SOLO POR ELLA

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Summary

José Luis es un hombre acostumbrado al poder y placeres. Siendo conocido por mantener romances fugaces y sin compromisos, hasta volver a ver a Rosa Diamante; la única mujer que no cae de forma inmediata a sus encantos. Desde que ella regresa se encarga de acercarse, a veces de manera hostil. Hasta que por conveniencia de sus familias pactan un matrimonio arreglado.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

INVASIÓN DE TERRITORIO


Propiedad de los Castillo: 01 de enero del 2021


José Luis Castillo despertó con un dolor agudo en su cabeza, estragos de la noche anterior.


Parpadeó algunas veces antes de que su visión se enfocara en el techo de su habitación; con lentitud se incorporó sobre la cama, hundiendo su rostro en sus manos antes de levantarse sin presión.


Se dirigió hasta el vestidor, decidiendo qué traje usaría ese día para impresionar a su objetivo. No se trataba de alguna conquista ocasional, se trataba del hombre que detestaba; pero el que a su vez le otorgaría la mayor oportunidad de su vida.


Con una paciencia increíble, se vistió con un costoso traje negro, ajustado a su cuerpo definido.


Salió de su habitación apretando su corbata con agilidad; era experto en verse impecable.


El aire comenzó a pesar entre las paredes, llenándose de un aura que solo él desprendía.


Sus pasos resonaban firmes.


La iluminación chocaba de golpe con sus ojos verdes.


Caminó unos segundos después en dirección del despacho privado de su padre, ajustando la solapa de su saco con destreza.


Abrió la puerta del despacho con una calma inusual, consciente de la decepción que provocaría.


Raúl Castillo se veía implacable sentado en su escritorio; con imagen que proyectaba su autoridad, su cabello castaño ya mostraba algunas canas visibles.


—¿Ahora qué, José? —gruñó Raúl quitándose sus anteojos.


—Mmm, necesito hablar algo importante, padre —dijo José Luis observándolo con pereza mal disimulada.


—Vaya, el seductor estrella quiere hablar de un tema diferente.


José Luis hizo un gesto fingido de dolor.


—Por supuesto, ¿de qué más hablaría en tu espacio privado?


—Tal vez sobre el escándalo que hizo anoche una de tus conquistas fugaces —reprochó Raúl con voz ronca, sus ojos marrones fulminando a José Luis.


José Luis torció los ojos con fastidio.


—Me enteré, pero no es importante.


—No es un juego, José —advirtió Raúl.


José Luis respiró hondo, se acercó lo suficiente a su escritorio.


—Padre, quiero comprar acciones en el Grupo Diamante —soltó pasando sus dedos por su cabello rubio.


—¿Estás loco, José? Se te olvida que la familia Diamante y los Castillo somos rivales desde décadas pasadas —replicó Raúl Castillo, con el rostro deformado por la inesperada decisión.


José Luis soltó una carcajada.


—No te equivoques, padre, no soy un maníaco, simplemente busco mi propia estabilidad económica. —Tomó un bolígrafo que estaba sobre el escritorio y jugó un momento, manteniendo un toque de desafío hacia su padre—. Después de todo, debo conseguir mi propia independencia.


—No te lo permito, José Luis —replicó Raúl.


José Luis levantó su mano, deteniéndolo en seco.


—No pedí tu opinión, es mi decisión y debes respetarla.


Raúl guardó silencio, conteniendo sus ganas de abofetear a su propio hijo.


José Luis, por la falta de respuesta, se giró y salió del despacho con total tranquilidad.


—José, otra vez molestando a tu padre. —Alejandra Flores, su madre, lo interceptó antes de que él saliera de la casa.


Alejandra lo observó con un cariño que solo una madre puede tener por su hijo; sus ojos verdes encontraron los idénticos de José Luis.


—Eres consciente de que tu padre se opone a tu estilo de vida, hijo —le recordó con dulzura en su voz.


José Luis se detuvo a unos centímetros de ella, apartó del rostro de Alejandra uno de los mechones rizados del cabello rojizo de su madre.


—Lo sé, pero no puede obligarme a ser alguien que no soy, madre. Mi rebeldía no se curará como si fuera una enfermedad. Supongo que es una desgracia para el padre orgulloso que trata de moldearme a su manera —murmuró bajando el tono de su voz.


—Cuídate, José Luis, estoy intranquila por la mala reputación que estás creando con tu falta de seriedad. Te relacionas con modelos para pasar las noches.


José Luis sonrió de manera burlona por el comentario de su madre.


—Te equivocas, madre, no solo comparto mi cama con modelos; cualquier mujer hermosa es merecedora de una oportunidad —corrigió—. Además, las mujeres me persiguen; sería descortés rechazarlas.


José Luis la rodeó para salir de la propiedad, mientras Alejandra lo observaba afligida.


La Sede Central del Grupo Diamante.


El imperio de cosméticos más grande del país, perteneciente a la segunda familia más adinerada del mismo, estando por debajo de los Castillo.


Llegó hasta el estacionamiento del edificio, bajando de su BMW favorito; repasaba mentalmente su estrategia para convencer a Luis Diamante de asociarse al Grupo Diamante.


Al llegar, entró sin temor a las instalaciones; a pesar de no estar en su territorio, caminaba y observaba su alrededor como si fuese el dueño del lugar.


Recorría los pasillos con una sonrisa afilada reconocible; una que no llegaba del todo a sus ojos. Los empleados se apartaban de su camino con la mirada al suelo, sin atreverse a interferir en su camino.


Sin anunciarse, llegó hasta la oficina de Luis Diamante, el principal rival de negocios de su padre.


No hubo un cordial saludo.


—Luis, seré directo. Quiero comprar acciones del Grupo Diamante —empezó sin titubeos con las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones.


—Admiro tu audacia, ¿un Castillo frente a mí?


Dio unos pasos más.


—No estoy aquí para tus elogios, Luis.


—¿Entonces?, no intentes distraerme. Un Castillo no es bienvenido en mi oficina —gruñó Luis.


—Así que no somos bienvenidos. Es comprensible, Luis, pero debemos dejar nuestro orgullo de lado.


—Lárgate de mi vista, José Luis. No necesito a un Castillo como socio —siseó Luis con rencor en la mirada.


—Deberías reconsiderarlo, Diamante. Solo quiero ampliar tus ganancias.


Luis soltó una carcajada amarga.


—No tienes conocimientos sobre mis retornos, Castillo. Es mejor que te retires.


—Te equivocas, prácticamente conozco todo sobre el mercado internacional. Tendrías ciertos beneficios para incrementar el valor en la bolsa; imagínate el crecimiento por tan solo tener a un rival como socio.


Luis examinó con detenimiento la inesperada sugerencia.

—Solo dame una cifra, Luis, no seas modesto.


—¿Qué tramas, José Luis?, ¿buscas algún motivo para tratar de hundirme? —cuestionó Luis Diamante, entrelazando sus manos con inseguridad sobre el escritorio.


—Ay, Luis, te creí más inteligente; no pretendo perjudicarte. Solo busco una oportunidad de expansión —afirmó con una pequeña risa que molestaba hasta la persona más paciente.


Luis lo dudó por un momento; no tenía la intención de aceptar al hijo de su enemigo proclamado.


—Piénsalo, Luis, nos conviene a ambos. Las acciones duplicarán su valor por la inesperada unión de ambos apellidos. Además, no tendrás a todos los Castillo en tu edificio, solo seré yo tu socio.


—No logras convencerme en su totalidad, José Luis. Tienes algo de razón, pero no lograrás disuadirme.


—Eres difícil, lo admito. Pero no me daré por vencido; entiendo tu desconfianza —bajó el tono de su voz—. Insisto en que tenerme como aliado es la mayor oportunidad de crecimiento.


Luis entrecerró los ojos, dudando si debería aceptarlo como parte del grupo.


—Muy bien, José Luis, te venderé el 5% de las acciones —ofreció Luis Diamante después de ser impresionado por la audacia anterior de José Luis.


—No es suficiente, Luis, necesito más.


Dos horas después de haber negociado con ferocidad el incremento de las acciones a obtener, José Luis regresó orgulloso de su adquisición con una sonrisa ladeada de quien está acostumbrado a obtener lo que se propone.


Propiedad Castillo


—¿Dónde estabas, José? —preguntó Raúl Jr., su hermano mayor, al ver la gran sonrisa victoriosa.


—Adquiriendo una nueva expansión, es lamentable que no pensara en llevarte —hizo una pausa, soltando un suspiro de fastidio—. Tal vez aprenderías a negociar en lugar de estar acostado en el sofá.


Raúl Jr. no se inmutó por el comentario; al contrario, lo recibió con humor.


—Claro, mi pequeño hermano me enseñará finanzas —rio dándole un pequeño golpe en la espalda.


José Luis lo observó con enojo e indiferencia.


José Luis entrecerró los ojos, aun con la mirada fija en Raúl Jr.


—De verdad no entiendo cómo es que nuestro padre tiene tanta fe en ti; eres un inepto, hermano. Eres incapaz de soportar la presión del puesto de vicepresidente —soltó José Luis sin escrúpulos.


—Relájate, José, comprende que no me interesa adquirir la corporación. Por mi parte, está mejor que me deshereden; así me ahorro el compromiso.


José Luis cerró su puño con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos, incapaz de comprender el rechazo de su hermano a su deber como principal sucesor.


Soltó un suspiro aliviado de no tener que competir con su propio hermano.


Raúl Jr. Sonrió observando cómo José Luis relajaba sus hombros. Escucharon cómo su hermana menor, Alexandra, tarareaba acercándose hasta ellos.

—Hermanos —gritó sonriendo como de costumbre.


Se acercó primero a José Luis, quien la recibió con un fuerte abrazo.


—Alexa, ¿qué hacías? —preguntó José Luis.


Alexandra era idéntica a su madre, con un tono de piel demasiado claro que se comparaba con la nieve, haciendo destacar su cabello rojizo y ojos verdes.


—Solo venía a verlos, pero veo que llegué en el momento oportuno —aseguró en un susurro.


—Deberías aprender de Alexa, siempre es optimista, no como tú, que eres un gruñón —se mojó Raúl Jr.


—Claro que no soy un gruñón. Solo que tú eres tan básico que crees que el mundo debería de brincar al caminar —replicó José Luis.


—Hermanos, no más discusiones —ordenó Alexandra con la voz tan tierna que aún mantenía a pesar de tener dieciocho años.


—Tranquila, hermana, todo está bajo control, José Luis y yo no discutimos —aseguró Raúl Jr. entre risas.


—Ay, Alex, sin ti esta casa sería un caos —admitió José Luis aún abrazándola con protección.


—Lo sé, este hogar sería un campo de guerra sin mi presencia. Saben que yo mantengo la armonía y el entusiasmo —recalcó Alexandra con una gran sonrisa.


Los tres hermanos rieron mientras se observaban entre ellos. En ocasiones, José Luis y Raúl Jr. tenían sus diferencias, pero siempre eran unidos por las dos mujeres más importantes de la casa: su madre y su hermana menor.


Raúl Castillo se acercó a ellos con una frialdad que no les parecía extraña ver.


—Volviste, José Luis —observaba a José Luis con una mezcla de decepción y enojo, cruzándose de brazos.


—Quita esa cara, padre, parece que te encuentras en tu propio velorio. Deberíamos festejar que ahora soy el Director de Desarrollo de Negocios del Grupo Diamante —celebró con una sonrisa ladeada, encantado de ver el desplante que haría su padre.


—Eso quiere decir que Luis te vendió acciones, ¿qué porcentaje compraste? —cuestionó sin dejar de lado su molestia, manteniendo el ceño fruncido.


—Luis es un verdadero problema, pero logré conseguirlo. Ahora soy dueño del 28% del grupo —declaró con orgullo.


Raúl abrió los ojos de par en par, atónito.


—Luis es un idiota, no analizó la posibilidad de que pudieras absorber su grupo desde adentro.


José Luis, con una sonrisa de burla, posó su mano en el hombro de su padre, observándolo con diversión y desafío.


—No seas tan ambicioso, padre. No quiero apoderarme de Grupo Diamante, solo quiero que mi capital crezca y explorar diferentes mercados.


—Eres un estúpido, José Luis, de verdad no sé qué diablos te pasa por la mente. Tienes la oportunidad en bandeja de oro y prefieres conformarte con ser un simple accionista —escupió su padre con furia.


—Accionista mayoritario —corrigió José Luis, balanceándose de un lado a otro.


—Papá, por favor, deja que José Luis haga lo que quiera, tiene sus propias aspiraciones y debemos respetar sus decisiones —intervino Alexandra con ternura en los ojos.


Raúl respiró hondo; no podía negarse a la petición de su hija menor.


—Está bien, haz lo que quieras, José Luis —aceptó sin discutir más, desviando su atención a su hija.


Acarició el cabello rebelde de Alexandra y se dispuso a ir a su biblioteca privada.


—No me agradezcas, estoy tan de buen humor que podría hacer caridad —dijo Alexandra a su hermano José Luis.


—Igual no le daría el gusto de doblegarme ante su voluntad, Alex. Siempre hago lo que quiero —dejó en claro José Luis, retirándose de igual manera.


La familia Castillo parecía firme en cualquier aspecto, pero siempre se mantenía unida sin importar las actitudes de los miembros.