𓆩♡𓆪 ୨ৎ ── 『 𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 1 』── ✦ 𓆩♡𓆪
“Dormir abrazados no cuenta.”
Miguel tenía una regla muy simple en la vida:
No tocar. No ser tocado. No invadir espacio personal. No permitir que nadie se acerque demasiado.
Era una regla fácil de entender.
Y aún así, Antonio se la rompía todos los días como si fuera una sugerencia opcional.
—Miguel —dijo Antonio, apareciendo detrás de él sin aviso.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Vas a tocarme.
—Obvio.
Miguel cerró los ojos con resignación.
Y sintió el brazo de Antonio rodeándolo por los hombros.
Como siempre.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Miguel no se apartó.
No porque no pudiera.
Sino porque ya no veía el punto.
Antonio era… diferente.
No en el sentido romántico (al menos eso se repetía Miguel a sí mismo constantemente), sino en el sentido de que simplemente no respetaba su espacio personal como el resto del mundo lo hacía.
Y lo peor era que Miguel lo había permitido desde el inicio.
Al principio lo odiaba.
—No me toques —decía.
—Te voy a tocar igual —respondía Antonio.
Luego dejó de discutir.
Después dejó de moverse.
Y eventualmente… dejó de importarle.
—Estás muy callado hoy —dijo Antonio mientras caminaban hacia la universidad.
—Estoy pensando en cómo demandarte.
—Otra vez con lo mismo.
Antonio se rió y, sin pedir permiso, enganchó su brazo con el de Miguel.
Miguel soltó un suspiro.
Cualquiera que los viera desde afuera pensaría que eran pareja.
De hecho, eso pasaba seguido.
—¿Son novios? —preguntó una señora en la tienda hace unos días.
—No —dijeron ambos al mismo tiempo.
Antonio incluso había apoyado la cabeza en el hombro de Miguel mientras lo decía.
La señora no les creyó.
Nadie les creía.
Ni siquiera sus amigos.
—Ustedes son raros —dijo Sofía cuando los vio entrar al salón de clases.
Antonio estaba colgado de Miguel como si fuera una mochila humana.
Miguel caminaba normal.
—¿Por qué? —preguntó Antonio.
—Porque Miguel supuestamente odia que lo toquen.
Miguel la miró.
—Y lo odio.
Antonio apretó un poco más el abrazo.
Miguel no reaccionó.
Sofía señaló eso.
—Eso no parece odio.
—Es tolerancia —corrigió Miguel.
—Eso es amor —dijo Antonio automáticamente.
Miguel le dio un codazo.
—Cállate.
Antonio soltó una risa y finalmente lo soltó… solo para sentarse demasiado cerca en el asiento.
Miguel no se alejó.
Eso era lo extraño.
Con cualquier otra persona, Miguel habría cambiado de sitio.
Se habría alejado.
Habría puesto distancia.
Pero con Antonio… no.
Antonio podía invadir su espacio sin consecuencias.
Podía tocarlo, abrazarlo, recostarse sobre él, y Miguel simplemente seguía con su vida como si nada.
—Miguel —dijo Antonio mientras la clase empezaba—.
—¿Qué?
—¿Por qué no te molesta conmigo?
Miguel tardó un segundo.
—¿De qué hablas?
—El contacto físico.
Silencio.
Miguel miró al frente.
—Porque no es lo mismo contigo.
Antonio lo observó en silencio.
No dijo nada por un momento.
Solo sonrió un poco.
Como si esa respuesta le gustara demasiado.
—Ah —dijo finalmente.
Y volvió a recostarse en su hombro.
Miguel no lo apartó.
Pero sintió algo raro en el pecho.
Algo leve.
Molesto.
Innecesario.
Al mediodía fueron a la cafetería con Sofía.
Antonio seguía pegado a Miguel, como de costumbre.
—Te juro que esto no es normal —dijo Sofía sentándose frente a ellos.
—Sí es —respondió Antonio.
—No lo es.
Miguel bebía su jugo sin participar en la conversación.
Antonio, en cambio, estaba completamente cómodo apoyando la cabeza en su brazo.
—Miguel, dile que es normal —insistió Antonio.
Miguel lo miró de reojo.
—No voy a discutir.
—Eso es porque sabes que tengo razón.
—No, es porque me da flojera.
Sofía suspiró.
—Ok, entonces explíquenme esto: Miguel no deja que nadie lo toque, pero contigo parece un peluche.
Miguel levantó la mirada.
—No soy un peluche.
Antonio lo apretó un poco más.
—Sí eres.
—Antonio.
—¿Qué?
—Te voy a tirar de la silla.
—No lo harías.
Miguel lo miró.
Silencio.
—…probablemente no —admitió Antonio.
Sofía los observó como si estuviera presenciando algo que ya no tenía arreglo.
—Esto es muy sospechoso.
—Es normal —dijo Miguel otra vez.
—No es normal —corrigió Sofía.
Antonio sonrió.
—Es amistad nivel avanzado.
Miguel no dijo nada.
Pero tampoco lo negó.
Más tarde, caminando de regreso, empezó a llover.
—Qué asco —dijo Miguel.
Antonio inmediatamente se quitó la casaca.
—Toma.
—No.
—Toma.
—No necesito—
Antonio se la puso encima de los hombros igual.
Miguel se detuvo.
—Te dije que no—
—Y yo te dije que sí.
Miguel lo miró.
Antonio estaba empapándose sin problema.
Miguel suspiró.
Y sin decir nada… dejó la casaca puesta.
Antonio sonrió.
—Ves. Sí me haces caso.
—No te hagas ilusiones.
—Demasiado tarde.
Caminaron bajo la lluvia.
Antonio volvió a acercarse, esta vez no abrazándolo completamente, solo caminando demasiado cerca.
Miguel no se alejó.
—Oye —dijo Antonio de repente.
—¿Qué?
—¿Te molesta que sea así contigo?
Miguel frunció el ceño.
—¿Así cómo?
—Tocarte.
Silencio.
Miguel tardó un poco más de lo normal en responder.
—No.
Antonio lo miró de reojo.
—¿Seguro?
—Sí.
—Con todos los demás sí te molesta.
—Porque son molestos.
—¿Y yo no?
Miguel dudó.
Eso fue raro.
Porque la respuesta fácil era “sí”.
Pero no salió.
En su lugar dijo:
—Contigo es distinto.
Antonio dejó de caminar por medio segundo.
Luego siguió.
—Ya.
No preguntó más.
Pero sonrió otra vez.
Como si esa respuesta hubiera sido suficiente.
Y Miguel, sin saber por qué, sintió que había dicho demasiado.
Esa noche, cuando Antonio se quedó en su casa, pasó lo de siempre.
Antonio se tiró a su cama sin permiso.
Miguel lo miró desde la puerta.
—Te vas a ir.
—No.
—Es mi cama.
—Ahora es compartida.
Miguel se acercó.
Antonio se acomodó automáticamente para dejarle espacio.
Como si fuera costumbre.
Miguel se acostó a su lado.
Sin pensarlo.
Sin quejarse.
Sin alejarlo.
Y Antonio, como siempre, terminó pegado a él en menos de cinco minutos.
—Miguel.
—¿Qué?
—Estás caliente.
—Cállate.
—Me gusta.
Miguel cerró los ojos.
—Eres un problema.
—Tu problema favorito.
Miguel no respondió.
Solo lo dejó quedarse ahí.
Abrazándolo.
Como siempre.
Y por primera vez en mucho tiempo… la regla de Miguel no sonó tan firme en su cabeza.
Porque con Antonio, el contacto físico no era contacto físico.
Era otra cosa.
Algo que todavía no sabía nombrar.