La Isla: el despertar de Jin

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Summary

En Sirat, el futuro está controlado por una inteligencia artificial capaz de predecir el comportamiento humano... incluso los crímenes antes de que ocurran. Jin Rose solo intenta sobrevivir: trabajar, mejorar tecnología ilegal y pasar desapercibido en una ciudad donde equivocarse puede costarte la libertad. Pero todo cambia cuando descubre secretos relacionados con su familia, una rebelión que crece en las sombras y un sistema que parece conocer su destino mejor que él mismo. Manifestaciones prohibidas, rebeldes perseguidos, verdades que nunca debieron salir a la luz... Porque en Sirat no te arrestan por lo que hiciste, sino por lo que vas a hacer. Y Jin acaba de convertirse en un objetivo.

Genre
Scifi
Author
A.B.G.
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Sin duda, había pocas cosas en aquel momento que me apetecieran más que un cigarrillo... ¿Tal vez un plato caliente? No. Un cigarrillo me habría acompañado perfectamente en ese preciso instante.

Era increíble pensar que este lugar podía haber sido el día a día de muchas personas en algún momento, ¿no? La grandeza del mar, el olor a bosque viajando por el aire, el ruido sobrenatural de los animales... Se me hacía raro sentir que me estaba acostumbrando a esas cosas, sobre todo al pensar que, seis meses atrás, solo las había visto en películas y libros.

A lo que todavía no me había conseguido adaptar era a la cantidad de tinta que tenía bajo la piel. En el pasado decían que era algo muy común, pero en la actualidad nadie lleva tatuajes. Supongo que era una forma de hacernos ver lo que éramos: criminales. El tono del color había cambiado desde que llegué. Había perdido intensidad. Supongo que era normal, expuestos como estábamos a la intensa luz solar que había en aquel sitio.

El libro que tenía delante estaba abierto, y las páginas iban pasando a la velocidad del viento, como si la misma naturaleza lo estuviera leyendo. Lo había leído ya unas diez veces, y nunca me cansaba. No tenía nada de especial; era un aburrido libro sobre ingeniería y mecánica, pero era lo único que me quedaba de mi padre. El día que me lo regaló, de hecho, fue un castigo. Fue una tarde en la que llevaba tanto rato quejándome que mi padre sacó ese libro de un cajón y me dijo que me lo tenía que acabar ese mismo día. Tenía cuatro años; evidentemente no iba a entender ni la mitad, pero el simple hecho de saber que mi padre creía que no era capaz me daba la fuerza para hacerlo.

Al lado del libro, y reflejados por la naranja luz de lo que quedaba de sol por encima del horizonte, tenía mi reproductor y los auriculares. Sin esos malditos cacharros seguramente no habría seguido cuerdo. Desde que mi madre guardó allí sus álbumes favoritos no me había separado de él. Tenía un recuerdo imborrable con ella en el que estaba de muy niño en su habitación llorando y ella me puso los auriculares con uno de sus discos favoritos, con canciones capaces de elevar el más bajo ánimo. Siempre agradeceré que ella creara ese vínculo en mi con la música. Ahora ya no se hacen canciones como esas... De hecho, ya no se hacen canciones.

Por último, encima de una pequeña piedra ancha que había junto a los auriculares, había un cuchillo. Un cuchillo que poca falta me había hecho, y que poca falta esperaba que me hiciera en el futuro. Estaba meticulosamente atado al mango con finas cuerdas, mediante nudos que yo no habría sabido ni por dónde empezar, y cuyo mango era una piedra con la forma perfecta para el agarre de la mano. A veces me paraba a pensar en cuantas piedras tuvieron que probar primero para encontrar esa. ¿Cientos? ¿Miles? Estaba claro que no era un cuchillo al uso; los que usábamos en casa tenían una estructura mucho más firme, aunque este parecía capaz de cortar cualquier material que hubiera allí.

Notar cómo las olas salpicaban sobre mis pies al romper contra la roca en la que estaba sentado, mientras observaba lo pequeño que era yo delante del inmenso océano, se había convertido en uno de mis pasatiempos favoritos.

Para nosotros todo eso era ficción, igual que en el pasado la ficción trataba de simular nuestro mundo actual. Es curioso cómo hasta la propia existencia parece un bucle, la vida es un pez que se muerde la cola, y la historia se repite una y otra vez en todas las direcciones.

Había momentos en los que olvidaba. Tan solo vivía. Había momentos en los que disfrutaba. Tan solo sentía. Había momentos en los que apreciaba el sitio en el que trataba de sobrevivir, y momentos en los que incluso ignoraba que iba a convertirme en un asesino...

Lo único que no iba por momentos era el resto del tiempo.

Y el resto del tiempo lo invertía únicamente en pensar cómo escapar de aquella maldita isla.