Capítulo 1: Desolacion
—Y ahora entiendo que debí haber muerto junto a ella —suspiró. Había sacrificado el amor por perseguir algo que todos tenían menos él; se había convertido en un perro hambriento en busca de la perfección, una que nunca alcanzó. Ahora, en su cabeza, rondaban miles de pensamientos que solo le dejaban una opción: aceptar el vacío que asola su corazón.
Ese día marcaría un antes y un después para un hombre que no era malo porque sí, sino porque serlo era lo único que lo hacía sentir humano; y ella, quien hizo parte de su acto final, lo recordaría por la eternidad por su perfume, que le evocaba las rosas, las cuales él había comenzado a arrancar desde hacía mucho tiempo.
Era diciembre y, en Bogotá, las personas habían permanecido ignorantes ante tal situación; tal vez no estaban enteradas o puede que sí, pero se mantenían ignorantes para no amargarse las fiestas de fin de año, las cuales eran dignas de alegría. Año Nuevo era brillante como en años anteriores: niños riendo y jugando, y adultos festejando, conversando y bebiendo alcohol; familias reunidas tras mucho tiempo. Sin embargo, para la policía, los últimos treinta y un días habían sido los más asquerosos y desesperantes, provocados por una bestia capaz de pensar y luego actuar sin que evocara algo en sí mismo.
Y Alice, mientras todos festejaban, luchaba para no ser la siguiente rosa arrancada del campo. Se sentía traicionada, vulnerable; estaba cansada y, aun así, luchaba para no ser destruida por la devastadora tormenta de la cual no sabía si sobreviviría.