a medio metro de una mesa volcada, y todos sus pensamientos desagradables sobre comités, reporteros y reputación se detuvieron.

Era un sello pre-inundación.

Uno de los suyos.

Bueno, no legalmente. Nadie podía poseer un símbolo encontrado en los restos sumergidos del Epicentro. Nadie sabía bien qué eran. Elliot tenía hipótesis. La universidad toleraba las publicables. Las otras las archivaba en esa misma habitación

Y allí estaba uno de ellos. Dibujado en tiza roja. Incompleto.

Nadie copiaba con tanta precisión un símbolo intrincado para fallar justo en los detalles que le daban sentido. Aquello era una provocación. Una mala, además.

Fue entonces cuando vio el cadáver.

El profesor Harrow estaba tirado sobre la alfombra. Una mano extendida hacia el borde del círculo. La cabeza girada en un ángulo antinatural. La mandíbula desencajada. Los ojos a punto de salirse de sus cuencas. Apenas sangre: una línea oscura que salía de su oído y se perdía detrás del cuello de su camisa caqui.

Harrow se sentaba con él en los descansos. No siempre por afecto —Elliot no era tan ingenuo—, pero sí con la frecuencia suficiente para que su presencia resultara familiar.

Ahora estaba muerto.

El estómago de Elliot se contrajo.

Por un momento solo existieron el zumbido de las lámparas, el frío húmedo subiéndole por las plantas de los zapatos y la forma torcida de los dedos de Harrow sobre la alfombra.

Elliot aspiró fuerte.

—Doctor Harrow —murmuró, aunque ya sabía que el hombre no iba a responder.

Apartó la vista, aquello era demasiado para procesar.

Faltaban solo dos símbolos y cerrar la línea.

No debía pensar en eso.

El doctor Harrow estaba muerto.

Y había tratado de hacer correcciones al sello.

¡Correcciones!

Elliot cerró los ojos, apretó los dedos contra el puente de su nariz y respiró por la boca, como hacía cuando una sala se volvía demasiado ruidosa o una conversación se salía de las normas previstas.

Tenía que llamar a la policía.

Sí.

Eso era lo que hacía una persona razonable ante un cadáver. Llamaba a la policía. No tocaba nada. No contaminaba la escena.

Abrió los ojos.

Miró de nuevo el cuerpo inerte.

Luego el sello.

Sacó la tiza blanca que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón, porque uno nunca sabía cuándo necesitaría explicar algo con apoyo visual, saltó con torpeza por encima del brazo extendido de Harrow y se agachó junto al círculo.

—No puedo dejarlo así, doctor Harrow. No le gustaría que la policía creyese que no sabía lo que hacía ¿no es así?

Trazó el jeroglífico faltante. Enderezó la línea. Cerró el arco inferior.

La respiración le volvió al cuerpo.

Ahora sí. Se sacudió la tiza con ambas manos y antes de que pudiera ponerse en pie el círculo se encendió en el lacerante rojo de los errores.

—Eso es nuevo —musitó incrédulo.

Un dibujo no debería cobrar vida. Retrocedió a gatas apenas dos pasos.

La luz inundó los símbolos línea por línea, hasta que el suelo en el centro del círculo empezó a derretirse como vidrio soplado.

Del agujero incandescente emergieron dos puntas oscuras, brillantes como obsidiana, filosas y ligeramente curvas, que poco a poco demostraron ser solo el inicio de unos cuernos.

La sangre descendía desde el nacimiento de su cabello oscuro y cruzaba sus cejas espesas, que acentuaban un ceño aparentemente infinito, antes de culminar en una cicatriz bajo unos ojos carmín.

Ojos llenos de un instinto que Elliot solo había visto en bestias.

La aparición gruñía detrás de un bozal de hierro oscuro, ajustado sobre su boca.

Elliot olvidó respirar.

—Entiendo que la situación es poco convencional —consiguió articular.

El hombre se incorporó de golpe.

Su altura imponente y el olor a óxido acentuaron la clara peligrosidad de lo que sea que fuera aquella criatura.

Elliot tuvo el buen juicio de retroceder y la mala suerte de que su falta de coordinación hiciera acto de presencia.

Tropezó con una pila de carpetas, golpeó el borde de una mesa con la cadera y apenas alcanzó a recuperar el equilibrio antes de que el hombre cruzara la distancia entre ambos.

Una mano enorme lo sujetó por el cuello y lo estampó contra la pared.

Los estantes temblaron. Una caja llena de archivos cayó al suelo.

Elliot apenas gimió por el dolor.

El hombre acercó el rostro.

Sus ojos carmín se clavaron en los suyos con una intensidad animal, furiosa, casi hambrienta. La sangre comenzaba a secarse en la línea dura de la mandíbula y en el hierro oscuro del bozal.

La presión en su cuello aumentó. Elliot llevó ambas manos a la muñeca que lo sujetaba, pero no consiguió moverla ni un centímetro.

El hierro del bozal rechinó.

Aquello pareció sorprender al desconocido tanto como a él.

Por primera vez, Elliot tuvo la absurda impresión de que no era el único en problemas.

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