Prólogo
2 años antes...
La noche es como un bloque de hielo, como si fuera el último aviso de que el otoño se rinde ante el invierno. Son apenas las 11:35 p.m. A esta hora, la gente normal está a salvo en sus casas, cerrando puertas y ventanas, preparándose para el frío que se avecina. Pero en esta calle, la paz es una mentira rota.
Luces rojas y azules rebotan contra las paredes de ladrillo en un baile histérico. El suelo no está cubierto de la supuesta escarcha que debería comenzar a caer en esta temporada, sino que hay pedazos de vidrio que brillan como diamantes falsos bajo el bullido de las sirenas. Hay personas aterradas, otras heridas, y algunas que, simplemente, se quedaron sin suerte. La policía traza líneas invisibles, interrogando a los sobrevivientes que aún tiemblan, mientras los paramédicos se mueven con una urgencia que ya no sirve de nada para todos.
Lo que empezó como una parada rápida en una tienda de comestibles se transformó en el escenario de una carnicería: un asalto a mano armada. Cinco sobrevivientes, tres heridos... y dos cuerpos que el mundo ya no recuperará.
Para ella, las estadísticas no existen. La noticia la golpeó como un balde de agua congelada que se derrama desde su cabeza hasta formar un charco a sus pies, arrastrando consigo el shock, el dolor y, finalmente, las lágrimas. Esas gotas amargas se deslizan por sus mejillas hasta empapar la sudadera que lleva puesta, la cual, irónicamente, ya no puede protegerla del frío interno que la devora.
Parece una mentira. Quiere creer que es una pesadilla de la que despertará en cualquier segundo. Pero entonces ve la figura. Está a unos metros, recostada sobre la acera alfombrada de cristales rotos. Hay una mancha roja, densa y oscura, naciendo de su cabeza, expandiéndose como una sombra sobre el concreto.
En ese instante, la realidad la golpea: Miranda no va a levantarse.
Los paramédicos sueltan la sentencia y el mundo de Selene se desarma.
—Señorita, por favor... manténgase detrás de la cinta.
—¡¿Cómo me pueden pedir algo así?! ¡Déjenme pasar, por favor! —el grito nace de sus entrañas, desgarrándole la garganta mientras lucha por zafarse.
No le importa la autoridad, ni los uniformes, ni la cinta amarilla que separa la vida de la muerte.
Solo anhela llegar a ella, empujar a los forenses, correr hacia donde los camilleros cubren un cuerpo con una sábana blanca... y luego cubren el otro.
El que más le importa. El de la única persona que realmente la vio sin importar lo que los demás hablan a sus espaldas.
—Ya... para, por favor—susurra una voz a su lado.
—No... no, por favor no... —su voz se quiebra, astillándose al mismo ritmo que su corazón. El cuerpo le pesa una tonelada, la cabeza le da vueltas y lo único que anhela es que esto sea una mala jugada de su mente, un guion de las películas que planeaban ver esa noche.
Su amiga la sostiene, evitando que colapse o que el próximo ataque de ansiedad termine de romperla. La verdad es cruel, pero la imagen lo es aún más: observa con el alma hecha añicos cómo se llevan lo que queda de Miranda. Lejos de ella. Se supone que esa noche celebrarían una fecha especial, de esas que solo ocurren una vez al año. Lo que debía ser una salida por botanas terminó en tragedia nacional.
Selene se pellizca los brazos, buscando el dolor físico para despertar del sueño, dejando marcas rojas en su piel pálida. Su amiga la detiene, pero Selene ya no escucha.
En su cabeza, una voz gélida le repite la misma sentencia una y otra vez: «Está muerta. No volverá»
Se aferra a los brazos de su amiga, quien la acaricia en un silencio impotente. ¿Qué se supone que debe decirle? ¿Que todo estará bien? ¿Qué Miranda está en un lugar mejor? La idea es absurda, casi un insulto. Así que, lo primero que hace es abrazarla, permitiendo que Selene derrame el alma en llanto, que se desgarre rogándole a Dios que la ayude y le devuelva lo perdido.
Llora hasta secarse, hasta que las fuerzas la abandonan. Selene siempre tuvo pesadillas, pero la que más temía se había hecho realidad de la peor manera posible. Y el invierno, finalmente, había llegado para quedarse en su pecho.