Chapter 1
En Joseon, el conocimiento pertenece a los hombres. Por eso aprendí a leer el cielo en silencio. Mi nombre es Haneul, y durante años serví a la corte desde las sombras, ocultando algo que habría destruido no solo mi vida, sino también el honor de mi familia: una mujer no debía interpretar las estrellas. Cada madrugada, antes de dirigirme al Cheomseongdae, cumplía el mismo ritual. Preparaba el té, observaba cómo el amanecer teñía el cielo y fingía que mi vida era tranquila. ¿como suena ahora? Pero el cielo nunca permanece en calma durante demasiado tiempo. Mi padre, uno de los astrónomos más respetados de la corte, me enseñó en secreto desde la infancia. Mientras otros niños aprendían etiqueta y costura, yo memorizaba mapas celestes y estudiaba constelaciones heredadas de antiguas dinastías.
Crecí amando el firmamento con una devoción peligrosa. Nada me fascinaba más que descifrar los misterios suspendidos sobre nuestras cabezas. Pasaba horas observando la luna, siguiendo el movimiento de Marte o dejando que el pincel danzara sobre los pergaminos hasta el amanecer. Y quizá habría vivido así para siempre… Mis días transcurrían bajo una monotonía que yo amaba; era el único mundo que conocía y el que esperaba me acompañara hasta el último aliento. Pero en Joseon, incluso la paz podía romperse en una sola noche. Aquella noche ascendía al risco para observar la luna cuando escuché unos pasos detrás de mí. Firmes. Precisos. Una marcha que se volvía más grave conforme ganaba altura.
Divisé a los hombres que llegaban al observatorio en formación. Vestían armaduras de cuero y portaban armas que destellaban bajo la penumbra de las antorchas. Sin embargo, uno de ellos cautivó mi atención de inmediato; su presencia era una anomalía en aquel patio de piedra. Se alzaba con una estatura imponente, proyectando una sombra alargada y protectora sobre el suelo.
No era solo su tamaño lo que intimidaba, sino la simetría casi divina de sus facciones; poseía uno de esos rostros que parecen esculpidos por los dioses en un momento de absoluta inspiración. Sus labios, de un rosa natural, contrastaban con la severidad de su mandíbula marcada, invitando a una curiosidad prohibida. Tenía una tez clara, de una palidez de porcelana que servía de lienzo para las pequeñas cicatrices de guerra que narraban su historia de supervivencia.
Cada rasgo en él era una promesa de perfección: una armonía de ángulos y suavidad que obligaba a la mirada a detenerse en un perfil que no parecía pertenecer a un mortal, sino a una leyenda viva caminando entre nosotros.