Capítulo 1
El ascensor subía con una suavidad casi imperceptible, pero para Siegfried, cada piso que marcaba el panel digital era un latido ensordecedor en sus sienes. Piso 12. Piso 15. Piso 22. Puerto Madero, Buenos Aires. El aire acondicionado del cubículo de acero y cristal estaba al máximo, pero él sentía una gota de sudor frío deslizándose por su nuca, justo por debajo del cuello impecablemente almidonado de su camisa de diseñador.
Se miró en el espejo del ascensor. Vio a un hombre de treinta años, de facciones afiladas, cabello rubio perfectamente peinado hacia atrás y un traje azul marino que costaba lo mismo que un auto usado. Vio a un director regional de una firma europea. Vio al esposo de Brunhilde.
Y, sin embargo, el anillo de oro blanco en su dedo anular izquierdo parecía pesar una tonelada.
El ascensor se detuvo con un suave campaneo en el piso 28. Las puertas se abrieron, revelando un pasillo silencioso, alfombrado en tonos grises. Siegfried dio un paso al frente. Su mente racional —la misma que Brunhilde tanto elogiaba, la misma que le permitía cerrar contratos millonarios sin pestañear— le gritaba que diera media vuelta, que apretara el botón de la planta baja, se subiera a su Audi y volviera a su casa en los suburbios de zona norte. Le gritaba que estaba a punto de cometer el error más catastrófico de su vida adulta.
Pero sus pies no le obedecieron. Caminaron por inercia hasta la puerta 28-B.
No tuvo que tocar el timbre. La puerta estaba entreabierta. Siegfried empujó la pesada hoja de madera laqueada y entró.
El contraste con el pasillo aséptico fue brutal. El departamento era un penthouse moderno, pero había sido secuestrado por una estética caótica y vibrante. Las luces principales estaban apagadas. En su lugar, tiras de luces LED bañaban las paredes y el techo en tonos púrpura profundo y azul eléctrico, creando una atmósfera de club nocturno privado. Las cortinas blancas de los enormes ventanales estaban cerradas, bloqueando la vista nocturna de la ciudad y aislando el lugar del resto del mundo.
A un costado, la gran pantalla de un televisor inteligente proyectaba un video musical sin volumen. Cerca de la entrada, la enorme jaula vacía de un perro descansaba en la penumbra. Y flotando en el aire, denso e inconfundible, estaba el aroma. Vainilla, cereza y un toque de algo cítrico. El mismo perfume que había atormentado sus sueños durante los últimos tres años.
—Tardaste, rubio. —La voz llegó desde el centro del salón, cargada de esa ironía porteña que él conocía de memoria.
Siegfried cerró la puerta a sus espaldas. El clic de la cerradura sonó como una sentencia.
Se giró lentamente y la vio.
Milica estaba parada a un par de metros de él, terminando de ajustar su celular en un trípode de aro de luz. Cuando se dio la vuelta para mirarlo, Siegfried sintió que le faltaba el aire. El tiempo parecía no haber pasado por ella, o quizás solo la había vuelto más letal.
Llevaba el cabello oscuro recogido en una colita alta y tirante, dejando que su flequillo lacio le cayera justo por encima de esos ojos almendrados, delineados con precisión felina. Su atuendo era un arma diseñada para destruir sus defensas. Vestía una camperita blanca, excesivamente corta, que apenas le cubría las costillas. La prenda estaba adornada con costuras y herrajes plateados que parecían cicatrices metálicas, dándole un aire de rebeldía calculada. El cierre frontal estaba bajado estratégicamente, revelando un escote profundo y el nacimiento de sus tetas, sobre las cuales descansaba una cruz de plata brillante.
Pero fue la parte inferior lo que hizo que Siegfried tuviera que tragar saliva. Milica llevaba unos pantalones negros ajustadísimos, de un material que parecía abrazar cada curva de sus piernas y caderas. A los costados, desde la cadera hasta el muslo, la tela desaparecía en cortes audaces, unidos únicamente por cordones negros entrelazados que dejaban ver tramos de su piel pálida y desnuda.
Era vulgar, era provocativa, era absolutamente todo lo que Brunhilde odiaba. Y era una de las mujeres más hermosa que Siegfried había visto en su vida.
—No debería estar aquí, Mili —fue lo único que logró articular, su voz sonando más ronca de lo normal.
Milica soltó una carcajada. Fue una risa nasal, corta, sin una pizca de arrepentimiento. Se cruzó de brazos, un gesto que hizo que la tela blanca de su top se tensara y el cierre bajara un milímetro más.
—"No debería estar aquí, Mili" —lo imitó, engrosando la voz y poniendo cara de sufrimiento—. Ay, por favor, Sieg. Me das una lástima bárbara a veces. Sos un chabón re copado, re inteligente, tenés toda la guita del mundo, y te dejás domar por esa alemana careta. Mírate. Estás temblando, boludo.
—No la llames así. Brunhilde es mi esposa. Habíamos quedado en cenar a las nueve.
—Y yo soy el amor de tu vida. No nos pisemos la manguera entre bomberos, rubio. —Milica descruzó los brazos y caminó lentamente hacia él, sus caderas balanceándose con una cadencia perezosa y depredadora—. Si de verdad quisieras estar cenando sushi orgánico o lo que sea que coma la amargada esa, no habrías manejado cuarenta minutos hasta mi casa. Estás acá porque te estás ahogando en esa vida de plástico.
Siegfried retrocedió un paso, chocando contra el respaldo del sofá gris.
—Vine porque me enviaste ese mensaje. Porque dijiste que necesitabas hablar, cerrar la etapa...
—¿Cerrar la etapa? —Milica ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa maliciosa—. Ay, mi amor... qué inocente que sos a veces. ¿De verdad pensaste que te traje acá para tomar un té de manzanilla y hablar de nuestros sentimientos? Mirame. Mirame bien, Siegfried.
Sin apartar sus ojos de los de él, Milica retrocedió hasta quedar en el centro de la sala, iluminada por el resplandor púrpura. Tomó un pequeño control remoto y le dio play.
El silencio del departamento se hizo añicos. El bajo retumbante de un parlante Bluetooth oculto en algún rincón empezó a escupir una base de reguetón pesada, lenta, un ritmo sucio y embriagador.
Siegfried se dejó caer en el borde del sofá, incapaz de apartar la mirada.
Milica se transformó. Ya no era la exnovia resentida, era la estrella, la streamer, la mujer que tenía a miles de personas comiendo de la palma de su mano todas las noches. Pero esta noche, la audiencia era de una sola persona.
Levantó los brazos, rozando su propio cabello, y comenzó a moverse. El ritmo parecía poseerla. Movía las caderas de lado a lado con una fluidez que hipnotizaba, trazando ochos invisibles en el aire. Sus manos bajaron por sus muslos, trazando el recorrido de los cordones de su pantalón, atrayendo la mirada de Siegfried exactamente hacia donde ella quería: la piel expuesta de sus caderas.
Se dio una vuelta a medias, dándole la espalda por un segundo para mostrarle la curva perfecta de su trasero, y luego lo miró por encima del hombro. Se mordió el labio inferior, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y deseo puro.
Siegfried apretó los puños contra sus rodillas.
Milica se giró de nuevo hacia él, retomando el ritmo frontal. Levantó la mano derecha y, con el dedo índice, lo señaló directamente a la cara, sincronizando sus movimientos con la letra de la canción que ahora resonaba en el cuarto, pero cantando por encima de la pista con su propia voz, clavando sus ojos en el alma de él:
—Dile que tú no lo quieres... —canturreó, acercándose un paso, su dedo índice acusándolo, desarmando sus defensas.
Luego, en el siguiente golpe de bajo, bajó las manos, cerró los puños y se señaló el propio pecho con ambos pulgares, levantando el mentón con una arrogancia absoluta, una seguridad aplastante.
—Que me prefieres a mí.
Terminó la coreografía con un pequeño salto hacia atrás, encogiéndose de hombros con una sonrisa pícara, como si todo fuera un juego, un simple video de TikTok. Pero la tensión en la habitación era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Caminó hacia él. Ya no bailaba, ahora acechaba. Se detuvo justo entre las rodillas de Siegfried, que seguía sentado en el borde del sofá. La proximidad era intoxicante. Él podía ver el leve ascenso y descenso de su pecho acelerado por el baile, el brillo del sudor en su clavícula, la cruz de plata temblando sobre su piel.
Ella apoyó las manos en los hombros de él, inclinándose hacia adelante.
—Dale, Sieg... —susurró Milica. Su voz había perdido el tono burlón y ahora era un ronroneo bajo, rasposo—. Decime que no te morís de ganas de mandarla a la mierda a la bruja esa y quedarte acá conmigo. Decime que, cuando la tocás a ella, no estás pensando en cómo te arañaba yo la espalda.
—Milica, basta... —suplicó él. Cerró los ojos, intentando bloquearla, pero fue inútil. En la oscuridad, solo la veía a ella.
—Estás re tenso, mi amor. Estás duro como una piedra. Dejá de fingir. Dejá de hacerte el marido del año. Sé lo que sos. Sé lo que fuimos.
Las manos de Milica subieron desde sus hombros hasta su nuca, sus dedos de uñas largas y pintadas de negro enredándose en el cabello rubio de Siegfried. El tacto lo arrastró al pasado con una violencia implacable. Lo arrancó del penthuose de Puerto Madero y lo arrojó sin piedad cuatro años atrás, al momento exacto en que su vida ordenada se había cruzado por primera vez con el huracán Milica.
FLASHBACK [4 AÑOS ANTES]
Buenos Aires lo había recibido con una bofetada de calor húmedo y asfixiante que la ciudad reservaba para sus veranos más crueles. Para Siegfried, criado en el rigor climático e institucional de Frankfurt, Argentina era otro planeta.
A sus veintiséis años, había logrado lo que muchos considerarían un milagro: escapar de la opresiva sombra de su padre, el CEO de un conglomerado financiero, bajo la excusa de "adquirir experiencia en mercados emergentes". La pasantía en relaciones internacionales en una prestigiosa firma de Retiro era su boleto a la libertad, o al menos, a una versión de ella. Era estructurado, metódico, incapaz de entender el sarcasmo, y vestía camisas de botones incluso los domingos. Era, en resumen, el blanco perfecto.
La conoció en su segunda semana, un sábado por la noche, en una terraza de Palermo. Su compañero de trabajo, un argentino hiperactivo llamado Gastón, lo había arrastrado a la fiesta bajo la promesa de "mostrarle la verdadera cultura local". Siegfried estaba parado en un rincón, apoyado contra la baranda de ladrillo, sosteniendo un vaso de cerveza artesanal tibia que no pensaba tomar, observando a la multitud sudorosa y ruidosa con la incomodidad de un antropólogo en un hábitat peligroso.
Y entonces, el desastre.
—¡Cuidado, boluda, que se cae!
Siegfried apenas tuvo tiempo de girar la cabeza cuando un cuerpo chocó contra él. Lo siguiente que sintió fue el frío impacto de un líquido oscuro y pegajoso empapando la pechera de su inmaculada camisa blanca de lino.
Parpadeó, aturdido, y bajó la vista.
—¡Uh, no, la puta madre! ¡Qué pajera que soy, perdoname!
Frente a él había una chica bajita, de no más de veintidós años. Llevaba unos shorts de jean gastados, un top negro y zapatillas de lona manchadas. Su cabello oscuro era un nido de pájaros desordenado, y sus ojos, inmensos y delineados de forma desprolija, lo miraban con una mezcla de horror y diversión.
Siegfried se quedó mudo. Miró su camisa. Olía a hierbas amargas y a algo químico.
—Es fernet con coca —explicó ella, leyendo su mente, mientras agarraba un puñado de servilletas de papel grasientas de una mesa cercana y empezaba a frotarle el pecho con una fuerza innecesaria—. Perdoname, en serio. Un gil me empujó. Salí volando—. Decía mientras frotaba, y por fin logro mirarlo a los ojos—. Sos re pálido, chabón. Parecés un fantasma. ¿De dónde saliste? ¿Sos ruso?
—Alemán —logró balbucear Siegfried, dando un paso atrás para evitar que ella le restregara más la mancha, que ahora se había extendido en un círculo marrón—. Y por favor, deje de hacer eso. Solo lo está empeorando.
La chica se detuvo, con la servilleta empapada en la mano, y soltó una carcajada fuerte y genuina.
—"Deje de hacer eso" —lo imitó, con un tono burlón que a Siegfried le pareció sumamente irrespetuoso—. Ay, por favor. Trátame de vos, que me hacés sentir vieja y tengo veintidós. Me llamo Milica. Mili para los amigos. Y para vos, la boluda que te arruinó la ropa de cheto.
Siegfried la miró. Debería haber estado furioso. Su ropa estaba arruinada, estaba pegajoso, el olor a alcohol era insoportable y la chica frente a él carecía de cualquier tipo de filtro o protocolo. Pero había algo en la forma en que lo miraba, sin disculparse realmente, sin sentirse inferior o intimidada por su actitud rígida, que lo desarmó.
—Siegfried —dijo él, extendiendo la mano instintivamente.
Milica miró su mano, se rió de nuevo y, en lugar de estrechársela, se la chocó con un choque de palmas sonoro.
—Nombre de villano de película, me encanta. Vení, Siegfried. Vamos a intentar lavar esto en el baño antes de que parezcas un croto.
Esa noche no se separaron. Mientras intentaban inútilmente sacar la mancha bajo la canilla del lavabo, ella no paró de hablar. Siegfried descubrió que estudiaba diseño gráfico, que odiaba la tipografía Comic Sans con una pasión irracional, que trabajaba sirviendo café en un local hipster de Colegiales donde la gente pagaba fortunas por un cortado, y que su verdadero sueño era vivir de los videojuegos.
Terminaron sentados en el borde de una pequeña pileta vacía en la parte trasera de la terraza, lejos del ruido. Hablaron hasta que el cielo de Buenos Aires se tiñó de violeta y naranja. Milica le contaba cómo pasaba las madrugadas transmitiendo en una plataforma llamada Twitch.
—Es un quilombo, ¿entendés? —decía ella, gesticulando con las manos, con un cigarrillo apagado entre los dedos—. Me ven, no sé, treinta personas con toda la furia. Pendejos, gordos en su compu, de todo. Juego al Resident Evil y pego unos gritos tan fuertes, que los vecinos me quieren matar. Pero es lo mío, Sieg. Siento que ahí, detrás de la pantalla, la gente me escucha.
Siegfried la escuchaba fascinado. Era como ver un incendio forestal desde un lugar seguro: hermoso, impredecible y completamente destructivo. Él, que tenía su vida planificada en hojas de cálculo hasta el año 2030, se sintió arrastrado por la gravedad de esa chica que vivía al día, que maldecía cada tres palabras y que se reía con todo el cuerpo.
Tres meses después, Siegfried prácticamente se había mudado al departamento de Milica.
Era un dos ambientes minúsculo en el barrio de Almagro. Las paredes tenían humedad, el ascensor del edificio funcionaba día de por medio y el horno no cerraba bien, por lo que tenían que trabarlo con una silla cuando querían cocinar. Pero para Siegfried, era el paraíso.
Ese primer año fue la época dorada. La pureza antes de la infección.
Siegfried se despertaba temprano, se ponía su traje, le daba un beso a una Milica dormida y enredada en las sábanas, y se iba a la oficina. Trabajaba diez horas rodeado de números, contratos y ejecutivos que hablaban en voz baja. Y cuando salía, volvía corriendo al caos.
Cenaban fideos con manteca sentados en el suelo porque no tenían mesa de comedor. Milica prendía la computadora a las diez de la noche y comenzaba su transmisión. Siegfried se sentaba en la cama, justo fuera del ángulo de la cámara web de baja resolución, con una laptop en el regazo, adelantando trabajo o simplemente mirándola.
Él era su asistente en las sombras. Cuando ella tosía, él aparecía silenciosamente desde un costado con un vaso de agua. Cuando alguien donaba algo, él lo anotaba en un cuaderno.
—¡Ay, Dios, muchísimas gracias por los cien bits, ElMataGatos69! —gritaba Milica a la cámara, con unos auriculares enormes que le aplastaban el pelo, fingiendo terror por el juego de zombies que estaba jugando—. ¡Sos un genio, chabón! Luego, silenciaba el micrófono rápidamente, se giraba hacia Siegfried con cara de súplica y susurraba:
—Che, mi amor... ¿me hacés unos mates? Me estoy quedando sin voz y estos pajeros quieren que juegue una hora más.
Siegfried asentía con una sonrisa tonta, se levantaba, recibía una nalgada de ella, y preparaba el mate, cuidando que el agua no hirviera, como ella le había enseñado. Le encantaba esa dinámica. Le encantaba ser su soporte, su ancla secreta. A veces, en medio de la transmisión, ella tiraba una mano hacia atrás, fuera de la vista del público, y él se la tomaba, entrelazando sus dedos. Era un código, un "estoy acá" silencioso en medio del ruido digital.
Milica, debajo de toda su armadura de chica ruda y callejera, era increíblemente frágil.
Siegfried lo descubrió la primera vez que hubo una tormenta eléctrica severa. Los truenos hicieron vibrar los cristales del viejo departamento. Milica, que estaba en pleno directo, cortó la transmisión abruptamente alegando problemas de internet, apagó la computadora y se metió debajo de las sábanas de la cama, hecha un ovillo.
Siegfried dejó sus papeles, se acostó a su lado y la abrazó. Ella temblaba de verdad.
—Es una estupidez, ya sé —murmuró ella, con la cara escondida en el pecho de él—. De chica, un rayo cayó en el patio de mi casa y prendió fuego un árbol. Desde entonces me da un cagazo terrible.
—No es una estupidez —le respondió él en voz baja, acariciándole el pelo, sintiéndose como un escudo protector—. Yo estoy aquí, Mili. Nada te va a pasar.
Ella levantó la vista, iluminada apenas por la luz de un relámpago lejano. Lo miró con una vulnerabilidad que le rompió el corazón y se lo pegó de nuevo.
—Prometeme que no te vas a ir, rubio. Sos lo único cuerdo que tengo en esta vida de mierda. Prometeme que me vas a bancar siempre.
—Te lo prometo, Milica. Siempre.
Fue una promesa sincera. Siegfried realmente creía que podría sostenerla para siempre. No sabía que el peso del mundo en el que ella estaba a punto de entrar terminaría aplastándolos a ambos.
El segundo año de su relación, el algoritmo sonrió.
Un clip de Milica asustándose de forma ridícula en un juego de terror se hizo viral en TikTok. De la noche a la mañana, la chica que stremeaba para cincuenta personas se encontró con cinco mil espectadores concurrentes. Al mes siguiente, eran diez mil.
Las donaciones pasaron de ser centavos para comprar fideos, a sumas en dólares que superaban el sueldo mensual de Siegfried en la corporación. El pequeño departamento de Almagro quedó atrás. Se mudaron a un piso amplio en Belgrano.
Y el escenario cambió.
La computadora vieja fue reemplazada por un monstruo de tres monitores y refrigeración líquida. Las luces incandescentes amarillas fueron sustituidas por tiras de neón y aros de luz cegadores que siempre estaban encendidos. Milica dejó su trabajo en la cafetería. Ya no era Mili, la chica de Palermo; ahora era "Milica_YB", creadora de contenido exclusiva, figura pública e influencer.
Con el éxito masivo, vino el dinero, las invitaciones a eventos VIP, la ropa de diseño gratis y una legión de fanáticos obsesivos. Y junto con todo eso, entró el veneno.
Siegfried empezó a notar el cambio de a poco. Al principio, era la invasión del espacio. El departamento dejó de ser un hogar para convertirse en un estudio de grabación permanente. Había trípodes en el pasillo, cajas de canjes en la cocina, y un silencio forzado que Siegfried debía mantener desde las seis de la tarde hasta las tres de la mañana para no arruinar el audio de las transmisiones.
Él ya no podía sentarse en la cama a verla jugar. Había sido desterrado a la sala de estar. "El chat se pone intenso si saben que estás ahí, mi amor, me sacan de contexto y arman bardo. Es mejor mantener la relación en privado", le había dicho ella, con un tono extrañamente corporativo que no le pegaba nada.
Siegfried aceptó, porque la amaba y quería verla triunfar. Pero la distancia física pronto se convirtió en distancia emocional.
La Milica dulce y asustadiza que se escondía de los truenos desapareció, sepultada bajo una armadura de egocentrismo y paranoia digital. Vivía pendiente de los números, de las métricas
El hotel Alvear estaba sumido en un lujo silencioso, iluminado por inmensas arañas de cristal que proyectaban una luz cálida y dorada sobre los invitados a la gala corporativa. Sonaba un cuarteto de cuerdas en vivo, una melodía de Vivaldi que apenas se elevaba por encima del murmullo educado de los ejecutivos y diplomáticos.
Siegfried estaba apoyado en la barra de mármol, sosteniendo un vaso de whisky puro con una mano mientras la otra, oculta en el bolsillo de su pantalón de etiqueta, sentía la vibración incesante de su teléfono. Era la decimotercera llamada perdida de Milica en la última hora. Los mensajes se acumulaban en la pantalla, una catarata de reclamos, insultos y amenazas de armar un escándalo en vivo si él no le contestaba.
Estaba exhausto. Su alma se sentía como un trapo estrujado.
—Pareces un hombre al que acaban de condenar a muerte, pero que aún tiene que sonreír para la foto.
La voz era profunda, femenina, con una dicción perfecta y un ligero y sofisticado acento alemán. Siegfried giró la cabeza.
A su lado, sosteniendo una copa de Pinot Noir por el tallo, estaba Brunhilde. Era la nueva directora de operaciones de la firma, recién llegada de Europa. Llevaba un vestido azul noche de corte minimalista, sin escotes pronunciados ni adornos ostentosos. Su cabello negro estaba recogido en un moño impecable, y sus ojos, de un azul gélido y calculador, lo analizaban de arriba a abajo.
Siegfried parpadeó, sorprendido de que un alto cargo se dirigiera a él en ese tono tan directo.
—Problemas domésticos —murmuró él, dándole un sorbo a su whisky, rindiéndose ante la evidencia de su propia miseria.
Brunhilde no sonrió, pero su mirada se suavizó con una especie de comprensión clínica.
—Los problemas domésticos, Siegfried, son para las personas que no saben gestionar su vida. Y por lo que leí en tus informes financieros de este trimestre, eres un profesional brillante. Tienes una mente estructurada. Es una lástima que permitas que el caos de un niño arruine el potencial de un hombre.
Siegfried se quedó paralizado. Nadie le había hablado así jamás. Nadie había visto a través de su fachada de "novio perfecto" con tanta precisión.
Esa noche, no hablaron más de diez minutos, pero fue suficiente. Brunhilde representaba todo lo que a él le faltaba en su vida con Milica. Era el silencio absoluto después de vivir durante años al lado de un parlante a todo volumen.
En las semanas siguientes, empezaron a tomar café en los descansos de la oficina. Al principio hablaban de fusiones y mercados; luego, Siegfried se encontró contándole cosas que nunca había admitido en voz alta. Le contó sobre la ansiedad que le generaba volver a su propia casa. Sobre los gritos por cosas insignificantes. Sobre cómo sentía que la mujer que amaba se había convertido en un monstruo de vanidad alimentado por likes y views.
Brunhilde lo escuchaba en silencio, asintiendo. No juzgaba a Milica con insultos; simplemente la diseccionaba como si fuera un espécimen defectuoso.
—Estás intentando construir un castillo sobre arenas movedizas, Siegfried —le dijo un viernes por la tarde, revolviendo su té negro—. Tarde o temprano, la arena te va a tragar. Debes decidir si quieres hundirte con ella por lealtad, o salvarte por instinto de supervivencia.
La decisión se tomó sola una noche de noviembre.
Una tormenta brutal azotaba Buenos Aires. El cielo rugía y la lluvia golpeaba los ventanales del departamento de Belgrano como si quisiera romperlos. Siegfried abrió la puerta tras una jornada de catorce horas. Esperaba encontrar a Milica asustada por los truenos, escondida bajo las sábanas como solía hacer.
En lugar de eso, encontró el infierno.
El aro de luz estaba tirado en el suelo, destrozado. Había ropa esparcida por toda la sala. Milica estaba de pie en el centro de la habitación, con el rímel corriendo por sus mejillas pálidas como ríos de tinta negra, respirando agitadamente. Tenía un vaso de vidrio en la mano.
—¡Me cagaron, Siegfried! —gritó al verlo entrar, su voz rasgada por el llanto y la histeria—. ¡Esa marca de mierda me canceló el contrato! ¡Me dijeron que mi imagen es "demasiado conflictiva" por una pelea de mierda que tuve en Twitter con otro streamer!
Siegfried dejó su maletín en la entrada y levantó las manos en un gesto conciliador, usando su tono más suave y racional.
—Tranquila, Mili. Respira. Es solo un sponsor, podemos conseguir otros. Tus números siguen siendo altísimos. Vamos a sentarnos y...
—¡No me digas que me tranquilice! —chilló ella, los ojos desorbitados por la rabia ciega—. ¡Vos no entendés nada! ¡Sos un oficinista fracasado, un tibio de mierda! ¡Nunca vas a entender la presión que tengo para mantener todo esto!
Milica levantó el brazo y, con todas sus fuerzas, estrelló el vaso de vidrio contra la pared, a un metro de la cabeza de Siegfried. Los cristales estallaron en mil pedazos, lloviendo sobre el piso de madera.
Siegfried ni siquiera parpadeó. Mantuvo su postura erguida.
—Milica, detente. Te vas a lastimar.
—¡Callate, forro! —Ella se abalanzó sobre él. Sus manos, pequeñas pero llenas de una furia salvaje, se estrellaron contra el pecho de Siegfried. Empezó a golpearlo con los puños cerrados, una, dos, tres veces—. ¡Hacé algo! ¡Enojate! ¡Reaccioná, la puta madre! ¡Parecés de hielo!
Siegfried no devolvió el golpe. Ni siquiera intentó empujarla. Como un caballero inquebrantable, absorbió los impactos contra su pecho y sus hombros. Milica, desesperada al no obtener una reacción violenta de su parte, empezó a patearle las espinillas, lanzando patadas torpes mientras lloraba a gritos. Agarró un almohadón del sofá y se lo tiró a la cara, luego un control de la consola que le golpeó el brazo.
—¡No sos hombre! ¡Sos un cobarde! —le escupió, agarrándolo por las solapas del saco, sacudiéndolo con las pocas fuerzas que le quedaban.
Siegfried, con una calma que daba miedo, levantó sus manos y envolvió con suavidad, pero con firmeza, las muñecas de ella. Detuvo sus golpes. La miró a los ojos, y Milica vio algo en ellos que la paralizó al instante: lástima. Ya no había enojo. Ya no había pasión. Había resignación absoluta.
—No te voy a tocar, Milica. No te voy a levantar ni la voz ni la mano, ni siquiera con el pétalo de una rosa —dijo él, su voz sonando como un susurro sepulcral en medio del ruido de la tormenta—. Pero esto se terminó. Hoy. Ahora.
La soltó despacio. Milica retrocedió un paso, tambaleándose, como si le hubieran disparado.
Siegfried dio media vuelta y caminó hacia la habitación. Sacó su valija del armario y empezó a meter su ropa en silencio. Guardó sus camisas, sus zapatos, sus libros. Cada cremallera que cerraba sonaba como un clavo en el ataúd de su relación.
Milica lo había seguido. Se quedó parada en el umbral de la puerta. La furia se había evaporado por completo, reemplazada por un terror primitivo y asfixiante. El alcohol, la presión y la locura desaparecieron de su sistema. Se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Se dio cuenta de que estaba perdiendo lo único real que tenía en su vida de plástico.
—Sieg... —susurró ella, la voz quebrándose. Él no respondió. Siguió guardando sus cosas—. Sieg, por favor. No.
Él cerró la valija y la puso en el suelo. Se giró hacia ella.
Fue entonces cuando Milica se derrumbó. Literalmente. Cayó de rodillas al suelo, arrastrándose sobre la alfombra hasta llegar a él. Se aferró a las piernas de Siegfried, escondiendo el rostro manchado de maquillaje contra el pantalón de traje de él, llorando con un dolor desgarrador.
—¡No, por favor, no te vayas! —rogaba, su voz ahogada en llanto—. ¡Perdóname! ¡Soy una idiota, soy una basura, lo sé! ¡Pero no me dejes, rubio, te lo suplico!
Siegfried cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta que amenazaba con asfixiarlo. Sus manos temblaban.
—¡Hago lo que quieras! —chilló Milica, apretando el agarre en sus piernas, mirándolo desde abajo con los ojos hinchados y desesperados—. ¡Dejo de stremear! ¡Cierro todo! ¡Haceme lo que quieras, dejame ser lo que vos quieras que sea, te dejo hacer lo que quieras conmigo, pero no me abandones! ¡Me voy a morir sin vos, Sieg, no sé estar sola!
Siegfried se agachó lentamente. Tomó el rostro de Milica entre sus manos con una delicadeza infinita. Le limpió las lágrimas negras con los pulgares. Ella cerró los ojos al sentir su tacto caliente, sollozando, esperando que él dijera que se quedaba.
Él la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza. Hundió el rostro en su cuello, oliendo ese perfume a vainilla por última vez. Le dio un beso suave, prolongado y reverencial en la frente, y luego otro apenas rozando sus labios temblorosos.
—Sos un fuego hermoso, Mili —le susurró él al oído, con la voz rota por la ternura y el dolor—. Un fuego espectacular. Y yo te amé más de lo que voy a amar a nadie mas. Pero me estoy quemando vivo a tu lado. Y si me quedo, no va a quedar nada de mí.
—No... no digas eso... —lloraba ella.
—Te perdono todo —continuó él, acariciándole el cabello revuelto—. Pero necesito respirar. Brillá, mi amor. Brillá mucho. Que nadie te apague. Pero yo me tengo que ir.
Se separó de ella suavemente. Milica se quedó de rodillas, las manos en el aire, paralizada, mientras veía cómo el amor de su vida tomaba su valija, cruzaba la puerta y la cerraba con un suave clic, dejándola sola con el sonido de la lluvia.
Esa noche, sus caminos se partieron en dos direcciones diametralmente opuestas.
Siegfried caminó cuatro cuadras bajo el aguacero torrencial, sin paraguas, hasta encontrar un hotel. Entró empapado, pagó una habitación con tarjeta, y cuando cerró la puerta, se sentó en el borde de la cama y lloró en silencio por diez minutos. Luego, se lavó la cara y tomó su celular. Marcó un número. Media hora después, la puerta de su habitación sonó. Era Brunhilde. No hizo preguntas. No lo abrazó de forma asfixiante. Simplemente entró con dos cafés calientes, se sentó en el sillón de lectura, abrió su laptop y empezó a trabajar, ofreciéndole a Siegfried el regalo más valioso que él necesitaba en ese momento: un silencio seguro y perfecto. Ese fue el cimiento sobre el que construyeron su inquebrantable y frío matrimonio.
Milica, por su parte, se quedó tirada en el suelo de su departamento hasta que amaneció. Cuando la luz del sol entró por la ventana, se levantó como un zombie. Caminó hacia su setup de streaming. Vio el aro de luz roto. Vio los monitores. Con una frialdad espeluznante que no era propia de ella, desconectó los cables de la computadora principal, levantó el enorme gabinete y lo tiró al suelo, destrozándolo a patadas. Rompió los teclados. Hizo añicos la cámara. Y luego, fue al baño, vomitó hasta que le dolió el pecho, y se miró al espejo. La niña asustadiza había muerto. En sus ojos, a partir de ese día, solo quedó una coraza de hielo, ambición y un resentimiento feroz.
Había jurado, viéndose en ese espejo, que un día lo recuperaría. Y que se lo arrebataría a quien fuera.
(FIN DEL FLASHBACK)
La música de reguetón seguía vibrando en el parlante del penthouse en Puerto Madero. El pasado se disolvió, y Siegfried volvió de golpe a la realidad, parpadeando para alejar los fantasmas de esa noche de lluvia.
Estaba sentado en el sofá gris. Y sobre él, la realidad era abrumadora.
Milica estaba sentada a horcajadas sobre sus muslos. El calor que emanaba de su cuerpo era irreal. Siegfried sintió cómo ella, sin apartar la mirada de sus ojos, empezó a moverse. No era un movimiento brusco, sino una fricción lenta, circular, tortuosa. Sus caderas se balanceaban con una precisión milimétrica, frotando el cierre de su pantalón ajustado contra él, despertando cada nervio del cuerpo de Siegfried que Brunhilde había adormecido durante años.
—Estás en otra, rubio —susurró Milica con su aliento dulce y cálido, chocando contra los labios de él. Su voz era ronca, arrastrando las palabras con una sensualidad que lo mareaba—. Estás recordando, ¿no? Pensando en la jaula de oro en la que te metiste.
Siegfried respiraba con dificultad. Sus manos, que hasta ahora habían estado apretadas en puños sobre sus propias rodillas para no tocarla, temblaban.
—Mili... por favor, bájate. Esto... esto está mal.
—¿Mal? —Ella soltó una risita oscura y bajó el rostro, rozando su nariz contra la de él—. Mal es vivir muerto en vida, Sieg. Mal es tener que agendar para cogerte a tu propia mujer. Mal es que estés acá, duro como una piedra por tu exnovia, y sigas fingiendo que te importa ese anillo de mierda.
Milica deslizó las manos por el pecho de Siegfried, deshaciendo con destreza el nudo de su corbata de seda azul y tirándola al suelo. Luego, sus dedos ágiles empezaron a desabrochar los primeros botones de su camisa inmaculada.
Él no la detuvo. Su voluntad se estaba resquebrajando. El muro de contención construido con la lógica y la moralidad alemana de Brunhilde se estaba desmoronando bajo el peso del deseo puro y salvaje.
Ella inclinó la cabeza. Sus labios buscaron la piel expuesta en el cuello de Siegfried. Él soltó un quejido sordo, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá cuando sintió los labios de ella besándolo justo debajo de la mandíbula.
Milica no se conformó con besar. Abrió la boca y chupó la piel sensible, dejando que sus dientes rasparan suavemente la arteria palpitante, marcando territorio. Mientras lo hacía, sus caderas aceleraron el ritmo sobre el regazo de él, presionando con más fuerza.
—Decime la verdad... —le susurró al oído, su voz húmeda y vibrante llenándole los sentidos—. Sabés que ella no te coge así. Sabés que ella no te toca con este hambre. Sabés que nunca vas a sentir con nadie lo que sentís conmigo.
Siegfried cerró los ojos con fuerza. La imagen de Brunhilde cruzó su mente: perfecta, inalcanzable, esperándolo en la mansión con una copa de vino y una charla sobre inversiones. Una vida sin errores. Una vida casi sin pasión.
Y luego sintió las uñas de Milica clavándose suavemente en sus hombros, y el roce de sus muslos desnudos —asomando por los recortes del pantalón— aprisionando sus caderas.
La cordura se rompió. Al diablo la perfección. Al diablo la esposa.
Siegfried abrió los ojos, que ahora brillaban con un instinto depredador que había estado reprimido durante tres largos años. Sus manos, aquellas que no habían querido tocarla, volaron hacia arriba.
Agarró a Milica por la cintura estrecha con una fuerza que le arrancó un gemido de sorpresa a ella. No fue delicado. Sus grandes manos de oficinista bajaron hasta sus caderas, y luego, con posesividad absoluta, agarraron firmemente sus nalgas. Siegfried clavó los dedos en la carne suave, apretando la tela negra ajustada y sintiendo la piel expuesta por los recortes laterales. La levantó apenas un milímetro y la empujó hacia abajo contra él, forzando un contacto que hizo que ambos perdieran el aliento.
Milica abrió mucho los ojos, sus pupilas dilatadas bajo las luces de neón. Una sonrisa de triunfo absoluto, perverso y hermoso se dibujó en su rostro. Lo había logrado. Había hecho ceder al témpano de hielo. Había ganado.
Sin darle tiempo a reaccionar, Siegfried tiró de ella hacia abajo y estampó sus labios contra los de ella.
Fue un beso explosivo, colérico y profundamente desesperado. Milica soltó un gemido que vibró en la garganta de él y le abrió la boca, enredando su lengua con la de él con una voracidad salvaje. Sabía a cereza, a peligro y a venganza.
Siegfried la besó como un hombre que ha estado muriendo de sed en el desierto y finalmente encuentra un oasis. La besó con resentimiento por todos los años perdidos, y con la adoración del chico que alguna vez la abrazó durante una tormenta. Sus manos amasaban lad nalgas de la streamer con urgencia, acercándola más y más, mientras ella pasaba sus brazos alrededor del cuello de él, tirando de su cabello rubio, arruinando su peinado perfecto, restregando su pecho contra la camisa abierta de él.
Se separaron un milímetro, ambos jadeando, buscando oxígeno en la habitación cargada. Los ojos oscuros de Milica lo miraron con adoración tóxica y posesiva.
—Sos mío, rubio —jadeó ella, sonriendo, volviendo a mover las caderas, saboreando su victoria—. Siempre fuiste mío.
—Callate, Mili... —gruñó Siegfried, con la voz ronca, completamente sometido a sus instintos—. Callate y seguí.
Milica soltó una risa ahogada y volvió a capturar sus labios, arrastrándolo al abismo brillante y pecaminoso del que Siegfried sabía que, esta vez, no querría ser rescatado jamás.








