El Rey de las Cenizas

All Rights Reserved ©

Summary

En Vhaldr, el miedo gobierna más que los reyes. Bajo la vigilancia de la Iglesia del Alba, las ejecuciones públicas, la ceniza y el fanatismo se han convertido en parte de la vida cotidiana. Pero la noche en que el cielo se tiñe de rojo y el fuego negro despierta, algo antiguo responde desde las profundidades del mundo. Kael, un joven marcado por un pasado roto, queda atrapado en el inicio de una catástrofe que amenaza con devorar reinos enteros. Mientras criaturas emergen entre las sombras y ciudades comienzan a caer, descubrirá que el verdadero horror no nació de los monstruos… sino de la humanidad misma. Ahora, perseguido por fuerzas religiosas, reyes caídos y un poder prohibido que arde dentro de él, Kael deberá decidir si convertirse en la salvación del mundo… o en su final. KAEL — El Rey de las Cenizas Una historia de fantasía oscura, tragedia y fuego eterno.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I — El verdugo de Vhaldr

La nieve seguía cayendo sobre Vhaldr cuando Kael abandonó la casa antes del amanecer. El frío mordía incluso a través del abrigo grueso de lana oscura mientras avanzaba lentamente por la calle principal. Las botas crujían sobre la nieve acumulada y el viento traía olor a humo húmedo desde las chimeneas del pueblo. Vhaldr despertaba lentamente. Algunas ventanas comenzaban a iluminarse detrás de los vidrios empañados. Los comerciantes abrían puestos con movimientos cansados y varios soldados patrullaban las calles cercanas a las murallas norte. Pero algo había cambiado en el ambiente durante las últimas semanas. La gente hablaba menos. Las risas desaparecían demasiado rápido. Y las conversaciones siempre terminaban mirando hacia el Trono de Ceniza.

Kael sintió varias miradas siguiéndolo mientras cruzaba la plaza principal. Siempre ocurría. El verdugo. La persona necesaria que nadie quería demasiado cerca. Una mujer tomó rápidamente a su hijo de la mano cuando él pasó junto a ellos. El niño alcanzó a observarlo apenas un instante antes de que la madre le obligara a bajar la mirada. Kael fingió no notarlo. Ya estaba acostumbrado. O al menos eso intentaba decirse. Desde la muerte de su padre había heredado el oficio igual que otros heredaban tierras o deudas. La Iglesia necesitaba verdugos. El pueblo también. Aunque jamás admitirían ninguna de las dos cosas.

El mercado central comenzaba a llenarse lentamente de actividad. Pescadores descargando cajas congeladas. Carniceros limpiando sangre sobre nieve. Vendedores discutiendo precios mientras el viento helado atravesaba los puestos abiertos. Kael caminó entre ellos sintiendo el mismo silencio incómodo de siempre. Los comerciantes dejaban de hablar cuando él pasaba cerca. Algunos hacían discretamente el símbolo del Alba sobre el pecho. Protección. Como si el verdugo pudiera contagiar algo. Kael observó el gesto por el rabillo del ojo. Y por primera vez en mucho tiempo… le molestó.

—Tienes peor cara que ayer. Kael giró lentamente. Merek avanzaba hacia él cargando una bolsa de herramientas sobre el hombro y una botella escondida bajo el abrigo. —Eso es impresionante considerando que ayer casi me congelé limpiando sangre del cadalso. —Ah, entonces sí fue un buen día. Kael soltó apenas una pequeña risa. Merek era probablemente la única persona capaz de hacerlo reír en Vhaldr. El viejo se detuvo junto a un puesto de pan caliente y robó discretamente un trozo antes de seguir caminando. La vendedora ni siquiera protestó. Probablemente porque todos sabían que discutir con Merek era perder tiempo valioso de vida.

—Los soldados están nerviosos otra vez —murmuró el viejo mientras mordía el pan. Kael observó hacia las murallas. Varios guardias permanecían demasiado atentos sobre las torres del norte. —¿Por las criaturas? Merek tardó unos segundos en responder. —Por algo peor. Eso hizo que Kael frunciera el ceño. —¿Qué podría ser peor? El viejo soltó aire lentamente. —Que las criaturas empiecen a acercarse porque algo las está empujando. La frase quedó suspendida entre ambos mientras el viento atravesaba la plaza. Kael observó nuevamente el Trono de Ceniza sobre la colina. Las llamas parecían demasiado grandes aquella mañana.

Los rumores crecían más rápido que la nieve. Una mujer juraba haber escuchado voces cerca de las murallas durante la noche. Un soldado afirmaba que algo enorme había sido visto moviéndose entre los árboles del norte. Y un anciano aseguraba que el fuego del Trono se estaba oscureciendo lentamente. La Iglesia desmentía todo inmediatamente. Pero incluso los sacerdotes parecían asustados últimamente. Kael lo veía en sus rostros. En cómo evitaban caminar solos después del atardecer. En cómo rezaban más rápido cuando creían que nadie los observaba.

Kael pasó junto a la herrería vieja donde había trabajado su padre durante años antes de convertirse oficialmente en verdugo. El edificio permanecía cerrado desde su muerte. La nieve cubría parcialmente el letrero oxidado. Por un instante pensó en entrar. No lo hizo. Todavía no soportaba el olor a carbón dentro de ese lugar. Le recordaba demasiado a él. A sus manos enormes. A la voz cansada. A las historias absurdas que contaba durante invierno. “Jamás disfrutes esto.” Aquellas palabras regresaban constantemente últimamente. Como si el recuerdo intentara advertirle algo.

Cuando regresó a casa, encontró a Merek sentado junto al fuego reparando una vieja armadura de cuero. La cocina olía a sopa salada, humo y alcohol barato. Extrañamente… era reconfortante. Kael dejó el abrigo mojado junto a la puerta. —La ciudad se siente rara. Merek soltó una pequeña risa seca. —Vhaldr siempre fue rara. —No así. El viejo levantó apenas la vista. Y por primera vez durante toda la mañana… parecía serio. —Lo sé. El silencio cayó sobre la habitación mientras el fuego crepitaba lentamente dentro de la chimenea.

—¿Crees en las historias sobre el Trono? —preguntó Kael finalmente. Merek dejó las herramientas sobre la mesa. —¿Las historias viejas o las mentiras nuevas? —Las viejas. El viejo observó las llamas varios segundos. —Creo que algo arde ahí arriba desde mucho antes que nosotros. Kael apoyó lentamente los brazos sobre la mesa. —Eso no responde nada. —Exacto. Porque nadie tiene respuestas reales. Sólo cuentos para dormir sin miedo. Merek bebió directamente desde la botella. —Y honestamente… creo que la Iglesia teme más al fuego que nosotros.

Aquella noche Kael volvió a soñar. Ceniza cayendo sobre una ciudad desconocida. Montañas ardiendo. Personas gritando bajo un cielo completamente rojo. Y siempre el mismo trono. Gigantesco. Negro. Esperándolo. Kael avanzaba lentamente hacia él mientras escuchaba miles de voces susurrando al mismo tiempo. REY. El joven despertó sobresaltado. La habitación permanecía oscura. Pero el fuego de la pequeña chimenea seguía encendido. Y las llamas parecían inclinarse lentamente hacia él.

Kael permaneció inmóvil varios segundos observando el fuego. El corazón golpeaba demasiado fuerte dentro del pecho. La voz volvió a escucharse. Kael. El joven tomó inmediatamente el cuchillo bajo la almohada. Silencio. Nada. Sólo el viento golpeando las paredes de madera. Intentó convencerse de que era cansancio. Pero parte de él sabía que aquello era mentira. Las voces estaban empeorando. Y lo peor era que empezaban a sonar familiares.

A la mañana siguiente, la ejecución ya se había convertido en el tema principal de todo Vhaldr. Herejía. Siempre era herejía. Kael caminó nuevamente hacia la plaza sintiendo el peso habitual dentro del pecho. Nunca se acostumbraba completamente. Y empezaba a sospechar que eso era algo bueno. Varias personas ya esperaban cerca del cadalso incluso antes del amanecer. Algunos querían ver justicia. Otros simplemente necesitaban recordar que todavía existía orden dentro del caos del norte.

Mathias apareció acompañado por varios sacerdotes vestidos de blanco y oro. Incluso antes de convertirse oficialmente en cardenal, ya parecía alguien construido más para gobernar que para rezar. La multitud inclinó la cabeza inmediatamente. Kael no. Mathias observó el Trono de Ceniza apenas un instante antes de comenzar el sermón. Y Kael lo notó. Miedo. Apenas una grieta pequeña dentro de la máscara perfecta de la Iglesia. Pero estaba ahí.

El condenado todavía no llegaba. La nieve seguía cayendo lentamente sobre Vhaldr mientras las campanas comenzaban a sonar en la distancia. Kael observó nuevamente las murallas norte. Los soldados parecían demasiado tensos aquella mañana. Uno de ellos incluso discutía con otro sacerdote cerca de la entrada principal. Eso jamás ocurría. No públicamente. La disciplina en Vhaldr era prácticamente religión. Y sin embargo… el miedo empezaba a romper cosas.

Merek apareció nuevamente junto a Kael mientras observaban la plaza llenarse lentamente. —¿Sabes qué dijo el condenado? —preguntó el viejo. Kael negó con la cabeza. —Que el fuego está muriendo. El joven sintió un escalofrío inmediato. —¿Y por eso lo ejecutan? Merek soltó una risa amarga. —No. Lo ejecutan porque dijo eso frente a demasiada gente. Kael observó nuevamente el Trono sobre la colina. Las llamas parecían moverse extraño bajo la tormenta. Como si respiraran.

Cuando finalmente trajeron al anciano encadenado hacia la plaza, el silencio cayó sobre Vhaldr. Kael lo vio inmediatamente. La barba gris cubierta de nieve. Las muñecas destruidas por los grilletes. Los pies descalzos caminando sobre hielo. Pero lo peor eran sus ojos. Tranquilos. Demasiado tranquilos. El anciano observó directamente el Trono de Ceniza. Y sonrió. Kael sintió miedo verdadero por primera vez en mucho tiempo.

El viento comenzó a crecer alrededor de la plaza. Las antorchas se movían raro. Los caballos parecían inquietos. Y el fuego del Trono rugía sobre la colina como algo vivo. Mathias comenzó el sermón mientras la nieve seguía cayendo lentamente sobre Vhaldr. Pero Kael apenas escuchaba. Porque el anciano seguía mirándolo. Como si lo conociera. Como si hubiera estado esperándolo durante años. Y entonces las voces comenzaron nuevamente dentro de su cabeza. REY. El joven sintió frío atravesándole la espalda. Y comprendió que algo horrible estaba a punto de comenzar.