La deuda
El viento soplaba fuerte aquella tarde en el pequeño pueblo de San Miguel. Aurora caminaba con una canasta de flores entre sus brazos cuando vio varios autos negros estacionados frente a su casa. Su corazón se aceleró. Aquello no era normal. Entró rápidamente y encontró a su padre temblando frente a un hombre elegante vestido completamente de negro. —Ella es mi hija —dijo su padre con la voz quebrada. Aurora frunció el ceño. —¿Qué está pasando? El desconocido la observó de arriba abajo. —Mi jefe aceptó perdonar la deuda… si te casas con él. El silencio cayó como una bomba. —¿Qué…? —No tienes opción. Aurora retrocedió un paso, sintiendo que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Casarme… con un desconocido? —susurró, mirando a su padre—. Dime que esto es una broma.
Pero él no levantó la mirada.
Sus manos temblaban.
—Aurora… yo… no tuve otra salida.
Ella dejó caer la canasta de flores al suelo. Los pétalos quedaron esparcidos por toda la madera vieja de la casa.
—¿Qué hiciste?
El hombre vestido de negro acomodó lentamente sus guantes.
—Tu padre pidió dinero prestado a la familia Morelli hace dos años. No pudo pagar.
Aurora sintió un escalofrío al escuchar aquel apellido.
Los Morelli.
Incluso en un pueblo tan pequeño como San Miguel, todos conocían historias sobre ellos. Negocios turbios. Hombres armados. Desapariciones misteriosas.
Mafia.
—No… —murmuró ella—. No puede ser.
—Puede y es —respondió el hombre con frialdad—. El señor Valentino Morelli fue bastante generoso al ofrecer matrimonio en lugar de cobrar la deuda de otra manera.
Aurora tragó saliva.
—¿Y si me niego?
El hombre sonrió apenas.
Una sonrisa vacía.
—Entonces tu padre morirá antes de que termine la semana.
El rostro de Aurora perdió color.
Miró a su padre, quien rompió en llanto.
—Perdóname… perdóname hija…
Ella sintió rabia, miedo y dolor mezclándose dentro de su pecho.
Toda su vida había sido sencilla: flores, el mercado del pueblo, tardes tranquilas y sueños pequeños. Nunca imaginó terminar atrapada en algo así.
—Quiero verlo —dijo finalmente.
—¿A quién?
—Al hombre con el que quieren obligarme a casar.
El sujeto asintió.
—El auto te espera afuera.
Aurora tomó aire profundamente antes de seguirlos.
La lluvia comenzó a caer cuando salió de la casa. Los vehículos negros parecían monstruos bajo el cielo gris.
Uno de los hombres abrió la puerta del automóvil principal.
Y allí estaba él.
Un hombre de traje oscuro, expresión fría y ojos intensos.
Sentado en una silla de ruedas.
Aurora se quedó inmóvil.
No era viejo como imaginaba.
Era joven.
Demasiado joven.
Y aterradoramente atractivo.
El hombre levantó lentamente la mirada hacia ella.
—Así que tú eres Aurora.
Su voz era grave y tranquila.
Ella sintió un extraño nudo en el estómago.
—¿Usted… es Valentino Morelli?
—Sí.
Aurora apretó los puños.
—¿De verdad piensa comprarme como si fuera un objeto?
Valentino no reaccionó.
Solo la observó en silencio durante unos segundos.
—No necesito comprar nada —dijo finalmente—. Tu padre ya me pertenece. Y ahora tú también.
El viento sopló con fuerza.
Aurora sintió miedo por primera vez.
Pero también notó algo extraño en él.
Detrás de aquella mirada fría… había dolor.
Y eso fue lo que más la inquietó.