Eco del steoul
Capítulo 1: El Eco del Steoul
El camión de mudanzas exhaló un suspiro metálico al detenerse, su motor vibrando aún en la quietud de la tarde. Gabriel, con su sonrisa cansada pero satisfecha, se bajó primero, estirando los brazos hacia el cielo. El sol se ponía, tiñendo el lago Steoul de tonos anaranjados y violetas, mientras la casa se alzaba imponente ante ellos, sus ventanas como ojos oscuros observando el nuevo arribo.
Mariel bajó del coche familiar con un suspiro distinto, una mezcla de alivio por el fin del viaje y una pizca de aprensión. La casa era grande, sí, tal como la había querido Gabriel, un arquitecto de renombre que pasaba más tiempo en maquetas virtuales y aeropuertos internacionales que en tierra firme. Pero había algo en su majestuosidad que rozaba lo taciturno, como un viejo roble que ha visto demasiadas tormentas.
"¡Llegamos!" gritó Jonathan, el más pequeño, de ocho años, despegándose del asiento trasero como un resorte. Sus ojos azules, heredados de Mariel, brillaban con la excitación de lo desconocido. Jonathan era un torbellino de energía, siempre en busca de una nueva aventura.
Lili, de diez años, le siguió con una expresión más cautelosa. Su cabello rubio caía sobre sus hombros, y sus ojos curiosos escudriñaban cada detalle de la fachada de piedra y la maleza crecida del jardín. A Lili le encantaba explorar, pero siempre con una buena dosis de escepticismo, buscando las explicaciones lógicas detrás de cada misterio.
La última en descender fue Cecilia, la mayor, de quince años. Con sus auriculares cubriendo sus oídos y la capucha de su sudadera tapando parte de su rostro, Cecilia era el epítome de la adolescente inmersa en su propio mundo. Sus ojos, profundos y reflexivos como los de su padre, apenas se posaron en la casa antes de volver a enfocarse en la pantalla de su teléfono. Para ella, esa casa era solo "el nuevo wifi".
"¡Es enorme!" exclamó Jonathan, corriendo hacia el porche.
"Parece un castillo abandonado," murmuró Lili, su voz baja pero audible, mientras se acercaba al viejo árbol que dominaba el jardín.
Gabriel rio, su voz resonando en el aire fresco del atardecer. "No está abandonado, pequeña exploradora. ¡Es nuestro nuevo hogar! Y sí, Jonathan, es enorme. Tendremos espacio de sobra para todo." Él siempre había soñado con una casa así, cerca de la naturaleza, un refugio para su familia, aunque su trabajo lo mantuviera alejado de él la mayor parte del tiempo.
Mariel se acercó a la puerta principal, una mano apoyada en la madera gruesa y oscura. Sintió una frialdad inusual, no solo por la temperatura del anochecer, sino algo más profundo, algo que parecía emanar de las mismas entrañas de la construcción. "Es hermosa, cariño," dijo, aunque la frase sonó un poco forzada incluso para ella misma. Una punzada de inquietud le recorrió la espalda. Era una sensación que había ignorado durante toda la búsqueda de la casa, una pequeña voz que le decía que el tamaño y la historia de un lugar a veces venían con un precio.
Mientras Gabriel abría la puerta con una llave chirriante y la familia entraba, arrastrando sus maletas y cajas, la brisa del lago Steoul levantó las hojas secas del jardín. Un sonido, casi un susurro, pareció viajar desde las profundidades de la casa, una respiración contenida que solo Mariel pareció percibir. Era el eco de un lugar que no había estado vacío del todo, o tal vez, nunca lo estaría.
Una gota de agua, fría y espesa, cayó sobre la mano de Mariel desde el marco de la puerta, a pesar de que no había ni una nube en el cielo anaranjado. Miró hacia arriba, pero no vio nada. Solo la madera antigua, el cielo desvaneciéndose y la oscuridad que se tragaba el interior de la casa. Un escalofrío que no pudo explicar le recorrió el cuerpo.