Corazón De Agua, Alma De Pelaje by VioletCrosby at Inkitt
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Corazón de Agua, Alma de Pelaje

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Summary

Una noche para amarse. Una vida para destruirse. Ella pertenece al abismo. Él reina en el bosque. Cada noche de luna llena, Naïda la sirena y Kodiak el grizzly cambiaformas desafían lo prohibido a orillas de un lago neblinoso. Su conexión es inmediata, profunda... Y mortal. Porque el tiempo es su peor enemigo: Naïda se marchita fuera del agua y Kodiak pierde la razón lejos de su tierra sagrada. Para sellar su amor imposible, deberán despertar los secretos más oscuros del bosque. Pero, ¿no corre el riesgo el precio a pagar de destrozarlos? Descubra un romance de fantasía dramático y oscuro donde los elementos se desatan y el amor tiene un precio trágico.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1

Este libro es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con eventos reales es pura coincidencia.

Derechos de autor © 2026 Violet Crosby

Todos los derechos reservados.

Portada: Violet Crosby

Traducción al español: Violet Crosby

Queda prohibida la reproducción de este libro o cualquier fragmento del mismo, ya sea de forma electrónica o física. Esto incluye el almacenamiento o la recuperación de información sin el permiso escrito del autor, excepto en el caso de un breve extracto para una reseña literaria.


Una noche para amarse. Una vida para destruirse. Ella pertenece al abismo. Él reina en el bosque. Cada noche de luna llena, Naïda la sirena y Kodiak el grizzly cambiaformas desafían lo prohibido a orillas de un lago neblinoso. Su conexión es inmediata, profunda... Y mortal. Porque el tiempo es su peor enemigo: Naïda se marchita fuera del agua y Kodiak pierde la razón lejos de su tierra sagrada. Para sellar su amor imposible, deberán despertar los secretos más oscuros del bosque. Pero, ¿no corre el riesgo el precio a pagar de destrozarlos ? Descubra un romance de fantasía dramático y oscuro donde los elementos se desatan y el amor tiene un precio trágico.


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Capítulo 1: Los Susurros de la Niebla y de la Piel

I. El Llamado de la Plata

El agua del lago Brumoso tenía aquella noche la consistencia del vidrio líquido y el sabor metálico de los secretos guardados durante demasiado tiempo. A más de veinte metros de profundidad, allí donde las corrientes frías acariciaban las paredes de roca sedimentaria, el silencio era absoluto. Era una soledad familiar, casi reconfortante, pero esa noche pesaba como una armadura de plomo.

De pronto, una vibración imperceptible atravesó la columna de agua. Una caricia térmica. La luna, redonda, opulenta y orgullosa, acababa de perforar la superficie superior, arrojando un hilo de luz plateada a través de las tinieblas acuáticas.

Naïda abrió los ojos. Bajo el efecto de la excitación y de una punzada de ansiedad que le atenazaba el estómago desde media tarde, sus iris pasaron instantáneamente de un azul jade apacible a un dorado cristalino, vibrante como oro fundido. Impulsó su cola con un movimiento seco. Las ondas de movimientos sinuosos propulsaron su cuerpo hacia arriba con una gracia lánguida. A su alrededor, las escamas de su cola captaban los reflejos lunares, cambiando de color con cada ondulación: un verde esmeralda profundo se transformaba en azul cobalto antes de incendiarse en destellos dorados cuando la corriente se volvía más intensa.

Unos metros más, pensó, con el corazón golpeándole el pecho con violencia. No te apresures. No arruines estos preciosos minutos.

Emergió primero con la nariz, aspirando el aire exterior. El olor de la tierra firme golpeó sus sentidos hipersensibles. Era una mezcla embriagadora y casi agresiva de pinos resinosos, musgo en descomposición, hongos silvestres y aquella humedad estancada propia de los pantanos olvidados. Para una criatura de agua pura, aquel aire olía a vida, pero también a muerte y putrefacción. Era el olor del mundo de los caminantes. El olor de su mundo.

Naïda se aferró al borde de una roca plana, resbaladiza por el liquen negro. Su piel, de una blancura tan translúcida que dejaba entrever en algunos puntos la red azulada de sus venas más finas, se estremeció al contacto con la brisa nocturna. Se extrajo con dificultad del elemento líquido, dejando escapar un gruñido poco elegante de sus labios carnosos.

Fue allí donde el romanticismo de la situación perdió toda su dignidad. Si las leyendas humanas cantaban la belleza etérea de las sirenas descansando sobre las rocas, omitían cuidadosamente mencionar hasta qué punto arrastrarse sobre el vientre sin piernas era una empresa ridículamente humillante.

—«Vamos, arriba, vieja sardina,» murmuró para sí misma mientras clavaba las uñas en la tierra húmeda.

Su larga cabellera, de un rojo fuego ardiente, se enroscó alrededor de sus hombros como lenguas de lava, contrastando violentamente con las escamas más pálidas, del color del nácar delicado y con forma de conchas abombadas, que cubrían y protegían sus pechos. Se arrastró un poco más arriba por la orilla prohibida, mientras la parte inferior de su cola aún chapoteaba en el agua salvadora. El aire ya comenzaba su labor destructiva. Sentía evaporarse la película protectora de su cuerpo. La cuenta regresiva había comenzado. Tenía, como mucho, tres horas antes de que la deshidratación se volviera mortal.


II. La Sombra y la Fiera

El crujido de una rama rompió el concierto de las ranas. El silencio regresó, pesado, denso, casi artificial.

Naïda giró la cabeza, y sus ojos brillaron ahora con un azul verdoso eléctrico en la oscuridad. El olor cambió al instante. Ya no era solo el bosque; era algo salvaje, cálido, terriblemente vivo. Un olor a pelaje espeso impregnado de lluvia, sangre seca, almizcle animal y ozono. Un olor que le provocaba deseos de huir hacia las profundidades del lago y, al mismo tiempo, abandonarse por completo.

De entre unos arbustos de espinas surgió una silueta monumental. Un grizzly. Pero no un oso ordinario. Aquel medía casi cuatro metros de altura cuando se erguía, una masa de músculos y pelaje negro como el azabache, con los ojos brillando con un resplandor color chocolate extrañamente humano. La bestia se detuvo en el límite de los árboles, exhalando un aliento cálido que se materializó en vapor blanco en el aire fresco.

Jameson... Susurró su mente.

El oso emitió un gruñido grave, un sonido que hizo vibrar los tímpanos de Naïda hasta el fondo de su garganta. Entonces comenzó el proceso. Era un espectáculo que, aunque aterrador, fascinaba a la sirena cada vez. Los huesos crujieron con el sonido siniestro de ramas verdes al quebrarse. La silueta se contrajo, el pelaje se reabsorbió en la piel y la masa de la bestia se remodeló hasta adoptar una postura bípeda.

Unos segundos después, el animal había dejado lugar al hombre. Jameson.

Permanecía allí, jadeante, con su poderosa musculatura tensada por el esfuerzo de la transición. Su piel llevaba las marcas de una existencia violenta: largas cicatrices blancas, recuerdos de un ritual de infancia o de antiguas luchas por la dominación del clan, atravesaban su ancho torso y sus fuertes brazos. Su cabello negro, espeso y desordenado, le caía sobre la frente, enmarcando un rostro de facciones angulosas, casi brutales, suavizadas únicamente por la profundidad de sus ojos marrón chocolate.

—«Llegas tarde,» dijo Naïda, con una sonrisa ladeada que curvó sus labios a pesar de la opresión que sentía en el pecho. «Casi empiezo a convertirme en pescado seco para la cena de las gaviotas.»

Jameson dejó escapar una risa ronca, un sonido que parecía surgir del fondo de su pecho de grizzly. Dio tres pasos rápidos hacia ella, pero se detuvo en seco cuando un espasmo de dolor atravesó sus facciones. Lanzó una mirada inquieta detrás de él, hacia las profundidades del bosque sagrado.

—«Los ancianos han duplicado las patrullas alrededor del santuario,» dijo, mientras su voz humana conservaba armónicos salvajes. «Mi padre sospecha algo. El olor del lago... Dice que se me pega a la piel como una maldición. Que huelo a la brujería de las aguas.»

—«No soy una bruja,» replicó ella, mientras sus ojos viraban a un azul jade teñido de tristeza inmediata. «Solo soy... Una anomalía que te ama.»

Jameson se agachó frente a ella, rompiendo la distancia de seguridad que siempre se imponía durante los primeros minutos. El olor del hombre prevaleció sobre el de la bestia: un perfume de savia de pino, cuero curtido y ese calor corporal único que Naïda extrañaba tanto en las profundidades abisales.


III. La Fusión de los Mundos Prohibidos

Cuando él posó su mano callosa y ardiente sobre la mejilla translúcida de la sirena, un estremecimiento térmico los hizo temblar a ambos. Esa era la paradoja de su existencia: ella era escarcha y agua viva; él era el fuego de la sangre y la tierra pesada.

—«Estás ardiendo, Jameson,» murmuró ella cerrando los ojos, saboreando el contacto de aquella palma áspera contra su piel delicada.

—«Y tú eres como el primer hielo del invierno.»

Deslizó los dedos por su larga cabellera pelirroja, cuyos mechones parecían crepitar con una energía propia bajo la luz de la luna.

—«Cada vez que me acerco a esta orilla, el bosque tira de mí hacia atrás, Naïda. Mi mente... El grizzly se agita. Odia el vacío del agua. Grita que si me quedo aquí, perderé la razón.»

—«Entonces, ¿por qué vienes ?» Preguntó ella, aunque ya conocía la respuesta. Necesitaba oírla. En su prisión de cristal, durante los veintiocho días que separaban cada luna llena, repetía el sonido de su voz para no hundirse en la locura.

—«Porque la locura lejos de ti es mucho peor que la que me espera en esta orilla», respondió él con voz quebrada.

Se tumbó a su lado sobre la arena húmeda, cuidando de no aplastar su monumental cola. Sus grandes ojos color chocolate se hundieron en los de ella, que ahora oscilaban en una mezcla hipnótica de azul y oro. El contraste entre ambos era impactante: él, oscuro, macizo, marcado por las pruebas de la tierra; ella, luminosa, fluida, de una belleza casi irreal pero de una fragilidad aterradora sobre aquel suelo hostil.

—«Cuéntame qué sucede en tu clan,» pidió suavemente Naïda, mientras sus dedos rozaban una larga cicatriz que cruzaba el brazo de Jameson. «¿Las tensiones se están calmando ?»

Jameson dejó escapar un suspiro pesado, y su torso se elevó con fuerza.

—«Todo lo contrario. Mi papel de heredero se está convirtiendo en un yugo. Mi padre quiere que elija una compañera entre las hembras del clan antes del final de la próxima temporada de lluvias. Quieren sangre pura. Osos capaces de fortalecer nuestras fronteras contra los clanes del Norte. Si tan solo supieran que sus preciados guerreros están siendo manipulados por una criatura que ni siquiera tiene pies...»

Naïda le dio un codazo amistoso en las costillas, arrancándole una sonrisa a Jameson.

—«¡Oye! Déjame decirte que mi forma de nadar es mucho más elegante que tu caminar de pato cuando estás en forma humana. Y además, al menos yo no necesito rascarme la espalda contra los troncos de los árboles en público.»

—«Es una técnica de comunicación muy respetada entre los nuestros, por si no lo sabías,» replicó él con un guiño.

La risa se desvaneció rápidamente, barrida por la dramática realidad de su situación. Naïda dejó escapar un leve gemido. Miró de reojo su brazo izquierdo. Cerca de la muñeca, su piel blanca comenzaba a perder elasticidad, volviéndose opaca, casi apergaminada. Las escamas de su cola, normalmente tan móviles y brillantes, empezaban a endurecerse, apretándose unas contra otras como si intentaran aprisionar la última humedad de su cuerpo.

—«¿Ya ?» Se alarmó Jameson, mientras el pánico se filtraba bajo su voz de coloso.

—«El aire está particularmente seco esta noche,» respondió Naïda, intentando ocultar la angustia que le perforaba las entrañas. «Y la luna asciende demasiado rápido. Demasiado rápido.»


IV. La Amenaza de las Olas y las Garras

Jameson tomó un puñado de barro líquido junto a la orilla y lo extendió delicadamente sobre la cola de Naïda para refrescarla. El contacto del limo frío le arrancó un suspiro de alivio, pero no era más que un paliativo insignificante. Una gota de agua en un desierto de fuego.

—«No podemos seguir así, Naïda,» dijo él entre dientes. «El clan patrulla cada vez más cerca del lago. Creen que una entidad maligna habita estas aguas debido a las nieblas inusuales que emergen de ellas. Mi padre habló de enviar a los chamanes para... para purificar el lago.»

Los ojos de Naïda se volvieron de un dorado puro, señal de un terror intenso.

—«¿Purificar ? ¿Con el fuego de la tierra ? Si sus rituales alteran la composición del agua, yo... Mis hermanas y yo no sobreviviremos. Es nuestro único refugio.»

—«Lo sé,» la interrumpió Jameson tomándole las manos. Sus dedos temblaban mientras una visión de horror cruzaba su mente: Naïda consumida por las magias silvestres de su clan, su magnífica cabellera roja reducida a cenizas, sus ojos dorados apagados para siempre.

—«Por eso busqué en los antiguos archivos de corteza de abedul del Gran Consejo. Encontré algo. Un fragmento de texto que data de antes de la Gran Fractura entre los pueblos de la tierra y del agua.»

Naïda contuvo la respiración. El aire le quemaba la garganta y cada inhalación se convertía en un esfuerzo consciente, pero las palabras de Jameson actuaban como un bálsamo sobre su mente aterrada.

—«¿Un ritual ?»

—«Sí. El Ritual del Equilibrio Roto,» murmuró él, bajando la voz como si temiera que los propios árboles pudieran escucharlo. «Los escritos dicen que es posible unir a dos seres de naturaleza opuesta. Dar piernas a la criatura de las aguas o permitir que la bestia respire bajo la superficie sin perder su razón salvaje.»

—«Pero...» Comenzó Naïda, conociendo demasiado bien las leyes de la magia antigua. «Toda magia exige un tributo. Nada se crea, todo se intercambia. ¿Cuál es el precio, Jameson ?»

El cambiaformas apartó la mirada, fijando sus ojos chocolate en las aguas oscuras del lago donde se reflejaba la luna. Sus músculos se tensaron, traicionando una inmensa tensión interior.

—«El precio es el equilibrio de los mundos, Naïda. El texto dice que, para unir dos destinos tan divergentes, la magia debe drenar la esencia misma de los reinos de origen. Si tú te conviertes en humana, el lago perderá su magia y se secará, condenando a tu pueblo. Si yo me convierto en una criatura del agua, el bosque sagrado perderá su protección mística y será vulnerable a los invasores. Para que nazca un mundo entre nosotros, nuestros antiguos mundos deben morir.»

Un silencio sepulcral cayó sobre la orilla. El viento pareció detenerse, las hojas de los pinos dejaron de susurrar, como si la propia naturaleza hubiera escuchado aquella blasfemia.

Destruir a mi pueblo... pensó Naïda con el corazón destrozado. ¿Condenar a mis hermanas al exilio o a la muerte por mi propia felicidad egoísta? ¿Y él...? ¿Obligar a su clan a enfrentarse a la destrucción? Es imposible. Es una tragedia disfrazada de milagro.


V. El Tiempo que Sangra

Un dolor agudo pulsó a lo largo de la espalda de la sirena. Ella dejó escapar un grito ahogado. Sus ojos se tornaron de un azul jade muy pálido, casi blanco. Sus labios comenzaban a agrietarse, y una fina película de sal blanca aparecía sobre sus hombros, señal inequívoca de que su cuerpo rechazaba la poca humedad que le quedaba.

—«Debes regresar,» dijo Jameson con la voz estrangulada por la emoción. La tomó entre sus poderosos brazos, levantando su cuerpo a pesar del enorme peso de su cola de pez.

—«No... todavía no... Unos minutos más,» suplicó ella, aferrándose a su cuello y respirando por última vez su olor a bestia y hombre.

—«¡Naïda, morirás ante mis ojos si no te devuelvo al agua!», Exclamó él, mientras una lágrima de rabia e impotencia rodaba por su mejilla marcada. «Y yo... Siento al bosque llamándome. Mi cabeza va a explotar. El grizzly quiere recuperar el control, quiere matar, quiere destruir todo aquello que no pertenezca a la tierra.»

En efecto, los ojos de Jameson comenzaban a perder su calidez color chocolate para adquirir un brillo salvaje, casi amarillo. Sus uñas se alargaban, transformándose en garras retráctiles listas para desgarrar carne. El conflicto biológico y mágico rugía dentro de él: cuanto más permanecía cerca del agua prohibida, más el espíritu del oso reclamaba su dosis de salvajismo para compensar el vacío espiritual del lago.

Dio algunos pasos dentro del agua helada, mientras sus pies se hundían en el barro. El frío del lago atrapó sus piernas, provocando un rugido de disgusto por parte de su entidad animal. Pero resistió. Depositó con delicadeza a Naïda en las olas superficiales.

En cuanto su cuerpo tocó el elemento líquido, un suspiro de puro éxtasis escapó de los labios de la sirena. Como por arte de magia, sus escamas recuperaron instantáneamente su flexibilidad y su brillo cambiante, vibrando con miles de destellos verdes, azules y dorados bajo la luna menguante. Sus ojos retomaron su tono azul jade original, profundo y misterioso.

Flotó boca arriba, mientras su cabello rojizo se extendía a su alrededor como un halo de sangre sobre el agua oscura. Tomó la mano de Jameson, que permanecía de pie, con el agua hasta las rodillas, luchando contra los temblores de su inminente transformación.

—«¿Hasta la próxima luna llena ?» Murmuró ella, con la voz suavizada por el regreso de su poder acuático.

—«Hasta la próxima luna llena,» juró él, apretando los dientes para contener el rugido que ascendía por su garganta. «Buscaré otra solución. Tiene que haber otra manera. Una forma que no exija quemar nuestros mundos.»

—«Encuéntrala, Jameson. Porque no sé cuánto tiempo más podré soportar seguir siendo solo una mitad de mí misma lejos de ti.»

Él apretó una última vez su mano contra la de ella y luego, incapaz de resistir más, se dio la vuelta y se lanzó hacia la orilla. Apenas sus pies descalzos tocaron la tierra firme, su cuerpo se arqueó. En un último crujido de huesos y un aullido de pura ferocidad que hizo temblar los árboles, el gran grizzly negro recuperó su forma. Sin mirar atrás, el animal se internó en la espesura del bosque sagrado, dejando tras de sí un rastro de ramas rotas y el persistente olor de una bestia acosada.

Naïda permaneció inmóvil sobre la superficie del agua, observando el límite de los árboles donde su amante acababa de desaparecer. La niebla del lago comenzó a elevarse, espesa, opaca, protectora y, sin embargo, terriblemente aislante, envolviendo a la sirena en su eterno sudario de soledad.

Se sumergió lentamente, cortando las aguas sin hacer ruido, llevándose consigo el secreto más oscuro del bosque y la certeza de que su amor era una bomba de relojería cuyo detonador acababa de activarse.




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