Prólogo
Aún recuerdo aquella voz robótica saliendo de la megafonía.
—Asistente clínico número 72, Damien Cross. Se solicita su presencia en la oficina 17.
Todavía me atormenta en las noches de insomnio. Esa maldita voz metálica.
Quién diría que, en lugar de subir mi sueldo por entregar cada mañana lo poco que me quedaba de cordura, terminarían trasladándome. Porque sí, técnicamente no fue un despido… aunque se sintió exactamente igual.
En Blackwood Psychiatric Institute trabajé durante tres años. Veinticuatro pisos, treinta y ocho oficinas centrales y más de cuatrocientos internos. Un lugar tan grande que uno terminaba sintiéndose invisible entre tantos pasillos blancos y rostros agotados.
Las ojeras ya se me marcaban incluso antes de empezar el turno nocturno. Y ese café amargo que servían en la sala de descanso… parecía tener como único propósito mantenernos despiertos el tiempo suficiente para volvernos miserables.
Pero Blackwood ya no podía “mantener ciertos gastos operativos”. Eso dijeron.
Así fue como terminé en Monarch Mental Health Center.
Un edificio viejo, húmedo y decadente donde hasta saludar parece una tortura para los empleados y del cual descubriría los secretos más turbios e inhumanos. A veces los internos parecen más cuerdos que los propios “cuerdos”.
Y quizás…
solo quizás…
puede que tenga razón.