Obsesión +21 (Extremadamente Taboo)

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Summary

Aurora es una joven prodigio del ballet, disciplinada y talentosa, que ha dedicado cada momento de su vida a perfeccionar su arte en una academia de prestigio. Al cumplir 18 años, la ambición de independizarse económicamente la lleva a proponerle a su padre, un hombre tradicional y protector, aceptar un trabajo como bailarina los sábados en una presunta agencia artística, recomendación que atribuye a su respetada profesora de ballet. A pesar de que su familia goza de una posición económica desahogada, su padre accede a regañadientes, confiando en la discreción y profesionalismo que siempre ha demostrado su hija. Lo que Aurora omite es que encontró el anuncio en redes sociales y que el lugar no es exactamente una agencia artística, sino un exclusivo club nocturno para caballeros, donde su talento para el ballet se convierte en una atracción exótica y codiciada. Durante un mes, Aurora logra mantener su doble vida, sumergiéndose en un mundo de lujos, dinero en efectivo y miradas admirativas que la hacen sentir poderosa y deseada. Pero la noche de su primer gran encargo como artista principal, al ser solicitada para un reservado privado, su mundo se derrumba al descubrir que los clientes son los hombres más importantes de su vida: su padre, su tío, su hermano y su primo. Lo que sigue después de ese momento de impacto y vergüenza, bueno, eso tendrás que descubrirlo. ¿Cómo enfrentará Aurora la revelación de su secreto? ¿Qué reacciones provocará en los hombres de su familia? ¿Y qué consecuencias traerá para todos ellos este inesperado cruce de mundos?

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+
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Capítulo 1

Aurora.

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El espejo del vestuario me devuelve la imagen de una niña convertida en mujer de la noche a la mañana. Tengo dieciocho años. Mi cabello rubio, esa maraña de ondas indisciplinadas que mi madre siempre llamó «oro en desorden», está hoy perfectamente contenido en una serie de caireles que enmarcan mi rostro de ojos celestes. Cada mañana, desde que tengo uso de razón, paso al menos treinta minutos domando esta melena; es el único ritual que me conecta con la chica que fui antes de que el ballet consumiera cada centímetro de mi existencia.

Hoy es especial, y no solo por el aniversario. Hoy decidiré mi futuro, o al menos una pequeña parte de él.

—Aurora, cariño, ¿estás lista? —llama mamá desde el primer piso, su voz suave como siempre, como si temiera romper el frágil equilibrio de nuestra mansión.

—Un momento, mamá —respondo mientras aplico el último toque de gloss en mis labios. Mi reflejo parpadea, y por un instante veo a la niña que pedía su primer par de zapatillas de punta, soñando con escenarios y luces de neón.

Bajo la escalera de mármol, cada eco de mis zapatillas de ballet resonando en la inmensidad del hogar. La casa huele a lilas y a dinero. Siempre ha olido así. Papá dice que el dinero no tiene olor, pero yo sé que miente; huele a seguridad, a ausencias, a decisiones tomadas por otros mientras yo practiqué mis pliés en salas con espejos que multiplicaban mi soledad.

En el comedor, la mesa está servida como si fuera una celebración de estado. Placas de plata, servilletas de lino egipcio, y mi pastel de chocolate favorito —tres leches, con fresas frescas— esperando en el centro como un trono dulce. Mamá viste un vestido de seda color champagne que debe costar más que el coche de cualquiera de mis compañeros de instituto. Papá está de espaldas, mirando por el ventanal de dos pisos que da a nuestros jardines perfectos.

—Feliz cumpleaños, mi amor —susurra mamá al acercarse, sus manos frías acariciando mis mejillas. Huele a Chanel N°5 y a preocupación disimulada.

—Gracias, mamá.

Papá se gira, y su sonrisa ilumina su rostro canoso. Stephen. Así le llaman todos en el mundo de los negocios. Aquí, en casa, es solo papá. El hombre que me enseñó a montar a caballo antes de caminar, que lloró en secreto cuando me caí del árbol de robles a los diez años, que compró la academia de ballet entera cuando la directora amenazó con expulsarme por faltar tanto a mis clases regulares.

—Mi pequeña princesa ya es una dama —dice, acercándose para besarme en la frente. Su aliento huele a menta y a poder.

Nos sentamos, y el silencio cómodo de nuestra familia se instala entre nosotros. Mamá pregunta por mis clases, papá por mi última presentación, y yo respondo con las frases correctas, las que ellos esperan oír. Adair, mi hermano, llega quince minutos tarde como siempre, con su mochila universitaria colgando de un hombro y esa sonrisa arrogante que solo los hombres de veinte años pueden permitirse.

—¿Sabe la pequeña que es oficialmente adulta? —bromea al sentarse, rascándose su cabello oscuro, idéntico en forma al de papá.

—Cállate y come —le respondo, pero sonrío. Adair es mi único cómplice, no le puedo contar todos mis secretos, pero sí algunos. Él sabe lo que cuesta ser el hijo de Stephen, un genio financiero.

El desayuno transcurre entre bromas familiares y promesas de regalos. Mamá me entrega un pequeño estuche de piel negra. Dentro, las llaves de un Mini Cooper rojo fuego, exactamente el que mencioné casualmente hace seis meses durante el censo. Adair me da un sobre con efectivo —tres mil dólares, su regalo estándar para ocasiones especiales— y la promesa de llevarme de compras cuando termine sus exámenes.

Pero el regalo de papá es el que siempre esperamos.

—Tengo algo para ti —dice, señalando con la cabeza hacia su estudio. Todos callamos. El estudio de papá es el santuario de nuestra casa, el lugar donde se toman las decisiones importantes.

Lo sigo, mi corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. El olor a cuero viejo y a papel me recibe como un abrazo familiar. Él se sienta detrás de su escritorio de roble macizo, ese que costó más que nuestra primera casa, y abre un cajero.

—Sabes que siempre hemos apoyado tu pasión por el ballet, Aurora —comienza, y mi estómago se encoge. Sé lo que viene. Otra academia, otra maestra privada, otra forma de mantenerme ocupada y contenida.

—Papá, yo...

—Déjame terminar —interrumpe con suavidad pero firmeza. —Tu talento es excepcional, pero el mundo del ballet es competitivo, cruel. Necesitas ventajas, conexiones. He hablado con el director de la compañía nacional. Tienes una audición privada el mes que viene.

Mi corazón se hunde. Otra audición, otra oportunidad que no pedí, que no quiero. No es que no quiera bailar profesionalmente —eso sí lo deseo con cada fibra de mi ser—, sino que no quiero que me lo den todo servido en bandeja de plata, como todo en mi vida.

—Gracias, papá, de verdad —miento, mi sonrisa sintiéndose como una máscara de plástico—. Pero antes de eso, necesito hablar contigo de algo importante.

Él levanta una ceja, su expresión cambiando ligeramente. Papá siempre sabe cuándo algo no va bien; tiene un sexto sentido para el descontento.

—¿Qué pasa, mi amor?

Respiro hondo. Este es el momento. He practicado este discurso durante semanas, frente al espejo de mi baño, mientras hacía ejercicios de estiramiento, incluso mientras me dormía. Pero ahora, frente a él, las palabras se sienten pesadas, traicioneras.

—Quiero tomar un trabajo —exhalo finalmente.

Papá se recuesta en su silla, sus ojos celestes —idénticos a los míos— analizándome con intensidad. El silencio se extiende, pesado como una manta húmeda.

—Un trabajo —repite, no como pregunta, sino como confirmación. —Aurora, sabes que no necesitas trabajar. Nunca necesitarás trabajar.

—Lo sé, papá, pero no se trata del dinero —miento otra vez, porque sí se trata del dinero, no por necesidad sino por independencia—. La señorita Valentina cree que sería bueno para mí ganar experiencia escénica. Hay una agencia, buscan bailarinas para fines de semana, eventos especiales. Me recomendó.

La señorita Valentina, mi profesora de ballet, es la mentira perfecta. Ella me adora, me considera su mejor alumna, jamás me sugeriría algo tan poco prestigioso como bailar en eventos. Pero es el nombre perfecto para convencer a papá.

—¿Una agencia? —su tono se vuelve protector, esa capa que siempre asume cuando siente que algo amenaza su control sobre mi mundo—. ¿Qué tipo de agencia? ¿Qué tipo de eventos?

—Eventos corporativos, fiestas privadas, cosas así —miento con más fluidez de la que esperaba—. Solo los sábados por la noche. Sería perfecto, no interferiría con mis estudios ni con mi entrenamiento.

Papá se levanta y camina hacia la ventana, dándome la espalda. Sé que está calculando, sopesando los pros y los contras como siempre hace con sus inversiones. Yo soy una de ellas, la inversión más importante de todas.

—Aurora, tú sabes cómo es el mundo fuera de este —dice finalmente, su voz más suave—. No siempre es seguro. No siempre es... adecuado para alguien como tú.

—Pero si la señorita Valentina lo recomienda... —insisto, acercándome un poco más.

Él se gira, y sus ojos encuentran los míos. Por un momento, veo al hombre que me enseñó a ser fuerte, no al hombre que quiere mantenerme débil y dependiente.

—¿Cuánto te pagarían? —pregunta, y sé que estoy ganando terreno.

—Doscientos dólares por noche —digo, omitiendo que en realidad son quinientos, más propinas—. Y me darían experiencia real, papá. No solo en un escenario, sino interactuando con la gente. Eso es lo que me falta, ¿sabes? Conectar con el público más allá de la cuarta pared.

Papá frunce el ceño, sus dedos tamborileando sobre el mármol del alféizar de la ventana. Veo la lucha en su rostro: el padre protector contra el hombre de negocios que entiende el valor de la inversión, incluso si esa inversión es la experiencia de su propia hija.

—¿Y quién más trabaja allí? ¿Conoces a alguien?

—No, pero la señorita Valentina dijo que es muy selectivo. Solo las mejores bailarinas —miento con una confianza que no siento. Mi estómago está hecho un nudo, pero mantengo la mirada firme, la de Aurora, la chica que siempre consigue lo que quiere.

—Doscientos dólares por noche —murmura, casi para sí mismo. —Es un insulto. Tu talento vale mucho más que eso. Eso no es ni la propina que dejamos cuando salimos a cenar.

La sonrisa se me escapa antes de poder contenerla. Esa es su forma de decir que sí. Si está negociando el precio, ya ha aceptado la premisa.

—Papá, no es por el dinero, es por la experiencia —repito, aunque mi corazón late un poco más rápido con la perspectiva de tener mi propio dinero, aunque sea una mentira a medias.

Él suspira, un sonido de derrota que rara vez he oído. Regresa a su escritorio y abre otro cajón, sacando una chequera dorada.

—Te daré mil dólares a la semana para gastos —dice, y por un momento siento la tentación de aceptar, de volver a mi vida cómoda. Pero luego pienso en el anuncio que vi en redes sociales, en las fotos del club, en la promesa de un mundo completamente diferente al mío, un mundo donde no soy la hija de Stephen, sino simplemente Aurora, la bailarina.

—No, papá. Quiero ganarlo yo.

Él me mira largamente, y por primera vez en mucho tiempo, no veo al controlador, sino al padre orgulloso. Asiente lentamente, como si estuviera aprobando un acuerdo millonario.

—De acuerdo. Pero con condiciones —levanta un dedo, y mi sonrisa se congela—. Adair te llevará y recogerá cada sábado. Y quiero el número de contacto del lugar, el nombre del responsable. Y si sientes que algo no está bien, te vas. ¿Entendido?

—Sí, papá. Entendido —asiento, aunque sé que no puedo darle el número real del lugar, ni el nombre de mi contacto. Mi contacto es «Leo», el gerente de contrataciones del club, un hombre con tatuajes en el cuello y una sonrisa que promete cosas que mi padre nunca comprendería.

—Y Aurora —me llama cuando estoy a punto de salir—. Feliz cumpleaños de nuevo. Te quiero, mi pequeña bailarina.

—Yo también te quiero, papá —respondo, y esta vez no es una mentira.

Salgo del estudio con las piernas temblando, pero con una sensación de euforia que nunca antes había experimentado. Lo hice. Engañé a papá, pero por una buena causa. Mi independencia.

Adair me espera en el pasillo, apoyado casualmente contra la pared, como si supiera que algo importante acababa de suceder.

—¿Lo conseguiste? —pregunta con una sonrisita cómplice.

—Contra todo pronóstico, sí —confieso, y el peso del secreto se siente a la vez abrumador y emocionante.

—¿Y? ¿Cuál es el plan, hermana? ¿Dónde vas a bailar para los ricos y aburridos?

—No es para ricos y aburridos —miento, aunque sé que sí lo es, pero de una manera muy diferente a la que él imagina—. Es solo... un trabajo, Adair. Para ganar experiencia.

—¿Y te dejará ir sola? —su tono se vuelve protector, como el de papá pero con una capa de hermano mayor—. ¿Necesitas que te espíe?

—No, ya está mal que tengas que llevarme y traerme, ¿puedes darme privacidad con eso? No necesito a un niñero —bromeo, aunque la idea de que Adair me vigile me aterra. Si él supiera la verdad...

—Tienes razón —se encoge de hombros—. Pero si alguien te toca un pelo, me dices, ¿vale? Aunque tengas que mentirle a papá sobre por qué tienes un morado.

—Prometido —sonrío, aunque la idea de que alguien me toque un pelo en el club es exactamente lo que me atrae de ese lugar.

Esa noche, mientras me preparo para mi pequeña fiesta de cumpleaños con amigas del instituto, no puedo dejar de pensar en mi primera noche de trabajo. Este mismo sábado. Solo faltan cinco días. En mi armario, el vestido negro que compré en secreto cuelga como un símbolo de mi nueva vida, una vida que mi padre nunca aprobaría si supiera toda la verdad.

Mi teléfono vibra con un mensaje. Es de un número desconocido.

«Leo aquí. Bienvenida al equipo, Aurora. Este sábado, 9 pm. Puerta trasera. No llegues temprano, tampoco llegues tarde. Y trae tu mejor actitud».

Oculto mi sonrisa, y por primera vez, me siento como la mujer que quiero ser, no la niña que mis padres han creado. Y esa sensación, esa deliciosa mezcla de miedo y poder, vale cualquier riesgo.

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