Expedición

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Summary

Josué Diaz, arqueólogo al servicio del gobierno colombiano, es designado para acompañar a un misterioso grupo científico en una expedición al corazón de la amazonía colombiana. Lo que encuentran allí alterará la vida del arqueólogo y cuestionará las bases de la historia humana.

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14
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n/a
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18+

Designación

Cada pueblo, a lo largo de su historia, ha tejido relatos cargados de seres fantásticos con cualidades cuasi humanas; lugares de perfección inigualable donde viven sus deidades en estado de plenitud física, cultural y moral; personajes que encarnan las creencias, valores e ideales de su comunidad.

Con el mismo marco ontológico encontramos sus opuestos: encarnaciones de lo indeseable, malevolente y peligroso para la homogeneidad social. Infiernos desoladores carentes de belleza y luz; seres demoníacos sin rasgos humanos encarnando la maldad, etc.

Sin embargo, en algunos pueblos la línea que separa la dualidad es tan fina que se diluye con facilidad.

Y tras ello se oculta una creencia que mantiene la cohesión social, además de resultar inquietante y aterradora: la existencia física de tales seres en regiones inaccesibles para el hombre común, incluso bajo la tierra. Esto da a los relatos suficiente potencia moral y espiritual para condicionar las acciones humanas.

Al menos es lo que aceptamos como verdad.

Quizás lo hicieron para dar sentido a un pasado no escrito e intangible que se remonta a miles de años o más, lo que cubre sus vacíos historiográficos y explica la existencia de la comunidad. También evita la disgregación de sus miembros.

Tales concepciones se conocen como cosmogonía.

No hago estas precisiones desde el delirio de una persona desequilibrada, con la muerte esperándolo. Es la reflexión de un hombre educado bajo criterios científicos que vivió, sufrió en carne propia la curiosidad por tales creencias y sobrevivió con la imborrable consecuencia física y mental de haber sido —literalmente— tocado por el horror.

En medio de estos pensamientos personales, ha dado vueltas en mi cabeza una cuestión que la antropología y la historia desterraron al reino de lo descabellado. Le niegan un juicio racional, digno y objetivo: ¿es prudente afirmar con convicción, que los mitos han puesto un velo a lo que vive escondido en selvas, bosques, cuevas o tepuyes? ¿Es posible tener completa certeza de que lo tallado o pintado en rocas hace mucho tiempo, es efectivamente la representación de su entorno, en lugar de algo más arcano y real?.

Preguntas así atormentan mi mente tras regresar a la civilización y ser uno de los sobrevivientes originales. El único con suficiente vigor emocional y lucidez mental para dar testimonio sobre los hechos que acabaron con muchos participantes en la expedición “Colombia-Amazonas”. Su trágico final nunca se informó a la población nacional y el informe oficial yace oculto bajo pilas de archivos, donde jamás verá la luz.

Son los recuerdos del viaje, junto con las preguntas y experiencias posteriores, las que me trajeron a San José. Aquí me administran potentes medicamentos que aíslan parcialmente mi sufrimiento físico y mental, además de ser un escape del tumultuoso trajín social al que ya no le encuentro interés.

Sin embargo, hechos recientes que detallaré a lo largo de esta declaración, me obligaron a salir de la enajenación química que padezco. Me siento obligado a prevenir a quienes hoy se empeñan con terquedad en explorar la misma región amazónica que fue causante del colapso mental de los que salimos de ahí. No me importa si soy ignorado o llamado loco.

A pesar que han pasado años desde que me encontraron recostado sobre un viejo tronco a la deriva por el río Yarí, para mi ha sido un tortuoso y cíclico devenir temporal que mantiene dicha experiencia en mi recuerdo, como si se tratara de eventos recientes. Procederé a exponerlos nuevamente sabiendo que con ello arriesgo la escasa cordura que me queda, reviviendo el horror, el trauma y, sobre todo, la incertidumbre qué ahora me produce el Amazonas.

Aunque el Estado me obligó a guardar silencio sobre ese incidente, albergo esperanzas de encontrar sensatez en los líderes del nuevo viaje. Sin embargo, me basta despertar una chispa de sentido común en otros sobre la necesidad de mantener el aislamiento natural de esa región, pues los horrores que hibernan allí tienen el poder de helar la sangre por igual a hombres de ciencia, fe o a morbosos fanáticos de lo terrorífico.

Son tantas cosas por decir, así que trataré de hacer lo posible por darle coherencia a todo lo experimentado en esos días, sin que los nervios jueguen en mi contra. Porque incluso los hombres de ciencia y raciocinio se ven trastornados cuando encuentran algo que sacude su sistema de verdad y realidad.

Yo no soy la regla y tampoco la excepción, sino el producto de eventos que me cambiaron para el resto de mis días.

Para empezar, basta decir que antes de esta desafortunada experiencia, me desempeñé como arqueólogo y analista científico en la Agencia de Arqueología Nacional, dedicada a la recuperación y reconstrucción histórica del país; específicamente en historia precolombina, lenguas muertas y culturas extintas.

Cuando lo miras en retrospectiva, parece un gran empleo. La verdad es que allí ocupé un escritorio, revisando informes acumulados durante años en estanterías, para su ingreso en los registros oficiales.

Sin embargo, también me dio la posibilidad de viajar ocasionalmente, disfrutar los paisajes, la biodiversidad y, sobre todo, conocer la riqueza étnica colombiana. Es precisamente ese tipo de experiencia la que me puso en el radar de esa terrible e infortunada expedición.

Fue un día de marzo, sentado detrás de mi escritorio en la zona de archivos, con cientos de folios en libros y carpetas regadas por todos lados. Leía una monografía sobre los indígenas en la región del actual departamento de Nariño, quienes de manera feroz y valiente se opusieron a la conquista del imperio Inca en 1510.

Mi jefe, Lorenzo Arteaga, gritó mi nombre desde su elegante y cómoda oficina.

Cuando acudí a su despacho tomé asiento, comenzó un atípico juego de palabras que buscaban lisonjear mi desempeño, destacando el historial académico que poseo a niveles de postgrado, hasta usar una lista innumerable de adjetivos que ablandaron mi carácter.

Ahí fue cuando soltó:

—Tengo un encargo para ti, Josué y viene de arriba.

Levanté las cejas, sorprendido y curioso.

—¿Y qué es, doctor? —pregunté.

Él se removió inquieto en su silla giratoria.

—No tengo toda la información, pero va a venir alguien para explicarte todo. Se trata de un viaje o expedición y el gobierno quiere que alguien oiga y mire.

Asentí. Las expediciones por el país son más comunes de lo que se cree. La mayoría de ellas pasan desapercibidas porque no representan un beneficio directo a las arcas del Estado. Sus objetivos van desde la búsqueda de nuevas especies de flora y fauna, hasta el recorrido por zonas de difícil acceso con fines recreativos o mineros.


Por el tono discreto usado por Lorenzo, supuse que se refería a la recuperación de alguna zona arqueológica con potencial para el turismo.

—¿Y a dónde se supone que es el viaje? —pregunté tranquilamente.

—A la selva del Amazonas, pero no me dijeron el lugar exacto.

Durante los siguientes minutos, me aseguró que mi hoja de vida y experiencia sobre el terreno, eran adecuados para esa tarea. Hizo énfasis en que tenía que estar muy pendiente de todos los detalles que permitieran a la Agencia actualizar sus protocolos y requisitos para futuras expediciones.

En los días siguientes me mantuve indiferente y concentrado en el trabajo que tenía sobre el escritorio, sin darle mucha importancia al tema. Estaba acostumbrado a viajar por el país y no albergaba expectativas de encontrar algo distinto. Por el contrario, desarrollé un hilo fino de apatía por tener que abandonar mi zona de confort.

Finalmente, la esperada visita se produjo.


Fue a eso de las 10:00 a.m. mientras despreocupadamente revisaba otra monografía. La de ese día trataba sobre los primeros pueblos que se establecieron en la cuenca del Río Cauca, a mediados del siglo III, específicamente los ancestros de los Yanaconas.

Lorenzo llegó hasta mi oficina y se paró frente al escritorio.

—Necesito que vengas a mi oficina —dijo con tono de urgencia y prontitud que no admitía negativas.

Asentí y me puse de pie inmediatamente, siguiéndole hasta el despacho.

Cuando entramos allí estaba. Un hombre de mediana edad con un portafolios, vestido con jean y camisa beige de manga corta. Deduje que se trataba de un extranjero por su apariencia: pelo rubio un tanto despeinado, alto, de ojos y piel clara, con hilos finos de sudor corriendo por su rostro. Tenía una expresión de confianza y autoridad que rayaba en la petulancia.

Lo saludé con cortesía y los tres ocupamos los asientos del despacho.

—Su jefe me ha dicho que ha visitado la selva del Amazonas —dijo el hombre con un leve acento que confirmó mi suposición, aunque su español resultó ser bastante bueno y lo entendí a la perfección.

Asentí mientras lo miraba.

—Su gobierno no quiere que vayamos allá sin un delegado, por eso lo han asignado para ir con nosotros —agregó. Lorenzo ya me había informado, pero decidí dejarlo hablar—. Su conocimiento de la selva y los pueblos indígenas que viven en la región puede ser de utilidad. Nuestra organización le dará un jugoso bono por las molestias, cubriremos sus gastos médicos y demás. Le aseguro que su trabajo será el de observador.

Miré a Lorenzo, esperando que dijera algo, pero guardó silencio.

—¿A dónde vamos exactamente? —pregunté sin tapujos—. La selva del Amazonas es un lugar muy grande y no estaríamos exentos de un montón de problemas y desafíos. Además, ¿de qué organización me dijo que viene?

El hombre esbozó una sonrisa que intentaba mostrarlo confiado y me miró.

—Por cierto, llámeme Michael —dijo cortésmente.

Luego sacó una carpeta azul del portafolio y me la extendió. Al abrirla, vi varios folios con fotografías aéreas.

—Trabajo para una fundación en Europa que canaliza fondos destinados a la investigación científica. Lo que se ve en la carpeta fue tomado con ayuda de satélites. Enviaremos a un grupo de expertos a revisar y confirmar lo que creemos es una zona precolombina.

Miré con curiosidad una de las fotografías. Al principio vi los tupidos y altos árboles que predominan en la selva, escondiendo la exuberancia y multiplicidad de biomas bajo ellos; pero al fijarme en los detalles, identifiqué lo que parecían piedras.

—¿Estos son tepuyes? —pregunté mientras le devolvía la carpeta a Michael, quien asintió con la cabeza.

—No lo sabemos y esa es la razón de la expedición. Algunos expertos creen que puede haber algo más.

—¿Algo más? —fruncí el ceño.

Michael abrió la carpeta y revolvió los folios hasta encontrar otra fotografía y la puso sobre el escritorio. Lorenzo y yo nos acercamos a ella con curiosidad; reconocí su contenido porque cualquier persona podía hallarlo con facilidad en internet. Eran las pinturas rupestres del Chiribiquete, en Caquetá.

Eso despertó mi curiosidad.

—Quieren buscar más pinturas rupestres como éstas y creen que han encontrado otro yacimiento en la selva. Acaba de captar mi interés, Michael. —dije sonriendo.

Él me devolvió la sonrisa y sacó otra carpeta con los detalles técnicos. Lorenzo permaneció callado, viendo mi expresión de genuina emoción, la cual no experimentaba en mucho tiempo.

Estreché la mano de Michael tan pronto como terminó de responder mis preguntas, aceptando adherirme a su grupo y recalcando que no representaría un problema para los propósitos privados de su organización, aunque cumpliendo con mi deber de observar y documentar cada aspecto.

Michael me informó que la Fundación había alquilado una bodega cerca del aeropuerto, a donde debía presentarme para las pruebas médicas y físicas. Así que,  durante los días siguientes, me puse a disposición de la misteriosa  organización. Tal como me dijo Michael, no se escatimó ningún gasto o esfuerzo para cumplir con los altos estándares físicos y psicológicos necesarios para la larga duración del viaje y la estancia en la selva. 

Hasta ese momento, me pareció un poco exagerado tal despliegue de recursos técnicos o humanos. Sin embargo, al tiempo que me sometía a las revisiones que solicitaron, documenté de forma meticulosa cada detalle. Su planificación tenía como objetivo garantizar el éxito de su proyecto sin arriesgar nuestra integridad.

Sin embargo, en la selva toda preparación minuciosa se desmorona ante las cambiantes condiciones, sobre todo si estás en la amazonía colombiana.