Prólogo.
El primer amor no siempre llega primero, aveces llega después de los errores. Después de los traumas; después de aprender a sobrevivir con migajas de afecto.
El primer amor a heces llega cuando ya has amado antes, cuando juraste que otra persona era el amor de tu vida, y entregaste tanto de vos que pensaste que ya no quedaba nada por ofrecer. A veces llega después de que confundiste dependencia con eternidad y dolor con profundidad.
Yo tenía veintidós años cuando conocí a la mujer que terminó de destruir cada definición que tenía sobre el amor. O quizá me reconstruyó. Todavía no estoy segura, pero de lo que estoy segura es que antes de ella, mi vida era una colección de ruinas cuidadosamente maquilladas: una familia incapaz de amarme correctamente, un padre que confundía control con protección, una relación que se sostenía a base de miedo a la pérdida, y una versión de mí misma que no sabía existir sin pedir perdón por hacerlo.
Pero llegué a su casa, y recuerdo perfectamente mis zapatos horribles, lo esparcido que estaba mi orgullo en el mundo y recuerdo haber pensado que aquella entrevista sería otra calculada humillación de mi padre.
Y después la escuché.
Primero su voz.
Luego sus pasos.
Y finalmente su presencia.
Había leído tanto sobre personas cuya belleza resultaba ofensiva. La de ella parecía diseñada específicamente para poner a prueba mi cordura.
Amelia Bertorello tenía la elegancia de una oración perfectamente pronunciada y el peligro silencioso de todo aquello que puede arruinarte la vida lentamente.
Era esposa.
Era madre.
Era abuela.
Y era profundamente religiosa.
Y yo... Yo era una niña rota con demasiadas cicatrices invisibles y una absurda tendencia a enamorarme de aquello que no podía tener.
Debí correr.
Debí renunciar ese mismo día.
Debí entender que ninguna persona te mira de esa forma sin cambiarte para siempre, pero me quedé.
Porque a veces el ser humano reconoce su destino del mismo modo en que reconoce una tormenta en el horizonte: sabiendo perfectamente que debería huir... y caminando hacia ella de todos modos.
Esta no es una historia de amor perfecta.
Es una historia sobre deseo.
Sobre fe.
Sobre culpa.
Sobre mujeres rotas intentando salvarse entre sí mientras el mundo alrededor les exige convertirse en alguien más.
Y si algo aprendí de Amelia Bertorello... es que hay amores que no llegan para darte paz. Llegan para obligarte a renacer. Aunque primero tengan que incendiarte por completo.