Capítulo 1
Con cuidado de no perder el ritmo ni la distancia entre los puntos, aplicaba la fuerza justa para lograr el efecto de sombra y degradación que buscaba. Cada punto, al son del opening de su serie favorita, lo marcaba con un impulso único.
Su rostro estaba casi pegado a la hoja, iluminada por la gran lámpara del escritorio. El aroma a tinta china se esparcía por la pequeña habitación.
Para ella, era el mejor perfume.
La viñeta estaba casi terminada. Su mesón de trabajo daba cuenta de una ardua batalla: plumas, acuarelas, plumones y lápices.
De pronto, sintió que la movían por el hombro.
Se quitó los grandes audífonos de gato e intentó enfocar. Su vista, acostumbrada al detalle, tardó un segundo en ajustarse.
Era su hermana pequeña, con el rostro lleno de urgencia.
—Martina, la mamá te llama a comer... hace rato.
La niña, de cabello largo y liso, salió corriendo por el pasillo.
Antes de levantarse, Martina miró la hoja en la que trabajaba.
Lo estaba logrando.
La composición... y el trabajo de tintas...
estaban quedando exactamente como quería.
***
En la mesa ya estaban todos esperándola. Incluso la abuela, que estaba de visita.
Su padre, un hombre robusto y de rostro bonachón, levantó la vista apenas la vio.
—Marti, ya se enfría la comida. No me diga que estaba otra vez con esos monitos chinos —dijo, con la boca llena—. Siéntese y coma mejor. Mañana tiene clases, hay que dormir temprano.
—No son monos chinos, papá... son japoneses. Ya te lo he dicho mil veces.
Su padre se rió y le hizo un gesto para que se sentara.
Martina buscó su asiento junto a su madre, frente a su hermana. Miró el plato con detenimiento.
Tallarines con salsa de tomate y salchichas.
Uno de sus favoritos.
—¿Y cómo te ha ido en eso que estás estudiando, hija? Eso del dibujo...
Su abuela se acomodó los grandes anteojos para mirarla mejor.
La pregunta cayó donde no debía.
Los cubiertos se detuvieron. El sonido en la mesa se apagó.
—Estudio diseño gráfico, abuelita... ya sabes que me gusta dibujar —respondió Martina, girando los fideos con el tenedor sin llevárselos a la boca.
—Pásenme la ensalada —pidió su madre.
Siempre hacía eso cuando algo empezaba a tensarse.
El padre siguió comiendo, haciendo ruido. De vez en cuando levantaba la vista.
—Verá, mamá... la Martina está estudiando eso del diseño en el instituto, pero yo ya le he dicho que, si quiere, puede escoger algo... no sé... que deje más dinero...
—Por favor, Mario, no empieces con eso —interrumpió la madre, con la ensaladera en la mano—. La niña está siguiendo sus sueños.
—...pero no se vive de sueños. Hay que traer el pan a la mesa. Yo trabajo como esclavo en la fábrica... pero podemos hacer un esfuerzo.
Martina siguió moviendo los fideos en silencio.
Sus pulgares jugaban con el ojal del chaleco. El cabello le caía como una cortina, separándola de la conversación.
Entonces sintió unas manitos rodeándola.
Julita.
Siempre hacía eso cuando pasaban estas cosas.
Martina no dijo nada.
Pero en su cabeza, la viñeta seguía avanzando.
***
La pequeña oficina olía a mortadela y café soluble, del barato.
Los técnicos y civiles eran los primeros en llegar para alcanzar a tomar desayuno. Se sentaban cerca de la entrada, hablando de trabajo.
Un hombre presionaba el ya desgastado y roto botón rojo de la máquina de agua caliente. Era el supervisor de obra.
Tomás lo miraba con media sonrisa.
Alto, delgado. Camisa blanca impecable. Pantalones cargo ajustados. Un casco blanco bajo el brazo.
—Otro día de mierda, ¿no, Tomy? Con esta lluvia no se puede avanzar mucho. Ya sabes... el barro no ayuda.
Terminó de llenar su vaso de poliuretano.
—En esta empresa no pagan mucho, pero es plata segura. Ya verás... en un par de años esta silla será tuya.
Se dejó caer en una silla de cuero con ruedas, con el café cargado en la mano.
—Sabes que no me motiva eso, Carlos. Me gustaría avanzar... hacer otras cosas.
Se peinó la melena rubia con la mano, dejando algunos mechones tras la oreja.
—Bah... Tomy. Te lo digo porque trabajé con tu papá. Incluso fui alumno suyo en la facultad. Dedícate a tu carrera, ser arquitecto lo llevas en la sangre.
Hizo una pausa.
—Sé que esto de entregar casas no es construir catedrales medievales...
Soltó una risa, medio ahogada por el pan con mortadela.
—Pero por ahí se empieza. Yo empecé igual.
—Si tú lo dices, Carlos...
Una sonrisa apenas sostenida.
Tomás saludó con cortesía y se fue a su oficina.
Cerró la puerta.
Encendió el computador.
Abrió su agenda.
En la mañana, dos entregas. Una en segunda instancia.
Cliente problemático.
Revisó su reloj.
Aún era temprano. Siete y media.
Le quedaba media hora antes de que comenzara la jornada... y no se la iba a regalar a la empresa.
Abrió otra página.
Armazón.
La plataforma de ventas.
Entró a su perfil. Menú de ventas.
Dos publicaciones.
Sus mejores obras.
Revisó los números con expectativa.
Veintitrés en una. Catorce en la otra.
Lo mismo que hace un mes.
Desvió la mirada al calendario de la constructora, colgado en la pared.
Una familia perfecta le devolvía la sonrisa.
Incluso un golden retriever, demasiado limpio para ser real.
Buscó las fechas marcadas en rojo.
La próxima: en dos meses.
Julio.
Cambió de pestaña.
Abrió la página del concurso de la editorial Morma.
Miró su reloj inteligente para confirmar la fecha.
Un gesto automático.
Innecesario.
Aun así, le devolvió algo parecido a la calma.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de ahí.
—Sorry, Tomy... no quería molestarte —dijo su jefe, asomando la cabeza—. Pero los clientes ya llegaron.
Hizo una mueca tensa.
—Suerte con eso.
***
Martina subió al bus con la mochila colgando de un solo hombro.
Llovía fuerte.
Dentro, encontró un asiento al fondo. Se escabulló entre señoras pintarrajeadas, perfumes baratos y olor a humedad hasta plantarse ahí, con la mochila, el bolso y sus cuadernos.
Cuarenta minutos.
Para ella.
“Las Galaxias”, el bus más rápido de Concepción, iba lleno, como siempre a esa hora.
Se acomodó junto a la ventana empañada.
Se puso los audífonos de gato.
Eligió la playlist que había armado a las tres de la mañana.
Anime clásico de los noventa.
El mejor.
Subió el volumen hasta que el mundo se volvió un murmullo lejano.
Sacó el tomo de Solo Leveling que llevaba en la mochila.
No era el más nuevo, pero lo estaba releyendo por tercera vez.
Con la otra mano tomó el pequeño lápiz grafito que siempre guardaba en el estuche.
Abrió el manga.
No para leer.
Para trabajar.
Con trazos rápidos y suaves fue anotando en los bordes de las viñetas:
“composición diagonal – tensión” “sombra 70 % aquí, el ojo sigue la luz” “corte de panel perfecto, pausa emocional”
De vez en cuando detenía el dedo en una viñeta.
Entrecerraba los ojos.
Dibujaba una flecha invisible en el aire.
Imaginaba cómo lo habría hecho ella.
Sus anotaciones eran pequeñas, casi invisibles.
Pero precisas.
Estaba estudiando.
Desarmando el mecanismo para ver cómo funcionaba la magia.
Un par de señoras la miraban raro.
Ella no se dio cuenta.
***
Tomás estaba de pie en medio del living de la casa por entregar, casco blanco bajo el brazo, tratando de mantener la sonrisa profesional.
La señora —unos cincuenta años, cabello rubio artificial, uñas acrílicas color fucsia— señalaba el techo con el dedo índice.
—...y le digo que la luz natural aquí es mala, no entra nada. Es muy oscuro. Mi marido quería una isla más grande en la cocina y usted nos puso esto. Y la cubierta no es mármol. ¿Esto es lo que llaman “diseño premium”?
El marido, un hombre bajo, con la mirada perdida, un poco más atrás, asentía en silencio.
Como si ya hubiera perdido la batalla hace rato.
Tomás respiró por la nariz.
Ordenó sus ideas.
—Entiendo su preocupación, señora.
(Pausa)
—Pero esto está dentro de lo proyectado.
Su teléfono vibró en el bolsillo del pantalón cargo.
La mujer seguía indicando fallas detrás de un mueble.
Una vez.
Dos.
Insistente.
Lo ignoró.
—...agregar un tragaluz aquí no sería problema —siguió, marcando el techo con el láser—. Quedaría espectacular.
El teléfono volvió a vibrar.
Tres veces seguidas.
La señora levantó una ceja.
—¿No va a contestar? Parece importante.
Tomás apretó la mandíbula.
Sacó el celular con la mano libre.
Pantalla encendida.
WhatsApp.
Carmen — Editorial Morma.
URGENTE — Posible oportunidad real. Juntémonos mañana.