¡Sí, Mi Faraón! by Velvet_Anne at Inkitt
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¡Sí, mi Faraón!

Summary

¡Maldita sea esa frase con la que "me rindo" a tus pies!

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I: El dia

Capítulo I

El día


El hedor de los corazones putrefactos llenaba el ambiente. El cielo volvió a tener ese color opaco que entintaba los ojos más que las lágrimas mismas. La fila de jóvenes delineadas, peinadas y perfumadas ya se encontraba en la entrada de la aldea, esa misma que había visto la muerte hace casi seis años. Fukayna giró el rostro, viendo a las madres mordiéndose los labios, a los padres evitando ver con los nudillos blancos, a niñas escondiéndose detrás de ropas más holgadas y las piernas de su madre. De pronto, una voz juvenil profanó el silencio mortuorio:


—¿Por qué, mamá?

—Hijo… calla…

—¡No! ¿Por qué debo ponerme esta porquería?


La madre, con el corazón en los ojos, no sabía qué decir. En el fondo, nadie sabría qué decir porque se preguntaban lo mismo: “¿por qué?”.


La pregunta quedó en el aire, entre los intestinos saturados, entre los paladares resecos y las tumbas de sueños con flores frescas. El pecho se apretó en Fukayna con esa misma pregunta que cargaba hace seis años, cuando se le arrebató lo único que le quedaba. El suspiro salió instantáneo de los adoloridos pulmones de la joven, cuando el padre del chico se acercó y le asestó un golpe en la cabeza para luego colocarle el manto:


—¿Es que tú eres tonto?, ¿quieres que te pase lo de Seto también?


“Seto…”


Otro nombre que contenía muchas cosas que no se podían decir. Ni siquiera pensar. Los rostros volvieron a bajar a tierra, como si el hecho recordar fuera un delito que la misma expresión no guardaba en secreto.


Un sollozo casi imperceptible se coló en los despiertos oídos de Fukayna, quien devolvió la vista hacia la chica junto a ella, Aziza. La madre le pasó un pañuelo rápidamente, pues el maquillaje no debía arruinarse por ninguna razón. La joven agradeció con una sonrisa que no llegaba a los ojos mientras una de sus manos se apretaba en la delicada tela del vestido. Fukayna enderezó la espalda y, con un movimiento delicado, tomó la mano de Aziza entre la suya:


—No te preocupes. No te llevarán.

—Fukayna… tengo miedo.

—Hoy no te irás.

—¿Qué te hace sentir tan segura?


La azabache se quedó callada, buscando entre su registro de dieciocho años alguna cosa que le brindara una respuesta satisfactoria, pero nada se coló en ese lugar. Abrió la boca, decidida a decir algo aunque supiera a agua salada, cuando el galopeo imperial mermó en el lugar.


Las jóvenes se tensaron inmediatamente, las familias se hicieron hacia atrás, ocupando menos espacio que una rata. De pronto, tres carruajes levantaron el polvo desértico y la angustia. De aquellas magníficas creaciones de los dioses bajaron hombres con telas finas rodeando sus figuras un tanto regordetas. No todos iguales por fuera, pero apestando por dentro como solo la mierda podría hacerlo. Cinco hombres con lacayos, cinco que pretendían tocar el cielo con su altura, de esos que pisan y dejan cenizas, se colocaron frente a la línea de jovencitas. De último, bajó el más fornido, alguien capaz de hacer temblar naciones y revivir muertos del miedo: Khaldun.


Cuando bajó, la aldea entera se postró, como si la misma deidad del Nilo estuviera frente a ellos. Las jovencitas bajaron la cabeza en señal de un respeto inexistente. Khaldun se acercó a la fila, y con el mango del fuete levantó la cabeza de la primera de la fila:


—¿A alguno de ustedes le gusta esta chiquilla? Parece de buena cepa.

—A mí, mi Señor.


La respuesta cayó como un rayo sobre la chica y la familia, y como parte de alivio ante una posibilidad menos de ser una de las seis elegidas. Khaldun siguió observando, analizando, levantando cabezas como si fueran gallinas o caballos en venta. Las pobres escogidas salían de la línea de fuego para despedirse de sus dolidas familias, quienes velaban en vida el cadáver funcional de sus niñas.


Fukayna vio los pies de Khaldun frente a ella, sintió el cuero fresco en su piel y la frialdad de aquellos ojos que la evaluaban cual fruta en mercado. Khaldun movió su cara en varios ángulos, analizando las asimetrías leves. Tomó una de las manos y la examinó con desdén:


—Nada delicada. No sirves para acompañar.


Fukayna bajó la cabeza y Khaldun se aproximó hacia Aziza. Subió su rostro. Fukayna vio como los dedos de los pies de Khaldun se contrajeron en un gesto horripilante. La joven cerró los ojos y tensó la mandíbula; sabía lo que significaba, lo sabía tan bien como la propia Aziza, quien había empezado a sollozar:


—Oh, ¿por qué lloras, querida? ¿No te das cuenta de lo afortunada que eres? Has llamado mi atención. La del próximo Faraón de Egipto, así que no llores. Prometo ser amable contigo si te estás calladita y servicial, ¿de acuerdo?


Aziza se cubrió la boca en un intento de no hacer sonidos que molestaran a Khaldun, pero él no era para nada paciente. La sonrisa pícara se borró de su rostro y una mueca de desagrado cayó como la noche en el desierto. El hombre dio un paso atrás:


—¿Qué? ¿Vas a llorar como una perra callejera? ¡Mírame, insolente malagradecida! ¡Yo soy Khaldun! ¡El gran y poderoso Khaldun! ¡A mi nadie me falta al respeto!


Bramó soltando una cachetada al ya dolido rostro de Aziza. El golpe seco resonó en todos los corazones, causando una indignación que no podía hacer más que anclarse en cada latido y rogar por no ser escuchado.


En ese preciso momento, Fukayna sintió la cara arder. Era como si Ra le hubiera encendido el sol en el pecho y se reflejara en sus mejillas. Levantó la cabeza y tomó la mano de Aziza, atrayéndola hacia su espalda. Khaldun se quedó quieto. El aire se cortó. Una campesina cualquiera se había interpuesto entre él y su premio. Fukayna no bajó la mirada. No podía. No debía.

—¿Q… quién te crees para hacer esto, pequeña estúpida?

—No tiene derecho de tratarnos así.

—¿Qué. Dijiste?

—Que usted no es el Faraón como para hacer con nosotros lo que se le dé la gana.

Uno de los Cinco hombres poderosos que iba con Khaldun se apresuró hacia adelante como un caballo furioso:

—¡Maldita irrespetuosa! ¡Haré que te corten la cabeza!

—Hágame ese favor. Es preferible ser comida de cuervos que compartir tierra con el escupitajo de Seth.

La comunidad contuvo la respiración. El hombre abrió los ojos tan sorprendido como indignado. Fukayna levantó el mentón, como si una aldeana cualquiera tuviera más peso ante los dioses que uno de los Cinco Grandes. En un movimiento que pasó desapercibido gracias al ego herido, Fukayna soltó a Aziza y le dio un leve empujón con la mano, indicándole que se retirara ahora que la atención no le pertenecía más. Uno de los soldados que acompañaban la caravana se aproximó con la espada desenvainada, listo para cegar la vida de la muchacha.

—¡Ven aquí!

Escupió el soldado tomándola por el brazo y obligándola a arrodillarse frente al segundo hombre más poderoso de Egipto. El guardia la tomó del cabello, obligándola a ver a Khaldun ,quien no encontró miedo, sino desafío. Antes de que la espada siquiera se blandiera en el aire, el hombre levantó la mano:

—No.

—¿Señor?

—Para esta maldita la muerte es un premio y yo no premio la insolencia.

Se acercó y se agachó levemente, tomándola por el cuello con fuerza:

—Serás llevada a Palacio. Ocuparás el lugar de tu querida amiga. Serás mi perra de ahora en adelante hasta que me supliques por una muerte lenta y dolorosa. Vas a caer gracias a esa lengua de serpiente que tienes, puerca.

La soltó, dejando sus dedos plasmados en la piel aceitunada de la joven. El guardia la levantó por el cabello y, sin dejarla despedirse de nadie, la aventó en la misma carreta donde ya estaban las otras cinco jovencitas. Cayó defendiendo su rostro con las manos, justo a los pies de las demás. Levantó la mirada esperando juicio o pena, pero encontró algo más: cinco pares de ojos que esta vez, por primera vez en ese día, no miraban al suelo.


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