Chapter 1: el principio
El olor a café quemado y desinfectante se había vuelto parte de la vida de Damián.
Llevaba tres noches durmiendo menos de cuatro horas, sobreviviendo gracias a bebidas energéticas baratas y la esperanza absurda de que todo mejoraría eventualmente. Pero esa mañana, sentado al fondo del aula de anatomía mientras intentaba no quedarse dormido, entendió que las cosas estaban empeorando demasiado rápido.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Otro correo.
No quería abrirlo porque ya sabía qué decía.
Pago pendiente.
Último aviso.
Su acceso a clases será suspendido si el pago no se realiza antes del viernes.
Damián cerró los ojos unos segundos y apoyó la frente sobre el pupitre.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
—¿Te estás muriendo? —murmuró una voz a su lado.
Damián levantó apenas la cabeza.
Gael, uno de los pocos amigos que había hecho en la universidad, lo observaba mientras giraba un bolígrafo entre los dedos.
—Todavía no —respondió Damián cansado—. Pero dame unas horas.
Gael soltó una risa baja.
—¿Cuánto debes?
—No quiero hablar de eso.
—Entonces sí es grave.
Damián guardó el teléfono rápidamente antes de volver a mirar al profesor al frente. Las palabras sobre músculos, nervios y arterias comenzaban a mezclarse en su cabeza como ruido blanco.
No podía perder el semestre.
No después de todo lo que había sacrificado.
No después de las noches sin dormir.
No después de los turnos interminables.
No después de prometerle a su madre que algún día las cosas serían mejores.
Pero el dinero simplemente no aparecía mágicamente.
Y trabajar en una cafetería apenas alcanzaba para comer.
Cuando terminó la clase, Damián salió del aula arrastrando los pies mientras revisaba cuánto quedaba en su cuenta bancaria.
Error.
No debió hacerlo.
Le daban ganas de tirarse al suelo y dramatizar como protagonista de telenovela.
—Oye —Gael lo alcanzó en el pasillo—. Hablo en serio. Conozco un trabajo.
Damián siguió caminando.
—Si dices “robar”, me lanzo por la ventana.
—No es eso.
—Entonces seguro es peor.
Gael sonrió de lado, pero no respondió inmediatamente.
Y eso hizo que Damián lo mirara por primera vez con verdadera sospecha.
—¿Qué clase de trabajo?
—Entregas.
—No.
—Ni siquiera terminé de explicar.
—Cuando alguien dice “entregas” con esa cara, nunca es legal.
Gael soltó una carcajada.
—No tienes que hacer preguntas. Solo llevar paquetes de un lugar a otro. Pagan bien. Ridículamente bien.
Damián dejó de caminar.
Porque necesitaba dinero.
Urgentemente.
Y odiaba que su cerebro siquiera considerara la idea.
—¿Qué contienen los paquetes?
Gael se encogió de hombros.
—No preguntes y todo estará bien.
Eso sonaba exactamente como algo que terminaba con alguien muerto en un río.
Damián suspiró cansado.
—Paso.
—Te expulsarán el viernes, ¿no?
El silencio fue suficiente respuesta.
Gael bajó un poco la voz.
—Solo haz una entrega. Una. Si no te gusta, te sales.
—Así no funcionan las cosas turbias, Gael.
—Créeme, he visto cosas mucho peores.
Eso no ayudaba en absoluto.
Damián miró alrededor del pasillo abarrotado de estudiantes hablando sobre exámenes, fiestas y prácticas médicas como si el mundo fuera completamente normal.
Mientras él sentía que se estaba hundiendo lentamente.
—¿Cuánto pagan? —preguntó al final.
Gael sonrió apenas.
Y eso fue lo primero que hizo que Damián sintiera que acababa de cometer un error enorme.
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Su apartamento era pequeño.
Ridículamente pequeño.
La pintura descascarada de las paredes, el ruido constante de las tuberías y la lámpara parpadeante de la cocina hacían que el lugar pareciera más triste de noche.
Damián dejó caer la mochila junto al sofá y se pasó una mano por el rostro con agotamiento.
Silencio.
Por fin silencio.
Se dejó caer sobre la cama sin siquiera cambiarse de ropa y miró el techo durante varios minutos.
Entregas.
Dinero fácil.
No hagas preguntas.
Todo sonaba terrible.
Sacó el teléfono del bolsillo y volvió a abrir el correo de la universidad.
Último aviso.
Sentía el pecho pesado.
Había trabajado demasiado para llegar hasta ahí como para perderlo todo ahora.
Cerró los ojos con fuerza.
Tal vez solo estaba exagerando.
Quizá realmente era solo mover paquetes de un lado a otro.
Quizá Gael tenía razón.
Quizá necesitaba dejar de pensar tanto.
El teléfono vibró entre sus manos.
Gael.
> Mañana a las 8PM.
Solo ve elegante.
Y Damián…
No hagas preguntas innecesarias.
Damián leyó el mensaje varias veces.
Luego miró nuevamente el correo de deuda pendiente.
Y finalmente, después de un largo silencio, dejó caer el teléfono sobre la cama mientras soltaba una risa seca y cansada.
—Voy a arrepentirme de esto.