CÓDIGO: VALDEX

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Summary

En un mundo donde el poder lo define todo, los Nulos solo nacen para sobrevivir… o morir olvidados. Ryan Garcu siempre creyó ser uno de ellos. Un chico común en los barrios bajos de la Ciudad de Hierro, ocultando cicatrices que nadie debía ver. Pero bajo el guante negro que cubre su mano derecha, arde un fuego capaz de pulverizar acero y convertir piedra en cenizas. Cuando un accidente desata el caos en plena ciudad, Ryan rompe la única regla que su madre le impuso: jamás usar su poder. Ahora, la mentira de los Garcu comienza a derrumbarse. Un misterioso maestro llamado Kurore ha descubierto la verdad: Ryan pertenece a la sangre prohibida de los Valdex, una línea de fuego puro que debería estar extinta. Mientras la Capital detecta una anomalía imposible y las sombras empiezan a moverse, Ryan tendrá que decidir entre seguir ocultándose… o entrar a la Academia de Control Elemental y aprender a dominar el monstruo que lleva bajo la piel. Porque algunos fuegos no nacieron para apagarse

Genre
Scifi
Author
Miyoman
Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cenizas bajo la piel

Capítulo 1: Cenizas bajo la piel

El mundo no recordaba la piedad, solo el orden implacable dictado por la sangre.

Desde el fin de la Guerra Antigua, cuando los Dioses Griegos descendieron para moldear la tierra a su antojo, la humanidad quedó marcada por una jerarquía genética irrompible. En la cúspide se alzaban los Bendecidos, poseedores del don puro de las deidades, capaces de fracturar la realidad o mover los océanos con un parpadeo de voluntad. Sin embargo, el mito también hablaba de un Dios Rebelde, una entidad disidente que saboteó el monopolio divino al heredar a los mortales el eslabón: la capacidad de sintonizar y despertar el poder elemental latente en las armas. Quienes nacían con ese rasgo eran los Portadores, guerreros que convertían el metal común en extensiones de destrucción.

Y al final, en la base más baja y olvidada de la sociedad, se encontraban los Nulos. Aquellos a quienes la suerte genética había ignorado por completo. Espectadores en un mundo diseñado para los fuertes.

Tras la guerra, el don elemental había dejado de ser un símbolo de nobleza o riqueza; se había mezclado con la cotidianidad más mundana. En las esquinas de los barrios bajos había vagos capaces de manipular corrientes de agua para delinquir, y en las escuelas abundaban estudiantes flojos y soberbios que caminaban alzados solo por la fortuna biológica de activar un eslabón. Ser elemental era un rasgo biológico, no una clase social, lo que volvía la convivencia urbana un polvorín constante.

Para los habitantes de la periferia en la Ciudad de Hierro, el joven que caminaba con la mirada baja por el lodo de las calles era simplemente Ryan Garcu. Un Nulo más en una familia humilde que sobrevivía al día. Pero las etiquetas del mundo suelen ser frágiles cuando el secreto que se oculta bajo la piel es lo único que mantiene encendido el latido del corazón.


El despertador digital interrumpió el silencio de la habitación a las 6:00 AM con un pitido seco.

Ryan se incorporó de golpe, con la respiración rota y el pecho agitado. El sudor frío le corría por la frente, pero su temperatura corporal contradecía la frescura de la mañana; su piel se sentía como un auténtico horno. En sus retinas aún parpadeaban los fragmentos de la misma pesadilla recurrente: una silueta colosal envuelta en llamaradas doradas, reduciendo rascacielos enteros a ríos de ceniza líquida.

Se sentó en la orilla del colchón, presionando sus sienes con la mano izquierda para disipar la migraña. Luego, bajó la mirada hacia su extremidad opuesta.

La palma de su mano derecha estaba surcada por una red de cicatrices finas, marcas de quemaduras autoinfligidas. Intenté cerrar el puño, pero un dolor agudo le arrancó un leve quejido. El aire alrededor de sus dedos vibraba visiblemente, distorsionado por un calor pasivo, denso y sofocante que se negaba a extinguirse.

Con una frustración que ya era rutina, tomó del buró un guante de tela negro y grueso, diseñado para aislar altas temperaturas. Se lo deslizó por los dedos con cuidado, asegurando la muñeca.

—Apenas amaneció y ya estás jodiendo... —susurró hacia su propia mano, apretando los dientes—. Cállate ya.

Al bajar a la cocina, el aroma a frijoles refritos y café de olla mitigó un poco la tensión. El espacio era pequeño, el reflejo de una casa que sobrevivía con lo justo. Jaz, su madre, movía la sartén con movimientos mecánicos y rápidos, manteniendo esa postura firme de quien no se deja doblegar por la pobreza. En la mesa, su hermana menor, Vena, devoraba el desayuno ajena a todo, haciendo chocar dos figuras de plástico.

Ryan intentó pasar desapercibido acomodándose la mochila sobre el hombro, pero el instinto de su madre era infalible. Los ojos de la woman se clavaron de inmediato en el guante negro. Un destello de temor viejo y conocido cruzó sus pupilas por una fracción de segundo, pero lo ocultó endureciendo el gesto.

—Te vas a quemar la lengua si comes con esa prisa, Ryan —dijo ella, sirviéndome un plato sin mirarlo a los ojos—. En esta casa todos somos Nulos. Tu hermana, tú y yo. Gente normal. No necesitamos armas ni trucos raros para salir adelante, ¿quedó claro? Así que ponte el uniforme de la prepa y no busques problemas. Tu apellido es Garcu, recuérdalo siempre.

—Fuerte y claro, má —asentí el joven, entendiendo el peso de la advertencia.

Jaz sabía perfectamente que lo que vibraba bajo esa tela no era una articulación dañada, sino el fuego puro de la línea Valdex queriendo romper el cascarón. Pero prefería aferrarse al apellido Garcu, la mentira legal que los mantenía ocultos de las sombras de la Capital.

Ryan le dio un beso rápido en la mejilla, molestó a su hermana con un leve empujón en las costillas y cruzó el umbral de la puerta antes de que la atmósfera se volviera más densa.


La preparatoria pública era un microcosmos caótico del mundo exterior, donde la soberbia de los bendecidos por la genética chocaba con la realidad del barrio. No importaba el estrato social; si la biología te otorgaba compatibilidad elemental, los pasillos te pertenecían. Había Bendecidos que presumían sus dones levitando objetos menores, y Portadores que caminaban con arrogancia, mirando por encima del hombro a los Nulos.

Durante el receso, mientras Ryan intentaba llegar a las escaleras del patio, tres estudiantes le cerraron el paso. Al frente estaba Santos, un Portador conocido por su historial problemático en el bloque, un vago de esquina que utilizaba su don para intimidar. Tenía una sonrisa ladina y hacía girar un bolígrafo metálico entre los dedos.

—Vaya, pero si es Garcu. El Nulo más puntual de la generación —provocó Santos, bloqueando el camino.

Con un giro rápido, el bolígrafo dio un clic mecánico. En un destello de luz azul, el objeto se desplegó, transformándose en un cuchillo táctico militar. De la hoja brotó un flujo constante de agua a presión que siseaba en el aire, humedeciendo el concreto. Su arma elemental estaba activa. En esa época, incluso los estudiantes más flojos poseían la suerte biológica de activar un eslabón.

—Quítate de la vía, Santos. No tengo tiempo para tus complejos —respondió Ryan, manteniendo la voz neutral.

—¿Complejos? —Santos rió con desdén, dando un paso al frente—. Solo me da curiosidad cómo respira la gente como tú. Nacer sin un solo eslabón compatible... debes sentirte como un fantasma en este mundo.

Antes de que Ryan pudiera preverlo, Santos le plantó una mano en el pecho y lo empujó con fuerza. El joven perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo del patio, mientras su mochila se abría, desparramando sus libretas.

En la caída, su mano derecha impactó de lleno contra el pavimento.

El dolor fue inmediato, pero la consecuencia fue peor. La palma del guante negro comenzó a emitir un levísimo hilo de humo gris. Por debajo de la tela, un fulgor anaranjado y furioso intentó abrirse paso de golpe.

Ryan apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le crujió. Concentró toda su voluntad en frenar el flujo, sintiendo cómo el calor subía por su muñeca como lava hirviendo. Clavó la mirada en el suelo, obligándose a respirar despacio. Contenlo. Frénalo. Ahora no. Si se quitaba ese guante, la energía Valdex carbonizaría la pierna de Santos en un parpadeo, pero el precio sería la exposición total de su familia y el fin de la mentira de los Garcu.

—Ni siquiera te defiendes. Patético —Santos pateó una de las libretas, aburrido por la falta de reacción—. Vámonos, muchachos, este Nulo no sirve ni para calentar el asiento.

Se alejaron entre risas. Ryan permaneció un momento apoyado en las rodillas, esperando a que el humo de su guante se disipara. Recogió sus pertenencias con la mano izquierda, sepultó la derecha en el bolsillo de la sudadera y se levantó en silencio, tragándose la rabia.


El verdadero desastre ocurrió por la tarde, cuando cruzaba la plaza central de regreso a casa. El lugar estaba saturado por el bullicio típico del mercado sobre ruedas, puestos de comida y transeúntes locales.

Un convoy militar de tres camiones blindados avanzaba pesadamente por la avenida principal. De pronto, el segundo vehículo dio un frenón violento que hizo rechinar las llantas. Una sirena roja comenzó a parpadear en el techo de la cabina y una densa energía de color verde esmeralda comenzó a filtrarse por las rendijas de la carga.

—¡A la chingada! ¡El núcleo de tierra de la carga colapsó! —gritó un guardia por el megáfono, con el pánico rompiéndole la voz—. ¡Evacuen la plaza inmediatamente!

Uno de los soldados descendió en chinga del vehículo y desenfundó un hacha de combate que brilló con runas de piedra. Era un Portador. Golpeó el suelo con el arma intentando levantar una barricada de roca que contuviera la onda expansiva, pero la energía esmeralda estalló antes de tiempo. El contenedor del camión voló en pedazos, fracturando el muro improvisado y lanzando proyectiles de concreto gigantescos en todas direcciones.

El tiempo pareció ralentizarse para Ryan.

Un fragmento de concreto del tamaño de una mesa de comedor salió disparado a gran velocidad, directo hacia un puesto de aguas frescas donde una mujer y su hijo pequeño estaban congelados por el miedo, cubriéndose la cabeza.

El cuerpo del joven se movió por instinto primitivo. Olvidó las advertencias de mi madre, olvidó el perfil bajo, lo olvidó todo. Dio tres zancadas explosivas, saltó sobre un contenedor de basura y se interpuso entre la roca y la familia.

Cruzó los brazos para recibir la masa de concreto, impactando su mano derecha desnuda —el guante se había rasgado por completo en la carrera— directamente contra la superficie de la piedra.

Un siseo ensordecedor y seco llenó el aire. ¡Tsssssss!

Fue el sonido de un yunque al rojo vivo siendo sumergido en agua helada. No hubo flamas visibles ni una explosión de fuego tradicional. Lo que ocurrió fue un choque térmico absoluto y devastador. El calor instantáneo que emanó de su palma fue tan extremo que destruyó la densidad molecular de la roca. El hormigón se cuarteó en millones de líneas milimétricas y se desintegró en polvo y grava inofensiva en el segundo en que tocó su piel.

La onda de choque arrojó a Ryan hacia atrás. Cayó de rodillas sobre los escombros, soltando un rugido ahogado de dolor. Se sujetó la muñeca derecha con violencia; la piel de su brazo estaba al rojo vivo, cubierta por una quemadura severa causada por su propio calor atrapado. Su cuerpo no poseía un canalizador, un arma antigua, para soportar su propia energía.

La multitud emergió de la nube de polvo, tosiendo y desorientada.

—La piedra... se deshizo sola —alcanzó a escuchar a la madre, quien lloraba mientras abrazaba a su hijo—. Estaba podrida... Dios mío, nos salvamos por milagro.

Ryan se puso en pie con dificultad, ocultando el brazo herido dentro de la manga de la sudadera. Agaché la cabeza y se metió rápidamente por un callejón oscuro antes de que las autoridades empezaran a buscar respuestas.


La plaza seguía siendo un caos. El remanente del núcleo de tierra en el camión militar vibraba con violencia, listo para una segunda detonación que volaría la mitad de la colonia. Los guardias estaban heridos en el suelo y la gente corría en estampida.

Caminando en sentido contrario al pánico, un hombre con una gabardina beige desgastada avanzaba a paso lento, masticando un palillo de madera. Tenía una facha descuidada, de esas que hacen que la gente no te tome en serio, pero sus ojos eran afilados como navajas. Era el Maestro Kurore.

Se detuvo a diez metros del camión que ardía en llamas verdes. Con una parsimonia casi insultante, llevó su mano izquierda al cinto, donde descansaba una katana de diseño antiguo, con la empuñadura gastada y la funda envuelta en tiras de cuero viejo. Una verdadera Arma Antigua de la época de la guerra.

—Los novatos de hoy no saben asegurar una carga... Qué molestia —murmuró Kurore.

Desenvainó apenas tres centímetros de la hoja mística.

El aire de la plaza se congeló instantáneamente. Las ráfagas de viento se detuvieron en seco y la temperatura ambiental cayó en picada mientras la katana succionaba todo el calor circundante para alimentarse. Un instante después, la hoja se encendió en una llamarada de fuego rojo puro, denso y perfectamente controlado.

Con un movimiento casual de su brazo, Kurore lanzó un arco de fuego cortante. Las flamas rojas envolvieron el contenedor militar, pero en lugar de provocar una explosión, el fuego antiguo comenzó a “devorar” la energía desbocada de la tierra, consumiéndola hasta extinguirla por completo.

Regresó la katana a la funda con un sutil clic que resonó en el silencio sepulcral que había quedado en la plaza. Los guardias militares lo miraron con un pánico reverencial.

—Un... ¿un Portador de fuego? —tembló uno de los soldados—. Esas líneas de sangre se extinguieron hace décadas... ¿Quién es ese hombre?

Kurore ignoró los murmullos. Caminó con paso lento hacia el punto donde la primera roca se había desintegrado. Se agachó, tomó un puñado de la grava pulverizada, la olió y notó el calor residual con aroma a azufre. Levantó la mirada hacia el callejón oscuro por donde el muchacho había huido y sonrió de medio lado.


Ya entrada la noche, la casa de los Garcu estaba sumida en un silencio tenso. Ryan estaba sentado en la orilla de su cama, con el torso descubierto, apretando los dientes mientras se aplicaba una pomada antiséptica en la muñeca derecha. La quemadura de segundo grado se veía bastante fea.

De pronto, las cortinas de la ventana se agitaron con brusquedad. Un viento caliente que apestaba a madera quemada y ceniza invadió la habitación en un parpadeo.

El joven se puso de pie de un salto, adoptando una postura de defensa y cubriendo su brazo herido con una playera vieja.

Apoyado en el marco de la ventana, de lo más relajado, estaba Kurore.

—¿Quién eres y cómo te metiste aquí? —dijo Ryan en un susurro tenso—. Llego a levantar la voz y mi madre te baja de ahí a escobazos, vato.

—Tienes buenos reflejos para ser un simple Nulo, muchacho —Kurore bajó de la ventana con suavidad, caminando hacia él sin prisa—. O al menos ese es el cuento que le vendes a los idiotas de tu escuela, Ryan Garcu.

—Hubo un accidente en la plaza y me cayó un escombro encima, eso fue todo. Si vienes a investigar lo del camión, perdiste tu tiempo. Yo no vi nada.

—El hormigón no sufre una fractura por choque térmico porque sí... —Kurore se detuvo a dos pasos del joven, clavando sus ojos en los suyos—. O debería decir, Ryan Valdex.

El muchacho se tensó por completo, sintiendo un frío helado en el estómago. Dio un paso atrás hasta que su espalda chocó contra la pared. El secreto que tanto les había costado ocultar estaba expuesto.

—No sé de qué hablas. Ese no es mi apellido.

—Puedes cambiarte el nombre por el de tu madre, pero no el color de la energía que te quema la carne —Kurore bajó la mirada hacia el brazo herido—. Tienes una anomalía masiva en esa mano derecha. Tienes el fuego puro de los Valdex corriendo por tus venas, pero tu cuerpo no tiene un canalizador. Te estás cocinando vivo desde adentro, muchacho. Si sigues conteniendo esa presión por miedo a que te descubran, ese fuego te va a arrancar el brazo antes de que termine el año.

Ryan miró su mano herida. Aún temblaba visiblemente, emitiendo un hilo de vapor caliente que delataba sus genes. Ya no tenía sentido seguir fingiendo.

—¿Qué quieres? —preguntó con la voz rota—. ¿Vas a entregarme a la Capital?

—No me pagan lo suficiente para ser el perro de nadie. Yo enseño —Kurore metió la mano en su gabardina y sacó una placa metálica pesada, de color negro mate con inscripciones grabadas en oro puro. El pase de la Academia de Control Elemental. La lanzó sobre la cama—. El examen de admisión es el lunes por la mañana. Piénsalo bien, Valdex. Puedes quedarte aquí escondido jugando al Nulo hasta que tu propio cuerpo se incinere... o puedes venir y aprender a domar al monstruo. No seas sacón.

Kurore dio un paso hacia la sombra de la esquina y, en un parpadeo de luz residual, desapareció de la habitación, dejando solo una pequeña brasa roja flotando en el aire que se apagó antes de tocar el suelo.

El joven caminó despacio hacia la cama y tomó la placa metálica. Sentía el frío del metal grabado en su mano izquierda. Abajo, se escuchaban los pasos de su madre asegurando la puerta principal con el cerrojo. Volvió a mirar su extremidad lesionada.

—La academia... —susurré para sí mismo—. Si entro a ese lugar, ahora sí se va a armar la gorda.


A miles de kilómetros de ahí, en el último piso de una torre corporativa colosal que dominaba el horizonte de la Capital, la estancia estaba sumida en la penumbra. Los enormes ventanales mostraban una metrópoli futurista e implacable, iluminada por corrientes estables de energía elemental.

De espaldas a la habitación, observando el panorama con las manos entrelazadas detrás de la espalda, se encontraba un hombre imponente. Vestía un traje de corte militar impecable y costoso.

Sobre su escritorio de madera fina, una pantalla holográfica parpadeaba mostrando un mapa satelital de la provincia. Un indicador brillaba en rojo con un texto claro: ANOMALÍA TÉRMICA DETECTADA - REGISTRO TIPO 0 (FUEGO PURO).

El hombre tomó un vaso de cristal con una bebida y le dio un sorbo corto. Al colocar el vaso de vuelta, el calor pasivo que emanaba de su propio cuerpo dejó una marca perfectamente circular y carbonizada en la madera barnizada del mueble.

Con un movimiento frío de sus dedos, apagó la pantalla holográfica, sumergiendo la oficina en una oscuridad aún más densa.

—Kurore... —murmuró el hombre, con una voz grave, profunda y carente de cualquier pizca de piedad—. Sigues recogiendo la basura que dejo en el camino.